El despertar del vínculo (Alasdain 1) CAPÍTULO 28. Mermelada de naranja
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CAPÍTULO 28. Mermelada de naranja

—Se rumorea que después de lo sucedido en el simulacro Caolín se negó a continuar enseñando a Auris —le dijo Aramen—. Al fin y al cabo, tú no hiciste nada malo, pero ella apuñaló a su maestro.

Realizó un movimiento apuñalando a un hombre invisible.

—Sí, pero Eilean tiene razón, la dejé al descubierto.

—Ya... No es muy noble eso. ¿Por qué lo hiciste?

—Caolín parecía malvado de verdad... La tensión era muy fuerte, Eilean casi se ahoga, te lo prometo, pasó unos diez minutos sin respirar y nadie lo venía a ayudar. Se hundía en las rocas. Caolín es un rival espantoso.

—Algo de eso había oído, sí.

—Me hizo acordarme de mi madre cuando... cuando murió. La flecha de Auris volando...

Hubo un silencio espeso.

—Auris tiene un aspecto terrible cuando lucha... a la vez que terriblemente atractiva.

Lo había dicho para romper el momento de tensión y había funcionado. Aramen se echó a reír.

—Está claro que es cuestión de gustos —dijo.

Beril también rio ante el comentario.

—Lo que me sorprende es que a partir de ahora nuestro maestro sea Eilean... Si él no tiene habilidades de lucha, ¿no? ¿Cómo va a enseñarnos?

Aramen lo miró serio.

—No es que no las tenga, pero muy pocos le han visto usarlas.

Es que sois un caso excepcional. En resumen: tú llegas aquí porque Auris mata a tu madre, en una misión en la que muere todo el mundo os salváis solo vosotros...

Luego creáis un vínculo. Quiero decir: una conexión entre vosotros habría sido ya rara, pero…

¿Un vínculo? Casi nunca visto. ¡Y eso que habéis probado a asesinaros mutuamente!

De hecho, la mayoría piensa que no es una buena decisión la de Eilean.

Muchos creen que tú terminarás vengándote por tu madre, o que Auris acabará contigo antes, cuando lo intentes.

Beril se había quedado con la boca abierta. No tenía ni idea de que la gente pensara eso sobre ellos.

—Lo siento… —dijo Aramen con cara de disculpa.

—Gracias por ser sincero conmigo —le dijo.

Aramen se levantó de la hierba del jardín de Beril.

—Hora de ir a dormir. ¡Mañana hay entrenamiento de segundo nivel!

Lo acompañó a la puerta y se despidió de él. Cuando hubo salido se dio media vuelta.

—Quiero que sepas que yo no pienso... todo lo de antes. Yo me fío de ti —dijo—. Ciegamente.

Beril se sorprendió ante la solemnidad de la afirmación de Aramen.

—Gracias —le dijo, asintiendo.

Se quedó apoyado en el quicio de la puerta, pensativo, mirando cómo su amigo descendía por la ladera.

El sol se estaba poniendo, tiñendo todo de dorado.

Miró el árbol de la esquina de la hilera de casas.

De sus ramas pendían naranjas que parecían maduras.

Se acercó despacio hasta allí y recogió unas cuantas acumulándolas en la camiseta doblada.

El olor le llevó a recordar la mermelada de naranja de su madre y sintió una increíble nostalgia.

En poco menos de un año su mundo entero había cambiado drásticamente.

Levantó la mirada hasta la casa de la esquina, y su mirada se escapó al muro contiguo.

A través de la ventana del piso superior se escapaba una cortina de mil colores que volaba ligera con la corriente que atravesaba la cueva aquella tarde.

El muro iluminado por el poco sol que llegaba.

Bajó el pequeño montículo cargado con las naranjas y se acercó a la entrada de la casa de Auris.

Golpeó la madera y pocos momentos después la puerta se abrió.

En el vano, Auris lo miraba con cara de pocos amigos.

—Tu madre dice que eres una buena cocinera... —Ella lo escrutó con ojos interrogantes sin decir nada, tensando el silencio—. Me preguntaba si sabes hacer mermelada de naranja.

