CAPÍTULO 34. Quizá algún día. Pero no ahora.
S e despertó cuando la mañana estaba ya avanzada y se arregló rápidamente.
Salió de la habitación y vio que la puerta de su madre continuaba cerrada.
Tocó suavemente con los nudillos y abrió un resquicio al no recibir respuesta.
Auris dormía plácidamente con el cabello dorado brillando con el toque de los rayos de sol sobre la almohada.
Cerró de nuevo la puerta y saltó fuera de la casa.
Vendió un par de piedras y pasó a saludar a antiguos conocidos y compañeros de oficio que se alegraron al verlo de vuelta, aunque fuera solo de paso.
Volvió pasando por el mercado donde compró un par de cosas de desayuno para Auris.
Cuando entró seguía durmiendo. Debía estar agotada después de lo sucedido.
Fue hacia la sala y abrió el armario de madera donde se guardaban los retratos y documentos familiares.
Pasó un buen rato ojeándolos. Se guardó algunos recuerdos de cuando era niño y el retrato de sus padres que siempre había visto en su casa.
A su madre le gustaba enseñarle cosas y personas que no había conocido.
Le contaba anécdotas e historias que le hacían reír sobre su padre, la ciudad natal de su madre, pintándole un retrato que le ayudaba a entender de dónde provenía.
Entre todo lo que su madre le había contado nada le había hecho sospechar que fuera descendiente de un personaje tan poco común.
Quizá ella no había sabido nunca la verdad. Era lo único que tenía sentido: que su padre no hubiera llegado a contarle quién fuera realmente.
Fue hacia la mesa donde su madre solía llevar las cuentas de la casa y los asuntos importantes. Entre multitud de papeles encontró algunas cartas de su padre que ya había leído algunas veces. De cualquier forma, se las guardó y siguió buscando entre libretas y documentos.
Después de un rato sin encontrar nada decidió abandonar por el momento la búsqueda.
Al empujar el cajón escuchó el sonido que produce el papel al arrugarse. Pensando que había pillado algún documento de entre la cantidad de papeles metió la mano al fondo y tanteó la parte superior, pero no consiguió encontrar nada.
Extrañado sacó el cajón de sus guías y miró dentro del vano.
Bajo el cajón había un vacío donde se encontraba un libro antiguo.
Lo sacó con cuidado y lo abrió cauteloso.
En la primera página un dibujo con colores vivos llamó su atención.
Las formas eran predominantemente geometrías combinadas.
Parecía una vidriera iluminada. Al pie de la página se leía, escrito de puño y letra: “Nada construido por un hombre solo permanece mucho más allá de su propia vida”.
Escuchó un ruido proveniente de la habitación de su madre e instintivamente cerró el libro de golpe y lo guardó en el fondo de su bolsa, con todas las demás cosas que había decidido llevarse.
De repente escuchó un ruido seco y una sombra parda se arrojó sobre él, causándole un sobresalto que le hizo ahogar un grito.
Se levantó de golpe, haciendo caer el cajón entero y esparciendo su contenido por el suelo.
Un puñal verde apareció en su mano, pero el rumor de un maullido nervioso lo detuvo con una mirada incrédula.
—¿Main?
La inmensa bola de pelo había saltado rápidamente esquivando sus pasos y el cajón, pero ahora se acercaba de nuevo a él tranquilamente, sin hacer caso al arma afilada que Beril hizo desaparecer en el aire con un leve gesto de su mano.
—¡Main! Chico, me has asustado… —dijo bajando la voz, con la mirada dirigiéndose a la habitación donde sabía que Auris dormía—. ¡Qué grande estás!
El enorme y peludo gato de manto atigrado se puso de pie y apoyó sus patas delanteras en el regazo de Beril, llegándole casi hasta la cadera. Beril alargó su mano y recorrió el pelaje suave del que su madre se había siempre quejado afectuosamente.
—Entonces tú sobreviviste… —el felino maulló sonoramente, empujando la mano de Beril para recibir sus caricias—. ¿Quién te ha cuidado desde…? Ha sido Dalia, seguro, ¿verdad?
El gato maulló de nuevo y Beril rio suavemente.
—Ya sé que sabes cuidarte tú solo…
—¿Es… tu gato? —escuchó desde la puerta de la habitación.
El sobresalto hizo que se llevara la mano al pecho, con el corazón latiendo con fuerza de nuevo.
—Perdón, no quería… asustarte —dijo suavemente Auris acercándose a ellos.
Beril sonrió y la observó, preciosa y terrible a la vez... era nueva para él la sensación de miedo que lo invadía al pensar en ella. Su presencia era un seguro a la vez que un peligro.
Preparó las cosas del desayuno sobre la mesa y se sentó junto a ella.
—Auris... —susurró.
Ella se había acercado a Main con los ojos fijos en él y la mano extendida. El gato la miraba con atención, con sus pupilas convertidas en dos oscuras ranuras. Cuando estuvo bastante cerca de acariciarlo el animal saltó, encrespándose, y se alejó de ellos, yendo a esconderse quién sabía dónde.
—Lo siento —dijo mirando a Beril—. Normalmente los animales confían en mí. No quería asustarlo. Es precioso… y enorme. No sabía que tenías un gato.
