Capítulo 6 #2
El resto de los de primero se separaron como una marea y yo caminé al frente con mi mejor cara de no-me-toques-las-narices.
Varios años frecuentando el bar de Joey me habían dado la práctica suficiente para lidiar con hombres peligrosos; y la regla número uno de mi libro de supervivencia resonaba en mis oídos:
«No des tu brazo a torcer. No muestres debilidad».
Así que, pese a mi corazón acelerado y las manos sudorosas, sostuve la mirada de Darius y proyecté un aura poco impresionada a medida que me acercaba a él.
—El primero siempre es el más difícil —me advirtió Darius—. Puedes retirarte sin problema si tu educación mortal no te ha dado la preparación necesaria para pasarlo mal.
—Todos vamos a entrar de una forma u otra. Prefiero acabar con esto cuanto antes —respondí con desdén.
Al escuchar mi tono, le brillaron los ojos con irritación y, durante un momento, pensé que había visto algo cambiar en ellos.
Si los vampiros no eran las criaturas más peligrosas en esta escuela, ¿qué lo era, entonces?
Porque tenía la impresión de que ahora mismo estaba mirando a una a los ojos.
Me tragué el nudo en la garganta mientras le sostenía la mirada y él dio un paso hacia mí.
—Quizá deberías haber elegido una casa más sencilla —me advirtió—. Me da la impresión de que no estás preparada para las pruebas de esta.
—Bueno, tú entraste —apunté—, así que no será tan complicado.
Antes de que respondiera, pasé por su lado y me dirigí hacia la entrada de la cueva.
El corazón me latía tan rápido que estaba convencida de que él podía oírlo.
No obstante, con una extraña combinación de fuerza de voluntad y suerte pura y dura, mi bravuconería se mantuvo cuando conseguí entrar en la cueva sin echarme a temblar.
Nada más cruzar un pie por el umbral, una extraña sensación se me deslizó por la piel y la luz del fuego de fuera desapareció.
Miré por encima del hombro y el corazón me dio un vuelco al darme cuenta de que la entrada había desaparecido.
En su lugar, había un muro sólido que ni siquiera tembló cuando lo toqué.
Parpadeé para que mis ojos se acostumbraran a la tenue luz que venía de algún lugar al final del túnel al doblar la esquina. El titileo y el brillo anaranjado me llevaron a pensar que ahí también había fuego.
«Por supuesto que hay fuego, esta es la casa de fuego, si no lo hubiera sería como entrar en una casa de jengibre y encontrarte paredes de ladrillo».
Me quedé inmóvil durante unos segundos más, escuchando, mirando a mi alrededor con los ojos entrecerrados sin ver gran cosa.
Las paredes y el suelo eran negros y estaban cubiertos con miles de agujeros diminutos.
Vinieron a mí los recuerdos cuando reconocí que me encontraba en un tubo de lava.
Uno de nuestros padres de acogida estaba obsesionado con el Discovery Channel y los seis meses que pasé viviendo allí me llenaron el cerebro con un montón de datos aleatorios sobre el mundo.
Como la lava era fuego líquido, tenía mucho sentido que esto formara parte de la casa Ignis.
La entrada había desaparecido y solo había un camino por el que avanzar, así que respiré hondo y eché a andar.
Adopté un ritmo acelerado porque sabía que ir despacio no tendría ningún efecto en lo que aguardaba al final.
Había escuchado muchas historias sobre las novatadas en las hermandades y de las cosas tan retorcidas que obligaban a hacer a los novatos, pero intenté no darle demasiadas vueltas.
Fuera lo que fuese a lo que estaba a punto de enfrentarme, no podía ser tan malo... , ¿verdad?
Al doblar la esquina me encontré con la fuente de la luz parpadeante.
Un lecho de brasas ardientes bloqueaba el paso, brillando de un rojo intenso y extendiéndose a sus anchas hacia los lados del túnel. Ocupaba el espacio ante mí con una extensión de unos seis metros. Sabía perfectamente que tenía cero probabilidades de saltar tan lejos.
Agaché la vista a mis botas favoritas con una punzada de arrepentimiento.
Solo tenía dos pares de zapatos y me había dejado las maltrechas deportivas en el piso.
Estas botas eran la combinación perfecta de practicidad y moda.
Eran bonitas y podía correr, saltar y montar en moto con ellas.
Me habían acompañado en cada adquisición de dudosa legalidad que había hecho y me habían ayudado a mantener un techo sobre nuestras cabezas y los estómagos llenos.
Antes de perderme demasiado en la miseria inducida por tener que hacer pasar a mis botas por el calvario de las brasas ardientes, escuché un gruñido profundo que venía del túnel, detrás de mí, y me quedé paralizada.
Se me cortó la respiración al mirar por encima del hombro y se me abrió la boca de terror. No había nada. Acababa de venir por ahí. Pero aun así...
Una figura emergió de pronto de la esquina y grité al ver a la enorme leona. Se abalanzó sobre mí con un rugido y yo empecé a correr.
