CAPÍTULO 25. Gotas doradas entre los cristales verdes #2
Se levantó y se acercó a la orilla para observar el panorama.
—No te preocupes por mi padre —escuchó a sus espaldas.
Se volvió para mirarla. Se había sentado en las rocas y lo miraba tranquila.
—No la tomará contigo, no te preocupes porque confunda lo que ocurría esta mañana. Ruten venía a casa a menudo cuando había cena familiar.
—¿Desde cuándo estabais juntos? —preguntó.
—Desde mi primer entrenamiento. No, algo antes... De cualquier forma, desde hace unos tres años.
La miró con tristeza.
—Lo siento.
—Ya.
Hizo un gesto. Miró hacia el horizonte y cogió un pequeño canto blanco.
—¿Cómo era ella?
—¿Quién?
—Ferin.
Beril se detuvo pensativo, recordando la última vez que había estado con ella.
—Era... dulcísima. Todos la adoraban. Incluso al llevarte la contraria parecía la persona más cariñosa del mundo.
—¿No discutíais nunca? —preguntó intrigada.
Beril rio.
—Sí, claro que discutíamos. Pero nunca conseguí enfadarme con ella más de diez minutos.
Ella lo miró pensativa.
—Imagino que era muy guapa… que hacía buena pareja contigo, quiero decir.
Beril fingió que no había oído la última parte de la frase.
—Sí, era preciosa.
—¿Me cuentas cómo era? —preguntó al ver que no proseguía.
Beril rio al notar la curiosidad divertida de Auris y la satisfizo.
—Tenía el pelo largo, pelirrojo y rizado. Su piel era de un tono rojizo muy particular y tenía los ojos oscuros y profundos...
Auris se había sentado y se abrazaba las rodillas escuchándolo como una niña que escucha atentamente las leyendas antiguas.
—¿Cómo os conocisteis? —preguntó.
—De niños. Luego durante muchos años no supe de ella.
—Pero ella volvió a por ti y os casasteis en un precioso palacio donde vivisteis felices durante... —No se atrevió a terminar la frase.
—Sí... más o menos —sonrió, esta vez con una nota de tristeza—. La ceremonia fue al lado del río, lleno de flores silvestres bajo un sauce. Después comimos en el jardín de la casa de mi madre.
Auris se dejó caer suavemente sobre su espalda mirando al cielo mientras extendía los brazos, como queriendo abrazar el infinito.
—Qué romántico. ¡Parece un cuento!
—Mm-mm… Solo que no tiene un final feliz.
Empezaba a ser la hora de la comida y se levantaron.
—Siento mucho lo que pasó aquel día —murmuró de repente, y su voz era apenas un susurro.
Beril la dejó continuar sin interrumpirla.
—No pasa un día que no me arrepienta de haber lanzado aquellas flechas.
—Es mejor que no hablemos de este tema.
Comenzó a caminar hacia el agua para volver a la barca. Ella lo siguió a la carrera.
—Beril —lo agarró del brazo—, ignorarlo no lo hará desaparecer. Y quiero explicártelo. Yo no quería herir a tu madre. Ni siquiera había calculado que ella pudiera...
—Esa es mi pregunta. ¿Por qué se interpuso? ¿Quiso salvarlo? ¿O fue solo una desastrosa coincidencia? ¿Tú sabes algo más?
Lo soltó inmediatamente, cerrándose en banda, y miró hacia el suelo silenciosa con gesto evasivo.
—Eso me parecía —concluyó.
Beril siguió avanzando hacia el agua. Al llegar se dio media vuelta para hablar de nuevo.
—Hazme un favor. Recuérdamelo solo cuando estés dispuesta a contarme toda la verdad.
Nadó hasta la nave, la escaló hasta saltar sobre la cubierta y de ahí a donde había lanzado su ropa, llevando la bolsa de la comida.
Auris lo siguió en silencio. No lo alcanzó hasta haber llegado a un montículo rocoso, en alto sobre la playa donde habían estado tomando el sol.
—Ven, ¡hay un sitio magnífico para comer!
Se vistieron de nuevo. La ropa se les pegaba por estar aún mojados. Llegaron a un arroyo que fluía fresco y transparente entre cantos blancos y redondos, idénticos a los de la playa. Estaba parcialmente cubierto por los árboles y soplaba un viento ligero.
Se sentaron y comieron hablando alegremente de temas más triviales.
—Y ¿a qué te dedicabas ahí fuera?
—Tallaba piedras preciosas.
—¿Te gustaba?
—Sí. Es emocionante ver cómo de entre la tierra va surgiendo algo precioso. Es casi como si hipnotizara, la piedra te va diciendo por dónde seguir. Solo hay que escucharla.
—¡Me parece estar oyendo a Caolín! —dijo con expresión cómica de miedo dibujada en la cara.
Ambos rieron con la broma.
—Cuando no conseguía descubrir mi elemento me daba este tipo de charlas... —le confesó, recordando divertido aquellos momentos que tan lejanos le parecían ahora.
—Pero al final lo descubriste.
—Sí, me puso a practicar cada noche con uno de los del grupo y parecía no servir de nada hasta que...
Ella no dijo nada, pero lo miró seriamente con el sol reflejándose en sus ojos.
—Bueno, hasta que te vi...
El momento se hizo tenso.
—¡Si no supiera que entonces me intentaste matar pensaría que acabas de hacerme una declaración romántica! —rio ella rompiendo la tensión.
Se levantó de golpe no prestando atención a lo que decía.
—¿Qué haces? —preguntó ella.
—Me acabo de acordar de una cosa que quizá...
Se acercó a ella y le dio la mano para tirar de ella y la rodeó con sus brazos, teniendo cada una de sus manos sobre la suya como había hecho Argentis aquella noche para enseñarle lo que se sentía.
—Probemos así... —susurró sobre su oído.
Notó todos los músculos de ella tensándose.
Llamó a su elemento y comenzó a sentir también los latidos del corazón de Auris.
Ella lo imitó, sus latidos se sintonizaron, golpeando cada vez más rápidamente.
En el aire se alzaron los dos elementos.
Se concentraron en que la fuerza con la que iba creciendo fuera más o menos la misma.
Finalmente, ambos elementos se entrelazaron como en una danza de luces y reflejos.
Duró unos pocos segundos antes de apagarse.
La electricidad entre los cuerpos casi les quemaba la piel.
Cuando los elementos se desvanecieron el corazón de ambos latía a mil por hora. Auris giró su cabeza para mirar a Beril. Se separaron muy despacio, como si el aire no quisiera dejarlos alejarse el uno del otro.
Habían conseguido una unión perfecta, armónica y sin pelear.
Pero… a… qué… precio.
Era difícil de explicar lo que se sentía mientras duraba. Una especie de atracción a todos los niveles, lo que hacía difícil prestar atención hacia cualquier cosa más allá del círculo. Ocurrían demasiadas cosas en el interior.
Descansaron sin abrir la boca con los pies descalzos sobre el lecho del río hasta que se secó la ropa y al poco rato emprendieron el camino de vuelta a casa.
Al llegar a Alasdain les sorprendieron sus compañeros de grupo en la puerta de la casa de Beril.
—Hemos aprovechado vuestra escapada para prepararos una cena —anunció Aramen.
Beril sonrió a su amigo.