El despertar del vínculo (Alasdain 1) CAPÍTULO 20. Detrás de este mismo muro
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CAPÍTULO 20. Detrás de este mismo muro

U na semana más tarde habían conseguido recuperar algunos cuerpos sin vida.

Así, tuvo lugar una ceremonia por todos los que habían muerto en la isla.

Beril siguió a los elementales dentro de una gigantesca gruta oscura, donde la luz no atravesaba la roca como sucedía en el resto de Alasdain.

Se accedía a ella pasando a través de la cascada.

El agua le pegó el pelo sobre la cara, y la frescura relajó sus músculos y aclaró sus ideas.

Marchaban en fila de dos, una interminable fila que al avanzar al mismo ritmo arrancaba de la roca un sonido que el eco hacía parecer un tambor sonando tristemente, como la marcha fúnebre de su propia tierra natal.

En ese momento pensó en su madre, cuyo cuerpo sin vida no había tenido la oportunidad de velar, ni de darle sepultura. Pensó también en Ferin. Y Argentis…

Se le encogió el corazón.

Poco a poco llegaron a una abertura más amplia, dominada por un rayo de luz nítida que caía sobre una fila de figuras que reposaba sobre la roca.

El Namak, estando al frente de todos, se giró hacia ellos con un rápido movimiento de sus pies e inclinó la cabeza sobre el pecho, permaneciendo inmóvil.

Algunos maestros y otros elementales expertos rodearon también aquellos bultos inermes.

Mientras, los elementales fueron llegando y, deteniéndose un breve momento, inclinaban la cabeza ante el Namak que custodiaba silencioso los cuerpos sin vida, e iban pasando a los dos lados ordenadamente.

Se iban colocando alrededor de las paredes de roca blanca y húmeda.

Beril vio por primera vez en Alasdain a los niños. Serían 15 o 20, de edades muy diferentes entre ellos.

Iban caminando en el interior de las filas, siguiendo su ritmo.

Entonaron una melodía sin letra que Beril jamás había escuchado antes, pero que todos parecían conocer.

Tarareaban la melodía con la boca cerrada, sin emitir ninguna palabra. No habría podido decir que era un canto triste, tampoco alegre.

Dos elementales se movieron y cogiendo cada uno de los cuerpos, los llevaron hasta un pequeño lago que se encontraba en el lateral, y fueron posándolos sobre la superficie del agua, tras lo cual esta los hacía desaparecer engulléndolos en su profundidad oscura y brumosa.

En el momento en el que se hundía cada cuerpo, el canto parecía elevarse y se detenía momentáneamente hasta que recomenzaba casi imperceptiblemente.

Beril empezó a temblar, invadido por el frío del agua que entumecía su cuerpo mezclado con una especie de náusea.

Aramen se acercó a él y le apoyó la mano en el hombro.

—Ven, salgamos —le susurró.

Lo guio despacio entre la fila de gente.

Beril se sintió ahogado por las miradas y susurros a sus espaldas.

Una vez fuera recuperó algo de calor, sentados sobre la hierba por encima del acantilado.

Poco después se les unieron los demás.

—El sexto nivel ha desaparecido —comentó triste Olivin—, por completo. Y de los otros niveles falta mucha gente...

—No sé qué pasará ahora —dijo Rod, serio por primera vez desde que lo conocía.

—¿A qué te refieres? —preguntó. Pero La llegada de Caolín interrumpió su respuesta.

Guardaron silencio todo el tiempo durante el cual los elementales desfilaban ante ellos ascendiendo por el sendero. Observó a sus amigos.

Ahora todos sus compañeros de nivel tenían una conexión, excepto él.

Su conexión con Argentis había acabado por provocar su muerte. Al ver a Eilean se acercó a él. Pero cuando lo tuvo delante no le salían las palabras.

—Yo... lo siento mucho —dijo finalmente, expulsando con esas pocas palabras el aire que albergaba en el pecho, con los ojos doloridos.

Eilean se acercó a él y le agarró con fuerza del hombro.

—Lo sé, Beril. Sé que para ti Argentis era aún más importante que una conexión, lo intuí ya el primer día que os vi juntos y veo lo difícil que es para ti su pérdida.

Pero te pido que dejes de culpar a Auris de nuevo por una acción que no ha podido evitar.

Mi hija ya lleva demasiado peso sobre sus hombros.

No supo qué decir, Eilean parecía estar leyendo en sus pensamientos... Había aprendido que era la facultad del Namak percibir las emociones de los que lo rodeaban.

—No sé si este sigue siendo el lugar para mí... ahora que…

Eilean asintió despacio, mirando un punto lejano más allá de Beril.

—Deja que podamos hablar antes de tomar una decisión, ¿de acuerdo?

—Por supuesto —respondió.

—Iré a buscarte.

Eilean lo abrazó con cariño y lo dejó ir.

* * *

Días más tarde Eilean apareció en la puerta de su casa.

