Capítulo 2
—Arranca. —Maldije, mirando por encima del hombro para comprobar que seguía sola.
La noche era oscura, las sombras densas y el silencio profundo en mi hueco del aparcamiento de varias plantas, pero nunca se era demasiado precavida.
La preciosa moto plateada que estaba a mi lado me ocultaba casi por completo; aunque, si alguien me veía, se acabaría el juego—. ¡Vamos, arranca!
Junté los cables otra vez, pero seguía sin pasar nada. ¿Había alguna prestación extra de seguridad en este modelo que yo no sabía? Había investigado, pero las ediciones limitadas eran propensas a tener mejoras aleatorias. Consideré dejarlo y salir por patas de aquí.
Una risa aguda resonó desde algún lugar entre los coches y el corazón se me aceleró.
«No me pueden ver aquí. Todavía no. Aún me queda mucho».
Mantuve a raya los nervios, soltando el aire lentamente por la nariz mientras obligaba a mi corazón a ralentizar el pulso.
Una última oportunidad. Apreté los dientes, manifestando la chispa de electricidad que necesitaba tan desesperadamente. Si lo deseaba lo suficiente, lo conseguiría. El último intento. Volví a juntar los cables y la impresionante criatura a mi lado rugió cuando su motor cobró vida.
«¡Bien!».
Me levanté rápidamente, poniéndome el casco negro y bajando el visor para ocultar por completo mi rostro. Comprobé que todos los mechones largos de mi melena estuvieran recogidos, fuera de la vista, y pasé la pierna por encima de la moto.
—Vamos a dar un paseo —susurré, con el entusiasmo rozándome la espalda como si me acariciaran con una pluma.
Apreté los dedos alrededor del acelerador y le di un pequeño tirón, provocando el rugido del motor debajo de mi cuerpo.
Me mordí el labio y una sonrisa me atravesó la cara.
Aunque todavía no estaba fuera de peligro, tenía que llevar este bellezón con Joey al otro extremo de la ciudad si quería que mereciera la pena.
Sin embargo, no pude evitar tomarme un momento para regodearme en mi victoria mientras admiraba la bestia plateada en la que estaba a punto de salir de aquí.
—¡Eh!
Levanté la cabeza cuando un guardia de seguridad salió de la escalera a mi izquierda. Obviamente, conocía al propietario de esta moto y, por tanto, sabía que no era yo.
—¡Tú! ¿Qué te crees que...?
Arranqué la moto y pisé el acelerador antes de que le diera tiempo a terminar la frase.
Salí disparada, inclinándome hacia delante mientras bajaba con la moto la cuesta en caracol lo más rápido posible.
Si venía alguien a buscarme por el otro lado, estaba muerta.
Acabada. Adiós, Tory. Pero, por suerte, no fue el caso.
El suelo se niveló y fui hacia la salida.
La barrera estaba bajada, pero daba igual; el acceso peatonal estaba abierto de par en par y tenía un margen de quince centímetros para cruzarlo con la moto.
Sin tiempo para frenar, me resultó más complicado de lo que debería.
Cogí aire con fuerza al salir disparada por la estrecha abertura, rozándome con la pared la rodilla izquierda.
Me palpitaba el corazón y la adrenalina me sacudía las extremidades, pero lo había conseguido.
Ahora solo tenía que seguir hasta llegar con Joey y esperar que la policía no me pillara primero.
Tampoco es que tuvieran mucho que hacer conmigo sobre esta máquina del infierno.
Con una velocidad máxima de doscientos noventa y nueve kilómetros por hora y la libertad de poder acortar por callejones y aceras, básicamente lo tenía todo hecho.
Zigzagueé entre el tráfico, cruzando un semáforo justo cuando cambiaba de ámbar a rojo y giré a la izquierda.
El destello de las luces rojas y azules me llegó por la derecha un instante antes de escuchar las sirenas, entonces volví a girar a la izquierda antes de bajar por un callejón entre dos edificios y derrapar en la calle del fondo.
Oficialmente fuera del alcance de la policía, aflojé un poco el acelerador en la larga línea recta que tenía delante, esquivando otros vehículos y evitando por poco un choque al saltarme un semáforo en rojo.
Ahora el corazón me palpitaba aún más fuerte, pero no de miedo.
Era eso parte del motivo por el que asumía los riesgos.
Conducir esas máquinas me hacía sentir viva como no lo conseguía nada más.
Deseaba poder quitarme el casco y dejar que el viento me ondeara el pelo a la máxima velocidad, con nada más que una carretera delante.
Lamentablemente, fastidiaría el disfraz si hiciera algo así.
Los vaqueros anchos y la chaqueta oversize de cuero marrón no eran, de hecho, una señal de mi terrible gusto para la moda, sino que los había elegido conscientemente para que cualquiera que me viera pensara que era un hombre.
Con el pelo largo y mis curvas femeninas ocultas, más el hecho de que la gente simplemente prefiere pensar que los delincuentes son hombres, mi tapadera era bastante hermética. Siempre que no me pillaran.