Auris lo miró con cara extrañada sin saber bien si entendía lo que estaba diciendo. Suspiró y miró de reojo hacia atrás.

—Beril, no es un buen momento...

—Mi madre la hacía siempre cuando no me sentía muy animado... Yo creo que sería una buena oportunidad para prepararla —dijo, con una sonrisa ladeada sintiendo un ligero calor en sus mejillas.

Por detrás de Auris vio entrar desde el jardín a un chico alto y moreno.

Era Ax, el chico del tercer nivel que había conocido meses atrás, en la fiesta de aniversario de Alasdain, y que hoy había pasado a ser del cuarto nivel.

Ante lo inesperado de la aparición se le cayeron torpemente algunas naranjas al suelo.

—No importa, Auris —dijo Ax, agachándose a recogerlas y posándolas sobre las otras que llevaba—. Lo hablamos en otro momento, ¿vale? Encantado de verte de nuevo, Beril.

Y pasando besó fugazmente a Auris en la boca, sin darle tiempo siquiera a reaccionar.

Auris miraba hacia abajo con las mejillas encendidas. Beril evitó decir nada, pasó junto a ella y depositó las naranjas en la encimera de la cocina.

—¿Has cenado? —preguntó ella suspirando.

—Aún no.

—Podemos hacer la primera cena de nuevo grupo... tú y yo —dijo sarcásticamente, pero lo miró y le sonrió algo tristemente.

Sacó un delantal de un cajón y se lo puso sobre la ropa que llevaba, unos pantalones no muy nuevos y una amplia camiseta demasiado corta. Curiosamente, la ropa holgada la hacía parecer descuidadamente bonita.

—Ven —dijo cogiendo parte de las naranjas y metiéndolas en un recipiente que llenaba con agua fresca.

Las lavaron y cortaron en finas rodajas sin decir nada, ella las cubrió de azúcar y unas gotas de limón. Después las puso al fuego suavemente.

Sacó de la nevera dos cervezas frías y las abrió, ofreciendo una a Beril quien la cogió mirándola dirigirse al jardín.

—No creerías que eres el único que bebe cerveza en el jardín… —dijo sonriéndole.

Salió detrás de ella y vio cómo se tumbaba en el suelo, tal y como solía hacer él con Aramen.

—¿Cómo sabes...?

Señaló el muro del jardín.

—Yo estaba aquí antes que tú, ¿recuerdas? Además, eres un vecino muy poco discreto... Y hablas muy alto. Se te escucha todo aun sin quererlo.

Beril se quedó paralizado pensando en todas las conversaciones privadas que ella habría escuchado provenientes del otro lado del muro.

—Sí. Eres un fastidio —dijo riendo mientras imaginaba el hilo de sus pensamientos por su gesto desconcertado.

—¿Has estado espiándome?

Ella se puso seria de nuevo y le sostuvo la mirada.

—No lo necesito. Puedo notar tu corazón cuando late a más de un kilómetro de distancia.

Me resuena en los oídos desde el día que te dejé parte de mi elemento al herirte con la lanza.

Te noto llegar, noto cuando no estás en casa.

Siento cuando se te acelera el corazón y cuando se te ralentiza, o cuando algo te asusta o te pone nervioso...

como ahora —dijo, y sonrió de nuevo—. A veces ni siquiera consigo dormir si tienes una pesadilla. Así que no, no me hace falta espiarte.

Beril se sintió intimidado ante aquella declaración. Él también había notado que podía sentir el corazón de Auris, sobre todo cuando llamaba a su elemento. Lo notaba palpitar en el interior del pecho de ella.

Ella se levantó y fue hasta el muro.

—No pensaba decírtelo —rio—, pero bueno, creo que llegados a este punto es mejor ser totalmente sinceros.

—También yo lo noto. Tu corazón, quiero decir. Aunque creo que mucho menos... —confesó.

—Me lo imaginaba.

Estuvieron en silencio un momento. Beril se tumbó en la hierba mirando el reflejo de la luna sobre la cúpula.

—La luz de la luna me recuerda a Argentis —dijo sin pensarlo.

—Ya... La dulce Argentis.

La miró extrañado.

—Ella te llamaba así a ti: la dulce Auris.

—¿Sí? —preguntó riendo.

