CAPÍTULO 25. Gotas doradas entre los cristales verdes
L e despertó un rumor. Una figura resaltaba con el resplandor de la noche al lado de la cama.
—Beril... —oyó que lo llamaba con voz ligeramente infantil.
La piel tenía un brillo frío a la luz de la luna.
—Argentis —dijo, no dándose cuenta de que ya no estaba dormido. La figura calló un momento.
—Soy Auris.
Abrió los ojos, sobresaltado.
—¡¡Auris!! ¿Qué...? —comenzó a decir.
Ella se sentó en el borde de la cama.
—Todo me recuerda a ella —dijo con voz triste—. No quería venir porque… todo me recuerda a ella.
No sabía qué decir. Sabía perfectamente de lo que estaba hablando.
—¿Qué es lo que haces tú para seguir viviendo con el recuerdo de las personas que has perdido?
Comprendió lo que decía. No era fácil pensar que no volvería a ver a sus seres queridos.
—También los echo de menos. Eso no cambia.
—No puedo soportarlo... —se le quebró la voz, rompiéndose en mil sollozos.
Estaba como paralizado oyendo a la persona más dura que había conocido nunca deshacerse en lágrimas.
Entonces Auris se deslizó a su lado apoyándose contra él. Acarició su cabeza dorada hasta que dejó de llorar y su respiración se hizo regular. Notaba su corazón agitado latiendo contra el suyo propio.
* * *
Se despertaron con un gran sobresalto uno junto al otro.
—¡Beril! ¡Beril! ¿Estás ahí? —Eilean aporreaba a su puerta agitado.
Se miraron mutuamente, saltando de la cama como empujados por un muelle.
Auris tenía los ojos abiertos como platos. Fue corriendo hasta la ventana y la abrió.
—Auris, ¿qué haces? —le dijo en voz baja intentando impedirle que saltara por la ventana.
—¡Lo he hecho un montón de veces! —dijo.
—No sería mejor…
Auris lo miró a los ojos.
—No quiero que piense lo que no es.
Sin decir nada más saltó al otro lado de la barandilla del balcón y en una décima de segundo había saltado al balcón de al lado. Con un solo movimiento voló de nuevo por encima de la barandilla, entrando en la habitación contigua.
Eilean entró en ese momento sin esperar respuesta y encontró a Beril solo en la habitación, asomado a la ventana.
—Ah... Tú estás aquí —dijo, escrutando a su alrededor—. He entrado a despertar a Auris, pero no estaba en su habitación, ¿sabes…?
—No... no tengo idea de dónde puede estar.
Eilean acercó despacio su cara a la de Beril, mirándolo a los ojos, con Beril cada vez más incómodo sin saber siquiera el por qué.
Auris apareció por detrás de su padre.
—Papá, por favor, ¡tranquilízate! —dijo tranquilamente.
—Bien. Preparaos que salís después de desayunar sin perder un minuto.
Auris bajó las escaleras, enfundada en el cortísimo camisón con el cual había dormido.
A Eilean no se le escapó la mirada de Beril, quien se giró para no afrontarlo. Efectivamente, no sabía todo de lo que podía ser capaz Eilean, pensó recordando de nuevo a la mujer de la prisión al otro lado del laberinto.
* * *
Ya de camino, Beril agarró a Auris del brazo un segundo para frenarla.
—¿Por qué has saltado por la ventana en casa de tus padres?
Auris lo miró divertida.
—¿Qué te pasa? —dijo poniéndose a la defensiva.
—¡Has saltado por la ventana! ¡Te podías haber matado! Además, tu padre se habrá dado perfectamente cuenta de que estabas dentro de la habitación.
—No exageres, fue solo un saltito —rio divertida—. Simplemente no quería que me encontrase ahí. Además, habrá podido leer dentro de ti que no hay… nada raro entre nosotros, no temas. Pero ha merecido la pena solo por ver vuestras caras —dijo con sorna.
—A veces los sentimientos son más complicados de interpretar… —pensó él en voz alta.
Auris miró hacia otro lado al responder con practicidad.
—No, los sentimientos son siempre claros.
Son solo nuestros miedos los que complican todo.
Nuestra cabeza es la que no sabe interpretarlos, quizá.
Pero esa es precisamente una de las habilidades del Namak —le sonrió, mirándolo entonces—.
Él no lee lo que estás pensando, sino lo que estás sintiendo.
Y los sentimientos son sencillos. O eso dice.
Llegaron al otro lado de la gruta y saltaron sobre la arena de la playa, húmeda por la marea alta.
Beril llevaba una bolsa hecha de paja donde la madre de Auris había dispuesto la comida para ese día.
Auris le indicó que la siguiera y llegaron al círculo de troncos caídos. Cerca había una hendidura en la roca donde entraba el agua y dentro, unas embarcaciones de vela de distintos tamaños, algunas suficientemente espaciosas como para transportar a una decena de personas.
—¡Ah! Es aquí donde tenéis los barcos —dijo Beril.
—Sí. Ven, pasa por aquí.
Lo llevó detrás del velero más lejano y vio que a su lado estaba el pequeño barco de vela donde Platio y Auris los habían seguido a la isla aquel día.
Era una pequeña nave con el casco pintado de blanco. La parte superior con una ancha línea azul marino. El mástil era de unos cuatro metros de altura.
Ella saltó a bordo y comenzó a enganchar y desenganchar cabos.
