CAPÍTULO 31. Lo que deberían haber evitado
B eril se despertó con la luz del alba.
Un tremendo dolor de cabeza le hacía palpitar las sienes. Se notaba la lengua seca por la sed y un terrible sabor amargo en la boca. Recordó la confusión entre la que se había perdido la noche anterior y notó una punzada de miedo en el estómago. Esto era precisamente lo que deberían haber evitado.
Vio su ropa desperdigada por el suelo de la habitación. Las sábanas en la cama estaban revueltas. A su lado le sorprendió una figura femenina que comenzando a despertar le mostró el rostro entre el cabello rubio revuelto.
La posadera se desperezaba a su lado con gesto ingenuo.
—Buenos días —le dijo abriendo levemente los párpados.
Beril la miraba como paralizado.
—Yo... No... —articuló con dificultad. Se sentía totalmente confuso. No recordaba cómo había llegado hasta ahí.
La posadera se le acercó y Beril instintivamente la apartó de forma brusca.
—Relájate —le dijo—, anoche no estabas tan tenso. Vamos...
A Beril le dio vueltas la cabeza.
Extendió las manos para marcar un espacio entre él y la posadera y saltó de la cama.
—Escucha... yo... lo siento si... No pretendía... —consiguió balbucear.
Y recogiendo su ropa comenzó a ponérsela apresuradamente.
—Perdona. No sé qué decir. No recuerdo nada desde...
Pensó cuál era el último recuerdo de la noche anterior. No recordaba nada desde... desde el último vaso de vino mientras bailaban, ofrecido por la posadera. De repente le asaltó una sospecha y se volvió hacia ella.
Recordó el guiño comentando el extraño efecto sobre los extranjeros.
—¿Pusiste algo en el vino?
Ella rio.
—No sé de qué me hablas —continuaba diciendo mientras reía nerviosamente.
—¡Pusiste algo en el vino! —repitió, afirmándolo esta vez.
Ella se cubrió el cuerpo con las sábanas y apartó la mirada, incómoda.
Beril se acercó a ella y la obligó a mirarlo, impidiendo que se escabullera.
—¿Qué pusiste? ¿Por qué lo hiciste?
—Suéltame —le gritó.
Le asaltó un nuevo miedo.
—¿Lo pusiste también en el vaso de ella?
Acercó su rostro al de la rubia.
—Dime lo que has hecho.
—Yo... no quería. Aquellos hombres…
Beril abrió los ojos por la sorpresa.
—¿Quién?
—Dos hombres. Me aseguraron que no le harían daño; pensé que tú te relajarías conmigo.
Beril saltó de la cama y salió a grandes pasos de la habitación de la posadera.
Corrió buscando a Auris en el hostal. Interrogó al dueño y se dirigió a la habitación que Auris había alquilado, donde habrían tenido que dormir esa noche.
Estaba completamente vacía, la cama intacta.
—Oh no...
No conseguía imaginar dónde podría estar Auris, en el daño que le podrían haber causado...
Había bajado la guardia por un segundo y el resultado era devastador. Le temblaban las manos cuando comenzó a abrir las habitaciones del hostal sin llamar a las puertas. Encontró finalmente al hombre que la noche anterior había bailado con Auris.
Se encontraba en la cama con una mujer. Sin preámbulos se dirigió hacia ellos y arrancó la sábana que los ocultaba.
La mujer, por suerte o por desgracia, no era Auris.
Agarró al hombre del cuello y lo amenazó con una daga de esmeralda que llevaba en la mano sin haberse percatado de ello.
—Dime dónde está.
—No sé a quién te refieres... —dijo.
—Lo sabes muy bien. ¿Dónde está ella?
—Tu compañera de viaje se fue con dos hombres anoche —dijo con una sonrisa lasciva—, mientras tú te divertías con Ethel. Ah, y parecía algo molesta.
—¿Hacia dónde se fueron? —Del cuello comenzó a brotar un hilo de sangre oscura. La mujer a su lado gritó de terror.
Vio en los ojos del hombre cómo el miedo ganaba la batalla.
—Se la llevaron a caballo; se fueron por el camino del sur.
—¿Quiénes eran?
—No lo sé. De verdad, no lo sé... Eran de fuera, como vosotros —respondió el hombre.
Beril lo arrojó sobre la mujer y con una carrera llegó al establo donde los dos caballos que habían alquilado reposaban tranquilamente. Auris no podía haberse ido ella sola sin el caballo.
Los ensilló, saltó sobre uno de ellos y agarró al otro por las riendas, saliendo a toda velocidad de la posada.
Se dirigió hacia el sur y durante horas mantuvo el caballo al galope. Cuando vio que estaba cansado cambió de caballo y continuó la marcha, pero pronto se vio obligado a parar para dejarlos reposar y beber.
A mediodía hacía demasiado calor como para estar bajo el sol. Si no tenía cuidado se quedaría sin montura y entonces todo sería más complicado.
No podía creer que se encontraran en esa situación. Barajó la posibilidad de volver a Alasdain y avisar para que la búsqueda fuera más efectiva, solo que en ese caso perdería las posibles huellas y Auris estaría en un peligro mayor.
