Capítulo 8
Después de la clase doble de Magia Cardinal con el profesor capullo, seguimos a una fila de alumnos hasta la Órbita para comer.
El edificio dorado resplandeciente era aún más impresionante bajo la luz del sol y estaba tan embobada mirándolo que no me di cuenta de que los cuatro Herederos estaban en la puerta hasta que casi nos caímos encima de ellos.
Darcy murmuró un insulto en voz baja al verlos, apretándome la muñeca para advertirme.
Compartí con ella una mirada malintencionada y mantuve la barbilla bien alta a medida que nos íbamos acercando.
Milagrosamente, no parecieron percatarse de nuestra presencia y entraron los cuatro antes de vernos obligadas a pasar por su lado.
Nos mezclamos con un grupo de alumnos de primero que estaban hablando a voces de algo que se llamaba Pitball. Llegamos a la cola sin que nadie se fijara en nosotras. No tenía intención de esconderme de los Herederos, pero llamar su atención a propósito me parecía una estupidez hasta a mí.
—¿Qué crees que deberíamos hacer con el mensaje de Estrella Fugaz? —me preguntó Darcy mientras se mordía la uña del pulgar.
—Ni idea —admití—. Parece que aquí todos o se sienten amenazados por nosotras o quieren algo de nosotras. Y ya nos ha metido en un lío con Orion, por muy divertida que haya sido su descripción.
Darcy soltó una carcajada.
—¿De verdad le apestará el aliento a bourbon?
—Lo averiguarás esta noche en tu clase privada con él —bromeé, y ella se estremeció.
Llegamos a un mostrador que tenía un montón de opciones para comer esperando a que nos decidiéramos; tuve la sensación de estar en un restaurante en lugar de en una cafetería escolar.
Un cartel indicaba que podíamos coger lo que quisiéramos del mostrador de la comida fría o pedir algo caliente para que nos lo llevaran a la mesa.
Mientras consideraba qué comida prefería, escuché un chillido de emoción seguido por un grito de: «¡Sus majestades! ¡Les he reservado una mesa!».
Empecé a girar la cabeza, pero Darcy me agarró del brazo, obligándome a que volviera a mezclarme entre el grupo de novatos.
—Es la loca del C. U. L. O. —me dijo en voz baja—. Vamos a coger lo que sea y nos piramos antes de que los Herederos la escuchen referirse a nosotras como sus reinas.
Resoplé con una risita, mientras Darcy cogía un par de bocadillos enormes, y dejé que me llevara hacia la salida entre la multitud.
Me detuve delante de una nevera que parecía estar fabricada con un gigantesco bloque de hielo y cogí un par de bebidas antes de mirar hacia atrás.
Una chica alta con el pelo largo y castaño estaba agitando los brazos histérica en nuestra dirección.
Me mordí el labio y me agaché detrás de mi hermana.
—Aquí están todos como cabras —aseguró Darcy mientras tomaba un sendero aleatorio, y emprendimos la caza de algún lugar tranquilo en el que disfrutar de la comida—.
O están entusiasmados por haber recuperado a sus reinas desaparecidas, o furiosos con nosotras por haber vuelto para robarles el trono.
—Ya. Y tampoco se les ha pasado por la cabeza preguntarnos siquiera si queremos el estúpido trono.
Quiero decir, la parte del cuento de hadas en la que descubres que eres una princesa está muy guay y eso, pero, en realidad, supongo que dirigir un imperio requerirá muchísimo trabajo.
Y tengo cero cualificaciones para aceptar ese papel.
—Pues sí. Que se queden los Herederos con su maldito trono —acordó Darcy—. Yo solo quiero mi magia.
—Y nuestra herencia —añadí con una sonrisa.
—Sí, cierto. Y ahora más, después de que Darius quemara todas nuestras pertenencias —respondió con un tono oscuro.
Tuve que apretar los dientes para evitar soltar otra frase más rajando del capitán de la casa Ignis.
Darcy se lo tuvo que tragar durante una hora anoche y seguir insultándole no iba a devolvernos nuestro dinero.
Darcy me dio el bocadillo que me había cogido en la Órbita y se lo cambié por la botella de limonada rosa que le había cogido yo a ella.
Nos lo comimos mientras paseábamos y no pude evitar gruñir en voz alta por la increíble combinación de sabores que bailaban sobre mis papilas gustativas.
Había queso y lechuga y una especie de salsa que era dulce y salada al mismo tiempo.
Con nuestros escasos ingresos, las comidas siempre eran simples y seminutritivas.
Lo mejor que había comido últimamente había sido la cena que Joey me había ofrecido en el bar.
Y, por mucho que disfrutara de la hamburguesa vegetal con patatas en aquel momento, no tenía ni punto de comparación con esto.
—Hostia puta, me quedaría aquí solo por la comida. —Gemí mientras me chupaba los restos de salsa de los dedos y le daba un sorbo a la limonada.
—Desde luego, deja en evidencia el esfuerzo de Pete con sus salchichas vegetales y el puré de patata —concordó Darcy con una carcajada.
Nuestro antiguo padre de acogida tenía la capacidad de preparar exactamente tres comidas a la semana, y las otras dos eran pizzas congeladas.
