El despertar (Zodiac Academy 1) Capítulo 9 #2
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Capítulo 9 #2

A Seth se le iluminaron los ojos y se pasó una mano por el pelo sin peinar. Por su cara, cualquiera diría que se había adelantado la Navidad. Se acercó a nosotros, rozándole a Darius el brazo, y luego dio un paso hacia delante para meterme la mano entre el pelo. Yo me aparté a un lado.

«Puto animal».

—Yo te acompaño, nena. —Me agarró del brazo e intentó soltarme de Darius.

Yo miré al Heredero de Fuego en busca de algo que se pareciera a la misericordia en sus ojos, pero solo encontré frialdad.

—Espera —dijo con una sonrisa peligrosa cuando Seth intentó sacarme de allí bajo su brazo—. Antes tiene que despedirse de mí en condiciones.

Seth me empujó hacia Darius con una risa escalofriante y Darius sonrió con crueldad.

— Arrodíllate —ordenó, utilizando la Extorsión. Yo me estremecí cuando mi cuerpo obedeció su orden.

Caí al suelo delante de él, insultándolo entre dientes.

— Bésame el pie . —Soltó una risa en cuanto mi espalda se dobló y puse una mueca al intentar forzarme a parar. Mi boca rozó su zapato elegante y maldije el momento en el que se me ocurrió pedirle ayuda a este gilipollas.

«¿Por qué no puedo ser más como Tory y su temple inquebrantable?».

Seth soltó una risa estridente.

—Vamos a hacer que baile para nosotros —dijo ansioso—. Max y Caleb estarán a punto de llegar, se van a partir cuando la vean bailando el chachachá.

El corazón me latía con furia.

—Ni se os ocurra.

Darius me agarró del brazo y me puso de pie con una sonrisa despiadada.

—Se me ocurre algo mejor.

—¡Suéltame! —grité, intentando soltarme.

El corazón me dio un vuelco cuando vi el pozo de excitación en sus ojos.

Me soltó y miré entre él y Seth, sus caras bonitas bailando con sombras bajo el brillo del círculo de luz sobre nosotros. El mensaje de Estrella Fugaz me daba vueltas en la cabeza: «La Sombra se acerca cada vez más». Pero debía de ser una coincidencia.

Seth se pasó la lengua por los labios y fue tan sexual que no pude evitar mirarle la boca un segundo de más.

— Corre —ordenó Darius, y mis piernas se movieron antes de que yo fuera consciente de lo que estaba pasando.

Seth aulló de emoción detrás de mí mientras yo me alejaba por el sendero.

Me movía todo lo rápido que podía, agitando los brazos de atrás adelante a mi lado, y me alegré un poco de que Darius me hubiera dicho que corriera porque siempre había sido bastante rápida.

Y puede que él, sin querer, me hubiera dado una ventaja.

Sus pasos sonaron detrás de mí y el miedo se me coló en el estómago cuando empecé a dudar de mis probabilidades contra ellos.

«¿Qué me van a hacer si me alcanzan?».

Las luces titilaban entre los árboles con la promesa del campus al final de este sendero interminable.

El corazón me palpitaba y el sudor me caía por la espalda.

De pronto, se me calentaron las manos con poder y el viento saltaba entre mis dedos.

Me concentré en él como me había enseñado el profesor Perseus y lo dirigí hacia mi espalda.

El aire de pronto se convirtió en mi mejor aliado, impulsándome hacia delante a una velocidad inexplicable.

Se me escapó un chillido de emoción en cuanto vi aparecer el final del sendero.

Ya casi estaba. Iba a ganar.

Seis metros.

Tres.

Uno y medio.

Saltaron dos siluetas delante de mí con las que me estrellé de lleno. El olor de algo afilado y letal me llegó a los sentidos mientras Caleb me envolvía con los brazos para estabilizarme.

—So..., caballo. —Me apartó el pelo del cuello y le brillaron los ojos con hambre.

«Mierda».

Retrocedí y me choqué con Max, notando mi estómago revuelto. Tuve que estirar el cuello para mirarlo porque era enorme y la cresta le añadía un par de centímetros.

—¿Dando un paseíto a la luz de la luna? —me preguntó con una voz grave e inquisitiva, como si intentara sonsacarme algo íntimo.

Darius y Seth se detuvieron delante de nosotros y, de pronto, me vi rodeada. Como un ciervo delante de las cuatro escopetas de sus cazadores.

Cerré los puños en un intento de mantener el control de la brisa a mi alrededor, rezando para que fuera suficiente como para mantenerlos alejados. Aunque, en el fondo, sabía que estaba completamente jodida.

—Dejadme pasar —exigí con mi voz más fuerte, acercándome a Caleb, que me bloqueaba el camino.

Él me empujó y otro par de manos me sujetó por detrás. Los brazos de Seth me rodearon por los hombros como si estuviera dándome un abrazo. Me pasó la boca por la oreja y sentí un calor profundo mezclado con miedo en el pecho para crear un cóctel mortal.

Me frotó la barbilla áspera en la sien y yo incliné la cabeza hacia un lado tratando de evitar su roce.

—Tengo que irme —gruñí—. Tengo una reunión con el profesor Orion.

—¿Orion? —masculló Caleb, agarrándome por el brazo y arrancándome de los brazos de Seth a los suyos—. ¿Ya te está chupando la sangre? Una reunión privada con sus colmillos, ¿no?

