El despertar del vínculo (Alasdain 1) CAPÍTULO 32.
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CAPÍTULO 32.

*

Al tocar la hierba lo notó claramente. Unos latidos fuertes y regulares.

Abrió los ojos despacio, sin dejar de sentirlo, casi con miedo a perder la sensación si respiraba.

No era su propio latido, venía de fuera, podía incluso notar desde dónde.

Se giró lentamente y apoyó las manos sobre la hierba. Sentía en las yemas de los dedos la vibración de pasos pesados. Cerró los ojos de nuevo. Viajó con el pensamiento en la dirección de aquellas notas.

Podía sentir muy sutilmente dos leves energías, como presencias a través del terreno, aparte de los latidos de Auris. Dos hombres que se movían descuidadamente.

Se alzó en pie y caminó casi a tientas en la oscuridad. No debían estar lejos.

Caminó despacio durante un par de horas, deteniéndose a veces, sin prestar atención hacia dónde se dirigía sino dejándose llevar por las sensaciones que le invadían.

Finalmente llegó cerca de donde un grupo de personas había encendido un pequeño fuego.

En el silencio pudo sentir el corazón de Auris acelerándose. Advirtiendo seguramente su cercanía. Avanzó agazapado sin hacer ruido unos cuantos metros.

La vio atada con innumerables cuerdas, las manos una contra otra totalmente cubiertas, la cabeza encapuchada, con una soga al cuello cuyo extremo terminaba en un nudo que lo unía a la montura de uno de los caballos.

Su figura extendida en el suelo hacia abajo.

Sobre la capucha distinguió una mancha de sangre.

El corazón le dio un vuelco. Parecía estar herida.

Permanecía muy quieta respirando pausadamente, pero notaba su corazón tremendamente nervioso. Tampoco él estaba tranquilo.

Tenía que conseguir liberarla sin que se dieran cuenta los dos hombres que la vigilaban.

Sin asustar al caballo del que pendía el cuello de Auris mientras se acercara.

Tiró una piedra en la dirección opuesta de donde Auris se encontraba, pero no se inmutaron.

Solo el caballo pareció alzar en guardia la cabeza y dirigir las orejas hacia delante.

Los hombres comían y se contaban bromas mutuamente.

Beril vio que bebían. Seguramente no estaban sobrios. Lo esperó.

En efecto no tardaron en quedarse dormidos.

Se acercó cautelosamente hasta Auris. El caballo se agitó nervioso cuando Beril sacó la daga y cortó la soga que los unía, pero no se encabritó. Auris jadeaba con dificultad.

Quitó la capucha y descubrió su mirada. La habían golpeado.

Cortó las cuerdas con la daga brillante. Al descubrir las manos se quedó paralizado. Tenía las palmas de las manos heridas.

Cortó también las cuerdas que mantenían los pies juntos y vio que también habían sufrido quemaduras. La miró a los ojos sin decir nada.

La levantó en brazos y ella se encogió en su pecho, respirando profundamente. Se movió todo lo sigilosamente que pudo con Auris en brazos.

Unos minutos más tarde llegaron a una pequeña corriente de agua y Beril se detuvo.

Auris se había quedado dormida probablemente por primera vez desde la noche anterior.

La depositó en el suelo y extendió sus manos con cuidado.

Las quemaduras de las manos le parecieron graves, seguramente se las habían causado para impedir que evocase su elemento. Las quemaduras de los pies parecían más antiguas. Estas parecían menos preocupantes. Suspiró pesadamente maldiciendo en silencio su descuido.

Bañó un retazo de tela en el agua y dejó caer las gotas sin tocar la piel de sus manos.

Aun así, Auris se sobresaltó y abrió los ojos con gesto de dolor.

—Perdona —dijo—. Estaba intentando limpiar la herida.

—Hazlo, no te preocupes.

Continuó limpiando las manos con el agua. Auris temblaba de dolor, pero no las apartaba ni daba más señales de debilidad. Miraba al frente, aparentemente concentrada.

Cuando acabó con las manos empezó con los pies.

Terminado este proceso se sentaron uno frente al otro.

—¿Dónde están los caballos? —preguntó ella sin mirarlo.

—No lo sé.

Lo miró sobresaltada.

—¿Cómo que no lo sabes?

—Cuando noté que estabas cerca salí corriendo y no miré bien la dirección.

Auris respiró pesadamente.

—Veamos. La posada estaba por allí así que...

Beril se sorprendió.

—¿Cómo sabes dónde está la posada?

—Porque hemos venido desde allí —dijo ella con tono exasperado.

Beril la observó y Auris lo atajó nerviosa.

