El despertar del vínculo (Alasdain 1) CAPÍTULO 36. Cubiertos de oro y esmeralda. #2
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CAPÍTULO 36. Cubiertos de oro y esmeralda. #2

La mordió apenas y absorbió el sabor de su piel, produciendo que ella se arqueara en sus brazos.

Sus dedos encontraron finalmente los lazos y enganches que sostenían su ropa.

Tiró de unos y otros para aflojar sus prendas y las deslizó, dejándolas caer sobre el suelo mientras rozaba el cuerpo de ella que se estremecía, echando la cabeza hacia atrás ligeramente, sintiendo el aire sobre su piel descubierta.

Los ojos de Beril la recorrieron rápidamente antes de que sus labios se unieran de nuevo, delicadamente esta vez, separándose solo para bajar por su barbilla a su garganta y recorrerla despacio; depositando pequeños besos en su descenso lento hacia la convergencia de sus clavículas y el nacimiento de su cuello, donde sus labios se detuvieron con un gesto decidido.

Subió las manos desde la cintura de ella hasta el punto donde sus costillas comenzaban a cerrarse sobre su cuerpo y hundió los pulgares, afianzándolos en la blanda depresión.

Auris expandió entonces el pecho con una respiración profunda mientras Beril posaba sus labios abiertos en el final de su esternón; continuando hacia abajo, recorriendo el espacio entre las costillas de ella y, siguiendo aquella línea apenas dibujada entre los músculos del abdomen, acompañándose de sus manos, que la deseaban con fuerza.

Se arrodilló entonces frente a ella para besar su ombligo con absoluto descaro y una exclamación se escapó de los labios de ella, que posó finalmente las manos sobre los hombros de Beril y lo miró a los ojos, mientras él insistía en las caricias circulares en torno a su ombligo y la miraba con un gesto que Auris habría descrito como desalmado.

Una sonrisa curvaba con malicia sus labios de una tonalidad roja cada vez más encendida.

Y continuó mirándola a los ojos mientras deslizaba hacia abajo la ropa interior que aún llevaba puesta, explorando sus piernas con una caricia estudiada de sus manos.

Ella inspiró nuevamente con profundidad y abrió la boca para protestar, pero Beril no le dio margen de tiempo y aprovechó aquel segundo para asaltar con la lengua el punto más sensible sobre la piel del cuerpo de Auris, haciendo que ella se encorvase, sacudida por un espasmo sorprendido, plegándose sobre él.

Entonces él se levantó de golpe, elevándola con él y aprisionando todas las caricias que sabía aún frescas y palpitantes sobre la piel de ella.

Recorrió con ella en brazos el espacio que los separaba de la cama, donde la depositó con quizá demasiado cuidado, devorando cada centímetro de su piel con los ojos.

Ella se incorporó de rodillas en la cama, recuperando un atisbo de lucidez para recorrer el cuerpo de él con las manos, intentando nerviosamente hacer pasar su camisa a través de su cabeza y brazos.

Le dejó libertad de movimiento para que lo consiguiera y la miró a los ojos con un estremecimiento.

La presencia de ella a su lado en cada segundo lo llenaba de asombro.

Ella acarició sus brazos desde sus manos hasta sus hombros, prosiguiendo por su torso, ensimismada por la imagen de sus manos moviéndose sobre el cuerpo de él.

Se acercó y lo besó profundamente, dominándolo de rodillas sobre la cama.

Sus manos recorrieron su espalda terminando de nuevo en su pecho y lo empujó con su peso para que se tumbara sobre el colchón.

Beril arqueó las caderas para permitir que ella le terminara de quitar la ropa cuando notó sus manos tironeando, mientras aún lo besaba, acariciándolo con su lengua.

Ella se detuvo de repente, rompiendo el contacto para mirarlo con una duda en los ojos.

Beril la observó detenidamente a los ojos y se incorporó sobre sus codos.

—Auris… —le sonrió—. No tenemos que…

Lo dijo asustado, percibiendo inseguridad en ella.

—Beril… es solo que… —lo interrumpió.

Le acarició el mechón de pelo que le cubría parte de la cara.

—No tienes que excusarte… —la calmó.

Ella rio.

—Beril, soy tuya desde hace mucho. No importa lo que suceda ahora. Ni lo que haya sucedido antes. Ni lo que sucederá después. El problema no es el que tú imaginas.

Beril achicó los ojos, dispuesto a preguntarle qué era lo que supuestamente imaginaba y cuál era el problema de verdad, pero ella lo calló con un beso cerrado y duro, largo e intenso en el que tiró del cuello de él, pasando el otro de sus brazos bajo el de él y moviendo su peso sobre el cuerpo de ella.

—Auris. —Se separó Beril—. Espera, Auris.

Ella rio entre besos, no dejándole hablar.

Notaba la forma salvaje en la que su cuerpo palpitaba contra el de ella, causándole una sensación parecida al dolor.

Él se consiguió separar de ella a duras penas.

—Auris, si hay algún problema que no me has contado no vamos a seguir con esto.

Ella dobló sus rodillas a los lados de las caderas de Beril y se apoyó en sus pies para pegar su cadera a la de Beril, que soltó una exclamación ininteligible mientras le tembló todo el cuerpo de pura necesidad.

—Bórralo —pidió ella.

—¿Qué? —susurró él, sin comprender.

