CAPÍTULO 37. Ella.
F erin.
Su elemento desapareció al instante, desconcentrado por la descomunal sorpresa.
—Beril... —dijo ella a modo de saludo. Y le pareció que arrastraba un poco las letras.
Beril miró a Auris, enfrentada a la que había considerado desde siempre la mujer de su vida, notando cómo se le despedazaba el corazón. La situación era irónica.
Ferin pareció notar su desconcierto al verla y se acercó dulcemente a él.
Pasó sus manos sobre sus brazos y apoyándose en sus hombros lo besó en los labios, con los ojos atentos y fijos en Auris, que los observaba con el latido ralentizado.
En la mano de Ferin, y enroscándose en su brazo, la cadena que se estrechaba en el cuello del Namak.
—Pero ¿cómo? —balbuceaba él.
—Lo sé, sé que ha debido ser un golpe horrible para ti. Siento mucho lo de tu madre… lo que ella le hizo —dijo, refiriéndose a Auris—. Lo que os hizo.
Beril se giró levemente para mirar a Auris.
—Ellos mataron a tu madre, te hirieron y te trajeron aquí sin darte ninguna opción. Te han engañado para aprovecharse de tu elemento.
Auris empezaba a notar su nerviosismo. No sabía qué decir, qué hacer.
—Beril, no la escuches —le dijo—. Nadie te ha engañado, aparte de ella.
Ferin se volvió de nuevo hacia ella.
—Auris… ¿Por qué no debería escucharme? Él me quiere, me ha querido siempre.
Beril se giró entonces de nuevo hacia Ferin y la observó desde su cercanía.
—Estaba diciéndole a Eilean que debe entregar el control de Alasdain a mi madre, quizá a ti te escuche.
Una vez lo haya hecho, podremos seguir juntos la vida aquí, o en casa.
Nosotros, en paz. Tenemos el poder de cambiar el mundo, de hacerlo mejor.
Somos mejores que todos ellos. Acabaremos con quien se nos oponga.
Tú y yo, juntos, seremos invencibles. Lo supe desde que te vi la primera vez.
Beril no recordaba tan oscuros los ojos de Ferin. Sus gestos, mientras hablaba, parecían impacientes y llenos de agitación.
El Namak observaba atentamente la escena, intentando descifrar la reacción de Beril. Pero había una cosa de la que él estaba seguro en ese momento. No había tenido intención de traicionarlos.
—No lo haré nunca, Ferin... No te ayudaré a imponer un mundo dirigido con la fuerza y el miedo. No me uniré a alguien que piensa que una muerte puede estar justificada.
—Solamente la muerte de quien hace el mal, Beril.
—Todo el mundo puede cometer errores. Incluso tú.
—No, yo no. Hay quien se dedica al bien, Beril. Recuerda nuestra vida en Mulg. Tú y yo nunca hemos dañado a nadie. Mucha gente es buena. Debemos proteger a esa gente, aunque sea acabando con todos aquellos que viven sin respeto y sin consciencia del mundo.
—Si los mataras, ¿qué te diferenciaría de ellos?
—Hacemos lo necesario para hacer del mundo un lugar mejor. Somos los elegidos para hacerlo.
—Cualquiera que aceptara ese papel estaría ya corrompido. Sediento de muerte. Tendrás que pasar antes por encima de mi cadáver.
Ferin tembló visiblemente de pies a cabeza. Por un momento su expresión fue desamparada, casi como una niña aterrorizada, y Auris vio cómo Beril dio un paso decidido hacia ella. Pero entonces Ferin se irguió orgullosa y se giró hacia el Namak sin prestarle más atención.
—¡Y bien! ¡Que así sea! —dijo con una voz iracunda que no reconoció.
La cadena que apresaba el cuello del Namak se hizo más estrecha justo en el mismo momento en el que un alarido llamó a los elementales a revolverse contra sus atacantes.
Auris se lanzó contra Ferin en una lluvia de golpes que no lograban acertar en su objetivo.
Ferin se movía naturalmente, su figura parecía fluir y una sonrisa afloró a sus labios.
Evadía sin aparente dificultad cada movimiento que Auris dirigía hacia ella.
Hasta que un cambio en el ritmo de la pelea la desestabilizó y la obligó a retroceder con un salto.
La cadena cayó de su mano con un tintineo que se escuchó entre las exclamaciones y los golpes de metal y cristal chocando.
Al menos tres temperamentales se lanzaron a por ella, mientras el Namak intentaba correr en dirección al acantilado. Pero no llegó lejos, y a pesar de la ofensiva de los elementales, la cadena continuó a apretar su cuello.
Beril, con el cuerpo paralizado, observaba la escena como un espectador sin voluntad. Su elemento tampoco respondía.
Escuchó el tremendo golpe que Ferin asestó a Auris, la cara de esta giró con violencia, y su cuerpo cayó retumbando delante de Ferin, con la vara dorada lejos de ella y expresión aturdida.
La boca de Ferin se arqueó con una sonrisa despectiva mientras lanzaba una ojeada al Namak bajo el control de su gente.
Avanzó entonces hasta Auris y plantó una rodilla con todo su peso sobre su esternón.
Esta se arqueó de dolor y consiguió centrar sus ojos en Beril, mientras una mano rojiza se curvaba sobre su garganta con engañosa dulzura.
Beril recordó esa mano rojiza sobre la suya. La mujer que tenía delante parecía su mujer, pero se resistía a creer que fuera realmente ella. Algo en ella no cuadraba.
La cadena que apresaba el cuello del Namak sonó y se hizo más estrecha.
—¡Ferin! —gritó Beril, desesperado—. Yo te vi. Tú estabas… muerta.
Dijo la última palabra como un gemido ronco que le costó pronunciar.