—Habría venido antes, pero me ha resultado imposible. Es de suma importancia no perder más elementales de los que ya hemos perdido, y organizar todo después de… tantas pérdidas.

Beril agachó la cabeza en un gesto de mudo consenso.

—Beril, tú eres uno de nosotros.

Beril lanzó un gran suspiro al aire.

—Eilean… —Se pasó una mano por el pelo, sintiéndose agotado—. Estaba convencido de que no podía estar en ningún lugar más que aquí. Todo apuntaba a que estaba siguiendo las señales adecuadas... pero ahora... esas señales me han llevado hasta aquí. Y sinceramente, ojalá...

—No conocemos por completo el destino —lo interrumpió fríamente—. Solo la parte que estamos viviendo, pero no es el destino completo. No podría decir que no era precioso tener como hija a Argentis solo por el dolor que estoy pasando ahora. Todo nos lleva a ser quienes somos y esa es la mejor señal.

—Yo… ya no tengo nada que me retenga aquí.

—Yo diría que no tienes nada que te llame a estar en ningún otro lugar.

—Tampoco —dijo Beril con una nota de tristeza en la voz.

—Quizá no te hayas dado cuenta de lo importante que eres para algunos de los que están aquí...

Pensó en Olivin. En Aramen y en todos los del grupo.

—Caolín me ha puesto al tanto de tu talento. No podemos perderte ahora.

—Pero no tengo posibilidad de una conexión. Todos tienen ya una...

—Es cierto, en tu grupo todos tienen una conexión ya. Pero hay quien ha perdido su conexión también en esa isla.

No lo comprendió a la primera. Todos tenían conexión ya dentro de los grupos que se entrenaban en Alasdain, y todos los que habían entrado en la isla habían perdido la vida junto a sus conexiones, porque no salían de Alasdain a una misión por separado.

—No. No todos —musitó el Namak, como si hubiera podido escuchar el rumbo de sus pensamientos—. Hay algo que no deja de darme vueltas por la cabeza. —Escuchó un segundo después de que sus pensamientos llegasen a la misma conclusión.

La sorpresa lo dejó sin aliento.

No todos habían muerto junto a su conexión en la isla. Solo otra elemental se había salvado junto a él de aquel desastre.

Enterró la cara en las manos. La única opción le parecía la peor idea que hubiera escuchado jamás.

—Esa conexión está fuera de mi alcance, Eilean. Es completamente imposible, lo siento —dijo.

—No puede ser una idea tan descabellada, al fin y al cabo, tu conexión era su hermana gemela.

Lo estaba diciendo de verdad. Pretendía seriamente que creara una conexión con Auris. La mujer que le había arrebatado a su madre.

Suspiró y levantándose siguió al Namak hacia la puerta de entrada.

—Lo siento, Eilean —dijo.

—Intenta pensarlo con la mente libre, sin levantar un muro en ese camino —dijo Eilean atravesando el umbral—.

Veamos cómo se las apaña el destino para reconducir esta situación.

Si no está escrito que estéis juntos no tienes nada que temer, y si está escrito en el destino…

Bueno, entonces no podemos saber qué pasara, depende de vosotros.

Beril no contestó. Permaneció de pie mirando hacia el suelo mientras Eilean avanzaba. Pero antes de salir se giró hacia Beril.

—Solo te pido que vayas a verla. Al fin y al cabo, su habitación está detrás de este mismo muro —dijo, golpeando la pared que separaba su casa de la casa de al lado.

Beril abrió los ojos por la sorpresa y Eilean se giró de nuevo emprendiendo su camino. Sonreía mientras se alejaba.

* * *

No se había decidido a ir a la casa de Auris él solo. Aramen llegó tarde a cenar.

—Desde que no estáis Caolín nos impone un ritmo espantoso —decía—. No nos deja un minuto de relajación. Dice que es de vital importancia que hagamos grandes avances. Por lo visto nos suben de nivel después del próximo simulacro, visto que no existe ya nivel 6.

—Ah, bien... Así entrarán nuevos elementales al nivel 1, ¿no?

—Curiosamente aún no hay gente preparada... Ya los viste el otro día, son demasiado pequeños.

Beril resopló.

—Nunca hemos sido tan vulnerables —dijo—. Ni siquiera durante la primera gran guerra...

—¿La primera? Creía que solo había habido una.

—Ya, eso es porque los elementales consiguieron frenar a tiempo la segunda.

Beril se quedó en silencio.

Desde que Argentis había muerto no había entrenado. Los entrenamientos eran difíciles de seguir ahora que se entrenaban en la batalla, y no tenía sentido participar él solo.

—Beril, lo siento mucho.

Miró a su amigo.

—Todos echamos de menos a Argentis. La queríamos. Pero tiene que ser muy frustrante... perder a alguien querido y que al mismo tiempo sea tu conexión.

Esperó un momento y luego siguió la línea de sus pensamientos.

