El despertar del vínculo (Alasdain 1) CAPÍTULO 33. Diablo dorado
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CAPÍTULO 33. Diablo dorado

L o había visto siempre desde el otro lado.

Bajó del caballo, conduciéndolo con Auris en la silla.

Llegó hasta donde se levantaba su casa, que era la última desde ese lado de la ciudad.

La casa estaba intacta, tal como la recordaba. Se encontraba cerrada. Beril dio un fuerte empujón a la vieja puerta de la acequia que cedió, dejándoles pasar.

El patio, siempre rodeado de rosas y flores aromáticas estaba como un desierto. Nadie lo había cuidado y el sol había secado las plantas. La evidencia de la muerte se abría paso entre la ausencia y la desolación.

Solo los naranjos y algunas rosas habían resistido al abandono. Un arbusto de moras había invadido una zona delante de la casa.

Tiró del caballo e hizo descender a Auris.

Se volvió y vio una zona oscurecida en las piedras justo delante de la entrada. Avanzó hasta aquel punto y se agachó para tocarla, como si fuera lo último que quedara de ella.

Auris caminó hacia la derecha de la casa, donde otra mancha oscura teñía el suelo. Se agachó de espaldas a él y lo rozó con las yemas de los dedos. Se alzó de nuevo y se giró a mirarlo. Sus ojos se entrecerraron con una mueca de dolor.

—Ven, Auris —dijo. Ella lo obedeció aquella vez.

Le sobrevino un calor intenso cuando la vio apoyar los pies desnudos en el último punto donde había visto a su madre.

Estaba frente a la mujer que había asesinado a su madre en el punto donde lo había hecho.

Y se encontraba perdidamente enamorado de ella.

El solo pensamiento de ello lo hacía enrojecer con mil sentimientos encontrados. Apartó la mirada de ella preguntándose qué diría su madre.

Suspiró y se giró hacia la casa. Parecía igual que la última vez que la había visto.

Se acercó a la puerta y la abrió con la llave escondida bajo una roca. Como si no hubiera pasado un solo día desde la última vez que la había cogido.

Se giró hacia Auris que parecía clavada en el suelo.

—Si no entraré en la casa de tu madre, si no quieres.

Le dirigió un gesto para que se acercase.

—Ven, vamos a ver si podemos curarte mejor esas heridas.

La guio a través de la casa hasta un baño. Llenó la bañera con agua limpia y salió del cuarto de baño para dejarle intimidad.

Entró en la habitación de su madre y abrió el armario. Dentro estaba toda su ropa como si ella nunca hubiera dejado la casa. Eligió un vestido de tonos claros que pensó le podría servir a Auris y se lo dejó sobre la cama.

Después se dirigió a su antigua habitación y entrando en el baño aledaño dejó correr el agua sobre su cuerpo apoyando la cabeza sobre las baldosas brillantes.

Agradeció enormemente la sensación de tranquilidad familiar y se vistió con ropa limpia sintiéndose descansado.

Al salir de su habitación vio a Auris con el vestido de su madre. El vestido le quedaba algo corto y holgado.

—Gracias —dijo, agradeciéndole el vestido.

—No te queda del todo mal —dijo sonriendo.

Ella se giró visiblemente incómoda con la apreciación.

—No creo que haya nada comestible, pero igual nos sentaría bien una infusión.

—Estaría bien... —dijo ella.

Le siguió hasta la cocina.

Pasando por el salón Auris vio el retrato de la madre de Beril. Este siguió la mirada de ella.

—Era preciosa —dijo a Beril—. Te pareces mucho a ella...

Notó el corazón de Auris latiendo desbocado. Probablemente no se sentía a gusto frente a aquel retrato.

—Auris... —dijo mirando el retrato de su madre—. No quiero que haya malentendidos. La otra noche...

No sabía cómo comenzar. La miró a los ojos. En ese momento también a él le latía el corazón fuertemente y saber que Auris lo notaba lo hizo sonreír y fue al grano.

—Lo que pasó... No tenía ninguna intención.

—Beril. Yo no sabía que tú estabas bajo los efectos de una droga. —Lo miró de frente fijando la mirada sin evadirse—. Sé que no hay, ni habrá, nada entre nosotros. Quiero decir, que puedes hacer lo que te parezca con quien quieras. No tienes que explicarte.

—Auris…

—De verdad que no tienes que explicarte —lo interrumpió de nuevo.

—¡Auris! —la frenó, sosteniendo su mandíbula con un roce para conectar sus miradas de nuevo.

Ella calló finalmente.

—La otra noche estaba fuera de mis casillas. Quiero que sepas que no es normal en mí actuar tan impulsivamente… al menos en ese sentido; y que no habría actuado como lo hice estando en mi sano juicio.

Auris lo miró con decisión. Respiraba pesadamente y se mordía el labio sin saber cómo actuar.

—Tu madre seguiría viva si no fuera por mi culpa. Yo no te conocería, pero ella estaría viva y tú probablemente seguirías siendo… feliz.

La miró serio.

—Eres la mujer más enloquecedora del mundo —le dijo, alejándose de ella.

La dejó observando el retrato de su madre, envuelta en su ropa y pensando en la afirmación más dura que flotaba entre los dos desde hacía tiempo.

Cogió un par de vasos y los llenó de agua fresca.

