El despertar del vínculo (Alasdain 1) CAPÍTULO 38. Despertar en Alasdain.
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CAPÍTULO 38. Despertar en Alasdain.

B eril abrió los ojos con un sobresalto.

Al lado de su cama se encontraba Eilean que lo observaba atentamente. Miró hacia la puerta y vio a Olivin y a Aramen, este último con un brazo en cabestrillo. Detrás, en la sombra del pasillo vio una figura dorada que desapareció en una décima de segundo.

Se miró el costado y vio una herida no demasiado grande cubierta por una venda.

Aproximadamente medio palmo bajo la antigua cicatriz.

Sin embargo, era bajo la antigua herida donde le dolía ahora, no en la herida abierta.

Entendió por qué. Miró de nuevo en dirección a la puerta, pero ella ya no estaba allí.

—¿Cómo estás? —preguntó Eilean con cautela.

—Vivo —dijo, sorprendiéndose él mismo.

Recordaba a la perfección la escena en la que Auris le había lanzado al pecho aquella lanza. Recordaba cómo lo había sostenido un segundo después, sollozando.

Y tras eso, nada...

En el momento en que cerró los ojos no creía que despertaría de nuevo.

Sabía que lo había atravesado, y sabía quién estaba detrás de él.

—Ferin... —insinuó con dolor.

—Ferin está muerta. Yo mismo la he visto hundirse en las profundidades del agua de la vida y la muerte.

Lo dijo casi con satisfacción, lo que dolió a Beril.

—Lo siento —le dijo Eilean.

Olvidaba que Eilean podía notar su estado y sus sentimientos.

—La ha matado de la misma forma que mató a mi madre.

Eilean se movió incómodo.

—Beril, ¿de verdad quieres entrar de nuevo en ese círculo?

Beril sacudió la cabeza.

—No. Lo cierto es que me gustaría verla.

—Auris se ha ido —dijo Olivin.

—¿Cómo? —preguntó.

Se miraron entre ellos como si ninguno quisiera darle la noticia.

—Acabo de verla...

—Auris nos ha pedido que te diéramos esta carta.

Eilean le entregó un sobre que contenía una escritura alargada y angulosa.

Miró a los presentes como si esperara que comprendieran que prefería leerlo estando solo.

—Nos ha pedido que estemos aquí —le explicó Eilean.

Beril comenzó a leer.

"Al príncipe de los ojos verdes...

Si estás leyendo esto es porque he conseguido despertarte, y en ese caso yo me habré ido, pero no quiero que nadie te cuente lo que ha pasado o que tu imagines el porqué de lo que hice.

Ante todo, debo decirte que no hubiera esperado nunca una unión así con nadie, me doy cuenta de que todos los niveles de tu persona encajan perfectamente con algo que no creía que existiera dentro de mí. Algo que desconozco y que me ha hecho sentir por primera vez fuera de control.

Desde que te encontré delante de tu casa en Mulg me sorprendiste, cuando me atacaste con esa fiereza que se leía dentro de esos ojos verdes encendidos... Intuí parte de la extraordinaria grandeza que se oculta en ti.

Desgraciadamente desde que entraste en mi vida me ha tocado siempre herirte. Y cada vez que lo he hecho, ha sido una nueva herida para mí también. Ingenua de mí, que me creía por encima de cualquier sentimiento.

Me ha tocado la parte de arrebatarte a tu madre y a la mujer a quien amabas desde siempre. Y el dolor que te causo me retumba dentro con cada latido apresurado de tu corazón.

Has estado durmiendo más de una semana y he tenido tiempo de observarte, de observar las heridas dibujadas en tu piel por mi culpa. Llevas dos cicatrices en el pecho: una grande por tu madre, una algo más pequeña por Ferin, causadas por armas de oro que han salido de mi mano.

No consigo imaginar cómo tú podrías volver a mirarme después de esto, qué verías en mí después de que, por segunda vez y mirándote a los ojos, he atravesado tu pecho.

He tomado la decisión de irme lejos de aquí, quizá para descubrir nuevas piedras preciosas bajo un aspecto aparentemente común.

No deseo dañar a nadie más, y menos a ti. Espero que algún día, cuando nos encontremos de nuevo, consigamos mirarnos el uno al otro sin el dolor que eso nos causaría hoy..."

* * *

Beril levantó los ojos de la letra de Auris.

