El despertar del vínculo (Alasdain 1) CAPÍTULO 24. Cuidado con el príncipe de ojos verdes
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CAPÍTULO 24. Cuidado con el príncipe de ojos verdes

C omenzaron a recorrerlo. Beril controlaba cada entrante esperando encontrar la verja que conducía al sendero al lado del riachuelo. Pero, efectivamente, el laberinto parecía haber movido sus paredes espinosas y no reconoció el camino.

Cuando llevaban un buen rato recorriendo los pasadizos Auris suspiró.

—Bien, ya nos hemos perdido —dijo ella—. ¿Contento?

—Debe haber algún tipo de indicación. Si no, ¿cómo podrían atravesarlo cada día? Si cambia todas las semanas...

Auris lo miró con suspicacia.

—¿Y quién se supone que tendría que recorrerlo cada día? —preguntó.

Beril se dio cuenta de que había pensado en voz alta.

Le sonrió.

—Siempre hay un truco para salir de los laberintos, ¿no? —dijo esquivando su pregunta.

—No tendría por qué. Una vez era un sistema defensivo que rodeaba toda la casa del Namak. Ahora queda solo esta parte, pero conserva su esencia, como ves.

Beril sonrió a Auris.

—Si es así entonces sí que tiene que haber algún truco; porque la gente tenía que poder entrar y salir a diario...

Auris dudó.

—En efecto... —dijo.

—Veamos... —Observó Beril con cuidado a su alrededor. Los arbustos de espino eran totalmente tupidos—. Si los pudiéramos atravesar...

Se escuchó un ruido no lejos de donde ellos estaban.

Auris lo miró paralizada abriendo mucho los ojos.

—¿Qué ocurre? —preguntó preocupado.

—Cuando éramos pequeñas mi padre nos contaba que tantas personas malvadas habían quedado atrapadas dentro del laberinto durante siglos... que uno podría encontrárselos si se perdía.

Beril rio.

—Es curioso que una mujer como tú tenga miedo de un cuento como ese.

—No, ya no lo tengo. Sé que es absurdo. Pero una vez Argentis se perdió dentro del laberinto y dice que vio a un hombre con una gran lanza. Claro que Argentis era muy imaginativa.

Sintió un enfado incomprensible hacia Eilean. Estaba claro que había inspirado un miedo irracional a sus hijas para no tener que contarles una verdad que prefería evitar.

—Auris, ¿no se te ha ocurrido pensar que quizá tu padre oculta algo al otro lado de este laberinto?

Ella se quedó de piedra.

—¿Qué has dicho?

—Que quizá hay una razón por la cual tu padre no quería que entrarais aquí, solo que no es la que os contó.

Auris lo miraba perpleja, en silencio.

—Al otro lado del laberinto hay una verja que conduce a un pasadizo entre las rocas. Dentro de aquellas rocas tu padre esconde una prisión.

Una mirada de sorpresa se reflejó en el rostro de Auris.

—Probablemente Argentis aquel día vio a uno de los guardias atravesar el laberinto, no a un fantasma maléfico.

—¿Y tú eso cómo lo habrías llegado a saber?

—La noche del aniversario salí a pasear y vine aquí. Me perdí y terminé por casualidad en el pasadizo. La verja estaba abierta al entrar, no sé por qué. El caso es que descubrí una abertura en las rocas. Una mujer me llamó la atención, cantó una canción que...

Auris lo miró iracunda.

—Por casualidad encontraste a una mujer que llamó tu atención...

en el laberinto. El día del aniversario, ¿no?

Habías bebido el cóctel en la fiesta, ¿verdad?

Cada año los de último nivel le añaden… ciertas hierbas como broma de despedida para los inocentes de primer año que tienen efectos… particulares.

—¿Que hacen qué? —balbuceó antes de recomponerse—. No, de todas formas, no había bebido, Auris. Al menos no demasiado —dudó.

—¿Y estabas tú solo? ¿Aquí? La noche del aniversario nadie viene a tomar solo el aire aquí. La gente viene a perderse, a propósito.

Recordó las acarameladas parejas que se había encontrado aquella noche mientras paseaba por el laberinto.

—Sé lo que parece, pero yo no estaba...

Auris volvió a entrecerrar los ojos.

—No me interesa, Beril. Yo también he estado en el laberinto la noche del aniversario... —dijo, alargando la mano hacia el seto, para robar una espina—. Años atrás hubo alguien especial conmigo aquí... —Su mirada se había vuelto nostálgica—. Yo descubrí aquí mi elemento.

Beril apartó la mirada, incómodo sin saber por qué.

—Él… decía… que en cualquier laberinto si uno avanza siempre con la mano derecha pegada a la pared llega siempre a la salida y si pega la izquierda llegará a la entrada.

—Ruten y tú… —comenzó a decir.

—No, no era Ruten —sonrió casi imperceptiblemente, con la mirada fija en la espina que encontraba la yema de su dedo índice sin atravesarlo.

Soltó la pequeña rama y comenzó a caminar a paso veloz. Beril la siguió rápidamente. Llegaron en poco tiempo al punto desde donde habían entrado al laberinto, de modo que entraron de nuevo recorriendo el muro de espinas del lado contrario.

El resultado fue el que había dicho Auris. Estaba en lo cierto.

Se encontraron frente a la verja metálica. Solo que esta vez estaba cerrada.

Beril comenzó a escalarla como la última vez. Se encaramó a la roca y se aseguró de no deslizarse esta vez.

—¡Salta! —dijo, ofreciéndole una mano a Auris.

Ella lo hizo y se subió a la verja en el punto exacto donde estaba Beril.