Las luces de la ciudad pasaban a toda velocidad y le añadí un desvío extra a la ruta solo para cerciorarme al cien por cien de que nadie me había seguido. Y, si era totalmente sincera, tampoco iba a quejarme por regalarle a esta hermosura cinco minutos más de mi tiempo.
Me temblaban los huesos por la potencia del motor bajo mi cuerpo y, durante un momento, me permití sentir el deseo de quedarme esa moto para mí.
Era una idea absurda, por supuesto. ¿De dónde iba a sacar una chica que apenas podía permitirse un teléfono móvil una supermoto de edición especial?
No, estaba destinada a montar en bus como siempre y mis andanzas nocturnas tendrían que mantenerse ocultas.
Cuando confirmé que no me seguía nadie, giré la moto hacia un callejón empinado y la dejé rodar hasta pararla junto a la persiana negra que marcaba la entrada de servicio de Joey.
Aceleré una vez antes de apagar el motor y bajar del vehículo que tanto deseaba quedarme.
Los segundos pasaban lentos mientras esperaba a que Joey me dejara entrar y la tensión me retorcía el estómago al mirar por encima del hombro hacia el final del callejón. Si no se daba prisa, iba a tener que volver a enseñarle mi gancho de izquierda.
La persiana se levantó con un estruendo grave que me hizo dar un brinco. No esperé a que se abriera del todo, empujando la moto dentro y deslizándome por debajo lo más rápido posible.
La persiana cayó al suelo detrás de mí y bajé la pata de cabra antes de quitarme el casco y mirar a Joey.
Era un cabronazo alto, con el pelo oscuro repeinado hacia atrás con gomina y una chaqueta de cuero con un parche de la insignia de su grupo de moteros, aunque a mí no me interesaba lo más mínimo.
Tenía treinta y muchos; no lo bastante mayor como para haberle impedido tirarme los trastos en el pasado, pero sí demasiado mayor como para que a mí me interesara.
Yo tenía dieciocho. Él tenía mi edad cuando yo nací. «Qué asco».
Joey soltó un silbido largo mientras recorría la moto con la mirada. Yo no malgasté el aliento indicándole todas sus características; era de las pocas personas a mi alrededor cuyos conocimientos en estas máquinas podían competir con los míos.
—No está mal, ¿eh? —le vacilé con una sonrisa. Era, de lejos, la moto más cara que había robado para él.
—Define «no está mal» —respondió, comiéndose la moto con la mirada.
—Venga ya, sé cuánto vale, no me jodas —dije molesta.
—Sí, vale mucho dinero, es verdad. Además, es una edición limitada.
—Soy consciente —repliqué con sequedad.
—Pero muy limitada. Solo fabricaron ochenta y cinco de estas. ¿Cómo pretendes que la venda? Si quieres, le pongo también una etiqueta que ponga: «Robada». —Joey apartó la vista de la moto, mirándome con una ceja arqueada mientras a mí se me caía el alma a los pies.
Me había dejado llevar por el desafío. En cuanto vi la moto, supe que tenía que conducirla. Sin embargo, no se me pasó por la cabeza esta situación.
—Mierda —maldije—. ¿Y qué supone eso para mí?
Joey ladeó la cabeza mirando de nuevo la moto.
—Cuatrocientos.
—Que te jodan, Joey. Esta moto vale más de cuarenta de los grandes y solo tiene unos meses.
—Tenía las palmas de las manos cada vez más pegajosas e intentaba mantener cara de enfado, aunque la preocupación se colaba entre mis poros.
Necesitábamos el dinero de este trabajo.
Contaba con tres mil pavos como mínimo, y se suponía que con esta moto los iba a conseguir.
—Lo tomas o lo dejas —dijo encogiéndose de hombros, avanzando hacia la persiana como si fuera a volver a abrirla.
—Por favor —supliqué entre dientes, con las palabras casi abrasándome la lengua—. Necesito el dinero.
—¿Por qué necesitas dinero tan desesperadamente? —preguntó, mirándome con algo similar a la preocupación.
«Porque necesito cada centavo que pueda conseguir para que mi hermana y yo podamos salir de esta ciudad de mierda y empezar a vivir nuestra puñetera vida».
—No es asunto tuyo —respondí con firmeza.
Joey chasqueó la lengua.
—Ochocientos. Ni un dólar más.
—Hecho —gruñí. No era tanto como esperaba, pero era mejor que nada.
Joey se dirigió hacia unas escaleras de madera para buscar el dinero en la planta de arriba.
Yo me quité la chaqueta de cuero y lo seguí.
Olía a tabaco y a menta. Era evidente que el tío al que se la robé pensaba que podía disimular el olor de uno con el otro.
Se equivocaba. Después, me deshice de los pantalones anchos.
Debajo llevaba unas mallas y las botas negras me llegaban hasta las rodillas.
La camiseta ancha roja con la que lo había combinado vestía lo suficiente como para pasar por algo que me pondría una noche de fiesta, sobre todo cuando me la bajé un poco para marcar más la clavícula.