El despertar del vínculo (Alasdain 1) CAPÍTULO 30. Creada con el polvo de antiguas estrellas
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CAPÍTULO 30. Creada con el polvo de antiguas estrellas

E lla no opuso resistencia al principio. Pero de improviso empujó a Beril y pasando bajo su brazo en un giro rapidísimo se liberó de él.

—No era necesario —dijo frotándose las muñecas—.

Estoy de acuerdo en que es buen momento para contarte lo que sé.

Quiero que entiendas en primer lugar que, si no te he dicho nada, ha sido porque seguía órdenes concretas del Namak.

Y que si te lo cuento ahora es porque pienso que esas órdenes en estos momentos, aquí fuera, han dejado de tener importancia, visto lo que sabemos ahora.

—Lo comprendo —dijo Beril asintiendo.

Auris se sentó sobre el recinto de la fuente.

—Mulg fue la primera misión peligrosa donde participamos Platio y yo. Sabíamos que había alguien con quien probablemente se tendría que luchar. Nos informaron de que era una persona peligrosa que domina ciertos elementos. Por lo que sabemos provoca temblores de tierra y explosiones...

Beril la miró sin aliento.

—Exacto, era Antimiun. Llegamos al amanecer y me asignaron su búsqueda. A mí y a todos los del nivel 3. Cuando alguien lo encontrase debía regresar a dar el aviso al cabeza de misión. Que era Ruten.

Beril asintió. Las cosas parecían adquirir sentido.

—Solo que Antimiun se dio cuenta de que lo buscábamos y fue cuando provocó el desastre del terremoto... Cuando llegué a una casa que se encontraba totalmente intacta. Dentro localicé a Antimiun.

—¿Dentro? ¿De la casa de mi madre?

—Fue entonces cuando apareciste tú. Yo en principio no debía luchar contra él y tenía que proteger a la población local.

Pero tú viste a Platio y viniste hacia nosotros.

Antimiun también nos vio e hizo ademán de provocar de nuevo un terremoto...

o quizá una explosión. Así que tomé la decisión de atacarlo y le lancé…

unas flechas de oro apuntándolo —diciendo esto se detuvo un momento antes de proseguir con voz temblorosa—.

No la vi. Solo quería evitar la explosión.

No me percaté de tu madre hasta que se interpuso...

Beril se deslizó desde el muro de la fuente donde estaba apoyado hasta caer al suelo.

Cerró los ojos al recordar la escena; cómo Auris había surgido de la nada, como si hubiera estado escondida, cómo había llamado a su elemento, tiñendo de dorado el aire y a sí misma.

Y las flechas de oro volando hacia el pecho de su madre.

—El resto ya lo conoces.

Apoyó la cabeza en las manos. Auris lo observó apenada.

—Lo que no logro entender —dijo Beril— es lo que hacía Antimiun en mi ciudad, en mi casa, con mi madre. Y por qué ella se interpuso.

—Piensa un poco... ¿No lo habías visto antes?

Recordó que le había parecido familiar, pero no creía haberlo visto antes de aquel día.

Sacudió la cabeza.

—Mi padre me dijo anoche que piensa que estaba allí por ti y que tu madre lo conocía.

Se detuvieron allí un rato para que los caballos bebieran y descansaran, pero no intercambiaron más palabras.

Después se pusieron en marcha de nuevo. Atravesaron un valle y comenzaron a subir por una pendiente.

—Ahí arriba veo unas casas —dijo Beril.

—Sí. Es una posada. Podemos descansar allí unas cuantas horas, ya es tarde.

Cuando llegaron a lo alto de la colina Beril vio que Auris conocía bien el camino.

Una gran hoguera delimitada por rocas iluminaba el borde de un desfiladero.

El panorama era increíble. Se veía todo iluminado por la luz de la luna.

Un río lo atravesaba serpenteando. Podía verse luz en el interior de algunas casas.

Auris se acercó por detrás.

—Hecho, he negociado una habitación donde descansar y algo de comer.

—Acércate —dijo cogiéndole la mano y guiándola hacia donde él estaba. Se la retuvo un segundo más del necesario, luego ella la apartó. El valle entero se veía desde el saliente. Las estrellas brillaban en lo alto.

—Es precioso... —dijo con una expresión de ensueño.

A sus espaldas comenzó a sonar una música nostálgica.

Auris lo miró y Beril le sonrió algo incómodo.