Beril sintió el olor a lila mezclado con otro aroma dulce en la piel de Auris. La sostuvo de la cintura para que no cayera y la hizo resbalar por su brazo delicadamente en el suelo, al otro lado. Después saltó él mismo, intentando no hacer demasiado ruido.

—Gracias —le dijo.

—Ven, continuemos por aquí.

Sin zapatos resultaba más cómodo y sencillo. Entró en la corriente de agua, avanzando entre las sombras.

Auris lo siguió sin hacer ruido.

Giraron un recodo y oyeron unas voces. Era la entrada de la gruta, donde dos guardias hablaban en voz baja de cosas sin importancia.

Auris lo agarró del brazo, al volverse hacia ella la encontró perpleja al descubrir que lo que Beril le había dicho era cierto.

—¡Están de verdad aquí! —susurró, más para sí misma que para Beril.

Beril le indicó que guardara silencio.

—No sabemos qué habilidad tienen.

Auris los miró desde el escondite en la roca.

—No parece que sean elementales. Son guardias pagados.

Beril la miró sopesando sus palabras. Siguieron caminando con extremada lentitud y cuidado. Un poco más allá se abría la roca. Beril señaló la abertura a Auris.

—Es aquí donde... —susurró con apenas un hilo de voz suave.

Pero antes de que pudiera explicar nada a Auris, se oyó un susurro. Era la voz de una mujer que provenía de la oscuridad.

Auris dio literalmente un salto en el sitio donde estaba, cayendo sobre el sendero, ahogando un grito.

Beril también se había sobresaltado, pero no le había pillado tan de sorpresa.

—Has vuelto... —decía.

Beril ayudó a levantarse a Auris, y se ocultó de nuevo en la sombra, apoyado en la roca.

—¿Quién eres? —preguntó Beril—. Y, ¿cómo sabes que soy yo de nuevo?

La mujer rio. Provenía del interior de la celda, la voz retumbaba y se distorsionaba dándole una tonalidad espectral.

—No soy una principiante como la chiquilla elemental que tienes al lado.

Auris se dirigió a ella con voz dura.

—Te ha hecho una pregunta. ¿Quién eres? ¿Por qué estás aquí?

—Ah… Auris. He oído hablar de ti. En cierta medida te temía... —la voz se interrumpió con una sutil risa—. Ahora veo que no tenía por qué. Tú no eres como tu padre.

Se miraron mutuamente.

—¿Cómo sabes quiénes somos?

—Te lo he dicho: he oído hablar de ti.

—¿Por qué estás en prisión? ¿Qué has hecho? —interrogó entonces.

—Esa es una pregunta que deberías hacer a tu padre. Pero te puedo anticipar que mi principal culpa es solo existir —dijo lastimera—. Mi persona es incómoda para quien llamáis Namak.

Auris rio nerviosamente y sacudió la cabeza.

—Está fuera de sí —dijo Auris—. No tiene sentido lo que dice. Eilean no encerraría a nadie sin culpa.

La mujer rio.

—Pareces muy segura para todos, ¿verdad? Pero por dentro las dudas te devoran. Eres débil, Auris... Quieres creer lo que te cuentan. Quieres entender. Pero haces solo lo que te ordenan.

—¿Quién eres? —la voz de Beril sonó autoritaria esta vez—. Si no nos lo dices, nos iremos sin mediar más palabra.

Hubo un silencio en el que la mujer de la celda pareció reflexionar.

—Yo soy Ferrab, y tendría el mismo derecho que Eilean de ser Namak de Alasdain.

Guardaron silencio al oír pasos en el sendero. Esperaron a que pasara uno de los guardias haciendo la ronda.

—¿Y de qué me conoces a mí? —preguntó Beril.

De nuevo silencio, excepto por una ligera risa del interior de la roca.

—Yo no te he nombrado, ¿qué te hace decir que te conozco?

Ella repitió el estribillo que había cantado el día de la fiesta.

—Era arriesgado, pero valía la pena... Solo que se enamoró…

—¿Estás hablando de Ferin? ¿Qué sabes de ella?

—¡Vieja loca, estás mintiendo! ¿Dónde has escuchado esas historias? —Auris perdió los nervios al ver que Beril empezaba a seguir su juego sin que ella pudiera evitarlo, desesperado por saber—. No estás respondiendo a ninguna de nuestras preguntas.

Saltó agarrándose a la hendidura de la roca y miró hacia dentro.

Entonces de dentro de la celda se oyó un grito de dolor fingido. Beril agarró a Auris del vestido tirando de ella con fuerza hacia abajo.

Se oyeron las voces de los guardias llamándose entre ellos y escucharon ruidos de armas y pasos a la carrera.

Auris cayó sobre él, que la rodeó y la empujó contra la roca en el pequeño entrante bajo el murmullo del agua que caía, donde se había ocultado ya la vez anterior. Se estrechó contra ella ajustándose a la pared rocosa. Posó un dedo en sus labios para obligarla a permanecer en silencio.

Los guardias pasaron nerviosos y con prisas, recorriendo el sendero.

Cuando hubo pasado el peligro comenzaron a avanzar entre las malezas, intentando no hacer ruido.

Llegaron a la verja. Estaba abierta, pero un guardia la custodiaba con ojos atentos. Otro guardia le habló.

—Han ido ya a su despacho a avisarlo, está llegando. Él conseguirá averiguar lo que ha sucedido.

Auris y Beril se miraron asustados. Eilean estaba por llegar y seguramente podría advertir que ellos estaban ahí, escondidos. Tenían que salir de ahí.

Esperaron a que el guardia proveniente de la casa desapareciera por el otro extremo del sendero. Auris creó pequeñas piedras doradas y las lanzó hacia las rocas.