—Eilean... Ella sigue aquí. Tengo que encontrarla.

—No hay nada que puedas hacer. Ha abandonado su antigua misión. A partir de ahora se entrenará solo como Namak. En este momento está abandonando Alasdain, y yo impediré que te levantes de esta cama para correr tras ella.

—Pero tú sabes la verdad de lo que siento por ella.

—Lo que sientes por ella es algo complicado, que jamás había notado en nadie más; y es algo que me asusta, porque no llego a comprender de lo que es capaz. De cualquier forma, ella ya ha tomado su decisión —dijo él.

Cerca de su cama vio el estuche negro aterciopelado.

Lo cogió y lo abrió. Contenía el anillo con el ópalo de fuego.

Los presentes exclamaron al verlo brillar.

Beril miró al padre de Auris, quien escondió la cabeza entre las manos, desprovisto de la dignidad de Namak que normalmente lo recubría.

—Beril, tú eres el riesgo que yo temía desde que de niña la veía brillar...

—Pretendo protegerla de todas las formas que estén a mi alcance.

—Ah —suspiró—, pero sois el uno para el otro un peligro que no imagináis. Yo solo... quiero protegeros.

—La seguiré con o sin tu consentimiento, me basta solo que ella lo acepte.

Eilean sacudió la cabeza.

—Es demasiado tarde. Ella se ha ido, y tú no puedes seguirla.

Beril se alzó de la cama y se situó, algo tambaleante, en el centro de la habitación.

Olivin y Aramen intentaron persuadirlo, pero él se alejó de ellos.

—Beril —dijo Aramen—, no te dejaremos salir de aquí. Es el deseo de Auris. Y tampoco estás en condiciones de hacerlo.

Ambos llamaron a su elemento y se pusieron ante la puerta.

—Considero vuestros deseos de protegerla como una bendición cuando os deis cuenta de que lo que quiere ella realmente no es lo que está haciendo. Y os pido perdón de antemano.

—¿Perdón por qué? —preguntó Olivin.

—Por esto —Beril llamó a su elemento, y las partículas verdes de Olivin comenzaron a obedecerle, girando a su alrededor. Cuantas más creaba ella más opaco era el campo de la energía de Beril.

Aramen creó una lanza brillante que le desapareció en pequeños cristales verdes sobre la mano. La sorpresa se dibujó en los rostros de sus amigos.

Con un solo gesto Beril lanzó las minúsculas partículas hacia el exterior, creando una pequeña explosión que hizo caer a sus amigos y al Namak sin sentido por un momento.

Agarró el pequeño estuche y se vistió mientras bajaba la escalera un poco torpemente.

En ese momento una cadena se enlazó a su tobillo y cayó al suelo.

Al volverse reconoció al Namak envuelto en una nube metálica con una mirada resolutiva.

—No me hagas hacer lo que no deseo hacer. Ella es mi hija y la protegeré de cualquier peligro, sea quien sea. Lucharé contigo si hace falta.

—¡Namak! —dijo Beril, y su voz se escuchó iracunda—. Este no es tu destino.

Su voz había retumbado en el campo metálico del hombre, adquiriendo un sonido espectral que desconcertó al maestro.

Desaparecieron las partículas brillantes y Eilean se arrodilló a su lado, desatando rápidamente la cadena que él mismo le había enrollado.

—Está aún en el acantilado. La siento. Ve con ella.

Posó una mano en el hombro de su maestro.

—Gracias, Eilean.

Siguió a la carrera las imperceptibles huellas doradas de Auris. Vio que sus amigos lo seguían por la cuesta y se apresuró.

Llegó a la cascada y notó el latido de Auris.

Se acercaba a la abertura de la roca que daba paso al exterior.

—¡Auris! —gritó su nombre sin que ella lo escuchara, su voz oculta por el estruendo de la cascada.

Intentó calcular una vía rápida hasta ella, pero algunas personas a lo largo del sendero, advertidos por su grito, habían llamado a sus elementos temiendo su reacción contra Auris.

Volvió la vista a Auris y tomó una decisión. Cogió impulso y se lanzó de cabeza a la oscura superficie de agua.

Auris vio caer una sombra sobre la laguna y supo que era él.

Cuando emergió del agua ella lo estaba esperando.

No estaba lejos de donde ella estaba. Nadó en su dirección notando que el cansancio le jugaba malas pasadas entre la corriente.

