CAPÍTULO 26. La boca deformada en una sonrisa maliciosa
L os progresos de un día para otro sorprendieron a todos. La fuerza del vínculo era visible y superaba tranquilamente las pruebas que a sus compañeros les resultaban complicadas de pasar.
Al poco tiempo se convocó un nuevo simulacro, en el cual participarían todos los grupos.
Cuando estuvieron todos reunidos se dieron cuenta de la gravedad de la situación. No llegaban a veinte. El sexto nivel había desaparecido por completo. Del quinto quedaban solo dos parejas. Del cuarto y el tercero afortunadamente faltaban solo un par de atacantes y defensores.
Durante ese simulacro los maestros lucharían contra los discípulos, que debían conseguir capturarlos. Los maestros anunciaban cuándo un discípulo estaba expulsado después de dejarlo fuera de juego.
El campo de batalla estaba delimitado por una cinta roja y abarcaba el pequeño bosque de cerezos, la cascada y los acantilados, por lo que el ejercicio adquiría dificultad por sí mismo.
Dieron la misión al grupo de primer grado de capturar al maestro Helius, maestro del cuarto nivel.
En el último minuto Caolín informó a Auris y Beril de una misión adicional que no debían compartir con el resto del grupo. Deberían encontrar al Namak.
Comenzó el simulacro y Beril y Auris avanzaron en la misma dirección dqu su grupo, dirigido por Malaquio.
Beril ignoraba cómo conseguirían mantener en secreto la misión si debían llevarla a cabo. Por la expresión de Auris adivinó que tampoco ella lo sabía. Y tampoco se hacía a la idea de cómo ellos podrían capturar al Namak.
—Beril y Auris, vosotros iréis por detrás de Helius. Quiero que todos los demás estéis delante para entretenerlo y lo confundáis a golpe de vara, sin atacar directamente. Entonces Auris y Beril llegarán por detrás y lo más rápidamente posible lo encadenáis y lo bloqueáis. ¿Todo claro?
—Clarísimo —contestaron todos.
—Yo creo que sería más fácil si nosotros estuviéramos delante, podríamos distraerlo más fácilmente —dijo Auris.
Malaquio la miró desafiante.
—No te estoy consultando la estrategia, te estoy dando una orden, Auris. Ahora estás por debajo de mí.
Todos se quedaron helados de la reacción de Malaquio. Beril quiso intervenir con voz suave.
—Perdona, pero ¿no es demasiada responsabilidad tener que coger nosotros solos a Helius? ¿Y si el vínculo no funcionara? —dijo Beril.
—Hace mucho que controláis el vínculo, pero precisamente por eso no os puedo poner delante. Si falla vuestra conexión estáis fuera en un segundo delante de Helius. En cambio, una cadena la sabéis hacer de cualquier forma, no os será difícil —dijo Malaquio enfadándose por momentos.
—Yo sigo pensando que es demasiada responsabilidad...
—¡Estamos solo perdiendo tiempo, Beril! —intervino Aramen—. Dejad ya de discutir. Cada minuto es esencial.
Los demás asintieron y se comenzaron a alejar.
Beril miró a Auris.
—Si no estamos allí cuando lleguen... —comenzó.
—La pregunta es: ¿cuál de las dos misiones es la más importante?
—El Namak.
Se miraron en silencio con tristeza.
—Si esto fuera real los acabamos de mandar a morir —dijo Beril serio.
—No, si conseguimos estar de vuelta antes de que ellos nos necesiten —respondió Auris apretando los dientes—. ¡Vamos!
Corrieron alejándose en dirección contraria.
Mientras avanzaban entre las rocas bajando por el desfiladero vieron decenas de pequeñas batallas. Procuraron esconderse para no interferir.
Llamaron la atención de uno de los maestros que fue a por ellos sin dudar un segundo. Era un maestro del segundo nivel.
Crearon el vínculo. En un segundo estaban cubiertos de oro y esmeralda.
El campo de fuerza se movía simultáneamente con ellos mismos, pero no era suficientemente resistente ante el hábil elemento del maestro, que usaba una cadena metálica para golpearlos consistentemente, haciéndolos caer, y el campo se desvanecía por momentos o adquiría la predominancia de uno de los dos elementos, perdiendo densidad.
