CAPÍTULO 29. El momento de conocer toda la verdad
A l día siguiente se despertó con Auris en la habitación llamándolo. Estaba sentada con los pies descalzos sobre su cama.
—Buenos días, dormilón.
Le tendió una taza de su café amargo.
—No diría buenos días si aún es de noche —susurró, abriendo con dificultad los ojos.
Cogió el café y comenzó a beberlo sin haber salido aún de la cama siquiera.
Se arregló en poco tiempo mientras Auris lo esperaba en el piso de abajo.
La encontró en el jardín observando el muro que separaba las dos casas.
—En el fondo podríamos hacer desaparecer este muro.
—Preferiría dejarlo donde está, si no te importa —dijo mirándola directamente.
—No haré comentarios sobre la escenita de ayer —dijo ella alzando las manos a la defensiva.
—Y yo no haré comentarios sobre que tú espías mis conversaciones privadas —respondió imitándola—. Pero dejemos el muro donde está.
—¡Era solo cuestión de comodidad! Y de agrandar los espacios —respondió ella con sorna.
Al abrir la puerta Auris se chocó con Aramen y Olivin. Enrojeció al darse cuenta de la mirada que echó el primero a su amigo y luego interrogativamente a ella.
—Ah... Veo que os habéis tomado en serio eso de formar nuevo equipo, ¿eh? —bromeó Aramen.
—Idiota, le he traído el café, igual que hacías tú muchas veces, ¿no? —dijo desafiándolo.
—Auris —intervino Olivin—, era solo una broma. No tienes por qué ofenderte, solo queríamos desearos suerte.
Beril interrumpió a todos lanzando miradas de amenaza a su amigo y a su compañera.
—Gracias, Olivin. Bueno, ¿a dónde se supone que tenemos que ir nosotros a entrenar hoy? —preguntó en general.
Auris no lo sabía. Tampoco los otros tenían idea. Se despidieron rumbo al campo de entrenamiento y Auris y Beril decidieron ir a casa de Eilean.
Eilean los esperaba en el banco del jardín exterior, delante de un pequeño campo triangular de rosas.
—Buenos días.
Saludaron al nuevo maestro con una inclinación como se acostumbraba.
—Bien. Como sabéis, me encargaré a partir de ahora de vosotros dos.
No he llegado yo solo a la conclusión de que es una necesidad.
Todos los maestros me transmitieron su preocupación por algunas cuestiones relativas a vuestra particular conexión.
El extraño lazo que os une tiene varias facetas y aún no comprendemos bien cómo se articulan.
—En resumen, que no quieren tener nada que ver con nosotros.
—No es así, Auris —suspiró Eilean—. Tenéis una relación muy complicada.
El hecho de que la madre de Beril haya fallecido debido a una flecha tuya y te siga considerando la culpable de lo sucedido, la unión de Beril con tu hermana Argentis, muerta por protegerlo, la...
atracción mutua que indiscutiblemente existe entre vosotros y lo más sorprendente de todo: el vínculo.
—¡No hay ninguna atracción mutua, papá! —dijo Auris, escandalizada.
—No te está permitido interrumpirme mientras estamos en una lección ni discutirme, compórtate.
Auris se quedó helada ante la llamada de atención.
—Pido disculpas —consiguió articular balbuceando.
—Bien. Hoy empezaremos con una lección de historia —continuó el maestro—.
El primer vínculo del cual tenemos noticia tuvo lugar hace más de quinientos años, y obviamente ninguno de los que estamos aquí lo ha visto.
Algunos lo creían una leyenda. Una improbable exageración; hasta ahora.
Sabemos solo que quienes lo crearon no fueron conscientes al principio más que de una increíble… atracción.
Beril notó la mirada de soslayo de Auris. Escuchaba a Eilean como quien acaba de escuchar su propia sentencia.
Eilean sacó el retrato de una pareja sonriente.
La sorpresa le hizo pegar un salto. Eilean lo observaba detenidamente con intención, y sin duda se había dado cuenta de su sobresalto.
—¿Qué ocurre, Beril? —preguntó con los ojos ligeramente cerrados y sonrisa maliciosa.
Auris se volvió a mirarlo interrogativamente.
—Nada, ha sido solo un escalofrío.
Pero Eilean se había dado cuenta de la reacción de Beril además de que, como Namak, podía sentir su sorpresa.
Y Auris lo miraba con astucia, porque sin duda ella había notado el cambio de ritmo del corazón de Beril.
La mujer del retrato tenía el pelo rubio rojizo, y unos ojos profundos como la noche. Era tremendamente parecida a Ferin, aunque de piel bastante más pálida.
Recordó a la madre de Ferin, cuya cabellera tenía la misma tonalidad particular.
—Estos son Oxum y Férrea.
La mirada de Auris adquirió una expresión intensa y miró de reojo a Beril, quien a pesar de todo no parecía dar muestras de conocer la historia que Eilean estaba contando.
—Es el único vínculo del cual tenemos conocimiento.
Por aquel entonces existían pequeños grupos seguidos por el maestro que los había descubierto.
No tenemos constancia de las habilidades que tuvieron.
