El despertar (Zodiac Academy 1) Capítulo 7 #2
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Capítulo 7 #2

Me levanté de la cama y fui a mi baño privado. Los azulejos eran azules y blancos y había una ducha enorme a un lado. Había hasta un cepillo de dientes y una cesta llena de cosméticos.

Chillé como una niña pequeña, me metí en la ducha cascada y luego me apliqué una crema hidratante que olía superdulce.

Consciente del tiempo, volví corriendo a la habitación y abrí el armario que llegaba hasta el techo.

Había un uniforme esperándome; había varios, en realidad, además de mallas, camisetas y sudaderas con el logo de Aer.

Me puse el uniforme y me miré en el espejo de la puerta del armario.

Era una falda de tablas a cuadros blancos y azul marino que me llegaba hasta la rodilla, a juego con una camisa impoluta blanca ajustada al cuerpo.

Me subí los calcetines hasta la rodilla, me puse los mocasines negros y una chaqueta por encima, pasando los dedos por la insignia dorada de la academia, que estaba rodeada con cada uno de los símbolos del zodiaco.

Me atusé el pelo suelto sobre los hombros y las puntas azules casi se mimetizaban con la chaqueta azul marino.

«Hoy va a ser un buen día», me prometí a mí misma. Cogí un bolso del armario y metí dentro el Atlas, junto con varios cuadernos y bolígrafos.

Salí de mi habitación, cerré la puerta y seguí el flujo de alumnos que bajaban por las escaleras.

Algunos me miraron y murmuraron. Ninguno me saludó.

Pero no iba a dejar que me molestara. Ayer demostré mi valía y me merecía mi lugar aquí tanto como ellos.

En pocos días, probablemente se olvidarían de que era una gemela Vega y podría empezar a hacer amigos.

Fuera, el aire de la mañana era fresco y la brisa me hizo llegar el olor a enebro.

Se me erizó la piel cuando el aire me acarició la cara, como si el clima le diera vida a los Elementos dentro de mis venas.

Sentí emoción ante la idea de usar más magia y me pregunté cómo sería hacer uso del fuego, del aire y del agua.

—¡Majestad! —gritó alguien detrás de mí, y me di la vuelta con curiosidad. Me encontré con una de las pocas chicas que se había alegrado de vernos anoche en la Órbita. Vino corriendo hacia mí con los ojos alegres.

«¿Se refería a mí?».

Se paró frente a mí, agachando la cabeza. Yo fruncí el ceño.

—Me llamo Geraldine Grus y estoy a su servicio.

Quería avisarla de que tiene un grupo de fieles seguidores, el Consejo Universal de Líderes Originarios.

No tema a los rufianes que se autodenominan Herederos.

Su hermana y usted son las auténticas reinas, y pronto terminarán aceptándolo.

—Hizo otra reverencia y noté todos los ojos sobre nosotras conforme iban pasando los estudiantes.

—Ah, eh... —No tenía ni idea de qué decir. Pero no me gustaba la atención que estaba atrayendo ni que nos llamara a Tory y a mí reinas—. Bueno, no hemos venido a por el trono, la verdad. Los Herederos pueden quedárselo.

—¡Sacrilegio! —Ahogó un grito abriendo mucho los ojos azules—. ¿Cómo puede decir algo así, princesa Gwendo­lina?

—No me llames así —le rogué—. Soy Darcy.

—Por supuesto, como desee —se corrigió con otra reverencia.

«Por Dios, que pare ya».

—¡Geraldine! —gritó una chica—. ¿Esa es una de las reinas?

Cogí aire cuando vi a un grupo de personas corriendo hacia nosotras.

«Nop. Me piro».

—Será mejor que me vaya —me apresuré a decir—. No quiero llegar tarde a clase. —Le sonreí con educación y me fui, aliviada al ver que no me seguía.

—¡Recuerde que el C. U. L. O. la adora! —exclamó, y varias personas que la escucharon empezaron a reírse.

«¿En serio? ¿No se le había ocurrido otro nombre? ¿El consejo de los pedorros?».

No quería parecer desagradecida por su amabilidad, pero también sabía que había un noventa y nueve por ciento de probabilidades de que saltara al arbusto más cercano la próxima vez que la viera acercarse.

No tardé en encontrar el camino hacia el Edificio Júpiter y levanté la vista asombrada hacia el imponente edificio gótico.

Entré con los demás alumnos hacia un enorme atrio de piedra blanca.

Una hilera de pilares sostenía una escalera en la pared del fondo y seguí a un grupo de primer año arriba, hacia el aula que aparecía en mi horario.

Entraron todos y miré por encima del hombro, con la esperanza de encontrarme con Tory en cualquier momento.

El aula era de ladrillos color miel y en un lado había una fila de ventanas en forma de arco que dejaban entrar la luz del sol formando ocho rayos perfectos.

Había cerca de doscientos alumnos y los pupitres de madera se estaban llenando rápidamente. Troté al que tenía más cerca y coloqué la mochila en el de al lado para cuando apareciera Tory.

Estaba a unas cuantas filas del principio de la clase, donde había un escritorio de roble con forma de medialuna delante de una pantalla electrónica.

Saqué el Atlas de mi bolso y vi que tenía un mensaje.

¡Bienvenida a Magia Cardinal, Darcy!

Haz clic aquí para comenzar.

Hice clic y apareció una hoja en blanco. Cogí el bolígrafo enganchado al lateral del Atlas y garabateé en la hoja para probarlo.

—Eh.

