El despertar (Zodiac Academy 1)
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Capítulo 1
Estaba saliendo por la ventana cuando empezaron a sonar las sirenas de la policía.
Un momento. «Respira». Zarandeo de caderas.
La ventana era muy pequeña y el pestillo metálico se me clavaba en el abdomen. Pero estaba malnutrida y tenía la determinación de un pitbull. «Has encontrado la horma de tu zapato, señora Ventana».
Otra vez las sirenas.
El corazón me cantaba una advertencia estruendosa en los oídos. Levanté la cabeza. El baño que estaba debajo de mí me resultaba familiar e inquietante. No debería hacer esto: allanamiento de morada. Aunque, técnicamente, no estaba allanando nada.
A mi hermana se le daban mucho mejor estas cosas. Y, quizá, por eso era yo la que estaba aquí y no ella. Quería demostrar que podía hacerlo. Así que, maldita sea, iba a hacerlo.
Sirenas. Más cerca. Y, de pronto, estaba mentalmente en la celda de una cárcel.
Luego, llorando desconsolada en el estrado de un tribunal.
«¡Culpable!», sentencia el jurado; después ¡bam!
, una puerta metálica que se cierra en mi cara mientras me doy la vuelta hacia mi compañera de celda, Patrice, que tiene un brillo amenazante en los ojos.
Tory me mataría si me arrestaran. Aunque, honestamente, ella solo estaba a una cagada de terminar entre rejas. Seríamos una fuerza a la que tener en cuenta en la cárcel, las reinas de las condenadas. Como Thelma y Louise si no se hubieran tirado por un precipicio.
«Nota mental: comentar con Tor si la cárcel es un plan B decente».
De momento, la prisión no estaba en mi lista de cosas pendientes. Mis cuatro sentidos estaban muy despiertos por la adrenalina y, de acuerdo, también por un poquito de miedo.
«¿Puedo hacerlo?».
«Sí, claro que puedo, joder».
Cogí aire, preparándome. Había muchas probabilidades de que esos policías no vinieran a por mí. Solo tenía que tomar la precaución de ser rápida.
Apoyé las manos contra los azulejos helados y empujé. Se me atascaron las caderas y mi culo se movía como una bandera mientras colgaba por la parte de atrás de la casa. Las puntas azul marino de mi pelo negro se movían de un lado a otro como una sábana en una tormenta.
Empuja, zarandea, «¡bien!».
Me descolgué hasta el retrete sin elegancia ninguna y salté al suelo. Mis Converse desgastadas fueron tan sigilosas como el aire al tocar las baldosas. Me tomé un momento para celebrar internamente lo que acababa de conseguir, moviendo las caderas al ritmo de una música silenciosa.
«Lo conseguí».
Abrí la puerta y me adentré más en la casa en la que sabía que no había nadie, y aun así...
Un nudo se me hacía y deshacía en el pecho. Crujió un listón del suelo bajo mis pies cuando me moví y el sonido resultó atronador para mis oídos.
«Pete está trabajando. No hay nadie».
Su nombre en mi cabeza me provocó un escalofrío violento.
Hasta hacía tres meses, esta casa había sido nuestro hogar, de Tory y mío.
Si se le podía llamar así. Pete nunca nos había considerado familia.
Nos tuvimos que contentar con esto durante nuestro último año de acogida.
Y, el día después de cumplir los dieciocho, nos dio una patada en el culo porque ya no tenía derecho a la ayuda del Estado por «cuidar de nosotras».
A pesar de que lo único que había cuidado en su vida era una botella de Jack Daniel’s y su adorada televisión de cincuenta y ocho pulgadas.
Entré en la que fue nuestra habitación. Ya casi vacía.
No iba a volver a acoger a ningún niño ahora que Darla lo había abandonado.
Se marchó aproximadamente dos meses antes de nuestro cumpleaños, algo completamente comprensible.
Muy conveniente que a él se le olvidara mencionar ese detalle a los trabajadores sociales; pero nosotras estábamos muy cerca de la libertad como para decir nada.
No había gran cosa que sacar de la habitación, además de la litera que había sido demasiado pequeña y humillante para dos chicas adultas. «Vaya, ¿se me olvidó darte las gracias por eso, Pete? Lo haré cuando salga, no te preocupes».
Mandé a tomar viento la precaución y troté escandalosamente por la habitación.
Presioné las manos abiertas en la pared, moviéndome, buscando.
Sonreí cuando encontré el lugar exacto, y el corazón me dio un vuelco esperanzado.
Agarré los bordes del ladrillo y tiré, soltando la mampostería hasta que se reveló el hueco que Tory y yo habíamos usado para guardar cosas.
Metí la mano y me mordí el labio, concentrada, como si intentara palpar lo que estaba buscando.
