CAPÍTULO 36. Cubiertos de oro y esmeralda. #3
Finalmente la agarró de la cadera con ambas manos y se volteó con fuerza en un giro que la arrastró también a ella de manera que quedó sobre él, casi como si no se atreviera a moverse.
Beril la sostuvo de las caderas y la deslizó sobre él ligeramente.
—Beril, no sé qué tengo que hacer.
—Escucha tu cuerpo.
Auris siguió las oleadas de sensaciones provocadas por los movimientos de Beril, y se alzó sobre él, que recorrió su cuerpo con los ojos llenos de sorpresa y maravilla mezclada con algo más profundo que le hacía mantener su mirada concentrada.
Se deslizó siguiendo su propio instinto, su propio cuerpo, en movimientos que parecía conocer a pesar de no haberlos utilizado nunca.
La intensidad de la electricidad que se desprendía y que conectaba sus cuerpos se sentía cada vez con más urgencia. Y las respiraciones de ambos se agitaban descontroladamente entre sonidos, caricias y besos.
Cuando habían llegado casi a un abismo sin retorno, Beril se incorporó sin separarse de ella y, sosteniéndola, se arrodilló sobre la cama, y pasó tras su espalda las piernas de ella, que se enrollaron alrededor de su cintura, de tal forma que quedó sentada a horcajadas sobre el regazo de él.
Permanecieron pegados y quietos durante apenas un momento durante el cual él la miró a los ojos y apartó algunos mechones de su largo pelo dorado.
Después tocó la cicatriz de su pecho con reverencia, deslizándola hasta su cintura y apoyó la otra mano en el centro de su espalda.
Auris lo imitó, y comenzó a moverse de nuevo, sosteniéndose en su hombro.
Beril apoyó la frente sobre la de ella, respirando pesadamente mientras su cuerpo se tensaba y en ella aumentaba una tensión capaz de hacerla explotar por dentro.
Lo sintió como una energía profunda que la recorría desde el punto en el que sus cuerpos se unían y que se irradiaba a través de su pecho, donde sintió aquella parte de sí que le pertenecía a él.
La corriente subía después a lo largo de su garganta, saltando a través de la mirada que compartía con aquellos ojos verdes y que traspasaba a través de su mente a la de él para después retumbar en aquel punto en el que sentía su mano en el centro de su espalda.
Recorría sus piernas obligándolas a ajustar contra ella el cuerpo de Beril, que se adentraba más aún, aunque le hubiera parecido imposible apenas unos segundos antes, y que se estremecía compartiendo sus mismas sensaciones.
Despacio el cuerpo de Auris comenzó a relajarse y Beril la recostó sobre él, aún unidos, retrasando el momento en el que habrían dejado de ser uno solo. O por miedo de que aquello sucediera.
La abrazó y acarició con suavidad su pelo ligeramente desordenado y sonrió pensando en ella.
Jamás en su vida hubiera esperado que existiera en el mundo un ser como ella.
Malditamente fuerte y delicada al mismo tiempo, dura y a la vez sencillamente dulce, tan fría como afectuosa, controlada y fuera de control.
Alguien tan lleno de incoherencias como para sacarlo fuera de sí, y tan jodidamente perfecta a su manera única de ser.
—Sé que en estos momentos no debería decir algo como esto —comenzó, sacándole de sus reflexiones—, pero yo también te amo, Beril.
Beril miró al estuche que había dejado en la mesita de noche y comenzó a alargar la mano hacia él, pero entonces la miró de nuevo. Sus ojos estaban delicadamente cerrados y su respiración era cada vez más rítmica. Estaba casi dormida.
Sonrió y cedió ante el peso de sus propios párpados antes de abandonarse al sueño más dulce que hubiera tenido en su vida.
* * * * * * * * * * * * * *
A la mañana siguiente Beril se despertó y vio que Auris lo miraba con una sonrisa en los labios.
Su cabello resplandecía cubierto de polvo de oro y pequeñas piedras de esmeralda como gotas de rocío.