Si no volvía a comer una salchicha en mi vida, tampoco pasaría nada.
El paseo nos había llevado a una zona al norte del terreno de la academia que estaba marcada como «Territorio de Tierra» en el mapa.
Estábamos rodeadas por todas las tonalidades de verde que pudiéramos imaginar y unas flores impresionantes brillaban de todos los colores bajo el sol.
En el mapa vimos que el terreno estaba dividido en cuatro secciones, una para cada Elemento, y empezaba a darme cuenta de que la división iba más allá del nombre.
Todo el paisaje estaba moldeado por el Elemento que le daba nombre y pasar de uno a otro era como moverse por diferentes continentes.
A nuestra izquierda, una colina verde y empinada llena de flores se curvaba ante nosotras y vi a una criatura bajar en picado del cielo hasta la suave hierba.
Cogí a Darcy del brazo, incapaz de pronunciar ni una sola palabra, aunque se me abriera la boca por las vistas.
Toda una manada de unicornios con alas aterrizó antes de ponerse a pasear por la pradera, con un resplandor metálico en el pelaje que iba de plateado a bronce, dorado, rosa, amarillo e incluso verde.
Tenían purpurina esparcida por el pelaje y los cuernos largos y brillantes atrapaban la luz del sol como si estuvieran hechos de metal pulido.
—No me jodas —alucinó Darcy en voz baja.
Un macho pequeño levantó la cabeza al escuchar su voz y nos quedamos inmóviles, preocupadas de haberle asustado, pero la hermosa criatura simplemente nos observó con curiosidad.
Se me curvaron los labios con una sonrisa que no paraba de crecer sin control. No me solían entusiasmar esas cosas, pero, quiero decir, ¡era un puñetero unicornio con alas!
Tuve que pisotear con fuerza el suelo para acompañar al chillido de emoción que me burbujeaba en el pecho cuando el unicornio trotó hacia nosotras.
—¡Por Dios! —Darcy ahogó un grito cuando se paró directamente delante de nosotras.
Estiré una mano tentativa, preguntándome si la gloriosa criatura me permitiría tocarle el pelaje destellante.
Los ojos del unicornio parecieron brillar divertidos, e inclinó la cabeza hacia delante para que le rozara el hocico con los dedos y hasta la crin.
Darcy también lo tocó, pasándole los dedos por la cara y por el cuello.
El unicornio se acercó aún más, frotando el lateral de su cara contra mi pecho, provocándome una risa. A continuación, apretó también la cara contra Darcy y ella sonrió como el Gato de Cheshire mientras le envolvía los brazos por el cuello.
Un unicornio rosa se acercó trotando, nos miró un momento y relinchó al macho al tiempo que este apretaba el hocico en mi cuello.
El macho resopló de una forma que me resultó extrañamente despectiva y el unicornio rosa dio un pisotón antes de desaparecer por los árboles que quedaban a nuestra izquierda.
—¡Tyler, para! —La voz de Sofia llegó desde la arboleda a la que acababa de entrar el unicornio rosa y me sobresalté sin entender de dónde narices había salido.
El unicornio plateado empujó de nuevo la cabeza contra mi pecho y le pasé la mano por el cuello.
—¡No saben lo que eres! —exclamó Sofia enfadada mientras salía a grandes zancadas de los arbustos con la falda al revés y la camisa a medio abotonar.
Terminó de abrocharse los botones mientras caminaba hacia nosotras, descalza, mirando al unicornio plateado como si hubiera hecho algo que la había ofendido.
—Cuidado, no lo asustes —empecé a decir, pero el unicornio a mi lado resopló aparentemente molesto, antes de lanzarse hacia mí y convertirse en un tío con el pelo de punta y una sonrisa de oreja a oreja.
También tenía el culo al aire, pero no pareció importarle lo más mínimo.
Mi mano, que había estado en el cuello del unicornio, ahora estaba en su pecho.
La quité rápidamente con un grito de repulsión y Darcy chilló, saltando hacia atrás y cayéndose de culo.
—Bueno, ahora que ya hemos acabado con los preliminares, ¿os vais a pasar por mi habitación y continuamos? —nos preguntó Tyler a Darcy y a mí guiñándonos un ojo.
—¡Eres un unicornio! —gritó Darcy sin entender nada mientras mi cerebro también intentaba darle sentido a lo que acababa de ocurrir.
—Pegaso —corrigió Tyler—. Y no me habéis quitado las manos de encima. —Su sonrisa era aún más grande, si es que eso era posible, y de pronto entendí lo que estaba diciendo. La preciosa criatura a la que acabábamos de acariciar era, en realidad, él.
—¿Me has frotado el pecho con la nariz? —pregunté asqueada.
—Sí —respondió Tyler, bajando la vista hasta mis tetas que, afortunadamente, estaban ocultas bajo mi camisa.
Me salió disparado el puño de puro instinto y lo pillé desprevenido, dándole un golpe en la mandíbula y tambaleándolo hacia atrás.
—¡Hostias! —bramó, llevándose las manos a la cara.
—¿Qué coño te pasa? —preguntó Darcy mientras se ponía de pie y se colocaba a mi lado.