Capítulo 6 #3
Intenté correr hacia ella, pero las figuras se interpusieron en mi camino, obligándome a detenerme ante el muro creado por los cuerpos en llamas.
Me aparté rápido, dándole vueltas a varias ideas, intentando solucionar la situación, pero no me daban tiempo a pensar entre sus ataques.
Salté hacia un lado, rodando por el suelo e intentando ponerme de pie una vez más. Un maniquí me lo impidió agarrándome la cara con sus garras de fuego.
Chillé, cayéndome hacia atrás y golpeándome la cabeza.
«¡No puedo luchar contra el fuego! ¡Necesito un cubo de agua, joder!».
En cuanto ese pensamiento salió de mi cabeza, también lo hizo una riada del líquido deseado.
De mis manos salió un torrente de agua que cayó sobre el maniquí más cercano antes de empapar también a los alumnos detrás de él.
Las criaturas se extinguieron y aproveché la oportunidad, sin perder ni un segundo en asombrarme por lo que acababa de hacer.
—¡Eh! —gritó uno de los estudiantes cuando pasé corriendo entre ellos.
—Solo tiene que pasar —respondió otro—, no hay ninguna regla que diga cómo ha de hacerlo.
Sonreí para mí mientras atravesaba corriendo la puerta y encontraba unas escaleras de caracol. Subí los escalones de dos en dos, prestando tan solo un poco de atención a los apliques de la pared, que ardían en colores que iban del rojo sangre al naranja, amarillo e incluso azul.
En lo alto de las escaleras había una puerta arqueada y, detrás de ella, una gran sala con sillas y sillones decorados en rojo y negro.
Darius levantó la vista en el centro de un grupo de admiradores cuando me escuchó acercarme y, durante un momento, habría jurado que le brillaron los ojos con sorpresa.
Se puso en pie antes de que yo entrara y, de pronto, la puerta se llenó de fuego.
Me quedé mirándolo inmóvil. No podía rodearlo. La única forma era atravesarlo.
—¡El reto final! —gritó Darius desde algún lugar más allá de las llamas—. Si realmente quieres ser una de los nuestros, vas a tener que olvidarlo absolutamente todo de tu vida entre los mortales.
Fruncí el ceño, preguntándome qué querría decir con eso.
Darcy estaba aquí conmigo y en mi vida tenía pocas cosas más que me importaran lo suficiente como para cargarlas hasta aquí.
¿Pensaba que había dejado atrás un maravilloso grupo de amigos y familia con los que tenía una necesidad inmensa de volver?
A lo mejor creía que retarme a liberarme de esos vínculos me resultaría increíblemente complicado, pero no era algo que me preocupara.
Su intento de ser cruel estaba fracasando y ni siquiera se daba cuenta.
—Podrás atravesar las llamas una vez que estés dispuesta a abandonar tus ataduras mortales.
El fuego las quemará, pero tú no sufrirás ningún daño.
—Darius parecía estar disfrutando, aunque no lo mostraba en la cara, y no pude evitar sonreír un poco.
Dejar atrás el mundo de los mortales me daba igual.
No era un mundo que se hubiera preocupado demasiado por mí, de todos modos. Y el sentimiento era mutuo.
Parpadeé frente al muro de fuego, temiéndolo más que a la separación de cualquiera de los mortales a los que conocía.
Mis padres adoptivos habían muerto en un incendio.
Y aunque yo no me acordaba de nada de aquello, sabía que Darcy y yo tuvimos la suerte de sobrevivir.
Eso siempre me había hecho temer un poco las llamas, pero no iba a dejar que un miedo sin importancia me detuviera.
Respiré hondo y crucé el fuego.
El calor me engulló, pero, en lugar de arder, sentí simplemente el delicado abrazo de las llamas contra mi piel como miles de besos.
El olor a quemado me llenó la nariz y el corazón se me aceleró por el pánico cuando me agarré el pelo, aunque afortunadamente estaba en perfecto estado.
Sentir la moqueta bajo los pies descalzos al entrar en la sala fue un alivio. Miré a Darius, dispuesta a decirle lo insulso que había sido para mí aquel reto, pero todas las personas que llenaban la sala empezaron a reírse antes de que me diera tiempo a hacerlo.
Darius me observaba con una sonrisa engreída, repasándome de arriba abajo de una forma que me hizo mirarme.
Ahogué un grito al darme cuenta de lo que había hecho: toda mi ropa había desaparecido pasto de las llamas que él había creado, por lo que estaba ahí de pie completamente desnuda delante de todos.
Siempre me había gustado mi cuerpo y había tenido varios novios y relaciones esporádicas a lo largo de los años, por lo que no era que nadie me hubiera visto desnuda antes, pero esto era diferente.
Sentí el calor en las mejillas al darme cuenta de que Darius no se estaba refiriendo a dejar atrás los lazos emocionales con el mundo real, sino a algo mucho más literal.
Hablaba de todas las cosas físicas que había traído, es decir, mi ropa y...
