Capítulo 3 #2
—Somos una raza diferente. Superior. —Se encogió de hombros y yo fruncí el ceño—. Cuidado, señorita Vega, esa clase de miradas son sancionables en clase.
—¿Vega? —Arrugué la nariz—. No me llamo así. Espera un momento, por favor, dime que te has confundido de gemelas.
Él sacudió la cabeza.
—Ese es su apellido real en Solaria. Nadie las llamará de otra forma en cuanto lleguen allí. Recuerden esto.
—Eh... ¿perdona? —intervino Tory. Tenía la mandíbula apretada, como si deseara haber gritado esas palabras—. No vamos a ir a ningún sitio con un perturbado. ¿Qué es lo que te has metido, exactamente? Viendo la vestimenta elegante, diría que ¿coca?
El «Profesor» le sonrió como un depredador y se me formó un nudo en el estómago.
—Mire, tengo cosas mejores que hacer que estar en un piso cochambroso con un par de niñatas que piensan que soy un drogadicto al que se le ha ido la cabeza. Pero no me ha quedado otra. Así que síganme la corriente, ¿de acuerdo?
—No nos has explicado nada. —Sacudí la cabeza y sentí una pizca del miedo anterior emerger de nuevo—. ¿Y por qué íbamos a creer nada de lo que nos digas?
Él levantó un bolso, le dio la vuelta y vació su contenido en la mesita baja.
Una cascada de papeles cayó por todas partes, hojas y más hojas.
Fotos nuestras de bebés, artículos de periódico sobre el día que murieron nuestros padres en un incendio.
Cómo nos habían sacado de entre las cenizas, dos bebés completamente ilesas.
Todo un milagro. Entre todas esas cosas, estaba nuestra carpeta de los servicios sociales.
Todos los detalles que nosotras sabíamos de nuestra historia podían encontrarse en ese montón de hojas. ¿Por qué narices las tenía él?
Orion rebuscó entre todos los papeles y sacó una foto de nuestros padres, agarrados del brazo el día de su boda.
Mi padre tenía una mano en la barriga enorme de mi madre, con los ojos brillantes de felicidad.
No los había conocido, y no lo iba a hacer nunca.
Y el hecho de que me plantaran esa foto en la cara en ese preciso momento deshizo todas las cadenas que parecían mantener mis emociones a raya.
Se la arranqué de la mano y me la llevé al pecho al tiempo que las lágrimas amenazaban con una explosión dramática que no me podía permitir delante de ese tipo.
—¿Por qué tienes una foto de nuestros padres? —siseó Tory.
—No son sus padres —afirmó con frialdad, como si ya no hubiera sacudido los cimientos de todo lo que sabíamos sobre nosotras mismas—.
Son Intercambios. Nacieron Fae, Elementales, la magia natural corre por sus venas.
Sus padres biológicos las cambiaron con las gemelas de esa pareja.
—Apuntó con el dedo a la foto que tenía en la mano y junté las cejas.
Tenía un gesto impasible, ¿cómo podía ser tan insensible?
Decir cosas tan devastadoras sin mostrar ni la más mínima emoción.
—Eso no es verdad. Estás loco. ¿Por qué iban a hacer eso? —acusé.
—¿Mi opinión? Estaban en peligro —dijo, encogiéndose de hombros—. O quizá les dieron tanto por saco como me están dando a mí ahora y decidieron cambiarlas por unas gemelas menos tocanarices.
Tory parecía a punto de darle un puñetazo, y yo no me habría molestado en impedírselo.
—Largo —espetó Tory con tono controlado.
—Muy bien. Lo he intentado. —Se sacó una bolsita de seda negra del bolsillo y desató las cuerdas—. Aunque es una pena que pierdan su legado. Sus padres biológicos eran la familia más rica de Solaria.
—Ya —murmuré intentando no poner los ojos en blanco.
Esto era como ese timo del e-mail en el que un príncipe africano nos había elegido al azar para darnos dos millones de dólares.
Solo que esta vez el e-mail había entrado por la puerta con aspecto de modelo deportivo. «¡Qué huevos tiene este tipo!».
—Espera... ¿rica? —se interesó Tory, dando un paso adelante, con la rabia sorprendentemente apaciguada.
—No puede ser verdad, Tor —le susurré.
Ella encogió un hombro.
—Vamos a escucharlo. —Me miró con unos ojos que decían: «Bingo», pero yo no estaba convencida.
—Eso. Escúchenme —insistió él, y, de pronto, asentí, con la necesidad de escuchar qué más tenía que decir.
Me quitó la foto de la mano, echándole un vistazo rápido con un ligero fruncido de cejas—.
A ver, no pretendo destrozar sus sueños sobre esta pareja, pero son simplemente dos humanos cualesquiera que se vieron atrapados en algo mucho más grande.
No les conocen de nada. Y, de hecho, yo tampoco.
Que estén muertos es una tragedia, pero no comparten sangre con ellos.
Y la sangre, en mi opinión, es lo único que importa.
—Se encogió de hombros, mirándonos a las dos—.
Ustedes harían lo que fuera la una por la otra, ¿verdad?
Porque esta vida de mierda puede desaparecer «así».
