Capítulo 3
Estaba acurrucada en el sofá con mi pijama favorito cuando se abrió la puerta.
Aparté la vista del episodio de Breaking Bad del que quizá (no tan quizá) había estado tomando notas mentales sobre cómo resolver nuestro aprieto.
La esperanza floreció dentro de mí cuando vi entrar a Tory, pero mi sonrisa se esfumó al ver dos cosas un poco inquietantes: su ceño fruncido y a un completo desconocido entrando en nuestro piso detrás de ella.
Me agarré al borde del sofá mientras el hombre adelantó a Tory, observando nuestro pequeño apartamento en una sola mirada.
El calor invadió todas y cada una de las células de mi cuerpo en cuanto sus ojos recayeron en mí, negros como el carbón y oscuros como el pecado.
Parecía un quarterback atrapado en una camisa elegante y unos pantalones grises.
Llevaba las mangas enrolladas hasta los codos y mostraba unos antebrazos fuertes, al igual que los bíceps y los hombros, listos para pegar una paliza.
Llevaba una barba corta que le daba un aspecto juvenil, lo que me sugería que tan solo sería unos pocos años mayor que nosotras. Eso solo podía significar una cosa.
—Y una mierda. —Me levanté, señalando el sofá que se transformaba en la única cama de la casa—. Id a su casa, Tory, ¿estás tonta? ¿En serio pretendes que me pire para que mancilles nuestra única cama?
Tory sacudió la cabeza, con los labios muy apretados mientras me miraba con unos ojos que decían que me había equivocado con mi conclusión.
—Claro que no. Este es... bueno, solo quería pasar, ¿vale?
—¿Y tú has aceptado porque...? —pregunté completamente confundida.
Me di cuenta de que Don Hombros estaba contemplando mi pijama con una expresión que me dejaba claro que le hacía mucha gracia.
—¿Qué miras? —espeté, pero el calor me golpeó las mejillas bajo mi fachada defensiva.
—Pensaba que había venido a por un par de chicas de dieciocho años, pero creo que me he equivocado de piso, conejita. —Su broma le hizo mucha gracia y yo ladeé la cabeza con la rabia hirviéndome la sangre.
«¿Conejita?». Bajé la vista hacia los conejos de ojos brillantes de mi pijama y me llevé las manos a la boca.
Se me secó al instante. «Mierda, ¿por qué he tenido que ponerme este precisamente hoy?
». Me puse rápidamente a la defensiva, en un intento de desviar todo lo posible la atención de mi pijama.
—¿Quién coño eres? ¿Y por qué estás insultándome en mi propia casa? —Miré otra vez a Tory y ella se encogió de hombros compungida, luego lo miró.
Yo me apresuré y me coloqué junto a mi hermana. Éramos un muro, impidiéndole que diera un paso más en nuestra casa. Sin embargo, de cerca parecía aún más grande, y habría jurado que se le empezaron a mover los músculos.
— Me iba a ofrecer algo de beber —le dijo el desconocido a Tory, y ella se fue a la cocina y le sirvió un vaso de agua.
«¿Perdona?».
Lo miré fijamente. Su tono áspero de pronto me provocó una descarga por el cuerpo al caer en la cuenta. «Mierda». Se me abrió la boca.
—Eres poli. Estabas allí antes.
Él me miró inocente y un hoyuelo le pellizcó la mejilla.
—¿Dónde, exactamente?
—No te hagas el tonto. —Lo señalé con el corazón cada vez más acelerado. Ya casi podía ver las paredes de la cárcel rodeándome, y a Patrice, mi compañera de celda, crujiéndose los nudillos.
Tory volvió, entregándole el vaso de agua con una mirada extraña. Me pregunté por qué se había molestado. No era precisamente de las que obedecía órdenes de desconocidos. Ni de nadie, en realidad.
El hombre lo aceptó con un gracias y se lo llevó a la boca. «Glup, glup, glup». No aparté la vista de su cuello, cubierto con barba de varios días, subiendo y bajando.
Cuando vació el vaso, suspiró con satisfacción y lo dejó sobre la encimera de la cocina. Me clavé las uñas en las palmas de las manos mientras contemplaba cómo se tomaba su tiempo para arrestarme. ¿Lo estaba disfrutando? ¿O simplemente es que estaba realmente sediento?
«Igual debería salir corriendo hacia la puerta. Pero no pienso ir a ningún sitio sin Tory. Además, no veo esposas ni nada. A lo mejor no está de servicio. Pero entonces ¿qué hace aquí?».
—Llevo todo el día detrás suyo. —Fue hasta el sofá y se dejó caer en mi sitio, colocándose las manos sobre la barriga.
—No metas a Tory en esto. Yo fui la que cogió el dinero. —Contemplé a mi hermana y ella puso una mirada acusatoria por incriminarme de ese modo.
—Pero no te llevaste el dinero. Se te cayó —apuntó ella, y yo apreté los labios.
—¿Se refieren a este dinero? —El tipo levantó el culo y se sacó algo del bolsillo trasero, agitándolo por encima de la cabeza. Y ahí estaba: el fajo de nuestros preciados dos mil dólares, bien atado con una goma.
El corazón me dio mil volteretas al ver lo imposible ante mí. Tory se acercó y se lo arrebató de la mano, apoyándose en la mesita baja mientras contaba hasta el último billete. Ni siquiera trató de impedírselo.