Ferin se volvió de nuevo hacia Beril, aflojando su mano.
—Tú debías ir hacia tu madre, hacia Antimiun.
Yo me hubiera reunido con vosotros cuando hubierais aclarado todo.
Pero entonces aparecieron ellos , y se creó un poco de desconcierto para permitirnos escapar.
No estaba previsto y me pilló por sorpresa.
Afortunadamente fue solo una pequeña herida provocada por mi propio elemento. Te mandé hacia allí, y entonces…
La respuesta le hizo recordar el dolor que había sentido. Su ausencia en todo ese tiempo en el que tanto la había necesitado.
—Y entonces ella —escupió las palabras con rencor, mirando con asco a Auris—.
Ella… se entrometió. Apareció en el lugar equivocado y en el momento equivocado.
Justo ella. La persona equivocada. Cuando llegué, tu madre había muerto y tú habías desaparecido.
Con ellos. Tu madre nunca debió negarse a que supieras quién eres.
Pero ahora lo sabrás todo y ocuparás el lugar que siempre te correspondió, a mi lado.
Lejos de aquí, y, sobre todo… lejos de ella .
Un torbellino de un polvo anaranjado oscuro casi lo ciega mientras una afilada daga se materializaba en su mano libre.
Auris observó a Beril y fue consciente de que no era capaz de reaccionar ante aquella sorpresa.
Estaba totalmente paralizado mirándola en todo su elemento. Como si jamás la hubiera visto antes.
Los rizos de Ferin, de un naranja oxidado, volaban agitándose en el aire y su piel estaba recubierta del mismo color, que se adhería a su cuerpo.
Unos ojos profundos lo observaban y su fantástica figura se inclinaba hacia ella con una gracia casi felina mientras sonreía sin dejar de mirar a Beril.
Era como una visión ante la cual él permanecía como maravillado, sin pestañear siquiera.
Auris se balanceó con fuerza hacia delante y su frente emitió un crujido sordo contra la cara de Ferin. El golpe contra el pómulo no fue demasiado fuerte, pero bastó para que su oponente rodara un par de metros, dejándola libre.
La cabeza le palpitaba causándole vértigo, aun así se enderezó y por instinto su cuerpo se movió hacia Beril.
Ferin avanzó unos pasos hacia ella, pero la figura de Beril se interponía entre ambas, que giraban a su alrededor como si él fuera su centro.
Auris alzó la cabeza magullada para enfrentarlo cuando estuvo delante de él, enfadada.
Beril alzó ambas manos, negando.
Ferin rio por detrás de Beril al son de la cadena que uno de los temperamentales volvió a poner en su mano, arrastrando al Namak del cuello, que cayó de rodillas a su lado, casi inconsciente y con los labios amoratados.
—No lo hagas, Auris.
Pero Auris creó una finísima y afilada lanza de oro. Miró a Beril, retadora. La decisión se leía en su expresión severa. Fue Ferin la que rompió el silencio.
—Como ves, Auris, no puedes dañarme. Tú has conseguido el vínculo, por el momento, pero no puedes tocarme igualmente. De nada sirve querer evitar lo que está escrito que debe suceder. Despídete una última vez de tu padre, querida prima .
Beril la miraba suplicante, y la expresión de Auris se tornó vacía.
—Auris —dijo—. Por favor…
—Nadie está en el lugar equivocado, ni en el momento equivocado. Nadie es la persona equivocada, aunque no lo comprendamos —le respondió con un gesto que reflejaba una tristeza infinita. Todo estaba en silencio.
Cada uno de los presentes la miró sin comprender. El gesto de Ferin se congeló mientras escuchaba a Auris.
—Ahora sé que hay un destino más grande que nosotros. —Las partículas del oro brillaban cada vez más nítidas mientras hablaba—. Más grande que yo... y que tú, Beril.
—No…
La cadena volvió a oírse, tensándose, y en el momento en que Eilean caía al suelo por la falta de oxígeno, el aire pareció detenerse en un extraño silencio.
—Lo siento —susurró la elemental dorada.
Auris lanzó con energía el arma que brilló en el aire como un relámpago, silbando a su paso.
La lanza atravesó limpiamente el pecho de Beril para terminar su recorrido sobre el corazón de Ferin, perforándolo.
Brotó una gran cantidad de sangre, tiñendo el arma y el suelo de un rojo oscuro.
Auris se abalanzó hacia delante a tiempo de recoger el cuerpo de Beril que se desplomó sobre ella, de nuevo herido.
Ferin cayó al suelo también.
Estaba muerta.
Alguien corrió para liberar al Namak que yacía en el suelo inconsciente, mientras Auris se disolvía en lágrimas.
El grupo entero avanzó y alzando el cuerpo de Beril lo transportaron rápidamente a su casa, alguien fue a buscar a la señora Flora a quien habían encadenado.
Los seguidores de Ferin se dispersaron rápidamente. Tras una breve lucha, escaparon abandonando el cuerpo en el suelo.
Arrodillada junto a ella, Auris lanzó un grito de ira y dolor, y todo se cubrió de una nube de oro en un kilómetro a la redonda.
Se acercó a ella en silencio y la enderezó sobre la hierba. Cerró sus oscuros ojos, colocando el cabello anaranjado alrededor de su rostro y sus hombros, acariciándolo como si fuera una niña pequeña.
—Ferin, no te duele ya. Una muerte daña más a quien la produce que a quien la sufre, tú aún no lo sabías, ¿verdad? Pero lo intuías…
Observó sus finos rasgos punteados y le cruzó las manos sobre el pecho inmóvil.
—Lo siento. Ojalá no hubiera terminado así, ojalá hubierais podido estar juntos aún. Sé que lo querías. Será feliz, te lo prometo.