CAPÍTULO 21. Me golpeó el corazón, de nuevo
E ntró decidido en la única habitación de la vivienda. Chocó con un aire sofocante.
La ventana de la habitación también estaba entreabierta y a través de ella penetraba un dulce aroma a lilas e higuera. A pesar del calor, la chimenea estaba encendida.
Se volvió con gran embarazo hacia la cama. Aramen y Flora le pisaban los talones.
La miró. La calma de la habitación encajaba a la perfección con su expresión tranquila, ausente. Cubierta tan solo por una ligera sábana blanca descansaba inmóvil excepto por la rítmica agitación de la respiración que alzaba su pecho con movimientos lentos.
Se alegró de que no le hubieran permitido entrar solo en la habitación. No sabía cómo explicarse su odio profundo e irracional por una criatura tan delicada. Parecía completamente indefensa y vulnerable. Era realmente bonita.
Tragó saliva y salió de su estupor inicial. Se obligó a acercarse a la cama. La observó de cerca. No sabía bien la intención de Eilean. No entendía qué pretendía al hacerlo venir aquí.
Que Auris era una mujer fascinante, potentísima, fortísima, era una cosa más que evidente. Pero eso no cambiaba el que fuera la asesina de su madre, quien le había apuñalado en una ocasión y a quien él había apuñalado, convirtiéndolo a él mismo casi en un asesino.
Sus ojos se deslizaron por la piel bronceada de su cuello y de sus brazos desnudos. Cerca del hombro izquierdo, en su pecho, casi cubierta por la sabana, la cicatriz que él mismo le había causado.
Acercó la mano y deslizó ligeramente la sábana unos pocos centímetros para dejar al descubierto la piel que cambiaba de color debido a la herida. Oyó a sus espaldas agitarse a Aramen, dispuesto a irrumpir considerando la distancia de Beril demasiado arriesgada.
La señora Flora se acercó al otro extremo de la cama.
Sobre la piel pálida de la cicatriz de Auris, vio pequeñísimos cristales que brillaban. Reconoció su elemento al instante.
—Señora Flora, aquel día… ¿Cómo supo que tenía que dejar un pedazo de la astilla en el corazón de Auris para salvarla?
Flora se volvió hacia Aramen antes de responder a Beril.
—Porque tú llevabas la misma herida en el pecho cuando llegaste.
Auris te trajo aquí, contra toda regla de Alasdain, para salvarte la vida.
No quiso abandonarte a los cuidados de nadie.
Participó en la cura y se dio cuenta de que moviendo la flecha la hemorragia se hacía más intensa así que tuvo la intuición de dejar una gota de oro dentro de ti para frenar la sangre.
Se descubrió la cicatriz de su pecho y vio casi imperceptiblemente un brillo dorado en su piel que no había notado antes.
Aramen pasó la mirada horrorizada de la cicatriz de Auris a la de Beril. Tenían prácticamente la misma forma, en el mismo lugar.
Miró de nuevo los rasgos finos de Auris, tan parecidos a los de Argentis.
Comprendió entonces a Eilean. Había muchas cosas que lo unían a Auris, por suerte y por desgracia. Fuera cual fuera la respuesta, tenía que descubrir si era verdad. Si se iba, si lo negaba, podía arrepentirse toda la vida de no haber tenido el valor suficiente de intentarlo siquiera.
Su respiración se volvió fuerte. Acercó de nuevo la mano a la cicatriz de Auris. Esta vez tocó su piel, increíblemente fría.
—Está helada —dijo con preocupación mirando a la señora Flora.
Flora asintió, observando con una expresión impotente a Auris.
—La intento mantener a la máxima temperatura posible, pero está siempre muy fría. Su corazón late demasiado débilmente.
Beril la volvió a mirar. Acarició su mandíbula con la yema del pulgar. Pasó la mano izquierda por debajo de su nuca e inclinó su cabeza. Acercó la otra mano a la herida y sintió cómo su elemento palpitaba en el interior del cuerpo de ella, débilmente.
En torno a ellos todo se coloreó de verde brillante.
Los pequeñísimos cristales de esmeralda volaban a su alrededor.
Escuchó a Aramen que le advertía al otro lado de la corriente.
La señora Flora se agarraba el pecho, asustada, apoyándose en la pared de la habitación.
Auris en el centro de la bóveda creada por Beril descansaba sin advertir nada de lo que sucedía.
Beril se concentró en los latidos de Auris. Le pareció increíble tener el corazón de ella tan abandonado en sus manos. Entendió entonces la alusión que ella le había enviado a través de Aramen y sonrió. Entonces no lo había comprendido.
Hizo vibrar a través de la piel la esquirla de esmeralda que cubría el corazón de ella. Un gesto apareció en el rostro hasta ahora inmóvil de ella. Lo hizo de nuevo, suavemente. Aramen había comenzado a intentar traspasar sin mucho éxito la corriente que había creado Beril.