—Te quiero solo a ti. En mi cabeza, en mi cuerpo. Borra todo lo demás, por favor —le dijo con seguridad, mirándolo a los ojos—. Haz que nada más importe.

Para Beril fue la chispa que terminó de prender lo que llevaba meses incendiándose dentro de él, y que había empeorado desde que ella lo había seguido a su casa natal.

La besó como nunca antes se había permitido hacerlo, devorando su boca, atacando su lengua, mordiendo sus labios hasta que un sonido ahogado se escapó de su boca por la intensidad de la sensación.

La apresó entre sus manos, acariciando con seguridad las zonas que la hacían sobresaltarse y vibrar.

Recorrió con la superficie de la lengua firme la dulce longitud de su seno desde el nacimiento de su pecho hasta la parte superior, pasando por el pezón endurecido bajo la respiración de Beril mientras con los dedos de la mano le aprisionaba el otro.

Ella se debatía en medio de oleadas de deseo incontrolable pulsándola dentro.

Beril notó a Auris comenzar a moverse debajo de él, buscando la sensación que ansiaban ambos.

Se elevó despacio y se giró levemente, distanciándose algún centímetro.

Ella se lamentó con un gemido y él sonrió, sabiendo lo que hacía, pero comprendiendo la agonía de ella.

Pasó una mano entre ambos bajándola por el abdomen de ella y rozó la piel sensible y suave de ella entre las piernas, tragando pesadamente ante sus propias sensaciones que amenazaban con desbordarse. La acarició alrededor, invitado por su calor y su humedad.

Al llevar delicadamente un dedo a su interior notó todos los músculos de ella tensándose peligrosamente y vio cómo había dejado de respirar.

—¿Te molesta? —le preguntó.

Ella negó rápidamente y él sintió que mentía. Pero no dijo nada.

Una sospecha acompañada de una sensación de miedo y pánico se coló en los pensamientos de Beril al recordar los acontecimientos de los días pasados.

Al igual que un creciente sentimiento de agradecimiento hacia ella y de admiración.

La necesidad de protegerla de cualquier cosa que pudiera sucederle, a pesar de que ella no necesitase protección, se sobrepuso a cualquier otra.

Acarició su interior con suavidad y deslizó el pulgar hacia aquel punto que sabía que tenía el poder de llevarla hasta el éxtasis.

Ella relajó la presa sobre los hombros de Beril sintiendo el movimiento suave de él.

—No voy a hacerte daño, Auris —susurró con voz tranquila.

Ella lo miró y asintió despacio.

—Lo sé —respondió, asintiendo.

El roce de sus dedos provocó que ella lanzara un gemido que sonaba a agonía, entrecortado.

—Beril… Quieres acabar conmigo —imploró, y como respuesta él introdujo más profundamente aquel toque que la estaba haciendo enloquecer. Beril rio de nuevo y la besó profundamente, calmando los sonidos de la garganta de ella.

—Oh, no sabes cuánto —dijo maliciosamente.

Y curvó el dedo hacia él, empujando y rozando con insistencia aquella suavidad en el interior de ella e intensificando la caricia insistente con su pulgar en el exterior, ante lo que ella se volcó sin quererlo hacia él de golpe.

—¿Te fías de mí, Auris? —le preguntó, acelerando sus movimientos.

Ella asintió sin mirarlo, retorciéndose debajo de él.

—Necesito que me lo digas. ¿Te fías de mí?

Auris enfocó su mirada en Beril conteniendo las sensaciones que se apoderaban de ella.

—Me fio de ti, Beril, ciegamente.

Se miraron a los ojos hasta que a los pocos segundos y bajo la atenta mirada de Beril, Auris se tensó hacia atrás soltándose de él y enarcando su cuerpo, mordiéndose el labio inferior con fuerza, ahogando un grito, con el pecho subiendo y bajando.

Beril cambió de posición entre las piernas de Auris rápidamente y entró dentro de ella en un único movimiento en el que ella lo miró sorprendida, congelándose.

Beril la besó despacio, dulce, con cuidado.

Auris se relajó debajo de Beril y aprovechó para recorrer el cuerpo de Beril con las manos, sacándole algunas exclamaciones y algunas risas, descubriendo que no era inmune a las cosquillas.

—¡Auris! —exclamó él—. ¡Deja de hacer eso, por favor!

Intentó detenerla, ocasionando que perdiera el equilibrio, y el peso de su cuerpo cayó por completo sobre el de ella, que no había calculado un único detalle.

Beril apreció el momento en el que Auris sintió una punzada de dolor cuando sus cuerpos se unieron completa y profundamente.

—Oh, joder… —exclamó ella debajo de él, sorprendida por la sensación de tirantez en su interior.

—Quieta —le indicó con un susurro que contenía la respiración.

Ella asintió.

—De cualquier forma, no creo que pudiera moverme —le dijo entre dientes.

E, inevitablemente una risa incontrolada la sacudió sin poder detenerla.

Beril cerró los ojos sonriendo herméticamente mientras ella se reía y quejaba a partes iguales, agitando los cuerpos unidos.

Cuando ella se relajó se miraron el uno al otro.

Beril se inclinó aún más hacia ella y la acarició con ambas manos mientras besaba despacio sus labios, con su peso totalmente apoyado en ella.

La respiración de ella comenzó a agitarse de nuevo, arrollada por la lengua de Beril que arrancaba sensaciones que la cosquilleaban en su interior.