—¿Vienes? —le insistió, viendo que no estaba por la labor.
—¿Por qué no damos un paseo por tierra firme? —dijo.
—Me gustaría enseñarte una cosa...
Muy a su pesar entró en el pequeño barco de vela sin saber cómo moverse. Nunca salía en una nave si podía evitarlo. Pero no quiso dejarle ver a Auris uno de sus mayores miedos.
Metió las manos en los bolsillos y la observó mientras ella se movía azarosamente por la cubierta.
Después de pocos minutos ella se dio cuenta y lo miró con intención. Él sacó las manos de los bolsillos haciendo un gesto de disculpa y le sonrió.
—Si quieres que te ayude dime qué debo hacer.
—¿No has navegado nunca? —preguntó con extrañeza.
—De donde vengo no es costumbre atravesar medio continente para ir al mar —dijo, fingiendo despreocupación.
Ella lo observó divertida.
—Pues será algo que antes o después tendrás que aprender aquí… —comentó mientras enrollaba una cuerda en torno a un listón—. Es necesario para poder moverse por el mundo.
Ella se acercó a él y le explicó cómo, para izar la vela, debían tirar del velero hasta fuera de la gruta.
Beril tiró del barco desde las rocas hasta conseguir que se deslizara por el agua hacia el exterior.
Mientras, Auris desataba y ataba cabos sobre la cubierta.
Una vez fuera Auris ancló la nave y esperó.
El velero con la vela aún replegada se movió lentamente hasta situarse a favor del viento, entonces Auris aseguró algunos cabos a un palo horizontal e indicó a Beril que tirara del cabo y lo anudó rápidamente con manos expertas.
Tras esto se dirigió a la proa para izar una vela más pequeña, tensando también esta.
Las velas ondearon incontroladamente por un par de segundos ante la mirada de Auris y con un movimiento suyo se comenzaron a hinchar suavemente con el viento de la mañana.
Ya en movimiento le indicó cómo se llamaban las partes del barco y lo ayudó mientras guiaba la barca bordeando la costa.
—Lo más importante: ¿ves aquel palo? —le dijo, indicando la parte inferior de la vela.
Beril asintió observando el palo horizontal que estaba inmóvil—.
Es la botavara. Ten cuidado con él siempre, pero más ahora cuando veas que la barca cambia de dirección.
Deberás pasar por debajo y situarte en el otro lateral del barco, ¿has entendido?
—Creo que sabré hacerlo —dijo con sorna ante la nota de preocupación de Auris.
Se la veía disfrutar sobre la cubierta.
Con un movimiento improvisadamente brusco la pequeña embarcación cambió de rumbo inclinándose peligrosamente y Beril temió perder el equilibrio.
Al ocuparse en recuperarlo la botavara se abalanzó a gran velocidad contra él.
Auris empujó la cabeza de Beril hacia abajo y agarrándolo de la mano lo ayudó a llegar al otro lado.
Beril se aferró al otro extremo de la embarcación con cara de terror mientras esta se inclinaba y Auris rio brevemente.
Cuando la miró con la intención de decirle que no volviera a hacer eso la descubrió con el rostro vuelto hacia mar abierto con una expresión que no le había visto jamás; entre nostalgia, tristeza y admiración.
Siguió su mirada y se quedó sin aliento.
El horizonte parecía infinito y el sol se reflejaba en la superficie azul profundo del mar, arrancándole mil destellos dorados.
Ya en mar abierto las olas golpeaban tranquilamente el casco de la nave haciéndolo balancearse suavemente.
A mediodía llegaron frente a una bahía. El agua de un turquesa transparente bañaba una playa de guijarros blanquísimos.
Auris condujo la pequeña embarcación hasta un puerto natural, dejándola anclada cerca de las rocas en un pequeño entrante protegido de la corriente.
Se alzó y se pasó el vestido blanco a través de la cabeza. Debajo del vestido llevaba un traje de baño blanco que relucía como si estuviera recubierto de escamas brillantes.
Hizo una pelota con el vestido lanzándolo después sobre lo alto de una roca.
Y saltando sobre las puntas de los pies se lanzó al agua de cabeza.
Cuando sacó la cabeza a la superficie lo llamó mediante gestos.
Entendió que para llegar a la playa tenían que ir a nado.
—No me he traído el traje de baño.
—Siento no habértelo sugerido... Pero no tiene mucha importancia.
Se quitó los pantalones y la camisa, malhumorado, y se quedó en ropa interior. Arrojó su ropa junto a la de Auris y se dejó caer a la superficie de agua. Casi se le detuvo el corazón al contacto.
—¡Auris! ¡Está helada! —le espetó al emerger a la superficie.
Ella rio y comenzó a nadar tranquilamente hacia la playa.
Se tumbó entre las rocas al sol.
—Es un día perfecto —dijo.
—El agua está un poco fría, pero sí —respondió Beril sacudiendo la cabeza.
—No te quejes, ¡el agua fría es buenísima para activar la sangre! —dijo alegremente con los ojos entrecerrados por el sol y la sal.
Se tumbó cerca de ella para secarse. La piedra blanca estaba templada pero no quemaba aún.
En el cielo pequeñas nubes transparentes cubrían de cuando en cuando de los rayos solares.
Se incorporó sobre el codo. Auris parecía haberse dormido.
Su piel dorada respondía con brillos cálidos a la luz del sol.