Suspiró.

—Mi pequeña hermana...

Beril vio escaparse una lágrima solitaria y silenciosa de sus ojos cálidos.

—Bajo la luna eres idéntica a ella.

Se miraron en silencio.

—¿Por qué me has mirado así en el simulacro, Beril? ¿Por qué me sigues odiando?

—Yo no… no te he mirado de ningún modo —dijo dándose cuenta de no sonar muy convencido—. Es solo que creo tener sentimientos muy contradictorios respecto a ti. Y todos son muy intensos.

A ella se le escapó una sonrisa que disimuló incorporándose rápidamente y se dirigió con paso ligero a la cocina.

—¡Hora de cenar!

Sacó del horno un salmón cubierto de especias. Mientras tanto, Beril puso la mesa. Cuando se sentaron a cenar, pudo comprobar que la madre de Auris no exageraba en cuanto a las dotes culinarias de su hija.

—Está muy bueno, gracias por invitarme esta noche.

Ella hizo gesto de restarle importancia.

Observó la comida, había preparado demasiado para una persona sola.

—¿Ibas a cenar con Ax? Siento haber interrumpido... lo que sea que he interrumpido.

Auris tragó pesadamente y sacudió la cabeza.

—No era importante —dijo.

Beril esperó a que le dijera algo más, pero Auris no continuó.

—¿Es de tu anterior grupo? —preguntó.

Ella pareció molesta de que la conversación no hubiera acabado con su sentencia.

—Em… Sí. Ax es un amigo de hace mucho tiempo.

—Fue él quien ayudó a Eilean en el simulacro, ¿verdad?

—Sí.

—Es especial para ti. Te fías de él —era más una afirmación que una pregunta.

Auris le sirvió vino blanco en una copa alta y después se sirvió ella misma, alzando la copa en actitud de hacer un brindis.

—Beril, me fio de todos los espíritus elementales —dijo.

Beril acercó su copa a la de ella y el cristal emitió un sonido vibrante en el silencio.

—Antes dijiste que serías sincera —la apremió, con una sonrisa pícara, mirándola a los ojos mientras se llevaba el frío líquido a los labios.

Lo miró un par de segundos, justo antes de darse por vencida. Agachó los hombros al hablar.

—Como te he dicho, hace mucho tiempo que lo conozco, como a Aramen.

—Dejó la copa en la mesa antes de continuar—.

Solo que Ax siempre fue muy… insistente.

Siempre quería estar conmigo. Cuando fuimos creciendo eso se convirtió en un sentimiento algo más fuerte.

Y cuando entramos en el mismo grupo él pensó que...

—Que tendríais una conexión.

—Sí. Solo que entonces no funcionó. Y él pensó que yo lo impedía porque estaba enamorada de Ruten.

—¿Y era verdad? —preguntó Beril.

—Que creía estar enamorada de Ruten, sí. Pero impedir una conexión... no habría conseguido después la conexión con Platio de estar destinada a tener una conexión con Ax, es absurdo. Sabes que no funciona así.

—Ya... ¿Y entonces?

—Entonces nada. Nos alejamos por un tiempo.

—¿Por un tiempo?

—Si... Luego él entendió que no tenía razón y todo volvió a la normalidad, más o menos.

—Y debía cenar contigo hoy porque… —la animó a continuar.

Auris sonrió un poco avergonzada.

—Pasó a ver si estaba bien y me pilló en un mal momento. No quería estar sola, y se ofreció a acompañarme. A veces es reconfortante que alguien te cuide. Alguien con el que no tienes nada que demostrar.

—Te hizo el favor de acompañarte —dijo sin poder evitar una sonrisa divertida.

Ella se fingió ofenderse, pero rio despreocupadamente.

—¿De verdad piensas que tengo un aspecto terrible cuando lucho?

Beril se avergonzó de haberlo dicho, pero lo pensaba de verdad.

—Bueno, es normal que a mí me lo parezca.

—¿Por qué? —se extrañó ella.

—La primera vez que te vi tenías un aspecto sobrenatural, y lo que pasó luego...

—Vaya, pues no hubiera creído darte miedo, ni siquiera aquel día. Si hubieras visto con qué furia me arrinconaste, sin tener siquiera un arma.