Los viajeros empezaban a reunirse cerca de la hoguera y algunos cantaban.

La propietaria los llamó con un gesto desde lejos.

—Sentaos en torno al fuego, os acerco vuestros platos.

La cena consistía en un asado de carne con especias y patatas hechas a la lumbre. La posadera les alargó unos vasos llenos de un vino dulce.

—Lo hacemos nosotros —les explicó ante las apreciaciones de Beril y Auris—, es un vino hecho con cerezas, pero estad atentos, dicen que hace un extraño efecto sobre los extranjeros —sonrió, guiñando un ojo a Beril.

Auris lo miró de reojo con una sonrisa sarcástica. Beril le agradeció de nuevo la amabilidad y esta desapareció saltando alegremente entre los huéspedes.

—Amabilidad no lo habría llamado yo —decía Auris, riendo—. Diría que está interesada en ti.

Beril sonrío de soslayo.

El asado era fantástico y el vino se bebía muy fácilmente.

Algunos de los presentes cantaban canciones antiguas, melancólicas, que hablaban sobre personas que ya no estaban o casas a las que añoraban regresar.

Sé bien que no estarás.

No estarás en la casa,

en mi lecho en la noche

no veré tu sonrisa nunca más

que alivia las penas de mis viajes,

ni en los caminos inundados de oscuridad

hasta que llega la mañana.

No estarás en mis sueños,

no estarás en mi destino,

ni en mi realidad del día a día

o en el olor de las sábanas.

Te extrañaré, amor mío, sin que sea tu culpa haberte ido

y todo cuanto haré será para ti,

acompañarás mis pasos,

incluso en mis sueños

no los abandonarás nunca,

nunca en lo que queda de mi vida

y sé bien que no estarás,

ni aquí adentro, la cárcel de mi interior,

ni allí fuera donde reina el caos sin ti.

No estarás,

pero siempre te tendré en mí.

Nunca te olvidaré, amor de mi vida.

En el círculo se hizo el silencio durante un momento.

Beril vio que Auris se había ensombrecido.

Estaba claro que la canción le había recordado a Argentis, y quizá también a Ruten...

El recuerdo de las personas a quienes echaba de menos hizo retornar una nostalgia, quizá el deseo de que nada hubiera cambiado...

En ese momento, un hombre de mediana edad entonó un canto con voz dulce que escucharon en silencio.

Al cantar sobre esta claridad

Siento un temblor en mi corazón.

Todo este firmamento estrellado

Todo este mar me hace soñar.

Pero por ti, solo por ti,

surge de mi alma

entre este cielo y este mar.

Una canción que no se puede callar.

Lejano, muy lejano, más aún

que las lejanas estrellas,

brilla La Luz más brillante

Que me hace cantar aún...

Mientras los reunidos empezaban a alzarse dando por terminado el momento de los cantos y la propietaria había ya retirado los platos, se escucharon improvisadamente los primeros acordes de otra melodía y muchos de los viajeros se unieron en un canto melodioso.

Era un canto en un idioma que Auris no conocía. Para su sorpresa, Beril se unió a ellos.

—... no sabía que cantaras... —susurró.

—Normalmente no lo hago —dijo riendo—. Pero hay algunas canciones que no se pueden evitar.

—¿En qué idioma es?

Beril se sobresaltó. En Alasdain se estudiaban muchos idiomas y le sorprendió que Auris no lo entendiera.

—No es un idioma. Es el dialecto de mi tierra.

—Y, ¿qué dice? Parece muy dulce...

Beril la miró divertido.

—Lo es. La canción se llama "Te amo secretamente" .

—Oh —dijo Auris notando el calor de la hoguera más intensamente.

Entonces Beril le comenzó a traducir la canción, siguiendo en voz baja la melodía del cantante, mirando a Auris a los ojos, susurrando cada frase.

Te amo secretamente,

como se ama a las cosas prohibidas,

anclado entre las sombras de mi alma.

Te amo como al ópalo alejandrino, piedra preciosa

creada con el polvo de antiguas estrellas.

Te suplico por beber

de tus labios,

el dulce sabor

que embriaga

más que el vino

como el manantial lleno de vida.

Tu respiración al pronunciar mi nombre

despierta sentidos que no conocía.

Hermosa como la luna,

resplandeces como el sol.

Quisiera poder amarte sin tocarte

para no oscurecer jamás tu verdad.

Pero no sé amarte de otra manera

que entregándote todo lo que soy,

que robando la esencia de tu ser.

