El despertar del vínculo (Alasdain 1) CAPÍTULO 19. Un absoluto silencio de plata
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CAPÍTULO 19. Un absoluto silencio de plata

C uando llegaron a la casa, Platio y Auris se miraron.

—¿Has visto? —preguntó Auris.

—Repite el patrón de nuevo.

—¿No deberíamos entrar dentro de la casa, en vista de que es la única que resiste a una explosión? —sugirió Beril.

—No tiene sentido —dijo Auris—. Tened los ojos bien abiertos.

—Pues a mí me parece que... —comenzó a decir.

—Beril, ¡cállate! —dijo Argentis en un susurro.

No entendía qué estaban observando. Pero cuando se giró hacia ellos y los miró vio que tenían los ojos cerrados. Al volverse vio a un hombre aparecer por la puerta de la casa. La impresión le hizo dar un salto hacia atrás y tropezó con sus propios pies, cayendo al suelo.

Era el único que estaba viendo a aquel hombre de aspecto terrible. Tenía el pelo bastante largo, sucio y revuelto. La cara sin afeitar se contraía en una sonrisa torcida. Los labios finos dejaban entrever unos dientes amarillentos. Se acercaba a ellos con la espalda encorvada.

Los demás aún no parecían haberse percatado de su presencia. Platio había formado un campo de protección y el cabello de Auris flotaba, desperdigándose en el aire. Argentis le imitó creando un campo a su alrededor que lo sorprendió.

—Con quién me encuentro de nuevo... Aurissssss. —La boca de la figura se retorció pronunciando el nombre de la mujer dorada que había empezado a moverse, reclamando su elemento. La última letra se transformó en una especie de risa al pronunciarla.

Al sentir su nombre Auris abrió los ojos y se detuvo, rodeada ya de oro.

—Tienes la opción de rendirte y venir pacíficamente con nosotros antes de que nadie se haga daño, Antimiun.

—Eres una chica muy valiente... Podría enseñarte mucho, contarte muchas historias...

—Nadie quiere escuchar tus historias. Ríndete y te llevaré a la prisión custodia.

—¿¿Me llevarás tú misma?? —rio mostrando una sonrisa maliciosa—. O… podríais venir vosotros conmigo…

No podía apartar la mirada de aquel hombre corroído. Pese a todo había algo familiar en todo aquello. La casa azul con el tejado blanco la había visto en algún sitio... la conocía... y aquel hombre... de alguna manera...

Entonces se inclinó y Auris y Platio se acercaron a él lentamente. Comenzaron una batalla en la cual todos los elementos lanzados por Auris rebotaban, volviendo en su contra. Cada golpe que intentaban dar era parado hábilmente por el hombre que se había erguido en su total estatura.

Entonces Beril despertó de su estupor y se levantó, con Argentis avanzando a su lado indecisa, comenzaron a infligir golpe sobre golpe sobre Antimiun que escapaba cual culebra saltando y rodando por el suelo, esquivando con agilidad cada ataque.

Beril creó una lanza y la dirigió hacia él mientras Auris lanzaba pequeñas agujas desperdigadas.

Una de ellas dio en el blanco, hiriendo a su oponente.

—¡¡Beril, ahora!! —gritó Auris.

Como si hubiera estado esperando su llamada, Beril saltó girando en el aire clavando la lanza en el costado del hombre, que cayó a tierra.

Antimiun agarró la lanza clavada en su cuerpo a pocos centímetros de la mano de Beril y emitió un gruñido hacia él. Al mirarlo a los ojos Beril vio solo a un pobre hombre lleno de tristeza y dolor, muchos años mayor de lo que demostraba apenas un minuto antes.

—Beril… —le pareció oírle susurrar.

Beril se estremeció y soltó la lanza, empujado varios metros hacia atrás. El cristal verde se rompió en mil pedazos, quedando parcialmente dentro del cuerpo del hombre.

En ese momento el temperamental emitió un grito acompañado de una onda expansiva que lanzó a los cuatro jóvenes varios metros hacia atrás.

El suelo tembló violentamente, resquebrajando los muros de la casa azul, que comenzó a caer sobre ellos. Platio formó un campo alrededor de Auris al igual que hizo Argentis en torno a él, pero las piedras eran demasiado pesadas.

Tuvieron apenas el tiempo de ponerse a salvo fuera de la zona donde se desmoronaba la última casa que quedaba en pie en la isla.

Al volverse vieron a Antimiun que, a pesar de las heridas que sangraban profusamente, se mantenía en pie sin que el temblor de la tierra lo afectara, con los pies ligeramente sobre la tierra. Los cascotes que le caían encima salían despedidos metros más allá.

Lo vieron inclinarse con las manos crispadas como garras hacia el suelo.

—¡¡No!! —gritó Argentis. Corrió poniéndose frente a Beril.