—Chasqueó los dedos—. Lo único que tienen que hacer es matricularse en Zodiac Academy.
Tendrán pensión completa, cada una su cama...
—Miró con inquina el sofá—. Su herencia cubrirá los gastos de la estancia, además de recibir una suma mensual.
Una vez se gradúen, será toda suya. Solo cuando se gradúen. Está así estipulado por ley.
—¿Quieres que vayamos a una escuela? —preguntó Tory.
—Sí. Pero no es una escuela cualquiera. Es la mejor escuela. —Lo creía de verdad. Tanto que le brillaron los ojos—. ¿Qué dicen?
—Yo digo que estás como una cabra —sentencié yo.
—Sí... pero quiero el dinero. —Tory me dio un codazo en las costillas y fruncí el ceño.
—¿Pensión completa? —Miré a Orion.
—Todas las comidas —aseguró—. ¿Y bien? —Movió el pie impaciente.
No respondimos.
— Digan que sí y vengan conmigo . —Orion gruñó.
—Sí —dijimos al unísono sin dudar ni un momento.
«Espera. ¿Qué acaba de pasar?».
Orion sonrió de oreja a oreja.
—Era lo que tenía que haber hecho desde un principio. —Me señaló con la barbilla—. Vaya a vestirse , si aparece así en Zodiac, los demás alumnos la comerán viva.
Mis piernas se movieron con voluntad propia y yo protesté en silencio por haber vuelto a obedecer una de sus órdenes. Cuando volví del baño con unos vaqueros y una camiseta ancha negra, habían vuelto algunos de mis miedos.
—Has dicho algo de magia... —recordé, cambiando de estrategia para ver si así conseguía atravesar los muros de Orion.
—Sí —respondió él—. Agua, aire, fuego y tierra. Las dos tendrán un Elemento, a lo mejor dos. Sus padres eran muy poderosos, así que supongo que su talento será inconmensurable. —Había algo en su tono que me decía que eso no le hacía demasiada gracia.
Abrió la pequeña bolsita de seda, cogió algo con los dedos y se lo espolvoreó en la palma de la mano.
—¿Qué es eso? —susurró Tory mientras yo me acercaba.
—La sustancia más escasa en Solaria y la forma más rápida de viajar. Polvo de estrella. —Levantó la cabeza con una sonrisa demoniaca—. Bienvenidas a su Despertar.
Nos sopló el polvo a la cara y ahogué un grito.
Una purpurina negra y densa nos cayó encima.
Me dispuse a quejarme, levantando una mano para protegerme, pero parecía que mi cuerpo se había convertido en vapor.
Nuestra casa se desvaneció y solo veía la sustancia negra resplandeciente acumulándose a mi alrededor.
Parecía expandirse cada vez más hasta que tuve la sensación de estar flotando en una galaxia entera del polvo ese.
Mi cuerpo se enderezó y caí de pie en tierra firme.
Me tambaleé hacia delante y me choqué de frente con un cuerpo robusto.
Parpadeé mientras se me aclaraba la vista y me encontré con la cara pegada al pecho de Orion.
Tenía la mano abierta sobre su abdomen, pero me di cuenta demasiado tarde, cuando él me agarró por los hombros y me dio la vuelta para que mirara en la otra dirección.
Mi corazón pasó de cero a cien en cuanto vi la extensa pradera verde bajo el cielo despejado de la noche, con las estrellas más brillantes que había visto en mi vida. Ante nosotros, unas doscientas personas, más o menos de nuestra edad, formaban un círculo en un claro rodeado de árboles.
Tory cogió aire y yo me acerqué a ella, con la piel de gallina mientras me daba prisa por separarme de Orion. Estuve tentada de agarrarme a mi hermana en busca de confort, sin embargo, cerré el puño con fuerza porque sabía que a ella seguramente no le gustaría.
Giré la cabeza para mirar a Orion, alarmada.
—¿Qué está pasando? —pregunté, presa del pánico.
—¿Nos has drogado? —Tory lo atacó verbalmente.
—¿Qué le pasa con las drogas? —murmuró él—. Recuerden, mantengan la calma —ordenó un segundo después, y esa sensación insípida volvió a llevarse mi miedo.
Resonó una voz femenina, pero no veía a quién pertenecía más allá del círculo de adolescentes.
—Entren en el círculo —señaló Orion, y nos movimos a regañadientes para unirnos a la multitud.
Dos chicas se separaron para dejar que nos colocásemos entre ellas, mirándonos de arriba abajo con curiosidad. Nos cogieron de las manos y Orion nos agarró a Tory y a mí por las muñecas, acercando nuestros dedos para que cerrásemos el círculo. Luego se apartó y desapareció en la oscuridad.
En el centro del círculo había una mujer alta con una bata fluida azul.
Tenía los brazos levantados al aire mientras miraba el cielo y todos los demás la miraban con atención.
Yo no tenía ni idea de lo que iba a pasar, así que compartí una mirada rápida con Tory para confirmar que ella se sentía tan perdida como yo.
La hierba larga de la pradera me hacía cosquillas en las rodillas y el viento frío me empujaba hacia atrás. La mujer dejó caer los brazos y el viento se detuvo de golpe, como si el mundo entero aguantara la respiración.