El despertar del vínculo (Alasdain 1) CAPÍTULO 33. Diablo dorado #2
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CAPÍTULO 33. Diablo dorado #2

Paseó despacio por la habitación recorriendo con la mirada los muros curvos, reconstruidos recientemente, las vigas del techo decoradas con pétalos de flores oscuras, la cama baja cubierta de ropa blanca, las preciosas rejas de hierro forjado del balcón que dibujaban sombras de volutas en el muro, dignas de un maestro herrero, la madera del suelo.

Y volvió de nuevo a la ventana redonda, por donde se colaban las minúsculas partículas de luz cálida que coloreaban el ambiente, bailando perezosas.

—¿Cómo murió? —preguntó ella—. ¿Estabais en casa en el momento del temblor? Cuéntame cómo sucedió.

Beril pensó en aquella mañana.

—Estábamos en la cama... durmiendo.

—Obviamente.

—Sí. Se había hecho tarde, así que ella me insistió para que nos diéramos prisa.

Yo estaba terminando de vestirme cuando sucedió todo.

El suelo cedió. Cuando la encontré entre los escombros una barra de la terraza le había atravesado el abdomen.

Sangraba muchísimo. Todo estaba cubierto de sangre.

Entonces me dijo que fuera a casa de mi madre, que fuera con ellos...

—¿Con quién?

—Imagino que con mi madre y con Dalia.

Auris no dijo nada, pero estaba extraña.

—Creo que Ferin intuyó algo sobre vosotros. Segundos antes de que tuviera lugar el terremoto parecía que escuchara algo.

—De manera que sabía que estábamos aquí...

—No sé, puede que sí.

—¿Qué hacía ella durante el día? ¿En qué trabajaba? —preguntó Auris.

—Organizaba los acontecimientos de la ciudad y enseñaba baile en la escuela —dijo, girando la cabeza.

—Ah... Eso explica algunas cosas —dijo ella con media sonrisa.

—¿El qué? —preguntó sorprendido.

—Tu buena coordinación y que bailaras tan bien en la posada.

—Ah —dijo distraído, como si no viniera a cuento la afirmación.

Suspiró, abandonando la búsqueda.

—Faltan muchas cosas suyas, pero imagino que se habrán perdido en el terremoto.

—Seguramente —dijo ella extendiendo lo que se reveló una prenda muy femenina.

—Puedes coger lo que necesites... —le dijo irónicamente—. Su ropa será más juvenil que la de mi madre.

—Gracias, pero creo que lo evitaré —contestó ella sintiéndose más incómoda de lo que podía resistir.

Salieron del edificio de torreones y se dirigieron calle arriba hacia el centro de la ciudad.

—¿A dónde estamos yendo ahora? —preguntó Auris.

—Voy a controlar un momento el taller.

—¿Tu taller de piedras preciosas? —preguntó girándose para mirarlo.

—Sí —dijo Beril mirándola de soslayo con una ligera sonrisa en la boca, notando el entusiasmo en su voz.

Entraron en el taller sin problemas con una llave recuperada de su casa.

Beril abrió las ventanas y la luz del sol de la tarde iluminó las piedras preciosas sobre los estantes. A Auris se le escapó una exclamación de admiración y Beril rio mientras andaba hacia otra ventana.

—También tú tienes esa debilidad, ¿eh? —preguntó, recordando la cantidad de astillas de piedras preciosas que filtraban la luz en la casa de Auris en Alasdain.

Se acercó a las piedras con ojo profesional y sujetó algunas entre los dedos expertos, poniéndolas a la luz.

—Así que aquí trabajabas... Tiene sentido también.

Beril la miró entre divertido y curioso.

—Imagino que uno debe tener una sensibilidad especial para observar las virtudes y los defectos dentro de cada una de ellas y eliminar lo malo para dejar solo lo bueno.

Él rio de nuevo.

—En realidad, lo difícil es tener la intuición de lo que puede aparecer de dentro de lo que parece ser un trozo de tierra. Para mí es lo que le da emoción.