Era difícil mantener el equilibrio de los dos para crear una barrera que funcionara.
Aprovechando esto el maestro lanzó la cadena contra Auris, rodeando su fino cuello.
El gesto de Auris se tensó, los ojos se abrieron desmesuradamente y llevó las manos hacia el objeto que la atrapaba.
El campo de fuerza desapareció por completo.
Quedaron a merced del atacante. Auris había perdido el control.
Ni siquiera lo pensó. Sobre su mano apareció la lanza de doble punta que se había clavado una vez en el pecho de Auris.
Avanzó con seguridad hacia el maestro, quien había creado un campo que lo protegía.
Lo golpeó con todas sus fuerzas y, para sorpresa de ambos, el campo cedió y la vara chocó también contra el cuerpo del maestro.
El elemental acusó el golpe y dejó caer la cadena que saltó en mil pedazos liberando a Auris.
Comenzó a luchar contra él cuerpo a cuerpo, sin preocuparse por su campo de protección.
El maestro emitió un silbido potente y otro de los maestros apareció de repente.
Beril esquivó golpes, saltaba para evitar caer, retrocediendo para llegar hasta Auris que se recomponía después del ataque recibido.
Auris creó una barrera a tiempo para evitar una astilla de mineral que volaba hacia Beril.
A su vez creó una cadena de oro que voló con furia en todas direcciones.
Beril consiguió golpear a uno de ellos que cayó al suelo apenas una décima de segundo, momento que Auris aprovechó para cubrirlo con cadenas de oro.
En ese momento de detrás de las rocas apareció un grupo que saltó delante del otro maestro, distrayéndolo de su presencia.
Beril se dejó caer al borde del precipicio. Estaba exhausto y le temblaba todo el cuerpo. El enfrentamiento le había exigido toda su concentración y había agotado su fuerza física.
—Tienes el corazón a mil, Beril... ¿Te encuentras bien? —le preguntó Auris de pie a su lado.
—Sí... Pensaba que era un simulacro. Le ha faltado un pelo para...
—Me habría soltado al desmayarme y me habría eliminado, no te preocupes. Es así como funciona. Son simulacros, pero aquí nadie se los toma a broma, Beril.
A él le parecía exagerada la forma de llevar el entrenamiento al extremo.
—Si no, no sería realista —explicó Auris.
Se tumbó al lado de Beril y miró hacia el agua.
—¡Oh, no! Beril, ¡mira! —dijo señalando hacia abajo.
En un extremo del lago se encontraba Eilean. El agua de la cascada le caía sobre la cabeza, pegando su pelo contra la cara. Cabeceaba para respirar y escupía agua.
—Está...
—¡Es él! ¡¡Se está ahogando!! —exclamó Auris con voz ligeramente estrangulada.
—Creía que debíamos luchar contra él —meditó Beril.
Auris se quitó la ropa y los zapatos mientras Beril hablaba y miraba hacia abajo. Se percató solamente cuando vio la ropa de ella tirada a sus pies.
—Oh, no… ¡No lo estarás pensando en serio!
Ella se dio media vuelta y miró a su compañero malhumorada.
—No es la primera vez que lo hago —le dijo irónicamente.
Ante la expresión de exasperación de Beril continuó:
—Tienes dos opciones: o vienes conmigo y me ayudas a salvar a mi padre o te quedas aquí mirando cómo lo hago sola. No voy a culparte por ninguna de las dos decisiones. No tienes que protegerme.
Beril miró en dirección al Namak que se agitaba para respirar.
—Auris es solo un simulacro, a tu padre no le sucederá nada. Bajemos por el sendero —dijo poco convencido.
Miró de nuevo a Eilean. En ese momento pareció que perdía el conocimiento.
Nadie corrió en su ayuda.
—No hay tiempo para eso.
Vio como Auris saltaba sobre las puntas de sus pies como había hecho en la barca, poniendo los brazos en cruz, y un segundo después desapareció de su vista.
Beril saltó detrás de ella sin pensarlo dos veces.
Los recibió la superficie fría del agua. Salieron a la superficie y respiraron profundamente.
El trayecto que debían recorrer parecía corto, pero sabían que no lo era, y que estaba lleno de corrientes que deberían superar. Eilean no se movía, tenían que darse prisa.
