El despertar del vínculo (Alasdain 1) CAPÍTULO 22. Mil sentimientos cambiantes #2
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CAPÍTULO 22. Mil sentimientos cambiantes #2

—Ya sé que no querías hacerme daño, yo tampoco pretendía molestarte, en realidad.

La afirmación sorprendió a Beril.

—¿Ah no?

—No. Tuve que provocarte un montón para que perdieras el control de tu campo y… que me dejaras entrar.

Beril se quedó boquiabierto.

—Y ¿por qué no me lo dijiste?

—Ah, lo siento. Es que quería ver si sucedía de nuevo. Hay mucha gente que cree que ha formado un vínculo, pero en realidad lo intentan provocar. Y no se complementa bien, así que suele terminar mal. ¿Vas hacia casa?

—Eh... sí.

—¿Te importa si caminamos mientras hablamos?

Comenzaron a recorrer a paso ligero la pradera.

—¿Esto significa que te entrenarás con nosotros a partir de ahora? ¿Conmigo? Creía que…

Ella lo miró. Suspiró pesadamente.

—Lo sé... —Paró en seco—. Sé que no soy quien habrías elegido. Y para colmo no solo una conexión sino un vínculo, una unión conmigo única, irrompible, casi… —dejó escapar el aire despacio— íntima... Lo siento de veras. Yo tampoco lo deseaba.

—Me alegro de que pienses así. Igual aún estamos a tiempo de evitarlo.

Auris se detuvo de nuevo para mirarlo con los ojos empequeñecidos.

—No... No lo has entendido. No podríamos hacer nada. Y de cualquier forma yo no elegiría ninguna otra opción —dijo.

—Pero...

—No. Definitivamente no lo has entendido.

Yo no te habría elegido como conexión, pero, aunque quisiera, tampoco puedo ignorarlo.

Por lo que sabemos, un vínculo puede llegar a tener un poder increíble.

Tenemos en las manos la posibilidad de hacer algo bueno por los demás, extraordinario.

Y no renunciaré a eso. Y tú tampoco lo harías. ¿Me equivoco?

Se volvió y comenzó a caminar más deprisa aún. Beril se quedó parado en el punto en el que lo había dejado.

—¡¡Venga!! —lo llamó un poco más adelante.

* * *

Los días que siguieron se convirtieron en semanas. A menudo no conseguían crear el vínculo. Caolín debió avisar a Eilean, que los convocó a una pequeña reunión en su casa.

Era la primera vez que entraba en la casa de Eilean, al menos en la parte donde el Namak vivía, donde habían crecido Argentis y Auris.

Era una casa discreta pero bonita junto a la gran sala donde había tenido lugar la fiesta de Alasdain.

De un color blanco brillante fuera, pero al entrar los colores cálidos cubrían todas las superficies armónicamente.

La madre de Auris los hizo pasar a una sala y les ofreció café y pastas.

—Mamá, no hace falta que nos ofrezcas nada, no estamos aquí para una visita familiar —dijo malhumorada Auris.

Beril las miró a ambas. Eran parecidas de aspecto, pero muy diferentes de carácter. La madre de Auris parecía sumamente gentil, amable y servicial. Auris era autoritaria, muchas veces sarcástica e irónica. Dura.

—Yo se lo agradecería mucho —dijo Beril para agradar a la señora.

Al mirar la expresión ceñuda de Auris mientras lo escuchaba, se dio cuenta de que la molestaba verle tratar con su madre. Se preguntó por qué.

La madre de Auris le sirvió el café en una delicada taza dorada. Le ofreció pequeños bocaditos y galletas hechas en casa de los cuales Beril comió en abundancia a propósito, sacando de sus casillas a Auris.

Finalmente llegó Eilean.

—¡Buenas tardes! —dijo entrando de bastante buen humor—. Perdonadme el retraso, vengo justo ahora de presenciar cómo unos cuantos principiantes descubrían su elemento por primera vez en Alasdain... Es siempre emocionante, y más aún en este momento en el que tanto lo necesitamos.

Entraron en su despacho y se sentó en su escritorio. Hizo gesto de que se acercaran a tomar asiento frente a él.

—Bien, veamos....

Movió papeles y abrió distintos libros consultando algo que no podían ver, murmurando de vez en cuando palabras sueltas de lo que leía.

Finalmente levantó la mirada hacia los dos jóvenes, que esperaban lo que les tenía que decir.

—A ver... por dónde comienzo. No me han llegado buenos informes acerca de la forma en la que estáis entrenando —dijo seriamente.

—Quizá si los dos colaborásemos en la misma línea... —soltó Auris.

—Auris, me repites constantemente que tu nivel es superior. ¡Pero yo ya hago lo que puedo!

—No, ¡¡no lo haces!!