Vio que Auris comprendía lo que decía solo en parte.

—Ven aquí. ¿Ves aquí dentro?

—¿Qué es? —dijo viendo los trozos de roca extendidos sobre una mesa— ¿Son descartes?

Beril sonrió, pero no se explicó.

—Elige una de esas rocas.

Auris las miró de cerca. Entre el color oscuro de algunas podía distinguir distintos tonos. Eligió una con partículas de varios colores. Beril la observó un momento alzándola.

—Creo que es un ópalo —aclaró con el ceño fruncido, algo extrañado—. Habría jurado que habrías elegido una diferente. Veamos.

Accionó una manivela que flexionó varias veces hasta que un torno empezó a girar rápidamente.

Con mano experta Beril giraba la pequeña roca oscura y la miraba entre sus dedos, alzándola de vez en cuando para apreciar el trabajo que estaba haciendo.

Auris se acercó a él con cuidado, asombrada de que de aquella roca oscura surgieran los colores más brillantes que había visto nunca.

Le resultaba casi hipnótico verlo trabajar, despacio.

Cuando hubo terminado la lavó y la observó, retornó a trabajarla manualmente sobre una piedra con algo que parecía agua.

El resultado fue una magnífica piedra redondeada que recordaba las nubes iluminadas por un fuerte sol de verano que se suaviza durante la puesta de sol. Una piedra casi dorada.

Beril se giró sobre sus talones absorto en la piedra que acababa de elegir Auris. Después de limpiarla se la pasó a ella para que la observara.

—Es increíble —apreció ella totalmente impresionada.

—Sí... es un ópalo de fuego, y creo que tiene vetas de oro en su interior. Es tremendamente raro. Me sorprende haberlo tenido aquí todo este tiempo. Quizá la leyenda tenga razón...

—¿Qué leyenda?

—Una antigua tradición del oficio dice que cada piedra excepcional se hace encontrar solo de la persona excepcional a quien quiere pertenecer —sonrió Beril.

Ella abrió los ojos con sorpresa.

—Pero es solo una tradición, y nos hace falta el dinero para volver a Alasdain sin que nos vuelvan a intentar raptar... en el caso de que volvamos.

Ella lo miró ahora con más sorpresa aún.

Se había hecho de noche y los dos estaban visiblemente agotados así que dejó pasar la afirmación para cuando estuvieran más relajados.

Abrió un pequeño estuche y metió dentro la piedra preciosa que Auris había elegido.

La contempló un segundo. En ese momento ella se acercó a él y observó que dentro conservaba ya un precioso anillo de oro y esmeralda y extendió la mano con intención de tocarlo.

Pero Beril cerró impetuosamente el estuche.

Auris estuvo a punto de exclamar indignada así que él respondió.

—Otra tradición. Venga, vamos a intentar dormir algo.

Llegaron a la casa que había sido de la madre de Beril y abrió la puerta con la llave que había guardado. Luego pasaron hasta la sala donde Beril iluminó con alguna lámpara el ambiente.

—Yo dormiré en mi antigua habitación, tú puedes dormir en la habitación de mi madre.

—No, por favor... —exclamó Auris con la angustia reflejándose en su expresión.

Beril se giró para mirarla y leyó la angustia en sus facciones.

—No creo que ella aprobase que yo estuviera aquí. Si pienso en dormir en su propia cama, se me hace insoportable.

—Auris, lo que sucedió… —dijo Beril con cansancio—.

En realidad, tú le encantarías a mi madre.

Duerme tranquila al menos por esta noche.

Mi habitación está al otro lado del pasillo —dijo mientras avanzaba hacia allí, de repente se detuvo y la miró—.

Pero intenta que no te venga en mente venir a despertarme a menos que sea una situación crítica. Duerme.

Se encerró en la habitación de cuando era pequeño e inmediatamente un cúmulo de recuerdos lo invadió. Se hundió en el aroma terriblemente familiar de las sábanas y el cansancio lo transportó a sueños profundos y tranquilos por primera vez desde hacía mucho tiempo.