—Estás fuera... Quizá tenías razón y no era realmente tu destino —dijo.

—Ya. En realidad, si estaba aquí era solo gracias a Argentis, y ella ahora no está, así que...

—¿Gracias a Argentis? —preguntó el elemental de piel oscura.

—Sí. Bueno, ella me invitó a estar aquí, me salvó en el acantilado...

—¿En el acantilado?

—Sí... cuando caí desde el precipicio. —Estaba seguro de que Aramen lo recordaba, allí lo había conocido.

—Beril, la que te salvó en el precipicio no fue Argentis...

Guardaron silencio.

—No sé si has estado siguiendo los signos adecuados. Fue Auris quien te salvó cuando intentabas huir aquella noche en el acantilado, y también fue por ella que ese día estuvieras en la isla junto con Argentis. Fue ella quien se empeñó en traerte a Alasdain aquel día en Mulg.

Reflexionó en silencio. Una conexión con Auris… no podía ser.

La mujer que le había arrebatado a su madre —se repitió—.

No, no podía ser. La mujer que le había clavado una lanza en el corazón.

Era una locura solo pensarlo. Por su culpa él estaba allí.

Por su culpa. Por ella… la mujer por la cual él se encontraba en Alasdain.

Ella lo había traído. Por ella no tenía nada que lo llamase fuera de allí.

No gracias a Argentis, sino por culpa de Auris.

Le parecía imposible estar pensándolo seriamente. Que el destino fuera tan cruel. Estar unido de forma tan cercana, casi íntima, con la mujer que había acabado con la vida de quien más amaba en el mundo. No podría perdonárselo. Aun así, miró a Aramen y dijo:

—¿Me acompañarías a verla?

—¿A Auris? —dijo con ojos muy abiertos.

—Sí —respondió.

—No sé si es lo que más le conviene, Beril... Entiéndelo, ella es mi amiga...

—¡Maldición, Aramen! ¡Si hubiera querido matarla lo habría hecho aquel día en la isla!

Aramen pareció considerar lo que decía y debió pensar que tenía sentido porque se levantó del sillón donde estaba sentado y se dirigió a la puerta.

—Ok. Pero no la tomes conmigo cuando veas...

—…que vive aquí al lado? Lo sé —respondió agitando la cabeza.

Aramen se calló y lo miró.

—¿Todo este tiempo…? —dijo con sospecha.

—No, no. Lo he sabido hace un par de horas. Eilean quería que fuera a verla.

—Podías haber empezado por ahí, ¿no? —dijo respirando pesadamente, sonriendo al saber que no había decidido confiar en Beril sin sentido.

Cruzaron el marco de la puerta.

En pocos segundos se encontraron frente a la entrada de la casa que estaba junto a la de Beril. Llamaron a la puerta.

—Beril, ¿estás seguro de esto? —preguntó Aramen.

—No va a pasar nada —le aseguró con una sonrisa tranquila para demostrarle que no necesitaba preocuparse.

La señora Flora abrió la puerta de entrada y al ver a Beril se asustó un poco, pero se sobrepuso en menos de un segundo.

—Pasad, pasad —dijo sin titubeos.

Entraron en la sala. La decoración de Auris era completamente distinta a la de su casa y tantas otras que había visto.

Las paredes estaban recubiertas de innumerables dibujos y pinturas de colores brillantes y pinceladas marcadas.

Muchos tenían salpicaduras en tonos dorados.

Las lámparas estaban todas decoradas con gemas de mil colores que relucían casi como la bóveda de Alasdain.

El tiempo era bueno, de manera que la señora Flora había dejado las ventanas de la casa abiertas, aunque hubiera anochecido hacía ya unos minutos.

—¿Habéis venido a verla? —preguntó.

—Sí —contestó Aramen, añadiendo rápidamente—: Eilean le había pedido a Beril que viniera a ver a Auris.

—Ummm... entiendo. Aun así, creo que debo decir que no estoy de acuerdo. Como encargada de cuidar de la salud de Auris, no creo que le haga bien. A decir verdad, no creo que te haga bien a ti tampoco, chico... —dijo, negando.

Aramen se encogió de hombros, un poco aliviado de no tener que pasar por una situación que consideraba potencialmente peligrosa. No sabía cómo habría reaccionado si Beril se abalanzaba sobre Auris para hacerla daño.

—Las instrucciones de Eilean son exactamente que no puedo irme de Alasdain sin verla.

Ambos lo miraron. No había desvelado sus temores a Aramen porque él tampoco estaba seguro de entender bien lo que le había dicho Eilean. Pero no pretendía permitir que no le dejaran verla ahora que había decidido venir.

Los ojos de Aramen y Flora se habían vuelto pequeños, curiosos e incrédulos al mismo tiempo.

—Y además me gustaría verla en privado —dijo, avanzando escaleras arriba.

—Eso olvídalo, amigo —dijo Aramen siguiéndolo.

La señora Flora subió tras ellos las escaleras.