Subió a una pequeña colina para intentar observar cualquier signo de la presencia de Auris. No encontró nada.
Los caballos pastaban al fresco de la sombra de los árboles.
Beril pensó en lo absurdo de la situación. Él había encontrado siempre a Auris sin pretenderlo, sin buscarla. Todo parecía haberle indicado el camino hacia ella. Y ahora la había perdido.
Recordó las lecciones de Caolín.
La realidad indica el lugar donde cada uno debe estar a través de los signos. Los signos indican el camino.
Pensó en la situación con calma.
La noche anterior les habían engañado, drogado y secuestrado. Y ahora Auris se encontraba en paradero desconocido.
Auris...
Pensó en la primera vez que la había visto. Pensó en su temible aspecto cuando luchaba.
¿Quién podía tener a Auris, con toda la fuerza que ella poseía, secuestrada?
Estaría...
Intentó no pensarlo. No podía perderla a ella también. Había perdido a su madre, a Ferin, a Argentis... No, a Auris no podía perderla.
Se dejó caer en el tronco de un árbol y enterró la cabeza entre las manos.
Otra cosa inesperada. No podía soportar perder a Auris. La había casi matado con sus propias manos una vez... Y la había salvado la vida después. No podía perderla.
Recordó con náuseas la sensación de atravesar el cuerpo de Auris con la lanza de doble punta, la sensación de su sangre corriendo entre sus manos, su corazón latiendo...
¡Su corazón latiendo!
Despacio se descubrió la cara y alzó la vista.
¡Podía sentir el corazón de ella cuando llamaba a su elemento! Cierto que nunca lo había notado estando demasiado lejos, pero era una pista que podría intentar seguir.
Quizá si se concentraba lo suficiente...
Llamó a su elemento suavemente.
El aire llevaba partículas de polvo finísimo que brillaba a la luz del sol con tonos verdes.
Se concentró, pero no funcionó como hubiera querido.
Auris no se encontraba suficientemente cerca como para que él pudiera notar nada.
Se centró de nuevo en su elemento, intentando notar cualquier pequeña palpitación, pero notaba solo su estómago moverse hambriento.
Se concedió una pausa y descubrió pequeños frutos comestibles que había estudiado en el entrenamiento de Caolín. Tuvo que reconocer que eran conocimientos de gran utilidad. Cuando los estudiaba no se lo había parecido tanto.
Después de haber comido algo se sintió mejor.
El viento comenzó a soplar y se dispuso a continuar la marcha.
Al ensillar al caballo vio cómo el viento había depositado minúsculos puntos dorados sobre el animal.
—¡Auris! —susurró.
Debía estar soltando pequeñas partículas de su elemento volando con el viento. Le habían pasado desapercibidas durante las horas en las que el sol estaba más alto, escondido tras las copas de los árboles. Pero el atardecer les arrancaba destellos dorados.
¡Si seguía la dirección de dónde venían estas partículas llegaría hasta ella!
Montó y observó las pequeñas motas doradas brillar con el sol adheridas a los troncos de los árboles, sobre la hierba.
El resplandor era muy ligero, de forma que tenía que seguir un paso lento para no perderlas de vista.
Avanzó durante todo el día.
Un par de veces tuvo que retroceder y retomar las huellas del elemento de Auris. En una ocasión trepó a un árbol alto que le permitió tener una perspectiva más clara del lugar hacia el que se dirigía.
En la lontananza distinguió algunas casas.
Cuando comenzó a oscurecer dejó de ver el rastro de Auris.
Se detuvo y comió de nuevo algunas raíces, frutos y tubérculos salvajes.
Se concentró de nuevo llamando a su elemento, pero no sintió latir el corazón de Auris.
Por un momento se desesperó pensando en cómo estaría ella.
Hubiera querido hacerle saber que estaba tras sus huellas.
Luego pensó que probablemente ella debía saberlo.
Ella podía sentirlo a mucha más distancia.
Se preguntó si sería debido a que ella tenía mucho más entrenamiento que él a sus espaldas.
Lo intentó nuevamente, y de nuevo solo consiguió desesperarse ante su fracaso. Encontró unas piedras y algo de hojarasca con la cual encender un fuego.
Había visto cómo el padre de Ferin lo hacía cuando él era niño. Encendía hábilmente el fuego delante del lago. Pero de eso hacía mucho tiempo y nunca lo había hecho él mismo. Era de esas cosas que le hubiera gustado que le enseñara.
Tardó bastante, pero finalmente lo consiguió.
Prendió una rama y apagó el foco. Después agarró a los caballos y comenzó a avanzar iluminando con cuidado los troncos de los árboles y los arbustos en busca de los pequeños brillos.
Continuó despacio, avanzando a pie en mitad de la noche hasta que las señales de Auris no se vieron por ninguna parte. Retrocedió y avanzó en todas direcciones, pero sin resultado.
La evidencia le heló la sangre.
Auris no había continuado enviando señales. Soltó a los caballos derrotado.
Canceló el pensamiento y se dejó caer de espaldas en el suelo.
Se rindió.