El despertar del vínculo (Alasdain 1) CAPÍTULO 29. El momento de conocer toda la verdad #2
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CAPÍTULO 29. El momento de conocer toda la verdad #2

Beril rio aún más fuerte y Eilean apretó los labios, paciente.

—Y si todo esto fuera verdad, ¿qué le habría hecho pensar a la madre de Ferin que conmigo , que no tenía ningún atisbo de habilidad, iba a conseguir una conexión? Mejor dicho, ¡un vínculo! ¡¡Es absurdo!!

Eilean frunció el ceño y miró hacia el suelo.

—Porque creo que tú eres el descendiente del primer matrimonio de Oxum —dijo descubriendo un nuevo retrato en el cual se veía a Oxum con una mujer y un niño adolescente.

La mujer y el niño tenían unos ojos pintados exageradamente grandes como en la caricatura que Auris le había dedicado a Argentis, del mismo color verde encendido que los suyos propios.

Beril saltó sobre sus pies y miró a Eilean como si se hubiera vuelto loco.

—Yo no me di cuenta enseguida. Cuando intuí tu fuerza empecé a hacer ciertas investigaciones sobre ti. Y entonces llegó esto hasta mis manos... —dijo señalando el retrato.

—¿Y se supone que Ferin lo sabía y que me intentó usar para un fin propio?

Eilean asintió despacio.

—Es la cosa más retorcida que he escuchado jamás...

Beril retrocedió un par de pasos.

—Si no me equivoco, tu mujer sabía bien quién eres y sabía que la afinidad entre vosotros podía dar lugar a un vínculo, en beneficio del grupo al que pertenece.

Beril lo miró con expresión feroz.

—Pertenecía —le corrigió.

Beril se dio media vuelta. Todo lo que acababa de oír le parecía demasiado complicado, demasiado distinto de lo que él había vivido. De la persona que él había encontrado, esperado, amado… Salió de la casa y corrió desesperado, sin rumbo.

A sus espaldas oyó cómo Auris lo llamaba y empezaba a seguirlo, pero su padre la frenó.

—Déjale ir. Necesita asimilarlo —escuchó.

Todos los razonamientos de Eilean le parecieron un sinsentido. Le dolía pensar en la posibilidad de que Ferin tuviera una doble vida y él no lo hubiera siquiera intuido. No podía ni quería creerlo. Se sentía engañado, todos estos años había vivido esa trama sin saberlo.

Llegó automáticamente a su casa. Entró y se tumbó en el jardín mirando al cielo sin saber qué haría de aquel momento en adelante.

Durante este último año había visto suceder cosas que no creía posibles, había creído comprender cuál era su sitio en la vida, todo lo que le había ocurrido parecía adquirir sentido estando allí.

Pero lo que acababa de oír de la boca del mismísimo Namak le parecía demasiado.

Que él fuera descendiente de un elemental, no uno cualquiera sino del primero que se conocía...

y que Ferin, Argentis y Auris fueran descendientes de la mujer que había creado el único vínculo existente con su antepasado.

La aparición de Ferin en su vida, su amor por ella; la atracción que había sentido por Argentis y finalmente…

Auris... también todo esto encajaba, por absurdo que pudiera parecerle.

Se quedó adormecido.

En el duermevela vio a Ferin, sus cabellos rojos, su piel de tonalidades arcillosas. Se movía ágilmente saltando como cuando entrenaban en el campo. Bailando como había hecho cada día en Mulg bajo el sol, su piel parecía cambiar de color con cada movimiento.

Ferin se detuvo; se giró hacia él y en sus rasgos reconoció los rasgos de Auris. Su pelo rojo se tiñó de dorado en el atardecer, y cuando el sol se escondió su piel se volvió de plata reflejando la luz de la luna.

—A la luz de la luna eres idéntica a Argentis... —se oyó decir. Igual que se lo había dicho a Auris.

Comenzó a acercarse a él, y el sol surgió de nuevo, coloreándole la piel de un rojo encendido.

—¿Quién eres? —preguntó.

—…soy Férrea… —susurró el viento.

Se sintió un temblor en la tierra y ambos se precipitaron entre mil escombros.

De nuevo la escena en la cual Ferin, la Ferin que él conocía, se desvanecía atravesada por una barra de hierro.

