Capítulo 8 #4
Una sonrisa de satisfacción me tiró de los labios a medida que el chorro de poder desaparecía de mis venas.
Sí, me había dado un susto de muerte, pero también había sido una pasada.
Notaba a los Herederos observándome y esperaba que mi exhibición de poder hubiera sido suficiente como para que me dejasen en paz.
—Siga trabajando para intentar convertir la llama en una bola —me pidió Pyro mientras empezaba a pasearse entre los demás alumnos, y yo intenté concentrarme en la tarea que nos ocupaba.
Respiré hondo y volví a extender la mano mientras deseaba que apareciera una llama.
Esta vez, una bola de fuego tan grande como un labrador me engulló la mano y chillé de sorpresa al tiempo que intentaba controlarla.
Se redujo hasta un cocker spaniel y luego volvió a crecer al tamaño de un bullmastiff antes de verme obligada a extinguirla.
La profesora Pyro se acercó a mí cuando terminó de hacer la ronda entre todos los alumnos de primero y observó mis intentos con atención.
—¿Está cansada? ¿Siente que empieza a consumir sus reservas? —me preguntó con interés.
—Creo que no —respondí. En todo caso, cuanto más practicaba, más magia parecía crecer en mi interior.
—De acuerdo. A ver si puedo ayudarla a canalizar su poder.
—Se acercó un poco más a mí y me agarró la mano izquierda.
La miré sorprendida y ella me sonrió con delicadeza—.
Hay que tener contacto piel con piel para poder guiar y canalizar el poder de otra persona.
Mi influencia solo funciona sobre su magia si tenemos ese contacto.
—Vale —acepté—. ¿Quiere que vuelva a crear la bola?
—Sí. Cuando esté lista.
Intenté ignorar el hecho de que le estaba sujetando la mano y me centré en la palma de la otra al extenderla hacia delante.
Respiré hondo y me concentré en crear la más mínima cantidad posible de fuego. Sin embargo, estalló un infierno al instante, creando una lanza que golpeó el suelo a mis pies y salió disparada hacia arriba sobre mi cabeza al mismo tiempo.
La profesora Pyro me agarró más fuerte y pude sentir cómo oscilaba su magia mientras intentaba domar la mía. Intenté imitar lo que estaba haciendo, envolviendo mi voluntad alrededor del Elemento rebelde y poniendo toda mi atención en formar una bola.
Lentamente, las llamas empezaron a encogerse mientras la profesora y yo trabajábamos juntas para luchar contra la bestia que era mi poder.
Por fin, una bola de fuego no más grande que una pelota de béisbol reposó sobre mi mano y sonreí triunfante. Ardía con un color rojo oscuro y supe, sin necesidad de tocarla, que estaba tan caliente como las profundidades de un volcán.
La profesora Pyro me soltó la mano y retrocedió. Yo perdí el control del fuego al darme la vuelta hacia ella con cara de sorpresa; la llama resplandeció con intensidad hasta que conseguí apagarla de nuevo.
—Estoy bien —dijo con tristeza mientras se alejaba más de mí.
—¿Qué ha pasado? —pregunté, juntando las cejas con preocupación.
Una fina capa de sudor le cubría la piel y le temblaban ligeramente las manos.
—Nada que no se arregle con una buena dosis de sol. No se preocupe, querida.
—No lo entiendo. —Era evidente que no se encontraba bien y que solo estaba intentando no darle importancia para que yo no me sintiera responsable de lo que fuera que le pasaba—. ¿Le he hecho daño?
—Lo que me ha hecho daño es mi arrogancia —dijo encogiéndose de hombros—. He querido canalizar el poder de una Heredera con mi magia. Al canalizar el poder de otra persona, se drena el propio. Imagíneselo como si tuviera que hacer una cama de matrimonio con sábanas de una individual.
—Entonces, ¿no tiene magia?
—Ahora mismo, está agotada —me confirmó asintiendo—. Había pensado que, después de su encontronazo con el señor Altair, su depósito sería lo suficientemente bajo para que yo lo soportara. No volveré a cometer ese error.
—¿Y ahora qué? —pregunté. No había hecho ningún progreso sin su ayuda y no estaba segura de que me fuera a resultar fácil aprovechar mi poder si no era capaz de controlarlo así.
—Ahora... —La profesora Pyro se llevó el dedo índice a los labios mientras consideraba mis opciones—. Hay dos rumbos posibles que podrían funcionar. Podríamos invitar al señor Altair a que drene su energía hasta un nivel mucho más bajo para que tenga menos que manejar...
Mi gesto se torció de horror ante la idea de pedirle algo así y la profesora sonrió.
—Pensándolo mejor, eso solo ayudaría a corto plazo, de todos modos —admitió, y yo me hundí de alivio cuando pareció descartar esa idea—. Tiene que poder pelear con sus poderes a pleno rendimiento. Lo que significa que necesita un tutor lo bastante fuerte para gestionarla a usted.
Apartó la mirada de mí y me giré para ver qué estaba mirando.
Al fondo del ruedo, Darius y Caleb estaban enzarzados en una batalla de fuego que parecía sacada de una película. Darius envió un enorme dragón de fuego que lanzaba disparos al azar a cientos de serpientes de fuego que controlaba Caleb.
Aunque el dragón era mucho más grande que las serpientes, solo por la cantidad que había creado, Darius estaba teniendo problemas para mantener la ventaja.
Parecía casi como un juego y los dos tenían la cara iluminada con sonrisas, aunque sus ojos solo reflejaran pura rivalidad, lo que dejaba bastante claro que ambos estaban jugando para ganar.
Mientras los observaba, apareció un segundo dragón de la fuente más cercana a los dos, antes de lanzarse en picado hacia la multitud de víboras.
Las criaturas de fuego no tenían nada que hacer y desaparecieron con chisporroteos.
Darius lanzó un grito triunfal y los dragones dieron un giro victorioso.
—Siempre haces trampa —se burló Caleb, cruzándose de brazos.
Darius empezó a reírse y Caleb fue hacia él a una velocidad que no me parecía posible.
Chocaron y empezaron a darse puñetazos. Miré a la profesora con cara de sorpresa, esperando que interviniera, pero ella había vuelto a mirarme a mí.
—Hay muy pocas personas con el poder lo bastante fuerte como para mantener el suyo a raya —expuso pensativa, y se me hundió el estómago al darme cuenta de la conclusión a la que le había llevado su razonamiento.
No quería que se lo tomara mal, pero no sabía qué debía decir para evitar que soltara lo que estaba a punto de pronunciar—.
Caleb es bueno, pero creo que debería enseñarle el mejor, así que tendrá que ser Darius.
—Pero yo... —¿Yo qué? ¿Qué? La profesora Pyro me estaba mirando y yo estaba abriendo y cerrando la boca como un pez mientras buscaba algo que decir, lo que fuera, para que descartara esta idea.
Lo último que quería era estar en deuda con Darius Acrux.
No obstante, los engranajes de mi cerebro se movían demasiado despacio y lo único que se me ocurría decir era: «Pero es cruel conmigo y no me gusta», lo cual me habría hecho quedar como una niña pequeña y patética, aunque fuera verdad—.
La directora Nova me va a asignar un tutor para que me ayude a ponerme al día y seguro que un profesor será la persona más adecuada para hacerlo.