CAPÍTULO 36. Cubiertos de oro y esmeralda.
B eril cerró su casa y emprendieron el camino de vuelta.
Antes de subir a la silla de su caballo le saltó a su paso Main, al que Beril saludó afectuosamente mientras Auris esperaba en su montura. Y, tras eso, encauzaron el camino de vuelta.
Los caballos cabalgaban más ligeros ahora.
Se detuvieron varias veces en la cercanía de poblaciones colindantes al camino.
Durmieron en cómodas habitaciones en las posadas gracias al dinero de las piedras preciosas de Beril y algunas monedas de oro que Auris copió de las que poseían sin tener que arriesgarse demasiado.
Cuando se encontraron cerca de la posada donde fueron envenenados discutieron sobre lo que era mejor, si dormir a la intemperie o arriesgarse de nuevo a pasar la noche allí.
Decidieron que era más peligroso dormir a la intemperie, además de que una fina lluvia empezaba a caer cada vez con más insistencia.
Cuando entraron en la posada, Ethel, la hija del posadero, enrojeció visiblemente.
Tampoco Beril se encontraba cómodo con la situación.
La posadera los dirigió a la habitación y Beril sacó algunas monedas de las que había ganado con las piedras que había conseguido vender en Mulg a su amigo Beremit y se las ofreció.
Pero ella empujó las manos de Beril, sonrojada hasta la frente, sin aceptar su dinero.
La idea de haberla avergonzado le anudó el estómago.
Jamás se había comportado de aquella manera con una mujer y se avergonzaba de ello amargamente.
Se había acostado con ella sin tener motivos y encima a la mañana siguiente se había mostrado agresivo.
Recordaba haberla gritado a escasos centímetros de la cara, invadido por el pánico que le recorría el cuerpo y con la cabeza nublada al comprender la posibilidad de que Auris estuviera en peligro.
Una posibilidad que se había revelado más real de cuanto hubiera querido desear.
La pobre mujer balbuceó algo de lo arrepentida que estaba y su temor de que hubieran podido dañar a Auris. Lo que, en realidad, había ocurrido. Pero no era solo culpa de la posadera.
«Oh, mierda» —pensó Beril, despeinando con nerviosismo el pelo con la mano.
No bastaba con haber metido la pata —y algo más— imprudentemente, y que encima Auris lo supiera y tuviera tan clara consciencia de todo.
Se giró intentando no pensar en ello, dejando que hablara para excusarse y desaparecer.
Miró a su alrededor con atención. Probablemente era la mejor habitación del hostal; la decoración era un tanto antigua y recargada, pero era algo suntuosa y estaba limpia.
Una única cama.
Evidentemente.
Las palabras de la posadera lo sacaron con estupor de su ensimismamiento.
¿Acababa de decir que mientras se habían acostado no había parado de repetir el nombre de Auris?
Con rapidez se giró hacia ella y la condujo hacia la puerta con un ligero toque sobre su codo, pero lo suficientemente insistente para que la posadera se estremeciera, alejándose.
—Ok… ok, muchas gracias —la cortó antes de que pudiera seguir diciendo cosas de las cuales él tuviera que arrepentirse… más aún .
Giró la cabeza para ocultar parte de la vergüenza que estaba empezando a acabar con cualquier resto de sangre fría en aquella habitación cuando la posadera los dejó solos.
Se frotó el pecho sobre su cicatriz, intentando inútilmente que sus latidos fueran regulares.
—Yo diría que hoy podemos cenar en la habitación para evitar cualquier contacto o peligro —dijo Beril.
Cuando alzó la mirada para detenerla en Auris, notó que ella no despegaba su vista de las cortinas que colgaban del dosel de la cama.
Habría dado el mundo entero por conocer sus pensamientos. Por tranquilizarla en aquel momento en el que imaginaba que sus reflexiones no eran precisamente agradables.
Se acercó a ella y con la yema del índice le rozó la mandíbula para elevar su mirada limpia hasta la de él y vio cómo ella se ruborizaba, tiñendo sus mejillas de un cálido color rojizo.
Bajó la mano instantáneamente, respetando su espacio.
—No sirve de nada pensar en algo que ha sucedido ya —dijo, más para sí mismo que para ella—. Y, créeme que yo lo lamento más que tú.
Ella alzó las cejas, incrédula con un gesto sorprendentemente duro y frio.
—Ya, claro. Estoy segura de que para ti ha sido una experiencia espantosa —le mortificó.
A Beril se le escapó una sonrisa nerviosa y avergonzada mientras se frotaba la nuca.
No se sentía capaz de explicarle en aquel momento que jamás en su vida habría hecho algo así estando en su sano juicio. Pero con una chispa de malicia sintiendo los celos en su voz intuyó hasta qué punto llegaba el interés de Auris por él.
—No lo recuerdo en absoluto, si te sirve de algo.
—No, no me sirve.
Pero ella se giró entonces, no dejándole ver sus ojos, lo que produjo una agitación angustiosa en el pecho de Beril.
Beril dejó escapar todo el aire de sus pulmones con desánimo. Evidentemente, el interés que hubiera podido nutrir por él se difuminaba ante la evidencia y la consciencia de lo que había sucedido.
Lo comprendía perfectamente y entendió que debía alejarse de ella.