Al cogerla entre sus brazos se agitó y la barra de hierro se transformó en una lanza verde de doble filo. La mujer que tenía entre los brazos ahora tenía la piel recubierta de polvo dorado y sangre.

Se despertó con un sobresalto.

El cielo se había oscurecido, era de noche. Había pasado todo el día en ese extraño trance.

Se levantó y se dirigió con decisión hacia el acantilado. Corrió colina abajo en dirección a las cascadas. Comenzó a recorrer la roca en busca del sendero que conducía a la salida.

—¡Beril! —oyó tras él.

Se dio media vuelta y vio a la familiar figura envuelta en la luz nocturna de la cúpula. Era realmente parecida a Argentis. Ahora adivinaba también algunos rasgos compartidos con Ferin.

—¡Auris!

—Beril, espera. Hablemos de lo que mi padre nos ha contado...

—¿Tú lo sabías? —preguntó, acusándola.

—¡Claro que no!

La miró a los ojos y supo que era cierto.

—Beril, huir no solucionará nada.

—No estoy huyendo. Necesito encontrar respuestas. Necesito saber….

—¿Saber qué? ¿Qué crees que descubrirás saliendo de Alasdain? —preguntó ella, desorientada.

—Tengo que ir a mi casa, tengo que descubrir qué pasó exactamente. Y tengo que encontrar la tumba de mi madre. Tengo que entender si ella sabía quién soy realmente.

Una sombra atravesó la expresión de Auris. Asintió y comenzó a caminar hacia la salida.

—¿Estás decidido?

—Sí.

—Entonces voy contigo.

No intentó impedírselo. Su ayuda le sería útil, y no podía negar que se sentía reconfortado con su compañía.

Siguió sus pasos decididos sin atreverse a decir nada. Desembocaron en la playa y Auris se dirigió hacia el interior.

—¿No cogemos la nave? —preguntó Beril con sorpresa.

—No, no hace falta, no está en aquella dirección. Ven, cogeremos prestados un par de caballos.

Después de unas horas de camino en silencio llegaron a un claro del bosque. Se acercaron a lo que parecía una posada y Auris se introdujo en los establos. Vio cómo hablaba con alguien que trabajaba allí durante unos momentos y luego desapareció unos segundos.

Cuando reapareció llevaba de las riendas dos enormes caballos, algo nerviosos.

Le tendió las riendas de uno de ellos a Beril. Era un caballo negro, corpulento, con la crin suelta y ondulada y una larga cola.

Subieron sobre la montura. Auris parecía haber nacido para estar sobre la silla de un caballo igual que sobre la cubierta de un barco. Se movía en total sincronía con el animal.

—Cabalgaremos unas cuantas horas, luego descansaremos y retomaremos mañana, en unos días deberíamos llegar a tu ciudad natal —dijo.

No le gustó que se hiciera cargo de las órdenes, pero estaba de acuerdo con lo que decía por lo que no discutió con ella.

La luna estaba alta en el cielo e iluminaba los campos de girasoles. No encontraron a nadie en el camino y al llegar a un ensanche donde corría el agua en una fuente se detuvieron a beber agua y descansar.

—Recuerdas bien el camino —le dijo Beril.

—Sí. No es difícil llegar...

Parecía dudar si decirle algo o no.

Momentos después leyó en sus ojos que había decidido no hacerlo.

Beril se acercó a la fuente donde ella se encontraba cogiendo agua y llamó a su elemento.

Creó la lanza de doble punta y la atacó por sorpresa, pero ella estaba sobre aviso y lo esquivó sin problemas.

Entonces todo adquirió brillos dorados. Ella creó una daga y una cadena que se dirigió donde un segundo antes yacía Beril en el suelo.

Permanecieron en lucha unos minutos hasta que Beril comprendió que no llegarían a ningún sitio; arrojó la lanza al suelo y se dirigió hacia ella con paso decidido.

Auris no se atrevió a seguir atacándolo desarmado y en ese momento Beril rodeó su cintura con un brazo y la atrajo hacia sí, agarrándole de las manos.

Ella dejó caer la daga y Beril notó su corazón latir con fuerza.

La estrechó contra su cuerpo y sostuvo sus muñecas, fuerte pero delicadamente detrás de su espalda.

Después clavó el pie tras los talones de ella y la inclinó hacia atrás, apoyándola sobre el terreno.

—Creo que es el momento de conocer toda la verdad —dijo.