Sabemos solo que poseían unas habilidades de lucha enormes, mucho más desarrolladas de lo normal…
también más peligrosas. Oxum estaba unido a una mujer y tenía un hijo cuando descubrió la conexión con Férrea; con el paso del tiempo esta unión se intensificó notablemente y terminó abandonando a su familia.
A su vez Férrea también dejó a su unión anterior por Oxum… y a su hija, que por aquel entonces no había llegado siquiera a la edad de cinco años.
Sabemos poco más acerca de ellos. La leyenda cuenta que Férrea asesinó a Oxum en un ataque de celos. Pero no lo sabemos con precisión. Conocemos relatos por los que intuimos su participación en batallas antiguas. El bando por el que luchaban solía ser aventajado.
Pero la niña que Férrea abandonó se llamaba Ferina, quien había heredado muchas de las habilidades de su madre y que destacó también bajo la dirección de su maestro: Namak.
Sacó otro retrato de un hombre serio, bastante más mayor que la joven de cabellos encendidos que lo acompañaba.
—A pesar de la diferencia de edad, con el tiempo Ferina y Namak se unieron y tuvieron una hija y un hijo, gemelos que heredaron las cualidades de su madre y su padre respectivamente.
Fue entonces cuando Alasdain, donde habían fundado su casa, fue atacada por…
personas comunes. Y Ferina murió intentando impedir aquel enfrentamiento.
Namak juró no volver a luchar y se dedicó a proteger y ayudar, junto a sus hijos y a los hijos de aquellos que sacrificaban su vida por un buen fin.
De esta forma nació este lugar tal y como lo conocemos ahora, y la función del Namak, hace exactamente quinientos años.
Pero el día en que la hija de Ferina y Namak descubrió su elemento abandonó Alasdain y nadie volvió a verla. El hijo, Aurol, se convirtió en Namak a la muerte de su padre, y su retrato es el primero de la larga fila de retratos que cuelgan en la galería de esta casa.
Desde entonces ha habido más de diez generaciones de Namak, mis antepasados, que no consiguieron localizar nunca a la hija de Ferina, por mucho que lo intentaron.
Beril intuía a dónde iba a parar la conversación y le daba vueltas la cabeza solo de pensarlo.
—La Ferin que yo conocía no tenía ningún tipo de habilidad ni elemento. No pertenecía a este mundo. Te lo aseguro.
Eilean aclaró la garganta y sacó un nuevo retrato del papel de seda que los cubría.
Un retrato de Ferin, su Ferin, lo miraba desde el marco de madera con una sonrisa retadora e invitante.
Beril empujó la silla hacia atrás, haciéndola chirriar y se levantó de un salto.
—¿Me estás diciendo ahora —comenzó con voz baja y desafiante— que tú conocías a Ferin... que ella es... era…?
—No. No la conocía. Pero Ferin, de alguna forma, era una sobrina mía…
muy lejana —dijo mirando de nuevo el retrato—.
Y habría querido recuperarla y traerla hasta aquí.
Cada Namak ha buscado a cada uno de sus antepasados, como yo la buscaba a ella.
Solo que, hasta hace poco, no la había relacionado con la que fue tu mujer.
Auris, silenciosa, agarró el retrato y lo miró detenidamente. A Beril le reaparecieron las últimas imágenes que tenía de Ferin, tranquila, despreocupada, feliz.
—¿Por qué? —preguntó—. ¿Para qué traerla aquí, arrancarla de su vida...?
—He aquí que llegamos a la cuestión verdaderamente importante.
La antepasada de tu mujer, al irse de aquí, creemos que se unió a un pequeño grupo…
con habilidades particulares, pero sobre todo con un odio común.
Y sus hijas siguieron allí después de su muerte.
Este grupo está, al igual que nosotros los elementales, profundamente ligado a la tierra y a su naturaleza, y dispuestos a todo para protegerla.
Y profesan un odio irracional hacia las personas, porque la dañan.
—No me parece una idea del todo equivocada. ¿Es otro grupo de elementales? —aventuró Auris.
Eilean la miró seriamente.
—Auris, la vida de cada persona es siempre un misterio sagrado, y muchas veces una persona puede equivocarse, cometer un error... o una acción involuntaria. Y tú mejor que nadie deberías haberlo aprendido. Nosotros los elementales protegemos en primer lugar la vida.
Se quedó callada, pensativa.
—Cada persona merece la oportunidad de vivir. Auris, probablemente un día tú seas el Namak; debes entender bien esto. Este grupo son los temperamentales.
Auris abrió bien sus grandes ojos mirando a su padre.
—Se dejan controlar por su rabia para potenciar sus habilidades y no dan una segunda oportunidad a las personas si consideran que sus acciones perjudican los pilares de la naturaleza, atacando y destruyendo enteros poblados.
Beril dejó escapar un bufido con una carcajada amarga. Seguía con los ojos fijos en el retrato.
—Estáis equivocados de persona. Yo conocía a Ferin desde niña, ella era común y corriente. No tenía nada de extraño, ningún talento especial, aparte de ser ella misma.
—¿Común y corriente igual que has demostrado serlo tú, Beril?
Beril guardó silencio.
—Mi teoría es que la madre de Ferin te buscó y te localizó hace mucho tiempo. Propició la amistad entre vosotros y después la mandó a entrenarse como temperamental, tras lo cual volvió para intentar crear el vínculo contigo.