Se quitó dificultosamente la ropa mojada que le pesaba, perdiéndola en la profundidad del agua.
—Auris, nos turnaremos para no agotarnos. Yo haré el primer turno.
Ella asintió y se apoyó en sus hombros y él nadó lo más rápidamente posible. Al rato cambiaron. La experiencia de la otra vez les hacía saber hasta qué punto eran peligrosas las corrientes.
Por fortuna no tuvieron dificultades esta vez. El agua parecía algo más tranquila.
Llegaron al otro lado y rodearon las afiladas rocas. Auris resbaló y cayó de nuevo al agua.
—¡Estoy bien! —dijo cuando vio que Beril se disponía a lanzarse a por ella.
Volvió a subir. Apoyaba mal su pie derecho, pero no se quejaba.
—¿Te has hecho daño? —le preguntó.
—Estoy bien, pero por esa parte la roca está cubierta de algas resbaladizas, ten cuidado.
Avanzó delante esta vez Beril. Tanteaba la roca con el pie antes de apoyar su peso. Auris ponía el pie donde él apenas lo quitaba para avanzar.
Llegaron hasta la superficie seca.
Auris corrió a socorrer al padre. Se lanzaron al agua de nuevo bajo la cascada. Eilean estaba recubierto de un barro pegajoso hasta casi los hombros. Probaron a retirarlo, pero al hundir los dedos en el material frío este los comenzaba a envolver, creciendo a su alrededor.
—¡Auris! ¡Sal de ahí! —gritó.
Ella no le oía, continuaba excavando desesperada. Beril la agarró por detrás y la arrancó literalmente del fango que comenzaba a comérsela en contra de su voluntad.
—¡Beril! ¡No respira! ¡Déjame! ¡Tengo que sacarlo! —gritaba y se debatía contra su compañero, sin control.
—¡Basta, Auris! No vas a conseguir sacarlo así, aquí hay algo más.
—¡Suéltame! —dijo clavándole dolorosamente las uñas en los brazos mientras intentaba arrastrarla.
La soltó y ella alzó las manos en actitud de conformidad.
Beril las miró en silencio y alzó las suyas despacio. Las puso a un centímetro de las de ella. La miró a los ojos antes de explicarle lo que pensaba.
—Podemos intentar crear una barrera entre el cuerpo de tu padre y el fango...
Auris entrelazó ambas manos con las suyas sonriendo. El agua la había empapado el pelo y los labios se le estaban tiñendo de un azul amoratado a causa del frío. El corazón de Beril se encogió perfectamente consciente de que lucharía siempre por verla sonreír como acababa de hacerlo.
Volvieron bajo la cascada. La fuerza del agua los golpeaba en la cabeza y les impedía respirar.
Teniendo cuidado de no tocar el material del que estaba recubierto Eilean lo rodearon cada uno desde un lado.
El campo de fuerza creció envolviéndolos a los tres. El agua cesó de cegarlos, salpicando todo alrededor de ellos sin tocarlos.
Se miraban a los ojos fijamente, pero con la mente dirigieron las pequeñas partículas doradas y verdes deslizándolas sobre la piel de Eilean, creando una película en movimiento continuo en torno a él.
El barro, sin el contacto del cuerpo de Eilean, empezó a ceder escurriendo y dejando a Eilean libre, quien cayó derrumbado al suelo.
—Aún no —susurró Beril al ver que las partículas de oro comenzaban a desaparecer.
Continuaron en la misma posición hasta que el barro cayó al suelo, inerte.
El polvo de oro y cristal verde lo envolvió por completo. Entonces el campo cesó y el agua cayó de nuevo sobre ellos. Auris se desplomó sobre Eilean, probando a arrastrarlo hacia fuera.
Beril los agarró a ambos y tiró de ellos hasta que cayeron juntos al agua.
Cuando consiguieron llegar a la superficie de rocas secas Auris apretó con fuerza el abdomen de su padre varias veces hasta que Eilean saltó en el propio sitio, tosiendo y escupiendo agua.
—Bien, bien, bien... —oyeron a sus espaldas.
Caolín se alzaba ante ellos, con la boca deformada en una sonrisa maliciosa.