Levanté la vista y vi a Tory a mi lado con el uniforme y los ojos adormilados. Le costaba madrugar mucho más que a mí, pero hoy hasta yo estaba sintiendo su sufrimiento por la falta de sueño.

Sofia estaba en un escalón detrás de ella, sonriendo ampliamente mientras recorría el aula con la mirada.

—¿Has conseguido evitar a los gilipollas de fuego esta mañana? —le pregunté a Tory, cogiendo mi bolso del pupitre que tenía al lado.

Ella se dejó caer con una risa en el asiento que le había reservado y Sofia se sentó en el siguiente.

—Sí, aunque no a propósito. No voy a esconderme de ese capullo.

—Igual tenemos que escondernos de otra persona —comenté, poniéndola al día de mi encuentro con Geraldine.

—¿Te ha llamado majestad? —preguntó Tory incrédula, y asentí.

—Por lo que he oído, hay bastantes monárquicos en la escuela —intervino Sofia, y en silencio esperé que no todos fueran tan entusiastas como Geraldine.

— ¿Qué pasa, amigas? 1

Me giré hacia la voz masculina y vi a uno de los novatos de Aer tomando asiento a mi otro lado. Apenas lo recordaba de anoche. Llevaba un gorro negro con una cruz blanca y le salía el pelo rizado oscuro por debajo. Parecía majo, con la piel bronceada y los ojos azules.

Cuando lo miré con un gesto inexpresivo, él arqueó una ceja.

—Ah, perdón, pensaba que hablabais mi idioma. —Hizo un gesto señalándonos a las dos. Nuestro aspecto latino ya había provocado alguna que otra confusión como esta, aunque me sorprendió que también ocurriera en un mundo completamente diferente al nuestro.

—¿Eres del... mundo de los mortales? —pregunté, con una sensación extraña por referirme a la Tierra de esa forma.

Él me miró durante un segundo y luego estalló en una carcajada.

—No, Solaria es un mundo espejo. Lo mismo, pero diferente, ¿entiendes? Entonces, ¿no habéis aprendido nuestro maravilloso idioma?

Sonreí con delicadeza, sacudiendo la cabeza.

—Qué va. Nunca se presentó la oportunidad porque en ninguna de nuestras casas de acogida lo hablaban.

—Aunque tuvimos un vecino que siempre llamaba a Pete hijoeputa —intervino Tory.

El chico volvió a reírse.

—Entonces, ¿lo único que sabéis decir es «hijo de puta»?

—¿Significa eso? —Tory se rio.

—Sí. —Sacó su Atlas y soltó su bolso en el suelo—. Soy Diego.

—Darcy —me presenté—, y ella es...

—Tory, ya lo sé —completó mi frase con una sonrisa torcida—. Sois las Gemelas Vega. En FaeBook no se habla de otra cosa desde lo que pasó anoche en la Órbita.

—¿Dónde? —Fruncí el ceño.

—Es una red social de la escuela. Mira. —Diego cogió mi Atlas e hizo clic en una aplicación morada con un círculo que conectaba cada uno de los signos del zodiaco. Se abrió la web de una red social.

«¿FaeBook? Está de coña, ¿verdad?».

Abrí mi perfil y vi que ya lo habían rellenado por mí. En lugar de fotos de perfil, se mostraban los signos del zodiaco y, en el mío, el símbolo de Géminis resplandecía en rosa. Hice clic en la sección de las noticias y se me secó la boca al ver la publicación más popular arriba de la página.

Max Rigel: ¡Demos la bienvenida a Darcy y a Tory!

(Podemos llamarlas Dory para que sea más fácil).

Cuánto me alegro de que las Gemelas Vega hayan aparecido en el momento perfecto para reclamarnos el trono de Solaria, porque me moría de ganas de poner a prueba mi último combo de ataques Elementales con alguien. #Pistolasdeagua #Mojaresganar

Comentarios:

Marguerite Helebor: LOL. #lafuerzadelagua #salpicayvencerás

Milton Hubert: ¡Ja, ja, ja! ¡Eso! ¡Que se mojen! #raritosdeagua

Gary Jones: ¡brUTAL, TÍO! ¡Nos vemos en Pitball luego! #pitballbros

Milly Badgerville: ¡Me parto contigo, Max! #memueroderisa

Tory lo leyó por encima de mi hombro y soltó una respiración frustrada.

—Genial, se burlan de nosotras en una red social que no tenía ni idea de que existía hasta hace tres segundos.

Fruncí el ceño y cerré la aplicación.

—Pasa de ellos.

—Yo no soy como esos imbéciles —aclaró Diego con amabilidad—. No conozco a nadie, mi familia vive en el quinto pino, en mitad del campo. La mayoría de los Fae que hay aquí tienen relación entre ellos. Es muy elitista. Así que, si alguna vez os apetece hacer algo...

La puerta se abrió y entró Orion, cerrándola de una patada mientras bebía café en una taza. Miré el reloj de la pared y me di cuenta de que llegaba diez minutos tarde.

Fue hasta detrás del escritorio, pero la gente seguía charlando. Vi a Kylie sentada sobre una mesa con las piernas cruzadas, hablando con un par de chicos en la última fila, enrollándose un mechón de pelo rubio entre los dedos.

Mordisqueé el extremo del bolígrafo digital, esperando a que Orion empezara la lección, pensando en qué aprenderíamos hoy.

No podía negar que sentía bastante curiosidad.

En las últimas veinticuatro horas, toda nuestra vida se había puesto patas arriba y ahora estaba en un aula delante del profesor más sexi que había visto en mi vida.