Capítulo 8 #3
Pasamos por debajo de un arco y nos encontramos con una profesora pelirroja de pelo corto y la piel marrón oscuro esperándonos.
—Acompáñenme, chicas. Tienen que cambiarse y entrar en el ruedo —ordenó, sin molestarse en hacer presentaciones. Mi horario me había informado de que era la profesora Pyro. Puse una pequeña sonrisa y corrí a cumplir con sus órdenes.
Sofia y yo llegamos al vestuario femenino, donde había una fila de ganchos con bolsas con nuestros nombres.
Cogí la que ponía Roxanya Vega, arrugando la nariz por el nombre que me negaba a aceptar como propio.
Tenía que haber alguien con quien pudiera hablar para cambiarlo y ser oficialmente Tory.
Podía lidiar con lo de Vega si era necesario, pero Roxanya era una chica que debería haber crecido en este extraño mundo Fae y yo no era esa chica.
Tory había sido mi nombre durante todo lo que me había moldeado hasta convertirme en la persona que era hoy, y no tenía ningún interés en abandonar esa identidad, ni ahora ni en un futuro.
Abrí la bolsa y saqué unas mallas rojo oscuro y una camiseta de manga larga a juego. El material parecía casi de seda, pero elástico. Me cambié el uniforme por eso y me miré en el espejo durante un momento para atusarme el pelo negro.
La ropa era muy ajustada y marcaba mis curvas de una forma que atraía más atención que si enseñara más piel. Aunque, después de pasearme desnuda literalmente delante de la mayoría de los miembros de la casa Ignis anoche, no creo que importara demasiado.
Por último, me puse un par de deportivas blancas y esperé a que Sofia terminara de cambiarse.
Empezaron a llegar más chicas y me di cuenta de que más de una me lanzó una mirada hostil. Como no quería crear más altercados con mis compañeros de clase, me fui enseguida para el ruedo con Sofia.
—Tengo muchísimas ganas de esta clase —admitió mientras entrábamos en un estadio abierto lleno de arena.
Corroboré mi primera impresión de que se parecía al Coliseo cuando levanté la vista a las tribunas que rodeaban el ruedo. Alrededor de las paredes, cuatro pedestales ardían con una llama chisporroteante y se alternaban con cuatro fuentes de agua.
Al dar un paso más, el suelo bajo mis pies se movió y casi me caigo de boca. Giré los brazos para estabilizarme y la tierra volvió a temblar.
Me tropecé hacia atrás, preguntándome qué narices me estaba pasando cuando unos brazos fuertes me sujetaron.
—Gracias, n-n... —Me interrumpí cuando levanté la vista hacia mi salvador y me encontré con Caleb Altair sonriéndome, con los rizos rubios dándole un aspecto casi angelical bajo el sol de mediodía. Pero yo sabía que no era ningún ángel.
—Ten cuidado con eso. El suelo por aquí puede ser bastante impredecible —me aconsejó en voz baja, y entonces recordé que él era el líder de la casa Terra, la casa de la tierra. Nadie podía imaginarse quién había hecho temblar la tierra bajo mis pies.
Sofia se apartó de nosotros arrastrando los pies, pero no podía culparla por querer evitar la atención del Heredero de Terra.
—Ya. Sí, tendré cuidado. —Me zafé de su agarre e intenté retroceder, pero la tierra volvió a sacudirse y me caí al suelo.
Resonaron unas risas burlonas a mi alrededor cuando un alumno se acercó para ver mejor y me tambaleé varias veces para ponerme en pie.
Antes de conseguirlo, Caleb se agachó, sentándose a horcajadas sobre mí con una sonrisa malvada mostrando los caninos.
—Venga ya, no me jodas —me quejé, estampándole las palmas de las manos en el pecho—. Más te vale no estar a punto de...
Me agarró por las muñecas con una fuerza irreal y me volvió a empujar contra el suelo mientras me clavaba los colmillos en el cuello.
Le di vía libre a mi imaginación y empecé a soltar todos los insultos que se me pasaban por la cabeza, añadiendo también alguno de creación propia. Notaba cómo la sangre y el poder se me escapaban del cuerpo para meterse en el suyo y se me retorció el estómago de asco.
La risa a mi alrededor aumentó aún más cuando intenté quitármelo de encima, pero era como una tonelada de ladrillos. Una sanguijuela sobrehumana con una fuerza sobrehumana.
—Ya es suficiente, Altair —murmuró la profesora Pyro, con un tono aburrido—. Va a necesitar que le quede algo de energía si quiere rendir en mi clase de hoy.
Caleb me sacó los colmillos del cuello y contemplé con una fascinación macabra cómo se convertían en unos dientes normales de nuevo. Se lamió los restos de mi sangre de los labios mirándome fijamente con unos ojos provocadores.
—No sabes lo rica que estás —repuso sin avergonzarse ni un poco, y yo arrugué la nariz con asco.
—Ya tienes lo que querías de mí así que ¡¿por qué cojones no te me quitas de encima?! —grité, agitando de nuevo las muñecas cuando él volvió a clavarme al suelo.
Caleb inclinó la cabeza mientras me miraba y le fue apareciendo una sonrisa lentamente en la cara.