Abrió la boca, mostrándome los suyos, y se me escapó un grito ahogado. Le di un empujón e intenté invocar al viento en mis manos. Una fuerte ráfaga le golpeó el pecho y me soltó con un gruñido.

Miré por encima de su hombro, dispuesta a intentar escapar de este círculo infernal.

Caleb frunció el ceño.

—Has tenido suerte porque me llené antes con tu hermana.

Aproveché la oportunidad y salí corriendo por el hueco que se había abierto entre Caleb y Max. Los dos se movieron al unísono y me volvieron a bloquear el paso, rodeándome en un círculo apretado de músculos y cuerpos masculinos acalorados.

—¿El poder de cuatro? —sugirió Max con una sonrisa malvada, inclinándose hacia mí y provocando que se me acelerara el corazón.

—Fantástica idea. Así Orion no podrá alimentarse de ella esta noche —dijo Caleb con avaricia.

—¿De qué narices estáis...? —Antes de poder terminar la frase, Max levantó las manos y empezó a caerme agua encima como una ducha torrencial, empapándome de los pies a la cabeza.

Mi camiseta blanca se volvió transparente y levanté las manos para cubrirme, con la respiración entrecortada por la impresión.

Caleb invocó el suelo debajo de mis pies y el fango comenzó a salpicar rodeándome en un anillo.

Estaba de pronto cubierta de barro helado y el corazón me gritaba con rabia y vergüenza.

Me limpié los ojos con el dorso de la mano para quitarme la porquería, con el pulso latiéndome en los oídos.

Cuando recuperé la vista, me encontré con Darius y Seth uno al lado del otro delante de mí.

Seth sopló un viento desagradable sobre una llama que ardía en las palmas de Darius.

El efecto combinado era como si me hubieran metido en un horno y ahogué un grito de horror cuando la sustancia pegajosa que me cubría entera se secó hasta convertirse en una segunda piel dura e impenetrable.

«¡No, no, no!».

Le clavé las uñas, pero no conseguía nada. El pelo me colgaba en trozos gruesos y tenía la sensación de que me habían cubierto la cara con la mascarilla de arcilla más densa que existiera.

—¡Argh! —chillé rabiosa, con fuego en las venas—. ¡Quitadme esto!

Un destello de luz me informó de que habían hecho una foto y luego todos empezaron a reírse. Al cabo de unos segundos, se introdujeron en el bosque, pero seguían llegándome sus risas histéricas.

Me quedé allí temblando, tan enfadada que no sabía qué hacer.

Agarré el fango seco de mis brazos, pero no conseguí nada. Las lágrimas de vergüenza me quemaban en los ojos cuando fui consciente de lo que tenía que hacer.

Caminé con dificultad hacia el final del bosque como el monstruo de un lago, emergiendo en el camino que llevaba al conjunto de edificios que rodeaban la Órbita.

Un grupo de chicas venía hacia mí y se quedaron en completo silencio al verme andando hacia ellas. La palabra vergüenza ni siquiera se acercaba a lo que estaba sintiendo.

—¿Es una Orden? —murmuró una de ellas.

—No, creo que es una Vega —dijo otra con alegría, cogiendo su Atlas para hacer una foto.

— Rebuzna como un burro —ordenó una de las chicas, con los ojos iluminados de maldad. La Extorsión cayó sobre mí como una cascada y me llevé una mano a la boca para intentar evitar que saliera el ruido.

Pero consiguió escapar y de mis labios salió un estridente y mortificante «IIIIIH-OOOOOH».

Pasé corriendo al lado de ellas mientras sus carcajadas caían sobre mí. La vergüenza me pellizcó las mejillas mientras intentaba desesperada evitar que me hicieran más fotos, yendo directa hasta el Edificio Júpiter cubriéndome la cabeza con las manos.

«Sigue corriendo. No te pares».

—¡Monstruo de barro! —me gritó un chico mientras salía de la Órbita, y las chicas que iban con él empezaron a chillar y a reírse.

Las lágrimas me quemaban los ojos mientras me consumía la vergüenza total y absoluta de la situación. Y aún quedaba lo peor. Porque tenía que pedirle ayuda al maldito profesor, buenorro-no-lo-siguiente, Orion, luciendo la bestia del pantano.

Dentro del Edificio Júpiter encontré su despacho al fondo de un pasillo muy largo. Agarré el pomo de la puerta y dudé durante varios segundos.

«Por favor, tierra, trágame. Me vendría de perlas ahora mismo».

Giré el pomo, pero la puerta estaba cerrada. Fruncí el ceño y saqué el Atlas para comprobar la hora. Llegaba cinco minutos tarde, «¿dónde narices se ha metido? ¿Ya se ha cansado de esperar?».

—Espero que ese modelito no haya sido una elección propia, señorita Vega. —El profesor Orion apareció en vaqueros y camisa blanca, con el pelo mojado como si acabara de ducharse. «Qué suerte tienen algunos».

Sus ojos de color obsidiana me recorrieron de la cabeza a los pies y puso una sonrisa torcida, revelando un hoyuelo en la mejilla.

—Ah, sí, es que me encanta retozar en el fango por las noches —contesté impasible, esforzándome al máximo por mantener el tipo. Aunque me estaba costando bastante porque lo único que podía ver con la visión periférica eran trozos de barro.

Él invadió mi espacio personal y metió la llave en la cerradura. Entró, dejó la puerta abierta y lo seguí, sintiéndome como un ogro en un baile de gala mientras miraba a mi alrededor el lujoso despacho.