El despertar (Zodiac Academy 1) Capítulo 2 #3
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Capítulo 2 #3

Me subí en la moto detrás de él y le pasé los brazos por la cintura cuando arrancó.

Don Elegante salió del bar justo cuando rugió el motor, con la mirada oscura clavada en mí. Parecía bastante más que solo un poco molesto al dar un paso hacia nosotros, gritando algo que no escuché con el rugido del motor.

«Pilla la indirecta, tío».

Apreté los brazos alrededor de la cintura de mi compañero y se me dibujó una sonrisa en la cara cuando nos alejamos.

El viento me enredaba el pelo con sus dedos fríos mientras dejábamos el bar atrás a toda velocidad. Carita de Bebé sabía lo que hacía, sin sobrepasar el límite de velocidad y serpenteando entre el tráfico de una forma que me aceleró el corazón de júbilo y me erizó la piel de euforia.

En un abrir y cerrar de ojos, llegamos a las afueras de mi barrio, un poco chungo, y paró para que me bajara. Todavía estaba a cuatro manzanas de casa, pero no había necesidad de enseñarle a un desconocido dónde vivía.

—Gracias por traerme —agradecí con una sonrisa, y empecé a alejarme.

—¿Esta vez me vas a dar tu número, Tory? —preguntó, y yo incliné la cabeza, sorprendida de que supiera mi nombre. Él también pareció darse cuenta y explicó su comentario—: Hace unos meses también te traje y me dijiste que la próxima vez me darías tu teléfono.

No me acordaba de eso. Eché un vistazo a la moto. Qué va, nunca me había subido. Aunque era verdad que, a veces, me fallaba la memoria.

—Antes tenía una Triumph —aclaró, al darse cuenta de mi confusión.

—Ah, has mejorado —dije cuando por fin lo recordé.

—Así es. Bueno, ¿qué? ¿Me dejas que te invite a cenar algún día?

Era difícil decir que no a una cena gratis. Y el chico sabía conducir una moto. Y era bastante atractivo.

—No puedo decir que no, ¿verdad? —pregunté, cogiéndole el teléfono para poder guardarle mi número—. No me he enterado de tu nombre.

—Matt —respondió, mirándome con atención.

Le dio a llamar cuando le devolví el teléfono y sonreí sacándome el dispositivo que me vibraba en el bolsillo para que viera que estaba recibiendo su llamada.

—¿No confías en mí?

—Una mera comprobación —rebatió, con una mirada de agradecimiento—. Te llamaré.

Lo observé alejarse con una sonrisa en la cara antes de darme la vuelta para irme a casa. Apresuré el paso; había llegado septiembre y las noches empezaban a ser más frías. Me empecé a arrepentir de no haber cogido una chaqueta.

Troté la última manzana, con un suspiro de alivio al abrir la puerta del edificio y poner un pie en la escalera.

—No terminamos nuestra conversación. —Sonó una voz grave detrás de mí, y maldije por el susto mientras me daba la vuelta hacia la calle. Allí, de pie bajo la luz de las farolas, estaba ni más ni menos que el mismísimo Don Dinero.

Sentí el terror recorrerme la espalda y el corazón a punto de salírseme por la boca. «No puede ser».

No perdí ni un segundo en conversar con el acosador y me di la vuelta para subir corriendo las escaleras, con el corazón martilleándome en el pecho.

Escuché sus pasos detrás de mí y me empezaron a llegar imágenes a la cabeza de mi cuerpo destrozado y abandonado en un contenedor, alimento para las ratas y un simple titular en el periódico de mañana.

«Me cago en todo lo cagable».

— ¡Pare! —gritó él, y por algún motivo desconocido y profundamente aterrador obedecí.

El miedo me separó los labios conforme me alcanzaba y conseguí controlar el deseo de quedarme completamente quieta y salir corriendo de nuevo.

Llegué a la cuarta planta, corrí a toda velocidad hacia nuestra puerta al final del pasillo con el siete al revés colgando.

Lo escuché maldecir un instante antes de que su sólido peso impactara contra mí. Yo era muy rápida y le había sacado bastante ventaja, «¿cómo narices me había alcanzado?». Me empujó contra la puerta de nuestro piso y soltó un resoplido de irritación.

Abrí la boca para gritar, pero me la cubrió con la mano.

El pasillo estaba vacío. Ni siquiera la cotilla de la señora Ergu había asomado la cabeza para quejarse del ruido o del olor a comida o de la maldita basura y, por primera vez en mi vida, me apeteció ver su mirada de ojos estrechos.

—Soy el profesor Orion. No voy a hacerle daño y usted no va a gritar. Quiere dejarme pasar. —Me apartó la mano de la boca y se retiró con mis ojos clavados en él. Todavía sentía el miedo estrangulándome; no obstante, el deseo de gritar y pedir ayuda se había desvanecido.

Abrí la boca para decirle que ni de coña iba a dejar pasar a un desconocido a nuestro piso en mitad de la noche un domingo. Sin embargo, mis manos parecían tener otra idea. Metí la llave en la cerradura y la giré sin poder impedirlo.

—Adelante —anuncié con delicadeza. «¿Qué cojones?». Yo no era delicada, mucho menos con desconocidos. Mucho, mucho menos con desconocidos acosadores.

Don Elegante invadió mi espacio personal, ofreciéndome una sonrisa plana mientras me seguía dentro y cerraba la puerta detrás de él. Me palpitaba el corazón, me sudaban las manos y tenía la sensación de que acababa de dejar entrar a un zorro en mi gallinero.