Pero reconoció una necesidad intensa que no había sentido nunca antes así por nadie en el mundo.
El paso que ella dio alejándose de él tiró de su corazón, produciéndole un vacío intenso y desesperado.
—Entonces debería servirte saber que estaba convencido de estar contigo.
Lo había dicho. Acababa de reconocer que se había llevado a otra mujer a la cama únicamente bajo la alucinación, producida por la mezcla de droga y alcohol, de estar haciéndolo con ella.
Y mientras hablaba se había acercado a ella y la había rodeado con los brazos, como poseído por un deseo que no conseguía controlar.
Se inclinó sobre su boca, aspirando el aroma de sus labios y atreviéndose a rozarlos apenas, sintiendo su calor. Pero no se atrevió a ir más allá, inseguro de que ella lo aceptara.
Dejó que fuera ella quien tomara aquella decisión, ofreciéndole todo lo que él era. Que en realidad era ya de ella.
Sintió los dedos finos de ella entrelazarse con su pelo en un delicioso toque sobre su nuca, para atraparlo después entre su mano firme y sus labios, en los que se sumergió, vibrando por el deseo de ambos.
Se pegó peligrosamente a ella, notando en cada centímetro de la piel de Auris la energía que los unía, cada vez más física, más urgente. La arrastró un par de metros, haciéndola retroceder y ella aflojó ligeramente la fuerza del pulso que sostenía sobre el cuello de Beril.
Un frágil rayo de lucidez asomó a su mente. «Hoy no es el momento perfecto que ella merece.»
Quiso acallar ese pensamiento molesto. Fue apenas consciente de una pequeña explosión dorada alrededor de ambos. Lo que no había previsto es que también un brillo de su propio elemento se sentía entre ambos. Aquello era nuevo.
La arrastró aún más, rendido a aquel sentimiento.
Pero de nuevo aquella luz se abrió paso en su cabeza. «¿Es lo mejor para ella? ¿Lo desea realmente?»
Maldita sea, estaba seguro de lo que él quería. Y notaba que lo ansiaba también ella.
Pero no quería que le quedaran inseguridades al respecto.
Y tampoco quería que en la cabeza de ella sobrevolara la duda por lo que había pasado días atrás.
Habían sido muchas emociones a flor de piel que la podían haber arrastrado a pensar que deseaba esto.
Y existía la posibilidad de que no fuera realmente así, de que se arrepintiera. Muchas posibilidades, en verdad.
Hizo acopio de toda su fuerza de voluntad y se separó de ella con un movimiento brusco ante la fuerza con la que ella se sostenía contra su cuerpo.
—Para. No sucederá nada más esta noche.
Sus palabras sonaron poco convincentes. Y evidentemente ella había notado el titubeo y el miedo velado en su voz, porque contuvo una sonrisa.
Se acercó mirándolo con aquellos ojos ambarinos sombreados por las pestañas curvadas, como un depredador cercando a su presa.
Ella sabía lo que quería y él se daba cuenta.
—¿Qué pretendes? —preguntó cuando vio que pasaba las manos por su cintura, rodeándolo hasta aferrarlo con firmeza por la espalda.
Una risa de felicidad se escapó de su garganta, e intentó contener la sonrisa que luchaba por curvar sus labios, intentando parecer serio y decidido.
Auris lo miró uniendo sus ojos dorados a los de él antes de decir:
—Quiero que seas plenamente consciente de que sí estás conmigo, esta vez. Y que lo seas cuando digas mi nombre… esta vez.
Se le escapó un siseo. Ella había golpeado, como siempre, en el punto exacto, desbaratando todos sus miedos.
—Ten cuidado —dijo Beril. Y sabía que era una advertencia real, pero también sentía cómo ansiaba que se cumpliera—, o te diré algo más de lo que esperas escuchar.
Ella sonrió entrecerrando los ojos y abriendo los labios, inesperadamente seria. Y el deseo se palpaba en el aire.
—Dilo… —le tentó.
Sostuvo lo que tenía en la garganta, pujando por salir y desbocarlo todo.
La agarró de la cintura y la obligó a ponerse de puntillas, sus cuerpos se tocaban a lo largo de toda su superficie, la apretó contra él con tanta intensidad que tuvo miedo durante un momento de haberle hecho daño, aunque si fue así ella no lo mostró.
Lo miraba intentando leer en sus ojos. Beril acarició su mejilla suavemente por un segundo.
—Auris… —sintió que le giraba la habitación a su alrededor—. Te amo con todas mis fuerzas.
La respiración de ella se agitó, dejando escapar un jadeo entrecortado que sorprendió a Beril.
Notó el corazón desbocándose en su propio pecho y en el de ella, casi al unísono.
La atrapó con fuerza en su boca y se introdujo en ella delicadamente. La sintió húmeda y cálida.
Sujetándola él esta vez. La separó mínimamente y recorrió el camino hasta el lóbulo de su oreja para sentir la intensidad de su perfume natural. La besó con dulzura, despertando pequeños sobresaltos en ella que lo hicieron sonreír contra su piel.
Llegó hasta la hendidura que formaba su clavícula y que tantas veces había observado acentuarse con el movimiento virtuoso de un arma mortal en su mano.