Efectivamente. Un fajo de billetes. Pete nos había echado de su casa tan rápido que no nos dio tiempo a cogerlo. Y no era precisamente algo que pudiéramos pedirle que nos devolviera. Se lo gastaría en una sola noche en el casino, cuando nosotras nos habíamos pasado años ahorrándolo.
Mientras yo había estado timándoles dinero a mis alumnos, haciendo de intermediaria comprando y vendiendo las mierdas que no querían y quedándome con los beneficios, Tory había estado haciendo algo mucho más ilegal.
Nunca me dijo de qué se trataba para no implicarme, pero yo tenía una sospecha.
Siempre llegaba a horas intempestivas de la noche oliendo a gasolina y a adrenalina.
Sin embargo, no me importaba cuál fuera la fuente de los ingresos. Ese dinero era nuestro futuro. En ese preciado hueco de un ladrillo había casi dos mil dólares. De sobra para el alquiler de nuestro piso, que, aunque fuera un zulo, era muchísimo mejor que una acera.
Unos nudillos llamaron a la puerta. Fuerte.
Se me hundió el estómago. Pete no tenía amigos. Era un solitario. Un pringado.
«La policía».
Rocé con los dedos el montón de billetes y cerré el puño, esperando tener la cantidad entera entre los dedos.
Sonó un estruendo cuando la policía echó la puerta abajo.
«No, no, no, no».
Con el corazón en la garganta, corrí como si no hubiera un mañana.
Una puerta se abrió de golpe en el pasillo.
—¡Alto! —gritó una voz masculina.
Miré hacia atrás por encima del hombro y solo vi el cañón de una pistola.
—¡Hostia puta... no dispares! —Me pegué a la pared muerta de miedo y me golpeé el hombro.
—¡Alto, he dicho! —clamó el policía.
Desesperada, corrí hacia el baño, cerré la puerta y eché el pestillo.
«Todavía no han disparado. Eso tiene que ser bueno. Los policías no disparan a adolescentes desarmadas, ¿no?».
Me metí los billetes en el bolsillo de atrás del pantalón, cogí el cepillo de dientes y lo froté en el interior del retrete.
Al otro lado de la puerta se escuchó un ruido sordo, pero yo ya estaba casi fuera de la ventana y el cepillo de dientes de Pete en su sitio.
Los cinco segundos que había tardado merecieron totalmente la pena.
Conseguí salir y caí al suelo. Empecé a correr, huyendo hacia la valla de atrás, donde sabía que el rottweiler de los vecinos había excavado un agujero de tamaño considerable.
Me siguieron más gritos. Pero el viento me tiraba del pelo y mis pulmones se expandían en libertad.
Era puro éxtasis, extendiéndose por mi interior como una droga.
Me imaginé la cara de Tory cuando le dijera lo que le había hecho al cepillo de dientes de Pete, estaba ansiosa por escuchar la carcajada que le provocaría.
No me había creído capaz de conseguirlo.
Normalmente, yo era la que siempre se tropezaba con sus propios pies constantemente, pero hoy no, «joder».
—¡Eh! ¡Alto! —Una policía esta vez.
Mi fantasía cesó y se me heló la sangre. Me tiré en un arriate y me arrastré por el agujero bajo la valla. Se me engancharon los vaqueros en la madera. Me arañó la piel, y chillé al escuchar cómo se acercaban los pasos.
—¡Necesito este dinero! ¡Ni siquiera es suyo! —grité mientras mi corazón se lamentaba casi con la misma intensidad en el pecho.
Unas manos me agarraron por los tobillos y casi me explota el corazón. Me desabroché el cinturón y, en ese momento, lo sentí. Todo. El dinero se cayó al fango, rozándome la piel retorcida antes de caer al suelo.
No me lo había guardado en el bolsillo. Lo había metido entre el puto cinturón.
—¡No! —Pataleé para que la policía me soltara, pero no sirvió de nada y me clavó las uñas.
—¡Sargento! —Pidió refuerzos y yo empecé a ver pasar mi vida por delante de mis ojos. ¡A la mierda la cárcel! Era un plan B de mierda.
Una voz masculina imponente llenó el aire y me atravesó como un cuchillo. «¡Suéltala!».
La policía me soltó y se lo agradecí al cielo mientras arrastraba las rodillas. Me di la vuelta, pero un par de enormes manos masculinas ya estaban cogiendo nuestro adorado dinero.
«¡Eso que me estáis quitando es nuestra vida!».
Le di una patada a la valla, gritando con rabia antes de darme la vuelta y correr todo lo rápido que pude en la dirección opuesta.
Quienquiera que fuera ese tío, me había salvado y arruinado la vida.
«Gracias, gilipollas».
Subí furiosa las cuatro plantas hasta nuestro piso, cubierta de fango y cabreada conmigo misma.
Tenía las manos en los bolsillos y estaba empapada por el aguacero que me había caído encima durante diez manzanas.