Pero ahora las corrientes le resultaban más familiares, como si se hubiera entrenado todo aquel año en conocerlas para ese momento.

La herida le dolía de parte a parte. Auris comprendió su dificultad y se arrojó al agua para ayudarle una vez más.

Juntos alcanzaron de nuevo la orilla y salieron del agua.

—No puedes irte. No puedes dejarme aquí, solo —dijo.

—Beril... Siento enormemente haberte herido; siento que tu madre… y Ferin... Yo no puedo estar a tu lado. No me siento capaz. Temo no valer tu perdón por segunda vez.

Beril la miró con ternura. No sentía merecer todo lo que Auris era, pero sabía que no podría continuar viviendo sin ella. Estaban arrodillados uno frente al otro.

Abrió el pequeño estuche y extrajo el anillo dorado.

—Auris, yo tampoco me siento capaz de estar a tu lado, pero no hay nada en el mundo que desee con tanta fuerza.

Auris miró el anillo con el ópalo de oro y volvió su mirada a Beril.

—Auris, quiero estar contigo para siempre.

—¡Detente! —le dijo autoritariamente.

Entre tanto sus amigos, Eilean y un pequeño grupo de gente se agolpaban por el sendero que bajaba a la pequeña playa de roca.

Auris lo miró entristecida.

—Ferin... y... —Auris llevó su mano al pecho de Beril de donde brotaba de nuevo un hilo de sangre. Él agachó la cabeza también y luego la miró de nuevo.

—La unión que tenía con Ferin era intensa. Cuando la vi aparecer no comprendía cómo debía actuar. No podía...

—Yo no quiero herirte de nuevo —dijo, mirando cómo sus dedos se teñían despacio con la sangre de él. Acariciando con la punta de los dedos la cicatriz que también ella misma le había causado meses atrás—. No podría con ello.

Hubo una breve pausa antes de que Beril continuara.

—¿Lo sientes? —le preguntó, alzando su mandíbula con el toque firme de sus dedos.

Ella rio, no sin alguna nota de amargura, perdiéndose en su mirada verde y dejando escapar una lágrima silenciosa.

—Mi corazón late solo gracias a ti, Auris.

Ella recogió la mano de Beril con su otra mano y la condujo hasta apoyarla sobre su propia cicatriz, cubriéndola con la suya.

—Beril… —dijo, mordiéndose el labio.

—Eres mi lugar, Auris. Déjame construir contigo algo que vaya más allá de nosotros dos.

Ella sacudió la cabeza sin encontrar palabras, pero Beril pudo ver una sonrisa inesperada en sus labios trémulos y húmedos de lágrimas.

Entonces lo miró intensamente y asintió con energía.

—Beril, mi corazón es tuyo desde el primer momento.

Dejó escapar el aire que había estado conteniendo, y besó su mejilla rozando el lóbulo de su oreja con una sonrisa traviesa.

Beril pasó el precioso anillo que ella misma había engarzado a su medida a través de su dedo. Luego la cogió entre sus brazos y la besó con fuerza, estrechándola entre sus brazos.

Sintieron un fuerte alboroto y levantaron la vista para ver al grupo que los observaba, lanzando vítores. Olivin y Aramen eran los primeros y Eilean permaneció serio, y acercándose los ayudó a levantarse.

—Habéis sido enormemente valientes el uno por el otro, y los dos por el bien de todos.

No ignoro que algo muy fuerte ha pasado entre vosotros mientras estabais fuera.

—Al decir esto clavó los ojos amenazantes sobre Beril un segundo—.

Y me doy cuenta de que os apoyasteis con respeto y con amor.

Acepto este camino que estáis emprendiendo y os garantizo que cada uno de nosotros os ayudará en lo que esté al alcance de su mano hasta que toméis la decisión de dar siguiente paso.

Auris hizo una pequeña inclinación ante Eilean y Beril la imitó sin entenderlo demasiado.

Entonces Beril se levantó y Eilean se acercó a él, abrazándolo.

Cuando se separó de él en su mirada brillaba una luz de protección.

Beril le sonrió y retrocedió para dejar pasar a Auris que abrazó a Eilean.

Aramen, Olivin y todos los de su antiguo grupo se adelantaron para felicitarlos y expresarles su alegría.

—Un aspecto terrible, ¿eh? —dijo sarcástico Aramen.

Beril rio alegremente con Auris de la mano.