—¿Qué es lo que ocurre ahora? —preguntó.

—... es solo que me sorprende que hayas advertido la dirección que llevabais estando drogada y encapuchada —dijo.

—Yo no estaba drogada —le dijo mirándolo directamente por primera vez.

—La posadera metió algo en el vino.

—¿Esa es tu excusa? —le dijo mirándolo desafiante.

—¿Cómo dices? —dijo sin entender.

—¿Qué narices te pasa por la cabeza?

De repente se le heló la sangre con un recuerdo que le llegó como un relámpago donde sostenía a Auris por las muñecas contra un muro de ladrillo en la oscuridad de la noche.

—Por favor, dime que no te hice daño.

Auris se quedó con la boca abierta mirándolo.

—No recuerdas nada de lo que pasó... —pensó ella en voz alta.

Se echó para atrás evitando su mirada.

—Una parte de lo que pasó la puedo imaginar... —La miró de soslayo, no sabía hasta qué punto debía aclarar la situación.

—¿Qué parte? —le preguntó.

Beril enrojeció completamente. Al fin y al cabo, sabía que tenía que ser totalmente sincero con ella.

—Esta mañana me desperté en la habitación de la hija del propietario de la posada.

Auris recibió la confesión como un golpe, pero no dijo nada. Su boca se cerró herméticamente.

—Fue ella la que me dijo que te habían secuestrado... y que me habían drogado.

—Y no recuerdas nada —dijo pensativa.

—Solo algunos destellos completamente incoherentes… —mintió.

Porque la imagen de Auris contra su cuerpo se hizo más clara, su boca sobre la de Auris apretada con fuerza.

Pero no se lo dijo. No habría podido asegurar que hubiera sucedido realmente.

Ella se mordió el labio, dudando.

Después de un momento suspiró enfadada y dijo:

—Estábamos volviendo juntos y de repente te… separaste de mí y no volviste. Te estuve esperando un buen rato, pero no apareciste. Al poco te vi... bailando... con tu posadera.

Beril esquivó la mirada de Auris. Si hubiera podido se habría dejado engullir en el fango pegajoso de Caolín en ese momento. Esta vez sintiendo que lo merecía.

Ella había suavizado la situación de la noche anterior, pero su vago recuerdo tomaba forma y empezaba a entender lo que había ocurrido realmente.

—Entonces me fui sola a la habitación y me sorprendieron esos dos… energúmenos.

La miró de soslayo.

—¿Te han causado algún otro daño? Quiero decir, a parte de las quemaduras…

Auris lo entendió.

—No, no. Llamaron a la puerta, pensé que serías tú. Pero apenas se abrió la puerta sentí un fuerte bastonazo en la cabeza. Me desperté ya colgada sobre el caballo, con las manos quemadas y tan apretadas que no las sentía.

Se quedaron en silencio.

Se avergonzaba enormemente de lo que había ocurrido la noche anterior, pero no podían quedarse parados.

—Bueno, entonces iremos en aquella dirección.

Se acercó a ella e hizo ademán de cogerla en brazos, pero ella se negó.

—Creo que intentaré ir a pie por mí misma —dijo aprensiva.

—No creo que sea este el momento para dejarnos llevar por sentimentalismos.

—Qué curioso, yo dije lo mismo anoche... —farfulló en un susurro casi inaudible.

Al apoyar un pie se estremeció del dolor sin poder levantarse siquiera.

Beril la cogió en brazos sin admitir una negativa y comenzaron la marcha.

Esta vez Auris no se sostuvo en sus hombros ni se relajó, se mantuvo tensa mirando en dirección opuesta, sin emitir sonido.

Hicieron otra pausa breve pero no intercambiaron palabra y donde Beril recogió alguna planta con efecto desinfectante y cicatrizante. También fruto de los conocimientos adquiridos en los entrenamientos de Caolín.

Cuando estaba a punto de amanecer llegaron a un claro y allí finalmente encontraron a uno de los caballos. Estaban agotados, pero no se permitieron parar. Seguramente los dos hombres les intentarían seguir y necesitaban algo de ventaja.

Auris montó sobre su caballo y se sostuvo sin apoyar los pies en los estribos ni agarrar las riendas, Beril montó tras ella y la sostuvo.

—Duerme un poco, te sentará bien —dijo.

Ella no respondió, pero debió hacerle caso porque su respiración se hizo regular y se abandonó sobre su cuerpo.

Se prometió aclarar las cosas cuando llegaran a algún sitio tranquilo.

Continuaron cabalgando hasta pasado el mediodía. La mayor parte del tiempo Auris dormía. Cuando no era así no emitía sonido.