—Bueno, no cuando intentas soltarme descargas directas al corazón.

—¿Descargas en el corazón? —preguntó Eilean alarmado hacia Auris.

—¡Uno de estos días vas a terminar conmigo de verdad!

—Es que si no lo hago parece que te diera igual. ¡No te esfuerzas!

Eilean alzó las manos.

—Es suficiente.

Se pasó las manos alisándose la frente ancha.

—Veréis... Como sabéis, la unión que tenéis es especial. En este momento en el que necesitamos más fuerza que nunca es de vital importancia que sea algo mínimamente sólido con lo que podamos contar.

—¡Lo sé! Por eso… —dijo Auris interrumpiendo a su padre, pero al mirarlo a la cara comprendió por su expresión que no debería haberlo hecho, y su frase se fue apagando.

—Vuestro vínculo se basa en una unión especial entre vosotros. ¡No en peleas continuas! —dijo golpeando la mesa con la palma de la mano.

Auris bajó la mirada.

—Si basamos la solidez de un vínculo así en una emotividad —continuó más tranquilamente—, y en una emotividad negativa, además, estamos destinados a que cuando eso os supere, el vínculo acabará de la peor forma.

—Perdone si lo interrumpo, señor...

—¿Sí, Beril?

—Me parecía haber entendido —dijo, mirando furtivamente a Auris un segundo—, que el vínculo era indestructible.

—Me refiero a que acabará con vosotros. En mitad de una batalla no podéis comenzar a pelearos...

Auris parecía reflexionar.

—¿El vínculo se prolonga cuando lucháis contra otros? —preguntó Eilean.

Se miraron mutuamente.

—No —confesó Auris.

Eilean se apoyó en el respaldo de su butaca. Estaba todo dicho.

—Desde hoy mismo quiero que cambiéis vuestra actitud al respecto el uno del otro. No quiero oír que discutís o lucháis entre vosotros.

—Eso será imposible —dijo para sí Beril.

Eilean cerró sonoramente los libros y amontonó los papeles que se apelotonaban por doquier sobre su mesa sin prestarles más atención.

Cuando se levantaron oyeron la voz de Eilean a sus espaldas.

—Auris, tu madre y yo querríamos que cenaras hoy con nosotros.

Beril se giró para mirar a Auris y la descubrió con una expresión de mortificación.

—Papá, lo siento —decía volviéndose hacia su padre—, pero no puedo. Esta noche ceno con Beril. Para mejorar el vínculo, ya sabes... —dijo exagerando el tono responsable de la frase.

No era verdad, no habían hablado de nada por el estilo, de hecho, nunca habían comido juntos, pero asintió para cubrirla en la flagrante mentira, comprendiendo que ella intentaba evitar la reunión familiar con una silla vacía a su lado.

—Ah, perfecto. A tu madre le encantará tenerlo con nosotros. Y será fantástico para conoceros más a fondo.

Hubo un par de segundos de silencio incómodo.

—Gracias... —dijo él.

—Papá, no creo que sea adecuado aburrirlo con una pesada cena familiar. Estoy segura de que se le ocurren mejores formas de pasar la velada. Me quedaré yo sola, ¿de acuerdo? —dijo atropelladamente sin dejarle espacio a que pudiera decir que sí.

La mirada de advertencia que ella le dirigió lo tentó.

—Estaré encantado de quedarme a cenar —respondió el aludido con el inicio de una sonrisa divertida mirando a Auris.

—No, no quieres —dijo ella volviéndose hacia él indignada, lo que hizo reír a Beril, que fingió un leve ataque de tos.

—Sí, sí que quiero. De hecho, echo en falta los momentos familiares desde que estoy aquí.

Eilean sonreía captando la batalla entre ellos, sabiendo que llevaba las de ganar.

—Me alegro, porque prepararé la antigua habitación de Argentis para Beril, así nos podemos alargar en la cena todo lo que queramos.

Los dos jóvenes lo miraron de hito en hito, sin palabras por lo que acababa de decir. Se arrepintió al momento de haber aceptado.

No le gustaba la idea de dormir en la habitación de Argentis, seguramente le produciría una extraña impresión. Al fin y al cabo, sentía aún algo por ella, aunque ya no estuviera, y el sentirla cerca no le haría alejarse de esto. Pero no se atrevió a negarse tampoco.

—Bien, la cena es a las 8. No lleguéis tarde, ya sabes que a tu madre no le gusta cenar tarde.

—Sí, papá —dijo Auris. De su tono de voz había desaparecido cualquier atisbo de sorna.

Volvieron a la explanada de entrenamiento más silenciosos de lo normal.

Aquella tarde no se atacaron entre ellos durante el entrenamiento, aunque tampoco consiguieron crear el vínculo.