Agitó nuevamente el corazón de Auris, esta vez con más fuerza, más decididamente. El pecho de ella se alzó.
Auris abrió los grandes ojos dorados de par en par, con algo de dolor en la mirada. Una ráfaga de oro pareció salir de dentro de ella. En ese momento la nube verde se desvaneció, Beril se alejó de ella con las manos en alto y Aramen se abalanzó sobre él, aplastándolo contra la pared.
—¡Me habías dicho que no le harías daño! —le gritaba muy cerca de su cara, con los ojos enfurecidos y aterrorizados.
—¡Aramen! —La voz proveniente de la cama sonó con autoridad y algo de enfado—. ¡Suéltalo!
Aramen, sorprendido, dejó inmediatamente a Beril, que cayó al suelo contra el muro.
—Beril —dijo ella, confusa de verlo allí. De estar ella misma despierta.
—Yo... solo quería ayudar —dijo, sintiéndose estúpido por necesitar excusarse.
Auris acababa de despertar y ya parecía darse cuenta de lo absurdo de las pretensiones de Eilean. En cualquier caso, ella era muy superior a él en cuanto a adiestramiento y experiencia. Y en cuanto a carácter y fuerza, como poco. Él no llegaría jamás a estar a su altura.
Ella miró en torno a sí hasta dar con la señora Flora, que se cubría la boca con ambas manos y tenía los ojos desorbitados como si acabara de ver un fantasma.
—Ok... ¿Alguien me puede explicar qué está ocurriendo aquí? —preguntó la elemental, pasando la mirada de uno a otro.
Aramen miró a Beril como si lo viera por primera vez.
—Alguien tiene que ir a avisar a Eilean —dijo.
—Ya voy —dijo Beril levantándose del suelo.
—No, no, no... Voy yo —dijo, pasando a su lado como una exhalación.
Salió de la habitación y lo oyeron salir de la casa a la carrera tropezando con varios muebles.
Cuando la señora Flora consiguió calmarse comenzó a hacer una exploración a Auris, explicándole con voz temblorosa lo que había visto. Auris echaba furtivos vistazos a Beril de vez en cuando.
—Creo que voy abajo a esperar a tu pa... a Eilean —titubeó.
—No, quédate aquí. —Se miraron y Beril sintió que le ardían las mejillas.
Se sentía totalmente fuera de lugar en la habitación de Auris, totalmente indefensa y cubierta tan solo por una sábana.
Habría dado cualquier cosa por evitar presenciar la escena.
Mientras Auris se vestía él prestó atención a un viejo objeto lleno de hilos dorados de donde pendían grandes escamas de plata.
Al tocarlo, las escamas chocaron entre sí, creando un gran alboroto que Beril no conseguía detener.
—Maldición —murmuró, intentando pararlo inútilmente.
—Cuanto más lo tocas, más suena —dijo Auris a sus espaldas, inesperadamente cerca de él—. Es un regalo de Argentis.
Un escalofrío le recorrió toda la espina dorsal. Se volvió hacia ella. Estaba ya vestida y se acercaba a él.
—Lo siento —dijo, disculpándose de nuevo—. No quería…
Ella lo miró y tendió su mano hacia él a modo de saludo.
—Por fin nos encontramos con tranquilidad. Soy Auris. —Su sonrisa ligeramente ladeada le pareció encantadoramente insegura.
—Beril. —Aceptó su saludo y estrechó su mano, aunque apenas durante un segundo, respondiéndole a la sonrisa tímidamente.
En ese momento llegaron Aramen, Eilean y una mujer que no conocía que debía ser la madre de Auris.
Dio un paso atrás instintivamente.
—¡¡Beril!! —dijo Eilean con una gran sonrisa en la cara. Corrió a abrazar a su hija, inesperadamente agarró también a Beril, uniéndolos en un único abrazo.
Su mujer lloraba y abrazaba a Auris.
—¡Gracias al cielo!
Auris estrechó a su madre hasta que esta se calmó. Le produjo una sensación extraña presenciar aquella escena familiar.
Aramen se acercó a Beril.
—Perdona por haber desconfiado — le dijo por lo bajo.
—No te preocupes, yo tampoco sabía muy bien lo que estaba haciendo. No sé muy bien lo que estoy haciendo, mejor dicho —le contestó.
Aramen rio. Luego le dio una palmada en el hombro.
—Eres un buen tío. ¡¡Verás cuando se lo contemos a Olivin… y a los demás!! Menudo lío...
Tuvo que explicar a los presentes lo que había hecho.
—Pero ¿cómo se te ocurrió? —decía Eilean.
Miró a Auris.
—La señora Flora me explicó cómo Auris había notado que al extraer la lanza de mi pecho notaba cómo me latía el corazón y cómo escapaba la sangre, así que pensé que si podía sentirlo yo también y podía controlar la astilla que ella tiene de mi elemento, podría...
—En pocas palabras: me tocó el corazón... de nuevo —dijo, mirándolo con una sonrisa irónica.