—No lo he tenido nunca —rio Beril, mientras se encogía de hombros—. Él solo… ha estado siempre por aquí. Como uno más, supongo. Pero es un gato salvaje.
Auris asintió arqueando las cejas y se fue a sentar en el asiento frente a la barra de la cocina.
Beril se acercó a ella y le sirvió el café y los alimentos que había comprado para ella.
—¿Qué tal has dormido?
Auris esbozó una tímida sonrisa y entrecerró dulcemente los ojos poco a poco como una niña.
—He tenido un sueño precioso... —comenzó a decir—. Me ha costado renunciar a continuarlo...
—Espero que este desayuno valga la pena.
Ella abrió los ojos redondos para mirarlo.
Acto seguido ambos desayunaron con calma, ella se vistió y salieron de la casa con rumbo al cementerio.
Después de un par de vueltas Beril reconoció el nombre de su madre sobre una lápida y ambos permanecieron en silencio.
Beril recitaba una oración que su madre le había enseñado y cantó la canción que habían grabado en la piedra mientras recorría con los dedos las palabras talladas.
Auris callaba a unos cuantos pasos de distancia, respetuosa.
Buscaron también la lápida de Ferin sin éxito. No la encontraron por ninguna parte. Beril se acercó a preguntar al hombre que trabajaba allí. De pequeño solía huir de él si lo encontraba por la calle.
Ahora comprendía que era solo un pobre hombre con un aspecto extraño y que bebía demasiado y no conseguía juzgarlo por ello debido a lo que sus ojos presenciaban cada día.
—Ferin de Arcomayor... Claro que la recuerdo. —Negó con la cabeza, apesadumbrado—. Qué joven tan bonita, y qué heridas tan terribles. Vino un familiar a recuperarla. Como no tenía familia aquí y usted no aparecía ni vivo ni muerto se decidió ceder ante la insistencia.
Volvieron sobre sus pasos.
—Lo siento, Beril —dijo Auris—. No es justo.
—Un familiar... Me pregunto qué familiar... ese día... justo ese día que vosotros…
—¡Beril! —exclamó ella, negando con la cabeza, dándose cuenta de la dirección de sus pensamientos—. Yo no...
—No, pero tu padre quizá. Dijo que quería recuperarla.
Auris suspiró.
—Puedes preguntárselo al volver a Alasdain, pero dudo que te hubiera ocultado algo así.
Él también lo dudaba, pero ya no sabía qué pensar.
Llegaron a la casa del torreón y subieron. Dalia no estaba allí esta vez.
—¿Por qué piensas que yo le habría gustado a tu madre? —preguntó Auris, cogiéndolo por sorpresa—. Es evidente que a Dalia no le gusto.
—Mi madre era muy diferente. Era una mujer poco sentimental, tremendamente inteligente... y fuerte.
—Y le habría gustado porque... —insistió.
Beril la miró sonriendo.
—Porque tú también eres inteligente y fuerte. Y porque deseaba siempre lo mejor para mí.
Esta última observación fue un pensamiento que Beril pronunció en voz alta y apenas un segundo después de haberlo hecho pareció haberse dado cuenta, y simuló estar ocupado buscando las llaves de la puerta.
Auris se sorprendió de la afirmación.
—Gracias por el cumplido —le dijo como si no hubiera notado la última parte.
Él se detuvo un segundo para girar la cabeza hacia ella, algo avergonzado.
Entraron en la sala.
—Preparo algo de comer.
A un cierto punto Auris fue al baño. Al volver pasó cerca de la puerta abierta de la habitación de Beril y Ferin.
Se acercó a la cama baja. Le costaba imaginar a Beril unido a una mujer antes de llegar a Alasdain.
Vio la ventana redonda abierta dejando pasar el aire.
Se asomó fuera apoyando los codos en el marco de hierro.
Se veía toda la ciudad y a lo lejos las colinas que los habían llevado hasta allí bañadas por el sol.
El río parecía oro líquido a esa hora de la tarde.
La sobresaltó un ruido a sus espaldas.
Beril estaba apoyado en el arco de la puerta, escrutándola con la mirada.
—¿Qué piensas? —le dijo cruzando los brazos sobre el pecho, aún apoyado.
—Que tu historia con ella era una historia demasiado bonita. Casi como un cuento de hadas que hubieran escrito así antes de que sucediera.
Beril frunció ligeramente la frente, luego sonrió.
—Todas las historias pueden ser un cuento de hadas... —dijo esbozando una media sonrisa burlona—. Solo que hay que tener cuidado cuando aparece la bruja.
Auris no rio. Tenía la vista fija en el horizonte.
Vio una expresión cansada en su rostro.
—Auris... —le susurró.
Ella no se volvió.
—A veces me falta el aire al pensar en lo efímero que es todo —le dijo.
Beril la miró curioso.
—Cuando Ruten murió… acabábamos de discutir. Le había dicho que no quería volver a verlo. Y después… —suspiró—. Todo muere. Comenzar es simplemente acercarse al final.
—Todo en la vida está destinado a morir. Solo una obra comenzada por algo más grande que uno mismo permanece inmortal.
—¿De qué hablas?
—Estoy solo citando —dijo.
—Y ¿qué quiere decir?
—Mi madre creía en un Destino que te guía y te pone junto a personas con las que construir algo que no muere.
—¿Y tú? ¿Qué crees?
Beril levantó las cejas y la miró.