Sin más aviso una explosión resonó en los oídos de Beril. Cayó a tierra arrastrando consigo a Auris. Desde el suelo Beril podía ver la figura de Argentis, firme entre ellos y el hombre que la había detonado. Todo a su alrededor se convirtió en polvo y cenizas.

La tierra tembló y una fuerza gigante los mantuvo como aplastados contra el suelo.

—¡¡Argentis!! —gritó Beril antes de perder el conocimiento.

* * *

Se despertó. Le dolía la cabeza y no oía absolutamente nada...

O quizá aquello que lo ensordecía fuera el silencio.

Un…

…absoluto…

… silencio …

Tranquilidad completamente cubierta…

…de plata.

* * *

Al moverse se dio cuenta de que estaba aplastando con su peso a Auris. Ella yacía inerte, pero la notaba respirar. Notaba también su corazón que palpitaba tranquilamente.

Se levantó despacio, tambaleándose.

A unos metros de ellos se encontraba Platio. Miró a su alrededor, pero no vio a Argentis. Cenizas brillantes se alzaban con el viento. Todo cubierto de plata... pero sin señales de la presencia de ella. Tampoco de Antimiun.

—¡¡Argentis!! —gritó.

No obtuvo respuesta. Ni siquiera el viento se atrevía a susurrar.

La llamó de nuevo, recorrió las ruinas reducidas a polvo gritando su nombre.

Al final se arrodilló vencido en un montículo de piedras blancas y miró al horizonte. Ninguna construcción se elevaba a más de un metro del suelo.

El sol estaba empezando a caer ya y no se sentía con fuerzas ni siquiera de pensar. Argentis no estaba. Estaba con ellos y un minuto después una montaña de cenizas plateadas cubría el lugar donde ella había desaparecido.

Ferin había muerto en sus brazos y Argentis había desaparecido.

Le comenzaron a escocer los ojos. Estaba contento al menos de que nadie pudiera verlo en aquel momento. Estaba totalmente solo en aquella isla perdida del mundo. No creía ser capaz de volver a Alasdain y afrontar todas las miradas... Le dolía todo el cuerpo.

A sus espaldas todos habían perdido la vida, una multitud entera, familias, niños, ancianos y personas jóvenes...

Recordó a Ruten. Hoy les había creído capaces de formar parte de una misión a la cual no habían sido llamados. En lugar de denunciarlos y hacerlos esperar en la nave los había incluido en su grupo.

Recordó entonces su gesto cuando había hablado de Auris. Cómo había mirado de reojo a Beril, evidentemente consciente de lo que había hecho a alguien a quien amaba. Y aun así se había portado bien con él.

En todos ellos había una capacidad de hacer siempre lo mejor por quien tenían delante, sin importarles quién fuera o qué hubiera hecho en el pasado. Una capacidad por ver el valor de cada uno en el presente.

Argentis se había interpuesto entre él y la explosión, salvándole.

Si ella se había sacrificado por él, debía hacer que hubiera valido la pena.

Aún podía hacer algo bueno también él.

Miró hacia atrás. El sol había teñido las nubes de rosa y oro...

Se levantó del montículo y caminó hacia el cráter de la segunda explosión.

Allí, extendida sobre la arena, una mujer delgada y frágil, con el cuerpo teñido del metal noble brillando con las últimas luces del atardecer... La mujer que había matado a su madre, la mujer que Argentis había querido proteger y por quien había perdido la vida.

En su rostro la expresión era incomprensiblemente tranquila. Se acercó a ella despacio, la respiración era regular y notaba los latidos de su corazón agitarse en el pecho. Le acarició la mandíbula como había hecho una vez con Argentis, eran tan parecidas...

—Auris —la llamó con un susurro.

El sonido de su propia voz entre todo aquel silencio, llamándola, lo estremeció.

No respondía. La tocó en el hombro repetidamente y la sacudió ligeramente.

No despertaba.

El sol empezaba a esconderse en el horizonte, pero Auris no daba señales de volver en sí.

Le pasó el brazo bajo los hombros y la atrajo hacia sí, agarró sus piernas y se alzó con ella en brazos. Era bastante ligera.

Emprendió la marcha con Auris en brazos hacia la playa. El recorrido desde allí era de un par de kilómetros. Brillaban las estrellas en el cielo cuando pasaron el montículo donde horas antes habían decidido seguir a Antimiun.

Les había costado caro.

Al llegar a la playa le sorprendió un alboroto de voces. Entre ellas reconoció la voz de Eilean dando órdenes con preocupación. Apenas los vieron se hizo el silencio y se paralizaron. Vio a Aramen seguido de Olivin frenar en seco.

Se notaba los brazos entumecidos de llevar el cuerpo de Auris.

Continuó caminando, hundiendo los pies en la arena blanda de la playa.

Se dirigió hacia el Namak. Al llegar a él vio cómo por un momento la incomprensión invadía su rostro.

Agarró el cuerpo de su hija y se deslizó hasta el suelo, sostenido aún por Beril.