Beril se alzó y cogió un pequeño estuche oscuro.
Se lo alargó a Auris sonriendo.
Ella lo abrió con cautela y vio el ópalo del atardecer. El que tenía oro en su interior.
—Pensaba engarzarlo en un anillo de oro antes de dártelo, pero anoche tuve una idea mejor.
Auris se sonrojó con una sonrisa pensando en la noche anterior.
Beril rio viéndola. Después cogió la piedra y la colocó en el dorso de la mano de Auris, pegada a su dedo anular.
Ella lo comprendió. Desde la piedra parecieron brotar hilos de oro que formaron una trenza rodeando el fino dedo, sosteniendo la piedra como si surgiera del interior de esta.
—Es fantástico.
—Sí, lo es.
Entonces él se lo quitó de la mano y lo guardó de nuevo en el estuche, satisfecho.
—Creía que era un regalo —dijo ella, algo molesta.
Beril la miró con detenimiento.
—Lo será… A su debido momento.
Luego saltó de la cama y se vistió rápidamente.
—Vamos, estamos cerca de Alasdain ya.
Auris no se opuso, ella también quería llegar ya a casa.
Tendrían que explicarse con su padre, que ahora era además su maestro. Y que era el Namak. Auris sintió una punzada de temor pensando en qué sucedería cuando su padre los viera aparecer, pero intentó cancelar el miedo de su mente.
Cuando atravesaron la entrada de Alasdain ambos tuvieron una impresión extraña.
Auris creyó reconocer destellos de luz diferentes a los que estaba acostumbrada, y no supo si la que había cambiado era ella o la gruta misma.
Una intuición extraña intranquilizó a Beril.
Atravesaron la gruta silenciosa y desembocaron en el otro lado.
No encontraron a nadie por el camino.
Nadie.
Auris y Beril se miraron nerviosos.
—Vamos a casa de mi padre —sugirió Auris.
Beril estuvo de acuerdo.
En unos minutos llegaron delante de la casa blanca.
Entraron sigilosamente, advirtiendo ya que algo había ocurrido.
—¡Beril, mira! —lo llamó Auris desde su habitación.
Beril entró con cuidado mirando todo con alarma.
Auris estaba frente a la ventana desde donde se veía el acantilado.
Más allá de donde se había llevado a cabo el simulacro, tras el bosque y las ruinas vieron a lo lejos un campo de batalla cubierto de nuevo de gente que peleaba.
—Es otro simulacro —dijo Beril.
—Eso he pensado yo también al inicio. Pero mira cuántas personas hay; son muchas más que la última vez. Y hay gente herida en el campo.
Era cierto. Había demasiada confusión para ser algo organizado.
—No puede ser… Alasdain ha sido atacada —susurró Auris.
En ese momento de entre un grupo de personas reconocieron al Namak pasando al frente.
—¡Eilean se está entregando! —dijo Beril.
Corrieron sin detenerse hasta allí, ambos cubiertos ya de oro y esmeralda.
Llegaron jadeando. Reconocieron el grupo que había estado protegiendo a Eilean hasta ese momento. Entre ellos se encontraban sus amigos. Aramen estaba tumbado en el suelo sangrando y Olivin lo sostenía sollozando.
Eilean había dejado atrás el grupo de jóvenes y se había entregado al enemigo. Una cadena oscura lo envolvió, paralizando sus brazos y enroscándose alrededor de su cuello.
Atravesaron el grupo y alcanzaron al Namak situándose frente a él.
Escucharon a sus espaldas el murmullo del grupo de aquellos que aún se encontraban a salvo.
Beril miró a Eilean, y este le devolvió la mirada. Y por un segundo vio en su expresión un atisbo de reproche.
Cerró los ojos algo apesadumbrado y los abrió de nuevo para mirar a su oponente.
Beril giró la mirada hacia delante y reconoció enseguida la figura graciosa de piel rojiza como la que tantas veces había estrechado entre sus brazos. Sacudía con fiereza la cabellera naranja.