Te amo secretamente…

entre las sombras

de mi alma.

Al final de esta canción Auris estaba absorta en los ojos verdísimos de su compañero, que la miraba fijamente.

Ninguno de los dos dijo nada y el instante se volvió tenso, peligroso.

A Auris le recorrió un escalofrío por la espalda y se intentó calentar los brazos frotándoselos con las manos.

—Se ha levantado una brisa fría... —dijo mirando a su alrededor—. Estoy agotada... —se alzó torpemente—. Creo que yo me voy a dormir.

Echó una ojeada a Beril que ahora observaba el fuego bailar en la hoguera y comenzó a andar.

En ese momento la interceptó uno de los viajeros.

—¡Nada de eso señorita! ¡Aún es pronto! ¡Vich! —dijo llamando al hombre que sostenía la guitarra ahora silenciosa—. ¡Toca algo que se pueda bailar! Si no se opone usted —dijo inclinándose ante Auris. Aunque sin esperar contestación la agarró, comenzando a moverse al ritmo que Vich hacía sonar.

Era una canción animada, de ritmo saltarín y divertido.

Beril se tensó al ver a Auris entre los brazos de un desconocido, pero al ver que comenzaba a seguir al compañero de baile se tranquilizó, aún sin quitarle los ojos de encima.

Segundos después el interior del círculo se llenó de parejas que bailaban animadamente.

La posadera se acercó a Beril con la intención evidente de ser invitada. Al no recibir la propuesta deseada tomó la iniciativa.

—Me imagino que me dirás que no bailas —le dijo con un poco de resignación en la expresión.

Vio a Auris dando vueltas en los brazos del corpulento hombre dirigirle una cómica mirada de petición de socorro.

Entonces Beril rio alegremente y levantándose con agilidad se dirigió con la posadera entre la gente antes de comenzar a seguir el ritmo animado sin esfuerzo.

La posadera reía alegremente mientras bailaba con bastante buen ritmo y gracia.

Dirigió el baile entre giros y saltos hacia donde se encontraba la pareja compuesta por Auris y su acompañante, que en aquel momento se acercaba demasiado a ella con cierta insistencia. Aposta retrocedió más pasos de los que el espacio permitía y con ligereza chocó contra ambos.

—¡Oh! —exclamó fingiendo consternación. Se inclinó ante Auris en modo de disculpa y se volvió hacia su pareja. Haciéndola girar sobre sí misma la acompañó entre los brazos de la pareja de Auris, cediéndole la mano de la posadera quien lo miró con cara de pocos amigos.

Después dirigió el hombro de Auris situándola frente a él y la sostuvo delicadamente siguiendo el ritmo de forma muy diferente a como había hecho momentos antes con la posadera.

—¡Vaya! ¡Tampoco sabía que supieras bailar! —dijo entre respiraciones entrecortadas.

—Espero que haya muchas cosas de mí que aún no conoces —dijo sonriendo.

El baile aminoró el ritmo y el espacio entre ellos iba estrechándose poco a poco. Al retomar vivacidad Beril descubrió que Auris seguía sin dificultad todos sus pasos casi antes de que él se lo indicara.

—Bailas muy bien —dijo.

—Gracias. El baile era la pasión de Argentis, así que de pequeñas me obligó a aprender.

—¿Con un profesor de baile?

—No —dijo Auris riendo—. Hemos sido autodidactas. —Beril la miró con incredulidad.

—Bailas a la perfección... solo que te falta poco para ser tú quien dirige, y no sé por qué no me sorprende —dijo en una especie de reflexión irónica.

Auris se sonrojó.

—Bueno. Eso es porque yo siempre hacía la parte del que guía.

—Y eso no solo en el baile —respondió guiñándole un ojo rebelde.

Ella lo miró de mala manera y Beril rio ante su reacción.

El ritmo se volvió cada vez más apresurado y Beril y Auris reían bailando a toda velocidad.

Durante una breve pausa de la música apareció la posadera con tres pequeños vasos del vino de cereza.

—¡Para calentarse! ¡Ahora se empieza a bailar de verdad! —exclamó. Agarró ella misma uno de los vasos y, brindando con ambos, lo bebió de un solo sorbo.

Beril y Auris la imitaron. La música volvió a sonar aún más vivaz que antes.

Los dos reían mientras se tropezaban cada vez más con los pies del otro. De nuevo apareció la posadera. Bailaron y bailaron, bebieron…