—Está viva —fue lo único que acertó a decirle.

Eilean se derrumbó y comenzó a llorar silenciosamente.

—¿Dónde está Argentis? —preguntó Aramen desde detrás de Eilean.

Beril alzó la mirada hasta él, pero no dijo nada. Todos comprendieron sin necesidad de añadir más.

Cogieron a Auris y se la llevaron. Alguien arrastró detrás a Eilean.

Inmediatamente después Beril se vio asediado por un grupo de gente a la que tuvo que contar lo sucedido.

Lo escuchaban mirándose entre ellos, preocupados, algunos asustados y derrotados.

Luego entraron en la isla, desapareciendo entre las ruinas.

Después de eso Olivin le agarró por los hombros y lo hizo entrar en una de las naves en las que habían venido.

A su lado una camilla improvisada sostenía a Auris, tapada con mantas.

Parecía descansar tranquilamente. Envidió el poder mantenerse ajena a todo aquello.

En su pecho una mancha de sangre oscurecía su piel.

No pudo dormir, aunque se lo hubieran aconsejado. Estuvo despierto hasta que todos hubieron vuelto de la expedición en la isla.

No habían encontrado señales de vida aparte de Beril y Auris.

No encontraron el cuerpo de Argentis. Parecía haberse volatilizado.

La señora Flora pasaba cada día a ver cómo estaba.

A pesar de unos cuantos rasguños, Beril físicamente se encontraba bien, era por dentro donde tenía las heridas más profundas.

Unos días más tarde pasaron a visitarle todos sus amigos del grupo a su casa.

Le animó ver que seguían siendo los mismos de siempre.

—¿Cómo fue? —preguntó Malaquio.

—Sucedió todo muy rápido. No nos dio tiempo a hacer nada. Delante de nuestros ojos todo saltó por los aires excepto el lugar donde estábamos. Fue entonces cuando aparecieron Auris y Platio y decidimos perseguir al que había causado todo aquello.

—Argentis siempre ha sido muy dura... —comentó Aramen.

Beril lo miró por un segundo y recordó el estado de agitación de Argentis, inmersa en el pánico. Recordó también la noche que fue a verle al volver de su primera misión. Pero no dijo nada. Los ojos de Aramen estaban más brillantes de lo habitual.

—Entonces delante de aquel tipo...

—Antimiun.

—Sí... Luchamos contra él lo mejor que pudimos. Por un momento... pero cuando se vio acorralado...

—Hizo estallar el infierno —dijo Olivin en un susurro.

—Argentis se interpuso y suavizó la onda que nos abatió a todos —recordó—. Solo Argentis consiguió hacerle frente creando la protección que nos salvó la vida.

Se quedaron en silencio un momento. Todo el grupo resentía la pérdida de uno de sus miembros.

—Lo que no entiendo es... si Argentis creó un campo... ¿por qué no estaba ella dentro? —preguntó.

Malaquio lo miró triste.

—Por lo que cuentas Argentis no creó un campo de protección, sino que se interpuso ella misma para formar un escudo bastante denso que resistiera a la explosión para protegerte —contestó—. Caolín nos explicó que en alguna ocasión había sucedido.

Después de mirarse entre ellos Aramen continuó preguntando.

—Solo que Auris no podía estar protegida por Argentis. Solo tú podías estarlo. A Auris no le protegería un escudo que no fuera de Platio.

—¿Por qué? —preguntó.

—Funciona así. El campo de una conexión protege eficazmente solo al compañero de conexión. El elemento es como si se enlazara al tuyo y reacciona creando una especie de barrera... únicamente para los dos. A Auris no ha podido cubrirle.

Beril no sabía qué decir.

Se levantó pesadamente.

—Perdonadme. Estoy muy cansado.

—Sí, claro —dijo Olivin, y se volvió para dirigirse a los otros—. Dejémosle descansar tranquilo.

Se levantaron y fueron saliendo sin más conversación. Se despidieron de él. Al salir por la puerta Aramen se detuvo un momento.

—Aún no comprendo cómo pudo salvarse Auris. Los demás, todos... —se le quebró la voz.

—Durante la explosión yo mismo estaba sobre Auris.

Aramen pareció pensativo un momento.

—Si necesitas cualquier cosa... —dijo.

—Gracias, Aramen. —Vaciló un momento— ¿Has ido a ver a Auris?

Aramen pareció sorprendido.

—Sí, claro.

—¿Cómo está? ¿Recuerda algo? —preguntó.

Aramen pareció sorprendido de nuevo.

—Beril, Auris aún no se ha despertado. Creía que lo sabías.

—¿Cómo? ¿Por qué? Está...

—No, no. Ella está bien... Quiero decir, parece estar bien, pero... —Hizo un gesto de negación con la cabeza—. No saben por qué...

Aramen se despidió de él y se fue deseándole buenas noches.