El despertar del vínculo (Alasdain 1) CAPÍTULO 27. Se dejó caer a tierra, derrotada
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CAPÍTULO 27. Se dejó caer a tierra, derrotada

L o comprendieron enseguida. No tenían que capturar a Eilean sino salvarlo. Y para conseguirlo tendrían que luchar contra Caolín.

El suelo bajo sus pies se ablandaba a cada segundo. Eilean, tumbado sin apenas consciencia, comenzaba a hundirse de nuevo en una roca que cedía bajo su peso.

—¡Beril! —le gritó Auris—. ¡El suelo!

Comenzó a correr en dirección a Caolín seguido de Auris, pero era peor. A cada paso se hundían más y el fango se les pegaba, engulléndolos. Eilean desaparecería bajo tierra antes de que consiguieran golpear a su maestro.

Intentaron retroceder para sacar a Eilean del agujero donde sofocaría de nuevo, pero cada vez les costaba más dar un solo paso.

Beril miró a Caolín. El viejo estaba recubierto de partículas de su elemento oscuro. Parecía esculpido en las rocas entre las que se movía. Las arrugas de su rostro se escondían como pliegues negros, afilados.

—No conseguiréis ni sacarlo a él ni llegar hasta mí... Ni salvaros vosotros —reía complacido—. ¿Qué decisión tomaréis?

Auris lo llamó.

—Creemos un campo quizá funcione de nuevo.

Era difícil concentrarse con la angustia de la roca que lo apretaba y comenzaba a sumergirlos bajo tierra, pero llamó a su elemento con fuerza. El campo les sirvió de barrera y el barro empezó a despegarse de ellos, como barrido por un agua verde y oro.

Esto les dio un respiro, pero no llegarían hasta Eilean, estaba algo alejado para concentrar tal cantidad de partículas a su alrededor con la fuerza necesaria. Y a pesar de no tocarlos, continuaban hundiéndose. Ahora más rápido aún.

Beril agarró a Auris, quien intentaba solo llegar hasta Caolín.

Echó una mirada a su alrededor. No había nada donde poder apoyarse para que Caolín no pudiera hacer que se hundieran... excepto en el agua.

—¡Tenemos que llegar a la orilla!

Auris no le entendió al principio, ocupada como estaba en luchar para intentar liberarse.

Pero Beril no la soltó. En lugar de eso la cargó en brazos sacándola sin dificultad del fango, que escurría de su figura dorada.

La lanzó en dirección a su padre. Auris se deslizó sobre el suelo de mantequilla oscura antes de llegar hasta él, donde empezó a llamarlo mientras lo agitaba y miraba de reojo a Caolín.

Beril extendió sus brazos y se dejó caer hacia atrás, apoyándose sobre sus hombros y con el impulso de la caída consiguió levantar los pies enfangados dando la vuelta sobre sí mismo y se dejó rodar hasta donde estaban los otros dos.

Juntos sacaron a Eilean del agujero donde estaba ensillado, con la barrera con la que lo habían sacado minutos antes.

—¡Al agua! —les indicó en voz baja.

Vio como Caolín lanzaba astillas de roca y las esquivó desviándolas con la lanza de doble punta.

Mientras, Auris había ayudado a Eilean a lanzarse al agua y lo sostenía sobre su cuerpo, asegurándolo con un brazo que le atravesaba el pecho para mantenerlo a flote.

Se arrojó al agua detrás de ellos y comenzaron a nadar en dirección a la playa, donde podrían pensar en empezar la huida.

Caolín continuaba lanzando pequeñas astillas y Beril estaba ocupado mandándolas en todas las direcciones y en manteniéndose a flote mientras Auris nadaba fatigosamente hacia la playa cargada con cuerpo de su padre y visiblemente agotada.

En ese momento notó algo que lo agarraba por los pies.

Caolín reía. Auris lo llamó a sus espaldas. Sus gritos sonaban ahogados por el agua.

