CAPÍTULO 22. Mil sentimientos cambiantes
S e despertó con unos golpes en su ventana. Se levantó y se acercó para abrir las contraventanas. Cuando lo hizo encontró a Auris sujeta al exterior del balcón de hierro, pendiendo hacia fuera de espaldas a la casa. Cuando abrió se volvió inmediatamente hacia él.
—Tienes el sueño profundo, ¿eh? —le dijo.
—¿Qué haces aquí? —preguntó con una voz brusca.
Ella saltó la barandilla en un solo movimiento y pasó por el hueco que quedaba entre él y la puerta del balcón. Empujándolo ligeramente.
—Buenos días. Paso un momento, gracias. —Se autoinvitó sarcásticamente.
Él dio media vuelta para repetir su pregunta, entonces ella fue hacia el baúl sin mirarlo.
—Hoy se entrena, Beril. No podemos perder más tiempo, ya vamos con retraso.
No sabía si se refería al nivel o a la lección. Sacaba ropa sin mirarla siquiera y se la lanzaba a Beril.
—Venga, vístete.
Se irguió y lo miró de frente. Luego se giró sobre sus talones y dijo.
—Te espero abajo… Pero no tardes.
Y diciendo esto bajó las escaleras con dos grandes saltos, apoyando solo las puntas de los pies ligeramente en un par de escalones.
Se vistió rápidamente, cuando bajó ella tenía una taza de café y una pasta en la mano.
—¿Has venido a desayunar? —dijo algo molesto por la intromisión y por las órdenes que ella le daba.
—No. Es... para ti. Me he tomado la libertad de prepararte el desayuno mientras te vestías.
Se sintió avergonzado. La miró con gesto de disculpa y aceptó la taza que le ofrecía. Cuando se dispuso a sentarse bebiendo el primer sorbo de café amargo ella lo agarró inesperadamente por el brazo.
—No, no, prohibido sentarse. Te estoy diciendo que llegamos tarde. Vamos, ¿es que no oyes que suena la señal?
—¿La señal? ¿Qué señal?
Ella lo miró como si estuviera bromeando.
Mientras caminaban y bajaban la pendiente no cruzaron una sola palabra. Beril de tanto en tanto bebía un sorbo de café o comía la pasta. Ahora conocía el camino y estaba acostumbrado a recorrerlo.
Cuando llegaron al campo de entrenamiento vieron a una gran alboroto.
Allí se había acumulado una pequeña multitud de elementales, esperando que ellos llegaran. Beril se sintió tímido de repente.
Miró al maestro Caolín que sonreía tranquilamente. Cualquiera diría que no notaba la diferencia con un día normal.
—Bien —dijo con calma—, hoy contamos a Beril de nuevo entre nosotros, y sumamos a una nueva presencia, aunque ya la conocemos todos. Quiero advertiros de que Auris tiene mucho talento y no os lo pondrá fácil.
La aludida miró a su alrededor fingiendo no oír lo que Caolín decía. O con la indiferencia de la costumbre.
—Auris, te puedo asegurar que aun estando en un primer nivel no notarás mucho la diferencia con el tercer nivel, y yo tampoco te lo voy a poner sencillo.
Auris lo miró seriamente y asintió.
—Bien, ahora que ya hemos dejado las cosas claras dejadme ver esta conexión que habéis constituido vosotros dos.
No es nada del otro mundo una unión entre dos niveles diferentes...
No es común, pero lo hemos visto ya antes y no entiendo por qué los que lo han visto dicen que es algo fuera de lo normal.
Beril lo miró sorprendido y luego miró interrogativamente a Auris, que no le devolvió la mirada, aunque estaba casi seguro de que la había advertido.
Auris se hizo un paso adelante y se giró esperando a Beril, que se sentía torpe delante de todo aquel público.
Hasta donde recordaba ayer habían luchado, sus elementos se habían encontrado, habían chocado, pero no había habido un defensor y un atacante, así que no entendía a qué conexión se refería Caolín.
Ella era atacante de tercer nivel, pero Beril era atacante también, y no veía como podía ser él quien la protegiera, precisamente a ella.
Se concentró y llamó a su elemento. A su alrededor oyó un murmullo.
Sin previo aviso recibió una fuerte descarga en el pecho a lo que siguió un ataque de Auris que lo derribó instantáneamente.
Golpeó el suelo con la espalda mientras Auris se mantenía erguida ante él, con el pie encima de su pecho.
Ella no había necesitado siquiera llamar a su elemento para tumbarlo.
Evidentemente estaba intentando afirmar su superioridad.
Escuchó cómo la gente reía a su alrededor. Auris tenía una imperceptible sonrisa prepotente pintada en la cara y una ceja ligeramente alzada en victoria.
—Auris, ¡¡basta!! —dijo Caolín con voz potente.
Auris encajó la reprimenda quitando la sonrisa de su boca y ofreciéndole una mano para alzarse. Beril la aceptó apretándola intencionadamente fuerte. No demostró ningún atisbo de dolor.
Auris creó un torbellino en torno a ella y una espada, tal y como había hecho la noche anterior. El oro no tardó en adherírsele al cuerpo. Se dio cuenta de que estaba imitando los gestos del último encuentro para intentar repetir lo que había ocurrido.
Beril creó también el campo de fuerza y se enzarzaron de nuevo en una pelea, pero no sucedía nada. Auris era muy ágil, volaba y saltaba a cada movimiento que él hacía para golpearla. Incluso se volteaba sobre él si intentaba acercarse a ella.
