CAPÍTULO 25. Gotas doradas entre los cristales verdes #3
—¡Espero que no hayas cocinado tú! —bromeó. Todos rieron.
—Bien… Yo creo que me voy a casa, estoy agotada —se excusó Auris.
—No, Auris, no puede ser. Hoy no te escapas, la hemos hecho para darte la bienvenida en el grupo, ya que no la haces tú —la regañó Olivin desde el otro lado de la puerta abierta—. Además, he hecho un postre que te va a gustar.
Se asomó finalmente por la puerta y miró a Auris de arriba abajo. Tenía el pelo ondulado alborotado y el vestido totalmente arrugado. El sol había teñido de rojo ligeramente su piel. Auris se giró hacia Aramen visiblemente incómoda ante la mirada inquisitiva de Olivin.
—Pero una cena rápida ¿ok? —contestó dubitativa.
—Sí claro, se ve que estáis cansados... —dijo Olivin mientras pillaba a Beril observando atentamente a Auris.
Durante la cena Aramen y Olivin anunciaron a todos que su unión iba más allá de su conexión.
Beril se alegró infinitamente por sus dos amigos e hizo un brindis para demostrárselo.
Al despedirse de todos Aramen se entretuvo un rato más para hablar con Beril.
Se sentaron como ya era costumbre en el jardín.
Beril cogió dos jarras de cerveza fresca y le pasó una a Aramen, brindando de nuevo con él.
—Por los nuevos comienzos —dijo.
—Siento mucho no haberte dicho nada... antes...
Efectivamente Beril no se lo había esperado, y la noticia lo había dejado descolocado en un primer impacto.
—No te preocupes —dijo.
—No te lo dije porque no estaba seguro de lo que tú sentías por ella... y de lo que ella sentía por ti.
Beril se quedó boquiabierto.
—¡Aramen! ¡Para mí es solo una amiga!
—Lo sé, ella me lo dijo. Que no hay nada romántico entre vosotros.
—¡Aramen! —rio de nuevo, acordándose de las veces que había hecho alusiones al tema. Entonces no había imaginado que tenían el fin de averiguar el carácter de su relación con Olivin.
—Ya... Bueno, perdona. Pero tienes que reconocer que tenéis una unión bastante extraña.
—La verdad es que con ella me siento tremendamente relajado y en confianza. Familiar. Pero te aseguro que no siento nada por ella, nada romántico, quiero decir.
Bebió de nuevo. Después de lo que le había dicho la noche del simulacro pensaba seriamente que Aramen sentía algo por Argentis. Nunca se le pasó por la cabeza que entre Olivin y él hubiera algo más allá de su conexión. Siempre le parecía que se evitaban. Evidentemente había confundido el motivo.
—Bueno, y ahora: ¿qué es lo que hay entre tú y Auris? —preguntó.
Beril se atragantó con el sorbo de cerveza que le pasaba en ese momento por la garganta.
Cuando dejó de toser se encontró con la sonrisa torcida de Aramen.
—¿A qué demonios te refieres? —preguntó con voz poco clara aún.
—Bueno no se le escapa a nadie que pasa algo entre vosotros.
—Entre nosotros está el vínculo, nada más.
—Ya claro, como Olivin y yo.
—No ocurre nada, Aramen. Es solo que tenemos que establecer una unión un poco complicada... y que...
—Y que estáis colados el uno por el otro.
—Yo no... —comenzó.
—Mira, no me digas que no te resulta atractiva porque no me lo creería. Veo cómo la miras.
Beril se sujetó las sienes con los dedos y suspiró.
—Aramen, ella acaba de perder a Ruten... y yo… No creo que sea un buen momento para que yo... No es el momento de pensar en estas cosas, para ninguno de los dos, realmente. Pero aun así…
Aramen no dijo nada. Lo miró a los ojos.
—A pesar de eso es evidente que algo está ocurriendo.
—Aramen, no olvides que ella asesinó a mi madre. Jamás ocurriría lo que sugieres... sea lo que sea que haya entre nosotros. Así que déjalo ya —le advirtió.
Aramen alzó las manos para decir que se mantendría al margen y zanjaron la cuestión.
—Deja solo que te dé un consejo. No pienses tanto lo que debes y no debes hacer, lo que puede o no puede ser. Olvídalo todo. En una tormenta no se puede ir en contra del viento.
Al poco rato Aramen dijo que estaba cansado y salió de casa de Beril.
Cuando se quedó en silencio recogió todo y se dirigió hacia la cama.
Aramen tenía razón. Desde que había visto por primera vez a Auris, sus sentimientos eran más vertiginosos de lo que nunca habían sido, en todas las direcciones posibles.
No tenía claro hasta qué punto llegaba el vínculo con Auris, hasta qué punto podría llegar.
Y se daba cuenta de que luchaba contra ello y no quería permitirlo. La sola idea lo asustaba.
Apoyó la cabeza contra la puerta y en el silencio de la habitación sintió los latidos de un corazón que no era el suyo.
Se acercó a la pared contraria y apoyó las manos contra el muro blanco.
A su alrededor todo se coloreó de pequeños cristales verdes.
Un rumor le llegó desde el otro lado de aquella pared y comenzaron a aparecer gotas doradas entre los cristales verdes.
Sonrió ante el juego que ella le lanzaba.
Le sorprendió que podía llamar a su elemento también en la habitación contigua, y sentir el espacio aún sin verlo.
Poco después cesó todo y Beril apoyó la frente contra el muro al otro lado del cual se encontraba la mujer que había acabado con la vida de su madre.