Sintió una punzada de miedo al ver cómo Caolín se acercaba. Sus pies parecían endurecer el barro cuando tocaban el suelo.

Entonces se le ocurrió. Le vino a la mente Ruten indicándole cómo crear la superficie del hospital en la isla derruida.

Con una afilada daga verde golpeó lo que le impedía mantenerse a flote, alcanzó la orilla en dos brazadas y clavó la lanza en el barro resbaladizo.

Entonces alrededor de esta la superficie se cubrió de verde y apoyándose en ella Beril se alzó sobre la superficie encarando a su maestro, al que había sorprendido por un momento.

Lucharon cuerpo a cuerpo. Caolín apenas se movía mientras evitaba los golpes y aprovechaba la fuerza de Beril en su propio beneficio.

—Parece que no hayas aprendido nada —le dijo—. Desde que has llegado no has avanzado nada, solo has creado problemas.

Beril jadeaba mientras intentaba golpearlo con la vara, la daga y su propio cuerpo.

—Yo me preguntaría si de verdad estás en el lugar adecuado, no eres más que un fracaso.

Auris había conseguido llegar a la orilla opuesta con Eilean, donde había encontrado a un grupo que la estaba ayudando con el Namak. Miraban con curiosidad hacia la otra orilla donde Beril intentaba defenderse de Caolín.

Beril estaba llegando al límite de sus fuerzas cuando Auris llegó de nuevo hasta él, corriendo sobre la esmeralda reluciente.

Entonces crearon un campo de fuerza único, denso, alejándose de Caolín.

Una lluvia de pequeñas puntas verdes cayó del cielo desde todas direcciones y Caolín consiguió evitarlas o desviarlas sin dificultad.

Pero simultáneamente Auris lanzó una flecha derecha al maestro que le atravesó la piel a la altura del hombro izquierdo.

Caolín dejó traslucir un gesto de sorpresa y dolor una décima de segundo, retrocediendo un par de pasos.

—Así es como asesinó a tu madre, ¿no?

En la mente de Beril apareció la escena que se repetía aún en sus pesadillas: la flecha dorada volando rápidamente hasta el pecho de su madre, que cubría el metal de rojo intenso.

Beril se giró hacia Auris y vio a la terrible mujer cubierta de oro que le devolvía la mirada con gesto duro. La mujer que había intentado detener tantas veces en sus sueños. Con un brillo de entendimiento ella lo miró.

—Beril, no... —le susurró. Y su voz llegó hasta él a través de su vínculo.

Pero en su cabeza escuchó su voz fría “ha sido ella misma la que ha elegido su destino...”. El campo de fuerza había desaparecido. Caolín levantó la vara y golpeó la superficie de esmeralda rompiéndola como la superficie fina de hielo que se forma sobre un lago en invierno.

El barro los cubrió en menos de un segundo. Los engulló y los ahogó violentamente. Todo se volvió oscuro.

* * *

Beril se despertó al otro lado de la línea roja, en el campo delante de los acantilados. Miró a su alrededor. Auris se despertó también en ese momento, incorporándose con un grito y respiración jadeante como quien se despierta de una horrible pesadilla.

Recordó todo lo que había pasado y se llevó las manos a la cabeza. Se encontraban llenos de barro seco, ya inerte.

Auris pareció entender dónde estaba, lo vio a su lado y se levantó sin decir nada.

Delante de ellos los que habían superado la prueba reían contentos, relatando los detalles de los enfrentamientos entre ellos y algunos de los eliminados que ya se habían despertado.

No lejos de ellos vio a Malaquio y Amonina; y a Rod y Opal. Aramen y Olivin se habían despertado, pero miraban cada uno en una dirección sin pronunciar palabra.

Cuando vio a Beril y a Auris despiertos Aramen los saludó alegremente y se acercó a ellos.

—Pero ¿dónde os habíais metido? Os esperamos, ¡pero ahí no aparecía nadie!

Había un ligero tono de reproche en su voz.

—Nos habían puesto una misión extra —respondió Beril.

La señora Flora se acercó a ellos.