Ella lo atacó de nuevo por sorpresa con la astilla de oro dentro de él.
Cayó al suelo de nuevo, oyó murmullos y exclamaciones al disolverse la materia a su alrededor por un segundo.
Se repuso enseguida, pero Auris estaba ya sobre él y lo lanzó por los aires con su propio campo de protección, para golpearlo de nuevo al llegar al suelo.
Caolín se interpuso.
—Basta por el momento.
Miró a Beril con atención. Se había mordido ligeramente el labio y escupía una bocanada de sangre.
Auris miraba el suelo de la parte contraria, con evidente hastío.
—Perdona, Beril, no he querido hacerte daño… Tendré más cuidado la próxima vez… —dijo ella sin atisbo de arrepentimiento.
Algunos al margen rieron de nuevo. A Beril le subió la sangre a la cabeza y se levantó de golpe, encarándose con Auris frente a frente, aún teñidos los labios de sangre.
—Te olvidas de que casi he conseguido acabar contigo ya una vez, la siguiente igual no me ablando tan pronto —dijo.
Auris lo miraba retadora. Hizo aparecer de nuevo un larguísimo sable. Él la imitó.
—¿Es eso lo que deseas? ¿Matarme? Porque no has sido capaz en las tres ocasiones en las que me has tenido delante de ti...
La agarró por la mandíbula con fuerza, sosteniendo la espada al lado de su cuerpo.
—Te lo advierto, no me provoques... —dijo entre los dientes apretados.
Auris creó un campo de protección en torno a ambos.
Alrededor había aparecido una burbuja de color oro y esmeralda que muchos desde fuera intentaban atravesar para ir en ayuda de Auris.
Entonces Beril la vio, boqueando sin aire, agarrando con fuerza la mano que la estaba dejando sin respiración.
La soltó de inmediato y ella cayó al suelo de rodillas.
El campo desapareció y varios jóvenes se le echaron encima, derribándolo al lado de Auris.
Caolín los llamó al orden y apartó personalmente a todos los que bloqueaban a Beril. Una vez en pie todos, se hizo el silencio.
—Interesante...
Beril observaba a Auris. No conseguía comprender por qué le hacía perder el control tan fácilmente. Le provocaba mil sentimientos cambiantes a cada segundo.
—Lo siento —susurró respirando ahora profundamente para calmarse.
Ella lo miró un segundo como si para ella no tuvieran importancia sus excusas. Luego volvió de nuevo la mirada a Caolín que ahuyentaba a los curiosos.
—Veo que Eilean tenía razón. Lo que puede ser que se esté creando entre vosotros no es solo una conexión. Se llama vínculo. ¿Alguien sabe lo que es?
Nadie tomó la palabra.
—Auris, ¿sabes lo que es un vínculo? —preguntó directamente a la joven teñida de oro a su lado.
Auris asintió y Caolín le hizo un gesto para que lo explicara en voz alta.
—Una conexión se compone de un miembro que protege y otro que ataca, de forma que cada uno concentra su fuerza y habilidad en una de las dos cosas, a través de un entendimiento mutuo.
El vínculo en cambio, por lo que se sabe, es una forma en la que los dos elementos se compenetran perfectamente, se unifican y al crearse un campo de protección doble resulta mucho más resistente…
Y a la vez ambos pueden centrar la atención en el ataque, sin necesidad de un protector, pero estando protegidos. Es... la unión perfecta.
—¿Y por qué no se crea siempre? —preguntó Beril como si fuera un razonamiento obvio.
Caolín lo miró detenidamente.
—Por mucho que se busque no es algo que se haya dado muchas veces.
—Ha habido solo dos casos conocidos en la historia —dijo Auris tragando saliva.
—Y ¿por qué solo dos? —preguntó Aramen.
—Porque implica una comprensión total entre dos personas... —susurró Caolín, y al decir esto pareció más viejo que nunca—. Me parece que tendremos mucho que aprender aún sobre esto... Sobre vosotros dos.
Beril rio con fuerza.
—¿Comprensión total? ¡Pero eso es absurdo! Ella y yo ni siquiera nos conocemos, y no estamos de acuerdo en nada… Ella… —empezó a decir, pero se detuvo.
Nadie más reía. Y tampoco Auris parecía encontrarlo divertido.
—Verás, Beril —dijo Caolín—, se trata de una comprensión más profunda, podríamos decir arquetípica, ancestral, primordial entre la esencia de vuestro ser.
Y a eso se le suma lo que habéis llegado a ser hasta hoy, cada uno con su propia experiencia.
Por eso es… prácticamente imposible que exista una persona que encaje de esta forma con otra.
Beril la miró de lado con escepticismo, pero no contradijo al viejo.
Al acabar los entrenamientos Beril se acercó a Auris, que hablaba con Aramen. Los dos callaron cuando llegó donde estaban y se hizo un silencio embarazoso.
—Auris... querría hablar un momento contigo.
—Sí, claro —dijo, y sonrió a Aramen con algo parecido a la tristeza—. Hasta luego.
Cuando se hubo alejado empezó a hablar, pero le costó comenzar.
—Quería pedirte perdón por haber perdido el control hoy, no quería amenazarte, y quería que supieras que no busco hacerte daño. A pesar de tus continuas provocaciones.