Capítulo 8 #2
—¿Cómo narices iba a saber que no sabíais lo que era? —preguntó Tyler levantándose—. Parecíais tan entregadas como yo.
—Porque pensábamos que estábamos acariciando a un animal salvaje, no que un tarado con cara de caballo nos estaba agrediendo sexualmente —expuse con un gruñido.
Sofia soltó una risita por mi pullita y Tyler siguió retrocediendo cuando Darcy le levantó las manos, amenazante.
—Vale, vale, lo siento —se apresuró a decir Tyler para apaciguar los ánimos—. Ya me voy.
Dio un salto hacia delante, como si se fuera a caer, pero antes de que sus manos tocaran el suelo, se convirtieron en cascos y el resto de su cuerpo volvió a transformarse en el hermoso pegaso plateado.
No pude evitar quedarme embobada mientras trotaba colina arriba hacia el resto de la manada y Sofia se encogió de hombros, compungida.
—Perdonadle —murmuró—. Es una lástima no poder elegir quién está en tu Orden.
—¿Tú eras el pegaso rosa? —pregunté al caer en la cuenta, y ella asintió avergonzada.
—Sí. Alimentamos nuestro poder volando entre las nubes y estaba cargando un poco antes de la clase de Fuego Elemental —explicó, como si convertirse en un puñetero unicornio volador no fuera para tanto.
Intenté buscar algo que decir al respecto, pero no se me ocurrió nada.
—De hecho, deberíamos ir yendo —continuó Sofia, ignorando nuestra impresión como si no lo hubiera notado—. Solo quedan veinte minutos para que empiece la clase y el Ruedo de Fuego está en el extremo sur del campus.
—Yo no tengo Fuego ahora —comentó Darcy mirando su horario en su Atlas—. Tengo Aire. Creo que Diego me dijo que también la tenía.
—Mejor. Al menos hay dos personas normales con las que hablar —dije, aunque, mientras Sofia fue a buscar sus calcetines, zapatos y chaqueta entre los arbustos, no pude evitar preguntarme si «normal» podía aplicarse a una persona que se pasaba su tiempo libre en pezuñas.
Darcy me miró con una mirada cómplice mientras ponía el mapa para su próxima clase en el Atlas y se despidió de Sofia y de mí al tomar un camino que llevaba al este del campus.
Me sentí un poco decepcionada por ir en direcciones diferentes para nuestra primera clase de magia real, aunque, por suerte, solo estaríamos separadas en algunas.
Sofia me alcanzó y nos dirigimos a la casa Ignis y al Ruedo justo detrás, donde íbamos a tener nuestra primera clase Elemental.
Tardamos un rato en atravesar el Territorio de Tierra y entrar en el Territorio de Fuego al sur, pero Sofia me entretuvo con algunas curiosidades sobre su Orden mientras paseábamos, y poco a poco me fui recuperando de la conmoción inicial.
El sol de mediodía brillaba en la casa de los alumnos de fuego y, a medida que nos fuimos acercando, se me fue abriendo la boca involuntariamente.
Anoche todo estaba tan oscuro que solo había visto la entrada al edificio con los múltiples fuegos fastidiándome la visión nocturna y tapándome la vista de lo demás.
De lo que no me había dado cuenta era de que, desde la primera planta hasta arriba, el edificio era entero de cristal de diferentes tonalidades de amarillo, naranja y rojo, que se fundían para dar la impresión de unas enormes llamas tenues.
—Desde arriba parece una estrella —comentó Sofia al ver cómo miraba el edificio.
—¿Y cómo pudieron crear algo así? —pregunté maravillada. Era evidente que habían usado magia, pero no era capaz de imaginarme la cantidad de trabajo que tuvieron que invertir. Ya solo el diseño me reventaba la cabeza.
—Con magia de fuego, ¿con qué si no? Y creo que también participó algún dragón. En segundo aprenderemos más de infraestructuras mágicas.
—¿Vamos a aprender a hacer cosas así? —me entusiasmé, sin ser capaz de apartar los ojos del edificio mágico. Al entrar, el sol brillaba por diferentes zonas del cristal y casi parecía que estaba ardiendo de verdad.
—Bueno, eso igual es un poco ambicioso. —Sofia se rio—. Pero aprenderemos a usar nuestra magia elemental de forma más sutil para la creación, sí.
No pude evitar sonreír al oír eso.
Pasamos la casa Ignis y seguimos el sendero hasta el Territorio de Fuego, donde el paisaje era rocoso y seco.
Todavía no había tenido tiempo de explorar los territorios de Aire o de Agua, pero había echado un vistazo a un bosque inmenso al este y a un extenso lago esta mañana, de camino a Magia Cardinal.
Una enredadera con flores de un intenso color rojo trepaba por un muro de roca volcánica a mi derecha y me fijé en que había también más flores desperdigadas alrededor. Aunque el paisaje de fuego parecía bastante árido al principio, cuanto más me fijaba, más bonito se volvía.
Caminamos junto a una grieta entre dos rocas que resplandecían con minerales amarillos y dorados.
—Es azufre —aclaró Sofia, notando de nuevo mi interés.
—Eres una enciclopedia con patas, ¿lo sabes? —bromeé, aunque no me quejaba. No tenía ni idea de lo que tenía entre manos en este sitio y sus conocimientos tenían un valor incalculable para mí.