—¿Todo bien, muchachos? —les preguntó.

—Sí, gracias. Todo lo bien que se puede estar cuando te han dado una paliza, al menos —respondió Beril, sacudiéndose trozos de barro de encima.

—Ya... Tomad esto, veréis que mejora.

Les ofreció un tónico en un vaso a ambos. Auris se lo tomó rápidamente sin mirarlo siquiera. A Beril le costó algo más, jamás había probado algo que supiera tan amargo.

—Muy bien. ¡Ale! Ahora a prepararse. En breve viene Eilean a comentar cómo habéis estado de lejos de cada una de vuestras misiones.

Auris se volvió hacia ella con ojos cristalinos.

—¿Está bien? —le preguntó con un poco de ansia en la voz.

—Sí, claro. ¿Por qué no iba a estarlo? —dijo Flora sonriendo. Y se alejó para ir a ver a otros de los que comenzaban a volver en sí.

* * *

—En serio —decía Olivin—, ¿dónde estabais?

—Es evidente que se han estado revolcando vergonzosamente por el fango —dijo por detrás de ellos una voz burlona.

Rod vio la mirada amenazante de Auris y rio.

—Obviamente intentando camuflarse para un ataque, claro —terminó, mirándola de arriba abajo.

—Estábamos cumpliendo una misión secreta —dijo, dándose cuenta de que antes de lanzarse al agua se había quedado prácticamente desnuda.

Aparecieron también Uvarovi, Amonina y Malaquio, este último parecía de tan mal humor como Auris.

—¿Una misión secreta de quién? —preguntó—. Supuestamente debíais recibir órdenes únicamente por mi parte.

—Debíamos encontrar a Eilean —terminó Beril.

Se callaron todos al oírlo.

—Eilean nunca entra en los simulacros, es el Namak.

—No debíamos luchar contra él, sino rescatarlo.

Estaban sorprendidos y no sabían qué decir. Al final Opal, que los escuchaba desde el suelo aún, preguntó.

—Y entonces, ¿qué os ha pasado? Porque parecéis salidos de un estercolero.

—Que nos han dado una buena paliza —zanjó Auris mirando a Beril con sonrisa amarga.

En ese momento apareció el Namak de Alasdain y todos se reunieron en torno a él.

Llevaba con él un cartel con las puntuaciones personales del simulacro que colgó en un poste sobre sus cabezas.

El grupo de primer nivel estaba en las últimas posiciones, en el fondo Beril y Auris.

Los maestros, que descansaban al otro lado de la línea se acercaron también situándose detrás de él.

Eilean llevaba una toalla sobre los hombros y el pelo mojado y alborotado, pero a diferencia de Auris y Beril, estaba limpio y relajado como si hubiera salido en ese momento del baño.

—¡Mirad a Caolín! —susurró Aramen—. ¡Está herido!

Caolín llevaba el brazo izquierdo en un cabestrillo, y en el hombro desnudo se veía una venda ensangrentada.

—¡No puede ser! ¿Quién lo habrá herido así? —preguntó Olivin.

El Namak dio un par de palmadas y se hizo el silencio.

—Bueno, teniendo en cuenta el número disminuido de aprendices no ha sido el desastre que pensábamos. Habéis luchado con valentía y con empeño. Os lo agradezco a todos. Espero que continuéis aprendiendo de esta forma. Pasemos al detalle de las misiones.

Fue describiendo las misiones, explicando las que habían fallado y la razón de ello, comentando posibles alternativas y resaltando que podían haber hecho de forma diferente.

Cuando llegó a la misión del grupo de primer nivel los observó un par de segundos y tras un suspiro comenzó a explicarlo.

—Se les había encomendado la misión de encadenar al maestro Helius.

La organización no ha sido mala, pero el resultado desastroso.

El equipo tenía un único planteamiento de la solución y puso la captura en manos de una única conexión, sin tener en cuenta que, en el caso de que estos hubieran tenido cualquier inconveniente, los demás quedaban a la deriva, sin organización y sin indicación.

