CAPÍTULO 34. Quizá algún día. Pero no ahora. #2
—¿Y tú me lo preguntas? —dijo reflejándose en sus pupilas—. Toda mi vida parece adquirir sentido solo si la miro en perspectiva.
Permaneció mirando la ciudad que se extendía bajo sus pies.
—Y la vida de cada uno de ellos es igual que la nuestra; cada uno tiene su destino, que forma parte de un todo que continúa más allá de nosotros mismos. De cada uno.
Miró a Auris que había clavado sus ojos en los suyos.
Se acercó y por primera vez no se sintió culpable por desear tanto estar con ella.
Sabía que estaba donde debía y con quien debía estar.
Aunque pudiera parecer una locura. La agarró por la cintura atrayéndola hacia sí sin temor alguno.
Aproximó los labios a su boca tímidamente al principio, rozándolos apenas, sintiendo su olor y su suavidad; recorriéndola con dulzura al comienzo, insistente después.
La apoyó suavemente sobre la cama baja donde los rayos de sol caían ardientes.
Instintivamente Auris se encendió de oro y un torbellino brillante invadió la habitación. Beril retrocedió como si lo hubieran golpeado. Al darse cuenta Auris se detuvo en seco. El polvo de oro se depositó sobre cada superficie, el cuerpo de Auris totalmente recubierto.
—Lo siento... —dijo un poco avergonzada—. No me he acordado de que tú no me encuentras precisamente atractiva de esta forma. No he podido evitarlo.
Beril la miró divertido.
—No es eso. Es solo que no me lo esperaba.
Ella gesticuló un poco exageradamente.
—¿Pero por qué lo has hecho?
—No lo he hecho aposta. Es que yo… —empezó a balbucear—. No sabía que me ocurriría… Yo nunca…
Pareció comprender su nerviosismo. Auris suspiró profundamente.
Beril estaba arrodillado frente a ella y se había quedado en silencio. Se sentó a su lado en la cama, pensativo.
—Perdona. Ruten y tú estabais juntos desde hacía mucho tiempo... —tanteó, intentando entender la situación.
—Así es —afirmó Auris.
Beril la miró expectante.
—Ruten no consideraba que fuera el momento de tener algo demasiado serio.
Beril la miró esperando que dijera algo que sabía que aún no había dicho.
—En resumen... —apremió.
—Ruten y yo no estábamos unidos hasta tal punto. —Se mordió el labio inferior sin saber cómo continuar—. Los dos pensábamos que mientras uno entrena, no debería prestarse a tantas distracciones. Sobre todo… físicas. O al menos eso pensaba. Hasta ahora.
Beril pareció unir las piezas de un puzle en su cabeza y se levantó de la cama despacio.
Auris no dijo nada, lo dejó ir sin detenerlo y cuando hubo salido de la habitación también ella se alzó.
Al cabo de un rato Beril apareció por la puerta. Ella permanecía mirando por la ventana.
—Está lista la comida —dijo sonriéndole.
—Creo que no tengo hambre —dijo molesta.
Beril entendió lo que le sucedía y se acercó a ella. Le agarró la mano cuidadosamente.
—Creo que deberías comer algo.
—Y yo creo que tú no deberías decirme lo que debo hacer —le espetó.
—Me has malinterpretado... —dijo.
—No hay tanto que interpretar. Pero no me molesta, ya te he dicho que lo acepto. Solo no me pidas que me sienta igual.
Beril admiró lo directa que era y sonrió.
—Estoy intentando tener en cuenta lo que tú piensas.
—¿Te resulto tan “terrible” en mi elemento que estás buscando una excusa para mantener las distancias? No la necesitas, créeme.
Se giró dándole la espalda.
Él llamó a su elemento dentro del pecho de Auris, haciéndola saltar en el sitio. No la había hecho daño, pero instintivamente se había convertido en un torbellino de oro. Notaba la furia de él.
—No me asustas tú ni tu elemento, pero creo que deberíamos reflexionar si Ruten y tú teníais razón en ese sentido.
La habitación brillaba con una luz diferente.
Él ladeó la cabeza y ella lo miró furiosa.
—Las uniones entre elementales en realidad no están permitidas, son solo una distracción al objetivo real de nuestra existencia.
Hay muchas parejas, pero ninguno de los dos queríamos ser una de ellas.
Para mí es todo o nada. Ruten era fantástico, estar juntos era fantástico.
Pero mi todo siempre ha sido Alasdain, mi elemento.
Hace años casi cometí un error con alguien…
—Pareció pensativa un momento—. Luego el destino nos demostró que estábamos llamados a estar en sitios distintos.
Pero desde que apareciste, mi todo está lleno también de ti como nunca lo ha estado de nadie más.
Él alzó las manos y su elemento recorrió suavemente la piel de Auris a través de su cuerpo.
Compartieron una mirada cargada de intimidad mientras Auris se estremecía bajo el toque de cristal verde que la rodeaba suavemente.
A un cierto punto todo cesó.
—Te pido solo que lo pensemos mejor.
—¿Por qué? —preguntó ella alzando la vista, arrebolada.
—Porque no te quiero permitir la mínima posibilidad de poder arrepentirte.
Y le apareció la sonrisa de nuevo.
—Ahora es hora de comer. Vamos.
La cogió de la mano y se encaminaron hacia la cocina, donde finalmente recobraron un tono más ligero junto con las fuerzas, saboreando unas verduras crudas y una carne a la plancha.
Después de comer se dirigieron hacia el taller de Beril, donde se refugiaron del calor.
—Querría aprender a tallar una piedra como haces tú —dijo Auris.
Beril sonrío.
—Y yo querría aprender a pintar como lo haces tú. Pero empieza a ser hora de volver a Alasdain.
Auris se sorprendió.
—¿Por qué? No creo que pase nada por esperar un par de días más.
—Si espero dos días más creo que te pediría que te quedaras conmigo aquí para siempre.
A Auris la idea le había tentado ya en un par de ocasiones y Beril se lo leyó en los ojos. Y comprendió el porqué de la opinión acerca de la distracción de las relaciones entre elementales.
—Este no es tu sitio, Auris... Y tampoco es ya el mío; al menos por ahora.
Auris se encogió pensando todo lo que habían dejado atrás y se sintió culpable de haber deseado dejarlo todo, aunque hubiera sido por un momento. Nunca se le había pasado por la cabeza antes de aquel momento.
—Quizá algún día. Pero no ahora.
Recogieron algunas piedras más y salieron en dirección a la casa de un antiguo amigo de Beril con quien debían cenar aquella noche. Beremit era un pequeño mercante de piedras preciosas.