—Me gustan los hechos y curiosidades. Además, soy sagitario. Nos encanta aprender cosas nuevas y, por lo general, somos bastante inteligentes —respondió con una sonrisa.
La seriedad con la que dijo eso me hizo intentar contener el resoplido de incredulidad que estaba deseando soltar. Supuse que tendría que abrir la mente a toda esta jerga de signos del zodiaco si quería encajar aquí.
—¿Sí? —me interesé, intentando disimular mi escepticismo.
—Sí. Y tengo muy buena memoria, que también debería venirme genial para bordar los exámenes y compensar de alguna forma mi falta de poder.
—¿No tienes poder? —pregunté con delicadeza, porque no sabía si estaba bien hacer esa pregunta, a pesar de que había sido ella la que había sacado el tema.
—Así es. Mi familia está bastante abajo en la clasificación en lo que a poder se refiere.
Si tú te imaginas como un diez, yo sería...
un tres, supongo. —Se encogió de hombros—.
En nuestro mundo, el poder lo es todo, lo que significa que estoy, digamos, predestinada a quedarme en lo más bajo de la cadena alimentaria, pero tampoco me importa demasiado.
Al menos no tengo que preocuparme por conseguir y mantener una posición durante el resto de mi vida, ¿sabes?
—En realidad no, pero creo que lo averiguaré pronto, me guste o no.
—Pues sí, yo diría que sí. Tu vida entera va a ser una lucha por el poder —añadió con una sonrisa.
—Perfecto. —Suspiré—. ¿Y si dijera que no quiero ese poder que se supone que tengo que reclamar? Que solo quiero usar mi magia para mis cosas y no tener nada que ver con derechos de nacimiento ni el trono ni los Herederos.
La risa de Sofia me interrumpió; yo la miré con una ceja arqueada.
—No era una broma —espeté con firmeza.
—Por las estrellas, Tory —dijo, recomponiéndose un poco—. Estás completamente verde. Me encantaría decirte que puedes huir hacia el horizonte y ya está, pero... eso no va a pasar nunca.
—Pues me cago en todo —respondí sin entusiasmo.
Seguía sin tener intención de hacer ninguna de las cosas que se esperaba que hiciéramos, pero al menos había conseguido una respuesta.
Ni de coña iba a conseguir bajarme de la carrera por el poder y evitar la atención de los Herederos, como había esperado.
A lo mejor podía hablar con ellos y decirles que no quería su poder.
No creo que fueran demasiado irrazonables...
Salimos de la grieta llena de azufre y el olor a sulfuro me asaltó la nariz. Busqué a mi alrededor hasta que vi unos bucles de vapor elevándose por el terreno a nuestra derecha y el destello del agua en la distancia.
—¿Son unas fuentes termales? —me entusiasmé.
—Ah, sí. Es donde se juntan los territorios de Agua y Fuego. Me han dicho que es el mejor sitio para relajarse. Deberíamos ir un día después de clase y probarlo —contestó Sofia ilusionada.
—No tengo bikini —repliqué, encogiéndome de hombros, aunque la idea de un baño en las termas era bastante tentadora. Siempre que el agua no fuera demasiado profunda. Hace algunos años, había sufrido un accidente en el agua y, desde entonces, solo con pensar en ella sentía escalofríos.
—¿No te has traído uno de tu casa? Diría que estaba en la lista de recomendaciones.
—Lo único que me traje de casa fue algo de ropa y un bolsillo lleno de dinero que Darius se encargó de quemar anoche —me lamenté, sombría.
—Ah, sí. Creo que algo escuché cuando terminé mi iniciación anoche. Parece que contigo se pasó un poco.
—Entonces, ¿a ti no te quemó la ropa que llevabas puesta? —ironicé, dando por hecho que ya sabía la respuesta. Esa prueba en concreto la habían diseñado exclusivamente para mí.
—Humm, no. Pero, como te he dicho, yo no tengo mucho poder. Así que tampoco cabría esperar que se fijara en mí. —Sofia bajó la mirada al sendero bajo sus pies mientras yo soltaba un resoplido de irritación.
—Pues confía en mí cuando quieras enfrentarte con un niñato engreído que se cree el rey del mundo en tan solo media hora —murmuré.
Sofia ahogó un grito, mirando a su alrededor para comprobar si alguien me había oído.
—Es mejor que te reserves esa opinión para ti si no quieres que se entere. Los Herederos tienen muchos seguidores y es probable que más de uno esté dispuesto a chivarse.
—Creo que Darius y sus amigotes saben perfectamente lo que pienso de ellos sin tener que preocuparme por ocultarlo. Además, si me lo preguntara, le diría encantada a la cara que me parece un ordinario presumido al que le hace falta buscarse una afición que no suponga torturar a gente.
Sofia se quedó boquiabierta y me di cuenta de que no sabía si reírse o ahogar un grito. Me alegré cuando, por fin, se le escapó una risilla.
Cuando llegamos al final del sendero, se elevó ante nosotras un edificio enorme. Se parecía al Coliseo en el que se celebraban los combates de gladiadores en la Antigua Roma, pero de piedra negra.
La conversación se detuvo cuando me quedé embobada mirando los dragones y gárgolas de piedra que nos observaban desde sus posiciones en el muro por encima de nuestras cabezas.