Y esto ha sido lo que ha sucedido. Al entender la situación estaban ya demasiado cansados y no solo no consiguieron cumplir el objetivo, sino que todos fueron eliminados. Ninguno del grupo consiguió escapar.

Malaquio alzó la mano y Eilean le dio permiso para hablar.

—Quería resaltar que no es la única misión que ha sido encargada a los miembros de mi grupo, y que, desconociendo el capitán del grupo la situación, se ha propiciado la dispersión.

—Eso es cierto —dijo seriamente el Namak—.

Dos de vuestros miembros debían cumplir una misión extraordinaria.

Beril y Auris son protagonistas de un fenómeno que no hemos conocido en nuestros días y del que solo tenemos algunas anotaciones antiguas.

Queríamos someterlos a una prueba añadida.

A un estrés para forzarlos más allá del límite.

Debían recuperar al Namak, inconsciente e incapaz de luchar frente a un maestro poderoso que conociera sus puntos fuertes y sus puntos débiles.

Para esto me presté voluntario para ser recuperado de las manos del maestro Caolín.

El grupo entero se volvió hacia los dos aprendices.

—Debo decir que nos sorprendieron muy hábilmente y sin pensarlo dos veces se mantuvieron unidos, sacrificándose el uno por el otro y sacrificándose por la misión.

Uno de ellos cubrió el camino mientras el otro me entregó a otro grupo dando orden de ponerme a salvo y lejos del peligro, volviendo posteriormente en busca del compañero dejado atrás.

Hubo un murmullo general.

—Apuesto a que Auris entretuvo a Caolín con sus encantos mientras Beril se deshacía de la carga —dijo por lo bajo Rod con sorna. El comentario le costó un buen coscorrón de Auris.

Eilean continuó hablando.

—Fueron creativos a la hora de usar sus elementos y atacaron con fuerza.

—Y ¿por qué somos los que tenemos la valoración más baja? —dijo Beril, señalando su nombre.

Caolín golpeó el suelo con su bastón, mirando con dureza a Beril por interrumpir al Namak.

—No obstante —dijo Eilean ignorando la interrupción—, vuestra puntuación es la más baja porque estabais fuera de vosotros mismos.

No mantuvisteis la calma en ningún momento y os dejasteis influenciar excesivamente por las emociones, sin seguir una estrategia lógica actuasteis sin coherencia, sin prudencia.

En lugar de retroceder hacia la vía de escape continuasteis frente a un adversario que no podíais derrotar solos y lo hicisteis por un sentimiento de prepotencia y orgullo mezclado con algo de venganza, que fue lo que impulsó a Auris a lanzar una flecha directa al corazón del maestro Caolín, lo que está terminantemente prohibido durante los simulacros.

Por fortuna la puntería de Auris no fue la habitual a la que nos tiene acostumbrados.

Hubo un murmullo general en el que se intuía la desaprobación mientras Auris mantenía un gesto obstinado apretando la mandíbula.

—Y, para terminar, Beril se dejó influenciar emotivamente por el adversario, lo que no debe ocurrir nunca, y dejó desprotegida a su compañera, casi reaccionando contra ella...

—Eilean suspiró pesadamente—. De nuevo. Beril, te advierto que si te vuelve a suceder cargarás con toda la ira de un Namak.

Con esto la discusión queda zanjada sobre elevaros de nivel.

—¡No es justo! —gritó Malaquio.

El Namak lo observó un segundo, antes de contestar.

—Malaquio, tu inseguridad no te deja ver la mayor parte de las veces. Tu grupo ha sido elevado de nivel, como ves supera los doscientos puntos.

Auris pegó un salto.

—Noventa puntos... Entonces somos solo nosotros los que no hemos subido... —dijo con un hilo de voz.

Eilean los observó.

—Desde ahora yo seré vuestro nuevo maestro —dijo.

Todos se volvieron a mirar a la pareja creada con el vínculo. Auris se dejó caer a tierra, derrotada.