CAPÍTULO 23. Sobre todo de noche, con o sin luna
B eril salió de casa y vio a Auris vestida de blanco, apoyada en el último árbol de la esquina de la hilera de casas, justo delante de su casa.
La escena le recordó vívidamente el momento en el que Argentis lo esperaba, exactamente en el mismo sitio, bajo el árbol, la noche de la fiesta del aniversario de Alasdain.
Desde ese punto se veía gran parte del valle que formaba aquel fantástico refugio subterráneo.
En esta época estaba todo verde y florido.
Dedujo que el sol debía estar ocultándose por la luz tenue que llegaba desde la cúpula, teñida de dorados, rojos y rosas que se reflejaban sobre los muros de piedra de la fila de casas blancas y sobre Auris, con todos los colores del sol en su piel, cubierta por el vestido de lino natural que le llegaba hasta los tobillos, recogido con un cinturón dorado.
La tela ligera volaba tras la corriente.
No dijo nada, solo sonrió para animarla a emprender el camino.
—Veo que has cogido un par de cosas.
—Si debo dormir allí...
—Ah, claro.
—¿Tú no llevas nada? —preguntó.
—Em... no... Es la casa de mis padres ¿recuerdas? A veces aún me quedo a dormir allí.
—Es cierto, claro —dijo, sintiéndose muy torpe.
Caminaron en silencio. Ella no iba tan rápido como siempre, cosa que agradeció.
—¿Hay algo que me debas advertir? —dijo con tono despreocupadamente cómico para romper el hielo.
Ella alzó las cejas y le sonrió.
—Solo espero que no te cuenten batallitas pesadas.
Beril rio sin disimulo.
—Creo que a mí no me importaría escucharlas.
También ella rio.
—Siento mucho todo —dijo de repente.
—¿El qué? —preguntó sorprendido.
—Haberte encastrado esta noche y todo. Ha sido culpa mía.
—Ah... No te preocupes.
—¿Era verdad?
—¿El qué?
—Eso de que echas de menos los momentos familiares, lo que has dicho antes en el despacho de Eilean.
Beril suspiró.
—Mi padre ya no estaba desde que yo era muy pequeño y no recuerdo una gran reunión familiar hasta... —calló de repente.
—¿Hasta...? —lo apremió Auris.
La última vez que había hablado de Ferin había sido aquella noche con Argentis, y cuando lo había hecho ella se había alejado.
—Hasta que apareció Ferin.
Miró a Auris de reojo. Ella pareció aminorar el paso un segundo, pero apenas notó el cambio de expresión en su rostro.
—Debo confesarte que he oído hablar ya de ella —lo miró con una sonrisa.
—¿A Argentis?
—A ti… —le contestó.
—¿A mí?
—Mi jardín está pegado al tuyo, y no hablas en voz baja.
Beril resopló suavemente pensando en todas las conversaciones que ella habría escuchado.
—Aquel día cometiste un gran error —dijo ella, recogiendo una pequeña piedra blanca que pasó entre los dedos, observándola.
Beril no dijo nada, simplemente la miró y esperó a que continuara.
—El día que... —gesticulaba exageradamente por la dificultad de hablar sobre el tema—. El día que murió, la engañaste.
Beril paró en seco para mirarla.
—¿Cómo? —preguntó algo ofendido, pero sin entender a qué se refería.
—Tú no la correspondías. Quiero decir... no estabas enamorado de ella. Pero lo que le dijiste ese día influenció su decisión. Incluida la decisión de morir para protegerte.
No podía creer que tuviera que discutir con ella sobre lo que sentía por Argentis.
—Nunca la habría engañado sobre algo así. Y tampoco dije que estaba enamorado de ella.
Auris lo miró con veneno.
—Una vez dijiste que jamás estarías con otra mujer que no fuera Ferin.
Beril se sorprendió de la línea que seguían sus pensamientos.
—Es cierto que lo dije... y había tomado la decisión de que así fuera.
Se abatió de repente, pensativa.
—De cualquier forma, no sabemos lo que podría haber ocurrido de no haber hecho lo que hiciste. El caso es que dijiste eso... decidiste —dijo—. Todo lo que decidimos, equivocado o no que se revele después, nos enseña algo sobre quiénes somos... —murmuró con expresión triste.
Prosiguieron su camino en silencio hasta llegar a la casa de Eilean.
Cuando entraron Beril vio cómo Auris abrazaba a sus padres, afectuosa por primera vez.
Eilean la acogió mirando por encima de su hombro a Beril con expresión interrogante. Beril miró hacia otro lado. Descubrió una serie de retratos a lo largo del hall de entrada.
—Son los Namak que ha habido en Alasdain. Aquel es Aurol, el primero, el hijo de Namak —le explicó Eilean.
Los antecesores de Eilean no se parecían en nada a él. La mayoría tenían un aspecto terrible, imponente, que contrastaba con la gentileza de la mirada de Eilean, perfectamente recogida en su retrato.
—Pasemos al comedor —sugirió.