Recorrí la distancia final de las brasas encerrando mis pies en un horno de cuero abrasador. Se cayó un trozo de la suela y pisé dos veces el carbón con el pie descalzo antes de dar un salto fuera del lecho de brasas y estrellarme contra el suelo frío de la cueva.
Rodé dos veces, cubriéndome la cara con las manos antes de pararme por completo. Un arañazo sangriento atrajo mi atención a mi antebrazo y me salió un siseo de dolor. La roca de lava estaba afilada y derrapar sobre ella fue bastante poco agradable.
Miré rápidamente atrás, al otro lado del lecho de brasas, y vi a la leona del tamaño de un elefante merodeando de un lado a otro en el otro extremo del aire ondulante saturado de calor.
Me quedé boquiabierta observando a la criatura que había ante mí. ¿Primero vampiros y ahora esto? ¿Adónde coño habíamos ido a parar?
El calor llevó mi atención a mi pie izquierdo y ahogué un grito cuando vi que la bota estaba ardiendo.
Me quité el cuero echado a perder y lo que quedaba de calcetín; tuve que repetir el proceso con el pie derecho.
Milagrosamente, había evitado quemarme y le di las gracias en silencio a mis pobres botas por su sacrificio.
Con una punzada de arrepentimiento, tiré los objetos ya destrozados al carbón y me levanté.
La roca afilada me pinchaba la planta de los pies al caminar, pero me obligué a mantener la atención en la tarea que me ocupaba.
Cuanto antes superara todo esto, mejor. Solo tenía que concentrarme en ir paso a paso y lo conseguiría.
Tampoco es que fueran a dejar morir a los alumnos aquí abajo... , ¿no?
El túnel empezó a bajar formando un tirabuzón que no me parecía natural. Afortunadamente, las rocas se habían suavizado y pude acelerar el paso al dejar de cojear.
La cueva seguía iluminada con un tenue brillo naranja, pero cada vez que pensaba que me estaba acercando a la fuente de luz, se alejaba.
Una risa distante me llamó desde arriba y me detuve durante un instante. La volví a escuchar y empecé a preguntarme si los demás alumnos podrían verme de alguna forma. Miré a mi alrededor en busca de alguna cámara o algo por el estilo, pero la cueva parecía vacía.
Un escalofrío me trepaba por la espalda y la intuición me insistía en que acelerara el paso. Esas mismas sensaciones me habían salvado de la policía más de una vez y no iba a ser tan idiota como para ignorarlas.
Empecé a trotar y luego a correr más rápido a medida que la luz de delante intentaba alejarse de nuevo, pero por fin tuve la sensación de que la estaba alcanzando.
Doblé una esquina y me detuve de golpe al encontrarme con una sala vacía. No había ningún mueble, pero sí varias armas colgadas en la pared, pidiéndome que las usara.
Al fondo de la habitación, había tres siluetas de pie, escondidas detrás de unas capas burdeos, con la cara oculta por la sombra de las capuchas.
Era evidente que me estaban mirando y, mientras yo las estudiaba, tres seres de fuego cobraron vida frente a ellas.
Tenían forma humanoide, aunque les colgaban los brazos más allá de las rodillas y los dedos se les curvaban en garras ardientes.
En lugar de ojos, tenían agujeros negros que me miraban hambrientos.
Solo pude quedarme mirándolas con fascinación un instante antes de que los maniquíes de fuego se abalanzaran sobre mí.
Grité asustada, lanzándome hacia la colección de armas. Cogí un hacha de la pared y la balanceé delante de mí cuando el primer maniquí de fuego intentó alcanzarme. El arma pesada atravesó el pecho de la criatura, pero las llamas volvieron a tomar forma rápidamente alrededor del hueco.
Retrocedí, volviendo a golpear con el hacha en un esfuerzo inútil por evitar que la cosa se me acercara, pero apenas se inmutó bajo la fuerza de mis ataques.
Le lancé el hacha y me agazapé, volviendo a acercarme hasta la pared para coger una daga. Se la tiré al maniquí más cercano, pero lo atravesó sin hacerle ningún daño.
Antes de que me diera tiempo de coger una tercera arma, las criaturas se acercaron demasiado y grité cuando una mano ardiente me rozó el muslo, chamuscando la tela de mis mallas.
Salté a través del espacio minúsculo entre dos de ellos, tapándome la cara con las manos cuando las llamas me rozaron los brazos desnudos.
Entonces noté mi magia brotando dentro de mí, llenándome por completo y pidiendo que la liberara, pero no tenía ni idea de cómo hacerlo.
Rodé por el suelo y me puse de pie de un salto, apartándome. Los tres maniquíes de fuego volvieron a por mí y miré la pared de armas detrás de ellos. Había espadas, lanzas, arcos e incluso una maza. Ninguna serviría de nada contra una criatura de fuego.
Corrieron hacia mí y me alejé lo más rápido que pude.
Me fijé en los tres alumnos que los controlaban y entonces fui consciente de que ellos tenían que ser mi auténtico objetivo.
Detrás de ellos, había una puerta abierta, por la que seguramente habían entrado, y estudié bien su posición para usarla como vía de escape.