Cuando comprobó que estaba todo, levantó la vista y le lanzó la mirada más fría que jamás había visto. Él hizo poco más que arquear una ceja, devolviéndole una mirada igual de gélida.
—¿Qué quieres? —exigió ella—. Nadie da un fajo de billetes sin pedir nada a cambio, señor Orion.
«Anda, que tiene nombre».
—Profesor —la corrigió, y fruncí el ceño.
«Y un título, por lo visto».
—¿Cuántos años tienes? —Era imposible que este tío fuera profesor.
A no ser que fuera un DJ moderno o algo así, que se hiciera llamar Profesor Dizzy D o algo igual de ridículo.
Aunque tampoco tenía el rollito de gilipollas que normalmente iba unido a ese estilo de vida.
Estaba totalmente cómodo, excepto por una ligera tensión en su postura, como si fuéramos nosotras las que le habíamos fastidiado el día a él.
—Los suficientes como para ser profesor. —Deslizó la mirada hacia mí y pareció absorberlo todo como un agujero negro. Se me aceleró el corazón y empecé a temer de verdad que hubiera un desconocido en nuestra casa.
Me puse delante del sofá y me crucé de brazos mientras esperaba alguna explicación, al tiempo que me esforzaba por no perder la calma. No estaba segura de haber conseguido la misma mirada de indiferencia que tenía Tory. Y mucho menos con este pijama.
— Van a escucharme con atención y a mantener la calma —dijo con un tono potente, y sentí un deseo inmediato de obedecer.
Asentí sin esfuerzo, consciente a medias de que realmente no quería escuchar a este tipo cualquiera, pero que lo iba a hacer igualmente. Me senté al lado de Tory, en la mesita baja, y ambas lo miramos poniendo toda nuestra atención.
Él nos sonrió y volvió a aparecer el hoyuelo. Solo uno. Marcando la obra maestra que era su cara y, de alguna forma, volviéndolo aún más atractivo.
—Desde su dieciocho cumpleaños, ambas han estado emitiendo un distintivo que los de mi clase podemos sentir a un mundo de distancia. Literalmente. —Hizo una pausa para que asimiláramos lo que acababa de decir.
Abrí la boca para hacer una pregunta, pero él levantó una mano para impedírmelo y continuó hablando con esa voz ronca y barítona.
—Se lo explicaré, ustedes estén tranquilas .
Yo asentí, mientras un alivio reemplazaba la incomodidad que me serpenteaba en el pecho.
—Continúa —lo animó Tory con una arruga en la frente.
Él se reclinó sobre el respaldo del sofá y se pasó una mano por la nuca.
—No me gusta andarme con rodeos, así que aquí va: no son humanas.
Son Fae, lo que significa que tienen un poder latente en su interior determinado por los astros.
Su lugar está en Solaria: un mundo espejo idéntico a la Tierra regido por los Fae.
¿Lo van entendiendo? —Puso un gesto de disfrute algo seco y pensé que me era imposible enfadarme. Me sentía, más bien, frustrada.
Quería gritarle que estaba loco y que se fuera o llamaría a la policía. Pero no podía superar la calma que me sujetaba el cuerpo.
Compartí una mirada con Tory, que tenía la nariz arrugada al mirarme con una cara que decía: «Menuda puta locura».
—Ambas son géminis —declaró—. Cabezotas, de ahí la Extorsión que he tenido que usar sobre ustedes para que todo esto vaya como la seda.
Más que nada porque ya vamos con retraso —murmuró, levantando la muñeca para comprobar el reloj.
Las manillas y engranajes de plata giraban a toda velocidad en aquel objeto tan extraño; nunca había visto nada igual.
—¿Géminis..., el signo del zodiaco? —preguntó Tory. A mí siempre me había gustado leer el horóscopo, aunque era algo que ocultaba porque Tory no se creía nada de lo que decía. «Aunque yo tampoco diría que mi signo del zodiaco influye de alguna forma en mi vida. Simplemente me da curiosidad».
—Exactamente —confirmó Orion—. Géminis es un signo de aire, por lo que, una vez que despierten sus poderes...
—Un momento —lo interrumpí, y su cara me indicó que no le había hecho demasiada gracia—. ¿De verdad pretendes que nos creamos que tenemos poderes? ¿Poderes mágicos?
—¿Sinceramente? Me da igual lo que crean. Pero tengo un trabajo que hacer y parte de ese trabajo es explicarles esto. Honestamente, preferiría no malgastar el aliento, ya que lo descubrirán pronto.
—¿Y qué significa eso? —quiso saber Tory menos enfadada de lo que me esperaba.
—Significa que llevo todo el día intentando hablar con ustedes, pero aparentemente allanar propiedades privadas y robar motos era su plan del día, así que he estado persiguiéndolas como un perro. Y no me gusta correr detrás de nadie, así que se puede decir que no estoy precisamente de buen humor.
Apreté los labios. Nos estaba regañando como un profesor en el instituto. A pesar de que no era más que un psicópata que se había colado en nuestra casa y por lo visto estaba cabreado con nosotras por no ponerle las cosas fáciles.
Él torció la boca al comprobar el reloj una segunda vez.
—En fin, nos vamos. —Se levantó, se sacó algo del bolsillo y me quedé mirándolo sin entender nada.
—Un momento. —Yo también me puse de pie, pero no podía competir con su altura imponente—. ¿Has dicho que somos Fae? ¿Qué narices significa eso?