La despensa estaba totalmente vacía. Beril curó de nuevo las manos de Auris con el ungüento fabricado por él mismo que para su sorpresa estaba funcionando con mucha rapidez.

Después vendó con cuidado sus pies y Auris los cubrió con una finísima capa de su elemento como si de un calzado se tratase, que se adhirió cuidadosamente a sus pies y a sus piernas hasta la rodilla.

Salieron de la casa de la madre de Beril y pasaron por el mercado para comprar algunos alimentos.

Después se dirigieron a la casa de Beril, aquella donde había vivido con Ferin.

Por el camino se cruzaron con gente que saludó a Beril con respeto y con afecto.

A Beril le parecía que no hubiera pasado un solo día desde que dejase la tranquila vida que allí llevaba si no fuera porque algunos le daban el pésame por sus pérdidas.

Auris se llevaba por lo general las miradas inquisitivas e interrogantes de la gente. Beril no la presentaba a todo el mundo y a quienes lo hacía, no añadía explicaciones de quién era, más allá de indicarles su nombre.

Llegaron al edificio de torreones grises. Los torreones estaban reconstruidos y Beril ascendió por la escalera estrecha de caracol.

—Me lo debería haber esperado —dijo Auris al llegar arriba.

Beril la miró interrogativo por encima del hombro.

—Vivíais en la torre de un castillo... —dijo indicando a su alrededor.

—Es un edificio moderno —la corrigió.

Beril intentó accionar el pomo y empujó la puerta, pero esta no se abrió.

—¿Quién es? —sonó una voz femenina desde el interior.

Ambos se sobresaltaron al principio.

—¿Dalia? —llamó Beril tras unos segundos—. ¿Eres tú?

La puerta se abrió y ante ellos apareció una mujer mayor.

Se quedó boquiabierta mirando a Beril, pero rápidamente reaccionó y se arrojó a sus brazos.

—¡Beril! ¡Estás vivo! Durante todos estos meses hemos pensado que tú... —empezó a llorar desconsoladamente—. Yo misma vi cómo moría tu madre en tus brazos y aquel... diablo dorado… que te atravesó el pecho con una lanza que apareció de la nada.

—Sssshhhh... —la calmó Beril—. Tranquila. Estoy bien...

Auris estaba detrás de Beril, pero la mujer tardó unos minutos antes de reparar en ella.

—¡Oh! —dijo limpiándose las lágrimas—. Perdona, no había visto que venías acompañado.

La miró más claramente y Beril la presentó. Auris temió que la reconociera.

—Auris, esta es Dalia. Es como una segunda madre para mí.

La vieja se sintió adulada y rio escuchando a Beril.

—Dalia, te presento a Auris, el... diablo dorado —dijo para sorpresa de ambas.

Dalia retrocedió varios pasos con la mano en el pecho.

—Es mejor que entremos —dijo—. Te explicaremos todo.

Una vez dentro Beril hizo preparar algo de comer a Dalia, que temblaba aún, mirando desconcertada a Auris.

Se sentaron a la mesa. Los ojillos de la mujer no se apartaban de Auris. Era evidente que desconfiaba de ella.

Beril explicó a grosso modo lo que había ocurrido, omitiendo muchas cosas que pensaba que la vieja no habría entendido. Auris recorría la casa curiosa, pero sin tocar nada.

Beril debió preguntarle en voz baja por su madre.

—Tourmaline, que en paz descanse, está en el cementerio de la muralla. Nosotros mismos la enterramos. Grabamos una de sus canciones favoritas en su tumba.

—Gracias, Dalia —le escuchó responderle—. Pasaremos a verla.

La señora asintió silenciosa.

—Beril —le llamó Dalia desde el otro lado del pasillo recogiendo sus cosas para irse—. ¿Te quedarás definitivamente? La cama está lista desde que reconstruyeron la torre, por si un día decidías volver.

Al llegar al umbral de la habitación y ver a Auris dentro calló y los labios se le tensaron perceptiblemente. Auris se escabulló de la habitación con la cabeza gacha.

—No, no. Nos quedaremos en casa de mamá, no creo que sea una buena idea estar aquí...

Ella asintió silenciosa notando que hablaba en plural.

—También he mantenido la casa de tu madre limpia y lista. Aunque el precioso jardín de tu madre...

—Gracias, Dalia, no te preocupes. Era mamá la esencia de ese jardín. Le llevaba mucho tiempo.

Dalia hizo una pequeña inclinación a Beril y se despidió de ellos.

—Espero verte pronto y que no desaparezcas sin previo aviso esta vez —dijo mirando de reojo a Auris.

—Sin lugar a duda, Dalia. Gracias por todo.

Salió por la puerta reticente a dejarles solos en el interior, pero sin poderlo evitar.

—Me siento más fuera de lugar aún aquí que en la casa de tu madre —dijo por fin Auris.

Beril comenzó a abrir los cajones de la habitación revolviendo en su contenido.

—¿Qué buscas? —le preguntó.

Él cerró los cajones y la miró.

—Alguna prueba de que lo que nos dijo tu padre era cierto.

Auris miró a su alrededor.

—Es casi imposible encontrar una prueba de eso Beril.

Le dejó revolviendo cajones sin cuidado ni orden y pasó una mano por el borde frío de la ventana redonda, ligeramente oxidado. Creció dentro de ella una gran tristeza sin saber por qué.