Capítulo 4 #3
La misma energía nerviosa que yo sentía retorciéndose bajo mi piel nadaba en sus pupilas.
Solté aire despacio mientras me liberaba de las manos de la directora.
Eso no la desalentó y me pasó el brazo por la espalda, empujándonos hacia delante, así que empezamos a andar.
Directas hacia el grupo de chicos con una expresión de todo menos amable.
—Caballeros —dijo la directora Nova mientras me daba un empujoncito para obligarme a pararme delante de ellos como una ofrenda—.
Estos son los Herederos Celestiales —nos explicó a Darcy y a mí, entonces procedió a nombrarlos de izquierda a derecha—: Max Rigel —El semidiós de piel oscura—, Caleb Altair —El vecino guapo de pelo dorado—, Darius Acrux —Mi fantasía pecaminosa— y Seth Capella —El don juan de pelo largo—. Ellas son Gwendalina y Roxanya Vega...
—No nos llamamos así —interrumpí, negándome a seguir ahí de pie como una marioneta mientras la manada de fantasías nos evaluaba como si fuéramos carne fresca—. Yo soy Tory y ella es Darcy.
—Entiendo que su familia de Intercambio les pusiera los nombres de sus hijas —habló Nova en tono suave, como si estuviera tranquilizando a una niña pequeña, para el deleite del chico rubio al que había llamado Caleb—, pero ahora que están en casa, no tienen por qué seguir usándolos.
—A mí me gusta mi nombre —intervino Darcy.
—Le puedo asegurar que no voy a responder al nombre de Roxanya —espeté con un tono que no daba lugar a réplica.
La directora nos miró como si pensara continuar con la discusión, pero supongo que la respuesta que vio en nuestros ojos la animó a dejarlo estar. Suspiró de forma dramática y continuó dirigiéndose directamente a los hermosos especímenes que teníamos delante.
—Bueno, se llamen como se llamen, siguen siendo Vegas.
Las últimas de su linaje y las legítimas titulares del trono de Solaria cuando alcancen la madurez.
Por lo tanto, si aprueban todas sus evaluaciones y se gradúan en Zodiac Academy, recuperarán el trono de los Herederos Celestiales.
—Señaló a los cuatro tipos sentados delante de nosotras.
Yo fruncí el ceño intentando comprender qué estaba sugiriendo exactamente.
Antes de dejarme asimilar esa información, continuó, esta vez dirigiéndose a los Herederos—.
Espero que no se hayan acomodado demasiado a la idea de mantener el trono juntos.
Estoy segura de que quieren ser los primeros en ofrecerles a las chicas una mano amiga al embarcar en esta travesía educacional nueva para ellas.
Los cuatro chicos nos miraron como si ofrecer una mano amiga fuera lo último que se les había pasado por la cabeza. Es más, tuve la sensación de que Oscuro y Peligroso podrían estar intentando hacernos arder solo con mirarnos.
Para mi sorpresa, él fue el primero en hablar, con una sonrisa que le iluminaba la cara y que, no me cabía duda, intentaba ser amable, aunque parecía más bien una máscara.
Era especialista en detectar gilipollas y este tipo parecía serlo por completo, sobre todo para obtener el beneplácito de la directora.
—¿Ha dicho que estaban ocultas en el reino mortal? —preguntó Darius con curiosidad—. ¿Sin haber entrenado absolutamente nada? —Tenía la voz tan grave y ronca que me puso la piel de gallina y no pude evitar mirarle la boca cuando se le curvó hacia arriba con una sonrisa engreída.
—Bueno, estoy segura de que estarán más que dispuestos a ayudarlas a ponerse al día. —Nova nos dio palmaditas a Darcy y a mí como si fuéramos unas buenas chicas y se marchó, dejándonos solas ante los lobos.
—¿Sentís el poder? —preguntó Caleb, inclinándose hacia nosotras como si fuera a olfatearnos como un perro.
Darcy dio un paso atrás y yo fruncí el ceño. Los otros tres nos miraban con curiosidad y yo solo quería estar en cualquier otra parte.
—Supongo que ya nos veremos por aquí —añadí con desdén, dándoles la espalda e intentando arrastrar a Darcy.
No habíamos dado ni dos pasos cuando casi me choco con un pecho ancho, mientras los cuatro Herederos se levantaban de pronto para rodearnos.
—Eso ha sido un poco grosero —murmuró Seth, con la voz casi como el gruñido de un animal, mirándome de arriba abajo, dejando que el pelo se le deslizara por los hombros.
—No les des tanta caña, Seth —rio Darius, dando un paso adelante.
Nos encontrábamos encerradas en un muro de testosterona.