—Sabes, creo que nunca me había alimentado de alguien que me odie tanto como tú —expuso, casi para sí—. Los demás Fae se han criado con conocimientos de mi especie y simplemente aceptan todo esto como parte de la cadena de poder. Sin embargo, tú...
—Sí, lo odio —gruñí—. Así que, venga, ¿por qué no os colocáis alimentándoos de una persona que disfrute de vuestro estilo retorcido y me dejáis a mí en paz?
Caleb me soltó y se puso de pie de un salto, dejándome tirada en la arena a sus pies.
—Esta chica es mi Fuente personal —anunció al grupo que se había creado a nuestro alrededor, que me acababa de dar cuenta de que había alcanzado ya al menos las cincuenta personas—. Si cualquier otro vampiro quiere alimentarse de ella, que hable conmigo. Que se corra la voz.
Sentí un gran peso en el estómago mientras conseguía volver a levantarme. Entonces, lo fulminé con la mirada.
—No soy nada tuyo —solté.
—Adelante, intenta detenerme, preciosa —se burló—. Pero, hasta que lo consigas, puedes considerarte mi cartón de zumo particular.
Una risa profunda llamó mi atención a la izquierda y vi al puñetero Darius Acrux observando la interacción con diversión.
¿Por qué tenía que estar aquí viendo esto?
¿Por qué tenían que estar los cuatro? Solo quería agachar la cabeza y seguir con mis cosas, pero empezaba a darme cuenta de que los Herederos no tenían ninguna intención de dejarnos, ni a mi hermana ni a mí, hacer eso.
—Bueno, si los vampiros ya se han reabastecido, me gustaría empezar con mi clase —dijo la profesora Pyro, poniendo punto final a cualquier discusión sobre la propiedad de mi sangre.
Me hervía el cuerpo, pero me obligué a prestar atención a la profesora, dándoles la espalda a Caleb y a Darius.
Uno de ellos emitió un rugido que me erizó los pelos de la nuca.
Me acordé de lo que me dijeron el día anterior de que darles la espalda se consideraba un insulto, pero me importaba una mierda.
Si ellos disfrutaban atormentándome, lo último que iba a hacer era mostrarles el más mínimo respeto.
—Como es la primera clase para los de primero, quiero que todos los demás se aparten y se tomen su tiempo para volver a familiarizarse con las técnicas que aprendieron al final del curso pasado.
Deberían haber practicado durante el verano.
Me daré un paseo para ver cómo han evolucionado en cuanto termine con ellos.
—La profesora Pyro ahuyentó a los demás alumnos, pero Caleb y Darius se quedaron donde estaban, mirándome fijamente.
—¿Qué hacen ustedes dos aún aquí? Si no recuerdo mal, están en segundo —acusó Pyro mientras fijaba sus ojos penetrantes en los Herederos.
—Queríamos comprobar lo poderosa que es realmente la nueva Heredera —aclaró Darius, y me sentí muy incómoda al ser consciente de que tenían la intención de quedarse como espectadores de mi primer intento de usar la magia de fuego.
—Pues lamento informarles que comerse con los ojos a la chica nueva no forma parte de la programación —respondió Pyro con desdén, volviendo a echarlos y acabando también con un poco de la tensión que sentía en la espalda cuando los Herederos se marcharon.
Darius me lanzó una última mirada mientras se alejaba y me dio rabia darme cuenta de cómo se le aferraba el uniforme ajustado al cuerpo musculado antes de volver a prestarle atención a la profesora.
—Muy bien. La tarea de hoy es muy sencilla.
Quiero que creen una llama con la palma de la mano y que la mantengan ardiendo.
Si lo consiguen, quiero que la transformen en una bola.
Cuanto más fuerte agarren el poder, con más calor arderá.
Y no se despisten; la ropa que llevan les protegerá de las quemaduras, pero las manos y la cara son vulnerables.
Depende de ustedes y de su control evitar que las llamas vayan hacia esas zonas.
Si a alguien le cuesta trabajo invocar el poder interior, lo pueden coger de los candeleros para conservar la energía.
Señorita Vega, si el señor Altair le ha mermado demasiado el poder como para crear una llama usted sola, tendrá que usar también los candeleros.
Aumentó mi rabia al caer en la cuenta de a qué se refería. Era posible que Caleb me hubiera debilitado tanto como para perjudicar mi capacidad de rendir en la clase.
«¡Imbécil!».
Con un destello de ira, abrí la mano y deseé que una llama cobrara vida.
Mi mano se prendió tan rápido que tuve que apartarme porque el resplandor del fuego casi se lleva mis cejas como trofeos.
El rayo de llamas rojas salió disparado hacia el cielo e iluminó las nubes bajas con un brillo anaranjado hasta que tuve que cerrar el puño, sorprendida, para extinguirlo.
—¡La leche! —murmuró Sofia, y la miré con los ojos como platos.
La profesora Pyro resopló con una risa.
—Parece que no vamos a tener que preocuparnos de que su poder haya mermado, al fin y al cabo —dijo con admiración—. Pero tendrá que trabajar en el control si tiene tanto que ofrecer incluso estando a la mitad de capacidad.