El despertar del vínculo (Alasdain 1) CAPÍTULO 24. Cuidado con el príncipe de ojos verdes #2
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CAPÍTULO 24. Cuidado con el príncipe de ojos verdes #2

El guardia se dirigió a la carrera al lugar de donde le parecía que provenía el ruido.

Con el paso momentáneamente libre salieron disparados de su escondite y atravesaron la puerta de rejas.

Entraron de nuevo en el laberinto huyendo de los guardias derrapando a toda velocidad y sin advertir por dónde pasaban.

Al considerarse bastante lejos se detuvieron a recobrar el aliento.

—¿Qué narices te ha pasado? —preguntó Beril apenas tuvo suficiente aire en los pulmones.

—¡Nos estaba llevando a donde a ella le convenía! —exclamó, enfadada—. ¡Esa mujer está loca, Beril, y tú estabas cayendo en su trampa!

—No me importa. Gracias a tu impaciencia no lo podremos saber. Ni podremos saber la razón de que esté ahí.

—Beril, mi padre no hace prisioneros sino a aquellos que pueden dañar a los demás.

—Eso es lo que tú piensas. Eres su hija.

Auris se detuvo a pensar.

—Y ¿qué es lo que piensas tú, Beril?

—No lo sé. Pero tengo la sensación de que esa mujer sabe algo sobre mí que yo desconozco.

Oyeron pasos agitados que se detuvieron en la lejanía y comenzaron a avanzar hacia ellos.

—Es Eilean —dijo Auris—. Viene directo hacia aquí…

Entonces, sin avisar, Auris le agarró por los hombros y lo golpeó en los tobillos haciéndolo caer a tierra.

Llamó a su elemento y apuntó la lanza contra Beril, quien había rodado instintivamente quedando fuera de su alcance y llamando a su elemento se alzó con una daga de punta larguísima en la mano.

Ella lo golpeó en el pecho dibujando una espiral de oro en el aire.

Improvisadamente se dejó caer al suelo tirando del brazo de Beril, quien la apuntó involuntariamente con el peligroso filo.

En ese momento apareció Eilean a su lado en el pasillo del laberinto.

—¡Beril! ¡Auris! ¿Qué estáis...?

En cuanto su padre vio la escena que ella misma había construido, Auris apartó la daga verde de un manotazo sin una nota de temor.

—¡Papá!

—Os… estaba buscando.

Eilean parecía ligeramente preocupado a la vez que confundido.

—Papá, ¡gracias al cielo! Intenté evitar que entrara, pero como ves, tuve que seguirle. Y nos hemos perdido.

—¿Estabais discutiendo de nuevo? —preguntó el Namak observando a Beril acalorado y con la daga aún en la mano.

Los dos lo miraron sintiéndose culpables. Después se miraron mutuamente sin saber qué decir.

Eilean se frotó la frente como si quisiera borrar un pensamiento.

—Venid conmigo, os acompaño a casa.

Hicieron en silencio el camino y entraron en la casa blanca.

Auris se despidió de ellos con un “buenas noches” y besó a su padre en la mejilla.

Eilean siguió avanzando por el pasillo. Cuando la puerta de Auris se cerró Eilean comentó:

—La muerte de Argentis la ha vuelto más vulnerable. Me preocupa.

Abrió la puerta contigua y le indicó que pasara. La habitación de Argentis era bastante espaciosa, amueblada de blanco y madera natural, esencial como era siempre el estilo de Argentis. La cama era grande con cuatro grandes postes que llegaban al techo.

—El balcón da a la cascada del acantilado, igual que la habitación de Auris y la nuestra —decía Eilean, quien lo acompañó fingiendo que no desconfiaba de la versión que Beril le había dado de la escena del jardín.

Se acercó al balcón. Vio a la luz tenue de la cúpula el borde del precipicio por donde había caído aquella vez y comprendió mejor lo sucedido.

Recordó cómo la que él había confundido con Argentis había aparecido de la nada en mitad de la noche y cómo Eilean había llegado antes que nadie en ayuda de Auris y suya.

Se giró y le agradeció la cena y la hospitalidad.

—Bien, ahora debo dejarte aquí, hay algo que debo resolver. Auris está en la habitación de aquí al lado... Si necesitas algo durante la noche, no dudes en despertarla para pedírselo, aunque a veces parezca algo huraña, en realidad estará encantada de poder ayudarte.

—Gracias —dijo disimulando inútilmente una sonrisa al imaginar una escena en la que despertaba a Auris durante la noche, solo por el fugaz placer de molestarla—. Estoy seguro de que estaría encantada.

Efectivamente, a veces sabía ser bastante huraña.

No conseguía dormir. La presencia de Argentis parecía sobrevolar el ambiente. Era tarde y no dejaba de dar vueltas en la cama. Se levantó y ojeó a su alrededor, iluminado solamente por el reflejo pálido de la luz de la luna de aquella noche.

En la pared un dibujo hecho con ceras de colores llamó su atención.

Era un dibujo precioso que representaba unos rasgos muy parecidos a los suyos, algo caricaturizados.

El artista había representado con exageración unos ojos enormes de un verde extrañamente encendido y una expresión bastante inquietante, dura.

Rio de su propia caricatura. Mirándola a la luz vio que en la parte de atrás había algo escrito. Lo giró y leyó: “ Para Argentis: ten cuidado con el príncipe de los ojos verdes . Auris .”

Si creía no poder sorprenderse más, se había equivocado. Había visto los murales de casa de Auris, pero ahora entendía que era ella la que pintaba de esa manera. Era un dibujo con una increíble combinación de colores.

No sabría decir por qué robó aquel dibujo y lo guardó en su bolsa, pero fue exactamente lo que hizo.

Sobre la mesilla de noche vio un libro de fábulas infantiles con las hojas desgastadas y se metió de nuevo en la cama ojeándolo.

Se quedó dormido con el libro entre las manos y tuvo un sueño agitado en el que una cabra devoraba a los miembros de una familia que subía a una alacena uno por uno, cantando una extraña canción.