—Ya, pero te recuerdo dónde acabó todo eso —dijo Beril.

Sonrió tristemente apartando la mirada.

—Pues perdona, pero tú no tienes un aspecto mucho mejor en tu elemento —dijo ella, cambiando el rumbo de la conversación—. Te brillan los ojos con chispas verdes y tu expresión es de ultratumba —dijo con gesto divertido—. Darías miedo a cualquiera.

—¿A ti? Perdona que me cueste creerlo.

—¡Eso es porque no te has visto! —rio ella.

—No, pero me hice a la idea cuando vi el dibujo que le hiciste a Argentis.

Auris se quedó muda. Para disimular la sorpresa sonrió y se levantó de la mesa en dirección a la cocina de nuevo. Beril fue tras ella para ver la mermelada de naranja que seguía haciendo chop chop desde hacía ya una hora larga. El tiempo pasaba rápidamente en su compañía.

Ella la movió lentamente con una cuchara de madera.

—Tiene buen aspecto —dijo Beril.

—¿La hacía tu madre?

—Teníamos naranjos en el jardín que se llenaban tanto que las ramas se inclinaban, como invitándote a cogerlas. Mi madre las regalaba, y con el resto hacia mermelada, tartas y bizcochos de naranja. Siempre nos traía cosas, pero es que Ferin no era una gran cocinera.

Esto sorprendió a Auris.

—Ah ¿no? Me había hecho a la idea de que...

—No, no era perfecta.

Auris se giró hacia él para mirarlo a los ojos.

—¡Tengo una idea! —dijo.

Pasó por detrás de Beril y sacó un plato de postre y dos cucharas pequeñas.

Abriendo armarios encontró unas galletas que desmenuzó en trozos grandes.

Mezcló en un pequeño recipiente la yema de un huevo, una crema de queso y unas gotas de nata fresca durante unos segundos y lo dejó caer sobre los trozos de galleta.

Sobre esta mezcla colocó una montañita de la mermelada de naranja que seguía cociendo.

—¡Listo! —dijo colocando dos cucharitas en el plato y ofreciéndoselo mientras se acercaba a la mesa—. A veces no es necesario que algo sea perfecto.

Beril la miró sorprendido de nuevo. Se llevó la cuchara a la boca y emitió un gruñido al sentir el contraste frío de la crema dulce y el sabor ligeramente amargo de la mermelada caliente.

—Creo que deberías dedicarte a esto —decía. Ante la mirada venenosa que le lanzó Auris rio y continuó diciendo—: ¡Y tienes un aspecto mucho más humano!

—Pero menos atractiva... —dijo guiñando un ojo y sonriendo.

Beril recordaba perfectamente la conversación con Aramen, y sentía mucho que Auris hubiera escuchado algunas de las conversaciones que había tenido con los demás en su jardín.

Continuó comiendo el postre improvisado de Auris mirando el plato. Ella también robaba de vez en cuando una cucharada.

—Quiero que sepas que lo comprendo —le dijo ella en voz baja al cabo de un rato.

—¿El qué? —dijo levantando la mirada.

—Que no me puedas ver de esa forma. Me parece bien, no tiene por qué haber nada entre nosotros, por mucho que los demás crean una cosa o la otra. Yo tampoco te veo de esa forma.

El corazón le saltó en el pecho. Lo peor era saber que ella se daba perfecta cuenta de ello.

Beril se levantó despacio y acercando a ella la mano derecha la apoyó contra su corazón, que parecía los cascos de un caballo a pleno galope. Entonces se inclinó sobre ella hasta que su boca quedó cerca de su oído.

—A mí no puedes mentirme, Auris.

Su olor fresco y afrutado lo mareaba y su presencia le inundaba los sentidos. La besó en el nacimiento de la mandíbula y se separó de ella.

—Gracias por la cena, estaba todo buenísimo, sobre todo el postre.

Le sonrió sinceramente, pero ella mantuvo los ojos apartados, clavados en algún lugar indefinido, enrojecida y sin saber cómo reaccionar ante lo que acababa de ocurrir.

—Buenas noches, nos vemos mañana.