Chicago tenía cambios de humor. Cuando no era el viento, era la lluvia.
Estábamos en septiembre, por el amor de Dios, ¡en Springfield todavía estaban tomando el sol!
Sentí un escalofrío cuando el frío me llegó a los huesos y entumeció cada parte de mi ser, menos el dolor de perder ese dinero y la vergüenza por haber fracasado estrepitosamente.
Giré la llave en la cerradura y entré en el pequeño estudio con la pintura verde descascarillada y ladrillo expuesto que no parecía moderno; más bien, sin terminar.
Tory estaba tirada en el sofá, ensimismada con su teléfono, que tenía una raja hasta el centro de la pantalla. Al menos tenía un smartphone. Yo seguía con un Nokia de los años noventa que solo servía para hacer llamadas, «como si los teléfonos fueran precisamente para eso».
Me abrí la chaqueta de cuero con un resoplido dramático y ella levantó la mirada arqueando una ceja. Le cambió la cara a medida que se despertaba del ensimismamiento tecnológico y se ponía de pie.
—¿Dónde has estado? —preguntó, con una gran confusión en sus ojos verde oliva, exactamente de la misma tonalidad que los míos.
Como todo. La piel bronceada, que insinuaba una herencia latina de la que nunca conoceremos toda la verdad; además de los mismos labios carnosos y grandes.
Éramos un reflejo exacto la una de la otra, menos por las puntas azules de mi pelo.
Quizá por eso nos sacábamos de quicio algunas veces.
Dejé caer la chaqueta al suelo sin responderle, dispuesta a pisotearla, pero Tory cogió aire y me señaló. Yo miré al suelo y vi el dobladillo del pantalón teñido de rojo por la sangre del drama de la valla.
—No es nada. —Me quité la camisa y la tiré en la bolsa de basura que habíamos colgado en la pequeña cocina que ni siquiera tenía tostadora.
Me tragué mi orgullo y me preparé para contarle a Tory cuánto había fracasado—.
He ido a casa de Pete a por nuestro dinero, pero se ha plantado allí la poli.
Hui... y se me cayó el dinero. —Estaba tan enfadada conmigo misma que le di un golpe a la encimera con el puño.
«Patosa estúpida».
—Eran dos mil pavos —recordó Tory con un suspiro.
—Ya lo sé. —Cerré los ojos mientras la vergüenza me devoraba desde dentro.
Tenía que mantener la calma. Tenía que resolver esto.
Porque estábamos muy jodidas si no lo hacía.
Habíamos podido permitirnos varios meses de alquiler aquí porque habíamos vendido absolutamente todo lo que teníamos de valor cuando nos fuimos de casa de Pete.
Un bolso de Gucci que encontré en una tienda de segunda mano etiquetado como de imitación.
Pete no se había enterado de que era auténtico, de lo contrario, le habría echado las manos encima a la mínima oportunidad.
—¿Te han visto? —preguntó Tory.
—Sí. —Suspiré—. Pete ha debido de colocar cámaras... o el vecino, quizá. ¿Quién sabe? Lo mismo da. La cosa es que la he liado y ahora estamos jodidas.
—No saben dónde vivimos —reflexionó Tory.
—Pero es por el dinero, Tor. —Me tiré en el sofá andrajoso que habíamos encontrado en un callejón—. Sí, así de mal estaban las cosas —gruñí—. ¿Cómo vamos a pagar el alquiler?
Tory se apoyó en el borde del sofá, dándome un puñetazo en el hombro como siempre hacía para decirme que me quería.
Tory no era muy de mostrar sus sentimientos, pero eso no significaba que no los tuviera.
Y, aunque a veces me gustaría que me diera más abrazos, tenía su peculiar forma de demostrarme que se preocupaba por mí.
—Tranquila, Darcy. Esta noche voy a hacer un trabajillo. Ya pensaremos en algo después.
—¿Sí? —Levanté la vista y la miré con los ojos llenos de esperanza, tan grandes como los de un personaje de anime.
—Sí. —Sonrió, pero era evidente que estaba decepcionada por lo del dinero.
«Si me lo hubiera guardado en el bolsillo, joder. ¿Por qué tengo que cagarla siempre?».
La lluvia estaba amainando a llovizna a medida que la noche avanzaba y me rugía el estómago pidiendo una comida que no iba a conseguir.
—Lo siento. —Suspiré mientras Tory miraba por la ventana—. Aunque hay una parte buena.
Ella giró la cabeza y me observó por encima del hombro con los ojos curiosos.
—¿El qué?
—He metido el cepillo de dientes de Pete en el retrete. Lo he restregado bien.
Abrió la boca y estalló en una carcajada. Mi enfado por fin se desinfló cuando mi propia carcajada se unió a la suya y nuestro pequeño apartamento vacío se llenó de algo bueno por una vez.