—¡Hijo de puta! —grité mientras iba hacia él enfadada, pero me detuve al recordar que estaba desnuda—. ¡Tenía casi tres mil pavos en el bolsillo! ¿Sabes cuánto nos costó a mi hermana y a mí conseguir ese dinero?
Darius solo sonrió más como respuesta a mi ira mientras sostenía una llave.
—Tu habitación está en la tercera planta, al final del pasillo —me informó, ignorando por completo todo lo que acababa de decir—. Igual quieres subir a ponerte algo de ropa.
Me acerqué para quitarle la llave, negándome a hacer cualquier intento de cubrirme el cuerpo.
Ya era demasiado tarde, de todos modos, y el calor que me estaba subiendo por la espalda no se iba a suavizar si hacía un intento patético por esconderme.
Ahora mismo, mi única defensa contra lo que él me había hecho era intentar fingir que no me importaba.
Aunque la sangre que me encendía la cara debería haber sido suficiente para que todos se dieran cuenta si fueran capaces de apartarme los ojos del culo y las tetas el tiempo necesario como para verlo.
Las lágrimas me escocían en los ojos, pero me esforcé para mantenerlas a raya.
No pensaba llorar delante de este imbécil.
Cuando agarré la llave, Darius aprovechó para agarrarme y acercarme un paso más a él.
—Aunque, si lo prefieres, puedes subir a mi habitación para que te dé una bienvenida real a la casa de fuego —sugirió, deslizando la mirada por cada centímetro expuesto de mi cuerpo, haciendo que la vergüenza me trepara por la nuca.
Sentí un cosquilleo en el estómago al percibir el deseo en su mirada y me regañé mentalmente por dedicarle siquiera un segundo a su oferta.
Estiré los hombros y lo miré de la misma forma que me había mirado él.
Lo contemplé detenidamente, desde el talle bajo de sus pantalones sobre las caderas a los músculos marcados bajo la camisa ajustada.
Miré los tatuajes que desaparecían de la vista bajo la manga corta y los bíceps bronceados que me gritaban que los tocara.
Los hombros anchos y la altura imponente me provocaron una especie de necesidad carnal cuando incliné la cabeza para estudiarlo bien.
Una sonrisa engreída le tiró de unos labios que, sin duda, podría besar si se me diera la más mínima oportunidad, y el pelo negro se le cayó sobre la frente lo suficiente para hacerme pensar en agarrarlo entre mis puños.
«¿Por qué siempre me tienen que atraer los gilipollas?».
Me acerqué un centímetro, como si fuera a compartir un secreto con él, pero hablé en voz alta.
—No me acercaría a ti ni aunque me apuntaran con un cuchillo al corazón y me dijeran que se iba a acabar el mundo si no lo hacía. —Gruñí y le arranqué la llave de la mano—. Así que aprovecha y mírame bien mientras puedas. Porque te puedo garantizar que no volverás a hacerlo.
A Darius se le hundió ligeramente el gesto cuando el resto de los alumnos empezaron a reírse de él en lugar de mí.
Lo empujé con el hombro al pasar por su lado, triunfante.
Fue como chocarse con un muro de ladrillo, pero conseguí hacer que se moviera un poco, más que nada porque lo pilló por sorpresa.
Miré por la habitación en busca de las escaleras que me llevarían a la habitación prometida y me obligué a mantener el ritmo firme en lugar de salir corriendo.
Todos los ojos siguieron mi camino y empezaron a escucharse susurros a mi alrededor, pero yo mantuve la mirada fija en mi destino, negándome a mirar a cualquier otro lugar.
Estaba a punto de llorar y sabía que estaba librando una batalla perdida contra el tiempo mientras intentaba contener las lágrimas.
«Solo unos segundos más».
—¡Deberías tener más cuidado con los enemigos que te buscas por aquí, Roxy! —gritó Darius detrás de mí, demasiado tarde como para conseguir que sonara con la calma que seguramente hubiera querido. Sentí una ligera satisfacción al saber que yo también había conseguido alterarlo por un momento.
No me molesté en contestar. Meterme en confrontaciones con gilipollas no era mi estilo y, si no me encerraba en una habitación pronto, estaba bastante segura de que iba a ponerme a llorar delante de todos.
Si conseguía mantener la barbilla bien alta y la cara impasible, a lo mejor podría salir con algo de dignidad de esta habitación, aunque tuviera que arañarla del suelo.
Subí tres tramos de escaleras y llegué al final del pasillo donde, afortunadamente, la llave abrió la puerta.
Entré y cerré detrás de mí solo un segundo antes de que se abrieran las compuertas y brotaran las lágrimas.
Me derrumbé en el suelo y enterré la cabeza entre los brazos mientras me llevaba las rodillas al pecho.
La ira y la humillación me inundaron por completo, y les otorgué cinco minutos para que se salieran con la suya antes de volver a encerrarlas bajo llave.
Las lágrimas nunca le hacían ningún favor a nadie, aunque a veces era necesario soltarlas.