Capítulo 2 #2
Por último, me quité las horquillas del pelo y dejé que la melena negra me cayera hasta la cintura mientras me la peinaba con los dedos.
Nadie me reconocería ahora. El hombre que había robado la moto había desaparecido y yo no era más que una de las tantas chicas que disfrutaban de una copa esta noche.
Seguí a Joey arriba y esperé fuera de su despacho a que me diera el dinero. Me entregó un sobre grueso y no me molesté en contar el contenido; siempre cumplía su palabra con respecto a las finanzas.
Asentí una vez antes de recorrer el pasillo hasta la puerta de atrás del bar que servía como fachada de sus negocios bastante ilegales. El olor a licor fuerte y a hombre sin lavar me golpeó al pasar entre la multitud de moteros.
El camarero me vio, me sirvió un chupito de tequila en un vaso y lo empujó por la barra hacia mí. Me apreté entre los cuerpos y acepté el trago apoyando el codo en la madera. No tenía intención de quedarme mucho tiempo, pero no podía rechazar una bebida gratis.
Me bebí el chupito de un trago y me ardió la garganta con el escozor del licor mientras soltaba el vaso con un golpe sordo sobre la barra.
Al darme la vuelta para marcharme, un pecho musculado cubierto por una camisa blanca impoluta me bloqueó el paso.
—¿Puedo hablar con usted? —me preguntó el hombre cuando levanté la vista hacia su cara.
Era alto, con el pelo castaño hacia atrás de esa forma despreocupada de me-he-pasado-siglos-para-conseguir-que-este-peinado-parezca-accidental que los tíos con demasiado tiempo y dinero elegían bastante a menudo.
Supuse que sería unos cinco o seis años mayor que yo, tendría veintitantos.
Podría decirse que estaba bueno, con ese toque medio puritano que, en realidad, no era mi rollo.
—¿Te has perdido? —pregunté con una sonrisa provocadora.
Esto era un bar de moteros. El uniforme era básicamente pelo en la cara, chaquetas de cuero y vaqueros.
La camisa blanca y el pantalón de pinza gris de Don Dinero encajaban como un pulpo en un garaje.
Tenía barba, aunque bien cuidada y peinada para que tuviera un aspecto concreto.
Las barbas de este garito recordaban más a pelucas llenas de migas que a una barba de diseño de varios días.
Estaba llamando la atención y lo último que necesitaba ahora mismo era atención extra.
—No. He encontrado exactamente lo que estaba buscando —respondió él, con un tono tan grave que casi se fundió con el heavy metal que sonaba de fondo.
—Me alegro por ti. Nos vemos. —Empecé a alejarme de él, pero me agarró por el brazo—. ¿Qué coño te crees que estás...?
— Siéntese conmigo —indicó con un tono firme.
Me dejé caer en un taburete de la barra y él se acomodó a mi lado, soltándome el brazo.
Joey había aparecido detrás de la barra y enarcó una ceja al ver a mi compañía. Pero yo no había querido sentarme; fruncí el ceño mientras intentaba averiguar por qué lo había hecho.
—¿Al final te vas a tomar algo, Tory? —preguntó Joey mientras me servía otro chupito de tequila con media sonrisa.
Sabía que no iba a malgastar mi dinero en alcohol, pero también era bastante generoso y me daba bebidas gratis cuando quería.
No me cabía duda de que era toda una confabulación para mantenerme contenta, para que no me buscara a nadie más a quien entregarle mis mercancías. Y no podía decir que no funcionara.
—Creo que paso, después de lo que ocurrió el finde pasado... —le recordé. Una barra libre y yo no siempre éramos la mejor combinación, y bailar encima de una mesa hasta caerme no fue precisamente mi mejor momento. Todavía tenía un moratón azul del tamaño de Utah en el trasero.
—Bueno, quizá un día de estos te...
— Lárgate —dijo cabreado el hombre a mi lado, y Joey se fue hacia el otro extremo de la barra sin protestar.
Arqueé una ceja por su grosería, pero no pareció importarle. Supuse que tenía demasiado arraigada la imbecilidad como para ser consciente.
—Creo que yo también me voy a ir —repliqué, bajando del taburete y deslizándome otra vez entre la multitud de cuerpos cubiertos de cuero.
Don Camisa me volvió a agarrar por el brazo y dijo algo que se quedó ahogado por el ruido de las voces y la música de fondo.
—¡Que me sueltes, joder! —grité, retorciendo el brazo para zafarme mientras me metía entre el montón de cuerpos. Algunos de los colegas de Joey me escucharon y se interpusieron para bloquearle el paso a Don Dinero cuando intentó seguirme.
Aproveché para escapar y dirigirme a la salida. «Seguro que la luna llena está volviendo a sacar a los putos raritos otra vez».
Ignoré cualquier atención hacia mi persona mientras cruzaba el bar abarrotado. No quería beber hoy. Solo quería volver y enseñarle a Darcy el dinero que había conseguido.
Ochocientos dólares. Suspiré mientras tocaba el sobre que era, al menos, la mitad de grueso de lo que me habría gustado. La próxima vez tendría que echarle el ojo a algo menos llamativo.
Aunque, al recordar el trayecto hasta aquí, se me curvó ligeramente la boca. Puede que el pago no hubiera sido exactamente lo que me habría gustado. Pero, joder, menudo viaje.
Fuera, la ya habitual hilera de capullos decoraba la fachada, apoyados en sus Harley Davidson con unas barbas horribles. Un par de los más jóvenes me miraron con interés y decidí que esta noche no iba a coger el autobús.
—¿A alguno de vosotros le apetece enseñarme de qué son capaces estas máquinas? —pregunté con una sonrisa mucho más dulce que mi personalidad.
Mi cara era bastante conocida por aquí como para permitirme confiar en los integrantes de la banda, aunque había dejado claro que no tenía ningún interés en apuntarme.
—¿Qué me darás a cambio? —se interesó un chaval con un bigote retorcido.
«Nada de lo que estás pensando, capullo».
—¿Hacia dónde vas? —preguntó después un tío menos repugnante.
Ni siquiera tenía barba, que podría haber sido porque todavía no le había crecido, pero yo no tenía ningún problema con eso.
Joven y optimista era mejor que viejo y lascivo en cualquier momento.
De hecho, era considerablemente guapo y tenía moto, así que eran dos puntos a su favor.
—Aquí cerca, a las afueras de Riverdale, por la parte sur —contesté esperanzada. Era un trayecto de quince minutos, pero se podía tardar perfectamente una hora en la caja oxidada y manchada de pis que hacía las veces de autobús aquí.
—Pues venga, sube —concluyó Carita de Bebé con una sonrisa mientras sacaba su moto de la fila y le pasaba la pierna por encima.
Le di un repaso a la moto.
—Buen tuneo, chaval —afirmé con una sonrisa. O estaba dedicándole mucho dinero en el taller o sabía cómo manejar una caja de herramientas.
—Gracias, lo he hecho yo —respondió orgulloso.
«Mi tipo de tío».