A media tarde Auris habló por primera vez.

—Necesito parar, Beril —dijo.

—¿Te encuentras bien?

—Sí. Es solo que... necesito un poco de descanso —le dijo impaciente—. Y necesito hacer pis.

Beril hizo parar al caballo y bajó. Después hizo bajar a Auris con cuidado.

—Ok... Yo iré a por agua, tú busca algo de comer.

Beril rio.

—¿Estás de broma? No puedes dar un paso...

—No, me siento mejor —Beril la miró escépticamente—. De verdad, quiero ir sola —insistió.

Se mantuvo de pie al inicio con ayuda de Beril, quien la sostuvo mientras daba un par de pasos. Luego ella se apoyó en el caballo y se alejó. Beril buscó algo de comida y volvió a donde se habían separado. Auris lo estaba esperando ya.

Dejó las provisiones en una piedra mediana sobre el suelo.

Auris le agradeció la comida y ambos comieron sin hablar. Luego Beril preparó las plantas medicinales haciendo una pasta que aplicó sobre la piel de Auris.

—¿Cómo lo hicieron? —le preguntó viendo las marcas en los pies.

—Yo... Me habían rodeado de cuerdas y me habían apretado mucho las manos una contra otra. Ni siquiera me hormigueaban. No conseguía ni llamar a mi elemento, o apenas. Cuando se dieron cuenta del rastro que te estaba dejando calentaron una brasa y me hicieron estas quemaduras —dijo pacientemente.

La tocaba con extremo cuidado.

Después le aplicó la pasta cicatrizante sobre las manos.

—No tienes por qué ser tan delicado, ya apenas me duele.

Observó con cuidado las plantas de los pies de Auris y reconoció las quemaduras.

Cuando era niño, el hijo del herrero se quemó accidentalmente con un hierro incandescente del taller de su padre. Las quemaduras dejaron de dolerle pronto, pero se infectaron.

Por suerte la madre de Beril mezcló y preparó un ungüento con una planta, recordaba cómo cantaba mientras trituraba las hojas plateadas, y cómo le había contado entonces la historia de que había sido su propia madre la que le había enseñado a prepararlo en su poblado natal.

Salvó las manos de aquel chico. Pero nunca recuperó el sentido del tacto. Las quemaduras de Auris le recordaron aquellas quemaduras a través de los años.

—De verdad, no me duelen apenas...

Terminó de curar a Auris sin abrir la boca. No quería preocuparla... pero se angustió pensando lo que ocurriría si Auris perdía la sensibilidad en las manos. Seguramente no podría evocar su elemento.

—Auris, creo que deberíamos volver a Alasdain —dijo—. Necesitas una cura que yo no sé darte.

Auris lo miró.

—No son graves —lo tranquilizó.

Beril la observó dudando.

—¿Quiénes crees que eran? —preguntó—. ¿Crees que…?

Ella pareció considerar un par de opciones.

—Beril… aún tienes mucho que aprender. Seguramente eran cazatesoros. Me descuidé demasiado.

—¿Qué? —respondió, abriendo mucho los ojos.

Ella rio brevemente antes de continuar.

—Hay gente que comercia y se enriquece aprovechándose de uno de nosotros. No somos los únicos con talentos especiales… y no todo el mundo usa sus habilidades con buenos fines.

—¿Qué quieres decir?

—Somos como la gallina de los huevos de oro. Y yo más que nadie —añadió—. Tienen formas de mantenernos prisioneros y se aprovechan de nuestras habilidades para enriquecerse.

—Pero ¿cómo te han descubierto?

—Debí ser más discreta negociando en la posada, o quizá cuando tú... —se interrumpió—. De cualquier forma, no importa.

* * *

Durmieron dos noches a la intemperie turnándose para hacer guardia, pegados la una al otro para no necesitar encender un fuego, y despertaron temprano para continuar.

No se detuvieron, no se entretuvieron más que para lavar y curar las heridas de Auris, que estaban tomando cada vez mejor aspecto bajo el cuidado de Beril.

Cuando llevaban unas cuantas horas a caballo Auris lo hizo detenerse.

—Beril, tu ciudad no distará de aquí más de una hora a caballo.

La miró sin aliento. Se le aceleró el corazón. Una hora. Una hora para llegar a casa.

—Iremos allí, veremos lo que necesites ver y volveremos a casa. En dos o tres días estaremos de nuevo en Alasdain.

—Descansemos un par de horas —dijo, observándola.

—No, vayamos directamente. Descansaremos cuando lleguemos allí, será más seguro.

Efectivamente en menos de una hora atravesaban las últimas colinas antes de llegar al valle donde se asentaba Mulg.