El despertar del vínculo (Alasdain 1) CAPÍTULO 35. Muy cerca de desaparecer
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CAPÍTULO 35. Muy cerca de desaparecer

U n hombre de ojos lánguidos abrió la puerta de la casa a la que Beril había llamado.

—¡Venid! ¡Pasad! Hoy hace un calor tremendo. A veces desearía vivir en una cueva —dijo Beremit con una sonrisa que a Auris inspiró simpatía desde el primer momento—, pero Rosse cree que allí se está húmedo y frío.

Rio de su propia broma, encogiéndose de hombros.

Pasaron al interior de la humilde vivienda.

—¡Has ampliado, por lo que veo! —comentó Beril.

—Sí. Aproveché que la mitad de la casa estaba derruida y alargué de aquella parte. De cualquier forma, acaba de llegar otro miembro de la familia —dijo mirando a su mujer que cocinaba sobre un taburete alto. A su lado una pequeña cuna se mecía en silencio.

Auris se dirigió a ella.

—¡Enhorabuena! Es un bebé precioso —le dijo, haciendo una caricia a la criatura, pero la mujer no le dedicó más que una vaga sonrisa.

Después se dirigió a Beril como si Auris no le acabara de hablar.

—Me hubiera gustado que Ferin estuviera aún entre nosotros para verlo... Siempre quisimos que nuestros hijos crecieran juntos.

Al soltar esa frase dirigió los ojos hacia Auris con un poco de malicia.

Beril se dio cuenta y le apenó que la vieja amiga de su mujer hiriera de aquella forma a Auris.

Ella parecía mortificada sin saber dónde ponerse.

Beril se acercó a ella y rodeó su cintura con un brazo, mirando al niño en la cuna. Sonriendo brevemente a la madre de la criatura se volvió después hacia Auris.

—Auris, acércate, quiero que Beremit te enseñe su colección de piedras. Tiene algunas que creo que te encantarán.

Beremit rio complacido y sacó un par de estuches.

A Auris le impresionaron vivamente algunas de las piedras que le mostraron.

Permaneció observándolas y valorándolas con cuidado.

Beril sacó unas cuantas fundas de terciopelo de dentro de un estuche y se las mostró a Beremit y a su esposa Rosse.

Finalmente le vendió algunas de las piedras más bonitas que había visto Auris en su vida.

—Beril tiene un talento particular para tallar las piedras. Nadie lo hace como él —dijo el amigo—. Parece sentirlas bajo la roca de la que están recubiertas.

Auris rio con la inocente afirmación, probablemente más acertada de lo que él pudiera imaginar.

Llegó el turno al ópalo que Auris había elegido de dentro de la roca y, sin quererlo, se tensó en su asiento.

—¡Oh! —apreció Rosse—. Esta es increíble.

La sostuvo en la palma de su mano y la puso a la luz. Inmediatamente de la piedra surgieron destellos dorados.

Beremit se la arrebató a su mujer y la observó con cuidado.

Beril miró con atención a su amigo. La estudiaba sin soltar palabra.

—Beremit es uno de los expertos de piedras preciosas más famoso que existe —explicó Beril a Auris.

Después de unos minutos Beremit posó la piedra sobre el trozo de terciopelo negro casi con reverencia.

—Imagino que ya lo sabes. Esta piedra es extraordinaria —dijo el mercader con voz ligeramente ronca—.

¿Veis ese resplandor detrás del dibujo que forma pequeñas nubes?

—le dijo a Auris. Ella asintió advirtiendo lo que decía el amigo de Beril.

Juraría que justo ahí detrás hay una gota de oro que refleja la luz, dándole ese color tan vivo a la piedra entera.

—Parece un atardecer verdadero —dijo Rosse—; la mujer que la posea será afortunada.

—Te pagaré el precio que me pidas por ella —dijo Beremit con un movimiento nervioso sobre su ojo izquierdo.

Beril se incomodó un momento.

—La encontré gracias a Auris —dijo.

La pareja se enderezó para mirar a Auris.

Era hora de cenar y todos pasaron a sentarse en la mesa.

Mientras cenaban Rosse pidió ayuda a Auris y se dirigieron juntas a la cocina.

—¿Desde cuándo estáis juntos? —preguntó Rosse.

—Poco. Desde hace un mes... Más o menos —respondió pensando más bien a cuando habían creado el vínculo. No era exactamente lo que le había preguntado, pero no le pareció adecuado contarle la verdadera historia. Tampoco quería decirle que no estaban juntos de la forma en la que ella imaginaba.

—Es increíble... Hace menos de un año era tan feliz con Ferin. Jamás hubiera pensado que se repondría tan pronto de algo así; al fin y al cabo, estaban juntos desde niños. Lo compartían todo y él le concedía todo cuanto ella quería —suspiró—. Creo no haberle oído nunca decirle a ella que no.

—Veo que lo conoces desde hace mucho —contestó por toda respuesta.

—Cuando éramos niñas Ferin y yo escalábamos el muro de la casa de Beril.

Ella inventaba historias fantásticas en las cuales siempre terminaba casándose con Beril.

Yo le decía: "mi madre dice que la vida no es como una la inventa en los cuentos de hadas, y que harías mejor si no inventaras todas esas cosas".

Pero ella una vez me contestó que todas las historias pueden ser cuentos de hadas —suspiró—. Era tremendamente carismática.

A Auris no le pasó inadvertida la frase que Beril le había repetido unas horas antes y se dio cuenta de cómo esa mujer que ya no estaba físicamente influía aún en su vida.

Salieron de la casa de los amigos de Beril con varias piedras menos, pero con dinero suficiente para emprender el viaje al día siguiente sin necesidad de que Auris creara su elemento levantando posibles sospechas. Además de no forzar aún sus manos heridas.

Llegaron a la casa de su madre y entraron. El sol se había puesto y sobre el jardín pendían las estrellas iluminando toda la noche.

Beril se dejó caer en un sofá, visiblemente cansado.

—Ahora entiendo a qué te referías cuando decías que con Ferin nadie podía permanecer enfadado. Debía ser una mujer llena de espíritu.

A Beril le sorprendió a dónde iba a parar la conversación.

Estaba cansado de que la gente le preguntara por Ferin. Le parecía que había pasado mucho tiempo desde que ella ya no estaba. Encontrarse con gente que la quería había supuesto un gran desgaste para él. Tampoco se sentía la misma persona.

—¿Sabes? Por primera vez me doy cuenta de que he estado muy cerca de desaparecer —le dijo a Auris—. Tenía a todos tan encantados con su belleza, con su simpatía y su encanto que creo que estaba empezando a olvidarme de preguntarme quién soy yo...

La afirmación de Beril sorprendió a Auris.

Beril rio ante su gesto.

Auris rio con él y se sentó a su lado, acomodándose en su pecho.

Aquella noche durmieron sin sobresaltos.