Beril suspiró de exasperación levantando los ojos al cielo.
—Sí, en pocas palabras.
Eilean rio, sinceramente contento.
—Estáis hechos el uno para el otro. ¡¡Mañana mismo intentaréis el primer enlace... digo, la primera conexión!!
Vio a Auris abrir mucho los ojos por la sorpresa. Él mismo se quedó helado. Nadie le había dicho aún a Auris que su hermana ya no estaba. Ni que su misma conexión había muerto. Pero en pocos segundos pareció unir todos los cabos ella sola.
—No —dijo—. No puede ser cierto. Decidme que no…
Todos se quedaron en silencio, mirándola. Ella acusó un sinfín de sentimientos dolorosos que pudieron ver a través de sus ojos.
Se levantó y salió de la habitación rápidamente. Bajó las escaleras corriendo. Beril la siguió. Nadie más se atrevió a hacerlo.
Cuando llevaba un minuto caminando y farfullando por el exterior en plena noche se volvió.
—¿Por qué me sigues? —le preguntó—. ¿Por qué me persigues desde el primer día? ¿Qué quieres de mí?
—Auris, lo siento, tanto…
Ella se desmoronó en el suelo y se giró para no dejarle ver sus lágrimas, pero su silueta se movía cuando sollozaba.
Se acercó a ella y tocó suavemente su hombro sin saber qué hacer.
Pasado un momento ella se levantó y lo enfrentó con una mirada congelada, retadora, con unos tremendos y brillantes ojos dorados.
Tras ella su elemento acudía en pequeñas partículas hacia ella sin que ella siquiera se hubiera molestado en evocarlo.
—Debéis estar locos— susurró con rabia.
—No intentaré ninguna conexión contigo, si tú no quieres —dijo.
Pareció sopesarlo.
—Tú estás varios niveles por debajo de mí, por protegerte mi hermana ha muerto, me has clavado una lanza en el corazón, eres el recuerdo vivo del mayor error que he cometido en mi vida, cada vez que te veo revivo todo aquello...
y yo… Yo no estoy dispuesta a ser tu defensora, y dudo que pudiera fiarme de que tú me defendieras.
Explícame por qué motivo debería preferir estar pegada a ti que no por mi cuenta, sea donde sea...
¡Me llamas asesina cada vez que tienes oportunidad! Yo no quiero ser eso…
— ERES la asesina de mi madre, Auris. Y también tienes la culpa de la muerte de Argentis, porque ella estaba allí por protegerte a ti.
Se paró en seco. Ella le fulminó con ojos fundidos.
Podría jurar que había oído saltar el corazón de Auris en su pecho mientras un furioso tornado dorado se alzaba a su alrededor. Con muchísima fuerza creó en torno a ella un remolino, todo brillaba bajo la cúpula. Creó una larga espada de oro y se dirigió hacia él.
—Como ves, me puedo arreglar muy bien yo sola —dijo desafiándolo con la mirada.
Al comprender lo que hacía, Beril levantó una ceja interrogante y la imitó con toda la fuerza que pudo. Produjo él también una espada de cristal verde que refulgía reflejando los brillos del oro de ella. Se sumieron en una pelea donde ambos esquivaban hábilmente los golpes del otro.
En breve tuvieron público. Habían creado un gran estruendo de rayos esmeralda y oro.
Beril consiguió golpearla con el pie en el costado, y aprovechó el momento para inmovilizarla sujetando sus manos armadas con las suyas.
Se miraron a pocos centímetros de distancia, con furia, pero ese momento sintió un fuerte dolor en el interior del pecho.
Una punzada que lo derrotó instantáneamente dejándolo extendido en el suelo, y su campo de protección se desvaneció.
Ella saltó por los aires en una ágil pirueta aterrizando con el pie sobre su pecho.
Entonces él creó de nuevo el campo de protección y llamó a su elemento en el interior del cuerpo de ella, que cayó de golpe sobre él respirando dificultosamente. En ese momento los campos de fuerza se unieron perfectamente. Ambos sujetaban la espada afilada en la mano.
Los dos respiraban agitadamente reflejándose sobre los ojos del otro a apenas un par de centímetros de distancia.
Cesaron todos los brillos. Desaparecieron las armas al mismo tiempo.
Se separaron con un empujón mutuo y ella permaneció arrodillada en el suelo cubierto de hierba, apartando el rostro sin mirarlo.
Beril se levantó de un salto. Hacía meses que no sentía esa sensación eléctrica tan fuerte estando cerca de nadie... tan cerca. Y lo peor de todo era saber que ella se había dado perfectamente cuenta de ello. El corazón le latía al galope.
Mientras se dirigía a su casa escuchó cómo lo llamaba Olivin, pero no se detuvo y llegados a un punto lo dejó ir.
Ya en su casa y tras un rápido baño se metió en la cama, donde estuvo dando vueltas la mayor parte del tiempo. Cuando la oscuridad se hizo menos densa se quedó finalmente dormido.