La madre de Auris había cocinado un pastel de verduras y una gelatina de pescado que encantó a Beril.
—Está todo buenísimo —elogió.
—¡Gracias, Beril! —dijo con una sonrisa radiante—. Imagino que te recuerda a la cocina de Argentis y de Auris. Mis dos hijas han aprendido conmigo y son muy buenas cocineras, ¿verdad? —La mirada se le entristeció apenas un momento.
Hubo una pausa que Beril decidió romper.
—Argentis cocinaba excelentemente bien —dijo alegremente—, pero sobre Auris aún no puedo decir nada.
Auris le lanzó chispas con la mirada que hicieron reír a todos.
—Perdón, he probado su café —dijo levantando las manos en gesto de disculpa.
—¡Auris! —la amonestó su madre riendo de nuevo.
—Mamá...
La conversación cambió de sentido abruptamente.
—Estoy pensando —reflexionó Eilean en voz alta—. Quizá sería buena idea si...
Todos lo miraron con expresión seria. Cuando Eilean usaba ese tono estaba por dar una orden imprevista, basada generalmente en una intuición y que comportaba un experimento.
—Querría que mañana os tomarais el día libre y salierais a pasar el día fuera de Alasdain; que os conocierais un poco, relajadamente…
Auris dejó los cubiertos en el plato.
—Papá, mañana tenemos entrenamiento —dijo contrariada.
—Os lo saltaréis —dijo—. Me encargaré yo mismo de decírselo a Caolín.
Hubo un silencio.
—Pero, papá, necesitamos el entrenamiento.
—No. No en este caso. Necesitáis conoceros. Conectar.
—¿Saltar el entrenamiento para hacer qué? —decía Auris indignada, cada vez más inclinada sobre la mesa, parecía a punto de saltar sobre su padre.
No podía negar que a él también le preocupaba esa pérdida de tiempo. Pero tampoco podía evitar sentir curiosidad por ver a dónde le llevaría conocer mejor a Auris.
—Creo que a Beril le parece buena idea —dijo el Namak buscando apoyo al otro lado de la mesa.
Auris se giró hacia él con ojos de tigre.
Beril dejó los cubiertos en el plato y se aclaró la voz, tomándose su tiempo para buscar palabras para explicarse.
—Creo que se puede probar... —Evitó la mirada asesina de Auris— Y ver a dónde nos conduce.
—Bien, me alegro de que concuerdes conmigo, porque es una orden.
Se zanjó la cuestión con el final de la cena.
Después de un rato en el que hablaron sobre diferentes cosas, la madre de Auris se retiró a descansar.
—Yo también debo abandonaros —dijo Eilean—, tengo que cerrar ciertas cuestiones hoy. Auris, creo que podrías mostrar a Beril los jardines y alrededores de la casa.
Beril se abstuvo de decir que los había conocido ya. Era una buena ocasión para acercarse de nuevo a donde había oído a la mujer en la celda de roca. Hasta entonces no había podido volver sobre la cuestión, que lo intrigaba enormemente.
—Buena idea —dijo Beril—, hace un tiempo estupendo para un paseo por el jardín...
Eilean y Auris lo miraron en silencio. El primero con los ojos empequeñecidos y la segunda con resignación.
—Veo que hoy me toca hacer de niñera...
Salieron de la casa por el ventanal acristalado de la sala por donde Beril había salido la noche del aniversario.
Auris le indicó la escalera lateral de la esplanada frente a la casa.
—Por aquí.
La luz de luna atravesaba la cúpula e iluminaba el jardín. En el exterior debía poder verse de alguna forma el resplandor de la luna llena atravesando la cúpula, pensó Beril.
Caminaron entre los setos de frente a la casa rodeando el estanque rectangular.
—Espero que no te haya resultado demasiado aburrida la cena.
—No, qué va. Tu madre es muy acogedora. Haría sentirse en su casa a cualquiera. Gracias.
Beril se dirigió hacia el laberinto de setos.
—Por ahí está el laberinto de espinos.
—¿Un laberinto? —dijo fingiendo voz entusiasmada.
—Sí, pero no creo que sea buena idea entrar esta noche —dijo ella dudando.
—Será divertido.
Ella apretó los labios.
—Venga, no está oscuro. Hay luna llena...
Auris levantó las cejas.
Beril le leyó el pensamiento y comprendió a qué creía ella que se refería.
—Es solo un paseo. Me parece interesante, no querrás hacerme creer que te da miedo no encontrar la salida... —dijo intentando parecer despreocupado.
—Beril, este laberinto es el orgullo del jardín del Namak. Los jardineros se ocupan de cambiarlo todas las semanas desde tiempos inmemoriales. Es más que posible perderse ahí dentro, sobre todo de noche, con o sin luna.
—Bien —dijo entrando con una sonrisa invitante—. Probemos entonces. A mí no me preocupa en absoluto perderme ahí dentro; si tú estás conmigo no tengo nada que temer —dijo con sorna.
Ella lo miró exasperada y sin decir nada lo siguió.