No me gustaba que me acorralaran—. Todavía no saben cómo funciona esto.
Supongo que no erais conscientes de que darles la espalda a vuestros superiores se considera un insulto.
—Tenía un tono casi amable, pero sus palabras me provocaron un escalofrío por la espalda.
«Que te jodan». Me giré y lo miré a los ojos.
Era incluso más intimidante ahora que estaba de pie, con el pecho ancho alineado con mi cara para que me viera obligada a levantar la cabeza para mirarlo.
—¿Superiores? —cuestioné, arqueando una ceja—. No veo a nadie superior a mí por aquí.
—Pues quizá debas prestar más atención, «Roxy». —Me provocó utilizando ese nombre para intentar que saltara. «Reírse del nombre que eligieron ponerme mis padres muertos. Muy fino».
Hice el numerito de arrastrar la mirada por los cuatro antes de encogerme de hombros.
—No veo a nadie mejor que nosotras aquí. ¿Y tú, Darcy?
—Nop —respondió mi hermana con desdén.
Antes de que dijera nada, volví a darle la espalda, empujando entre Max y Caleb para alejarnos de allí.
—Creo que les vendría bien una lección sobre cómo hacemos las cosas por aquí —gruñó Max mientras ganábamos distancia, pero no me molesté en mirar atrás. Nunca me había molestado por ser popular en ninguno de los otros colegios y no iba a empezar a hacerlo ahora.
Darcy me miró arqueando una ceja mientras nos alejábamos de ellos y sonreí. Ella nunca había sido tan agitadora como yo. Nunca me he preocupado demasiado por hacer amigos. Y mucho menos de aquellos que exigían respeto en lugar de ganárselo.
Antes de que pudiera decirle nada más, un peso robusto se estampó contra mí y solté un grito de sorpresa al salir disparada y golpearme contra la pared dorada de la sala con paredes curvas.
El corazón me dio un vuelco de miedo mientras intentaba soltarme del agarre de mi atacante, que no era otro que Caleb, quien me sonreía, apretando el cuerpo contra el mío e inmovilizándome contra la pared.
—¿Vas a rogar perdón? —dijo, y sentí un escalofrío por la espalda.
Mi hermana le gritaba que me soltara e intentó acudir en mi ayuda.
Max la agarró antes de que se acercara y yo recorrí con los ojos toda la sala buscando a los profesores, pero a ninguno parecía importarle lo que los Herederos nos estaban haciendo.
Me palpitaba el corazón y me agité frenética para intentar soltarme las muñecas de las manos de Caleb antes de ir a por un rodillazo en la entrepierna. Él evitó el ataque con facilidad, presionando su cuerpo contra el mío para que no pudiera volver a intentarlo.
—Última oportunidad —me ofreció, mirándome todo el cuerpo de tal forma que sentí el miedo treparme por las extremidades a pesar de su devastadora belleza.
—Que te jodan —gruñí, cerrando los puños con el deseo de darle un puñetazo en su carita bonita.
—Esperaba que dijeras eso. —Me hundió la boca en el cuello y, durante una milésima de segundo, pensé que iba a besarme hasta que sentí el pinchazo de sus dientes atravesándome la piel.
Chillé, pataleando contra él, incrédula mientras una horrible sensación de succión me tiraba de la sangre y, lo que es peor, de mis poderes recién adquiridos. Notaba cómo los drenaba, sacándolos de mí e introduciéndolos en él.
«Hostia puta, ¿qué coño es este tío?».
Todos los que estaban en la Órbita nos observaban, pero nadie dio ni un paso para ayudar.
Me fijé en Sofia, que parecía querer intervenir; en Orion, que estaba ligeramente aburrido; y en la directora, que tenía cara de decepción.
Y, por último, en los otros tres Herederos.
Max estaba sujetando a Darcy como si fuera una niña, pese a que ella no paraba de patalear y retorcerse.
Darius y Seth se habían colocado a su lado y contemplaban el espectáculo con diversión.
Observaban a su amigo alimentarse de mí con una repugnante sensación de satisfacción.
Darius me miró a los ojos y, por un momento, sentí que estaba mirando a un monstruo en lugar de a un hombre.
Me sonrió con la satisfacción engreída de un gilipollas cualquiera que pensaba que podía ganar simplemente imponiéndose por la fuerza.
El corazón me golpeaba contra las costillas y me temblaron las rodillas cuando Darcy gritó que alguien hiciera algo.
En algún lugar en el fondo de mi pecho, se prendió una pequeña chispa de rebeldía bajo el aluvión de pánico y me agarré a ella como a un salvavidas.
No iba a permitir que esto tocara esa llama. Y superaríamos juntas la tormenta.