El despertar del vínculo (Alasdain 1) CAPÍTULO 18. Una de las personas más valientes
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CAPÍTULO 18. Una de las personas más valientes

C aminaron por donde les había indicado. Era complicado reconocer por donde discurría la calle debido a los cascotes que invadían toda la zona. Se equivocaron un par de veces. En algún momento se detuvieron para ayudar a alguien que les pedía ayuda.

Llegaron a una casa grande, pintada de azul con el tejado blanco, como les había indicado Ruten. Solo que aquella casa no estaba en ruinas, como se hubieran esperado. Entraron en el pequeño jardín lleno de flores que perfumaban el ambiente.

—Cualquiera diría que aquí el terremoto no ha pasado de los muros de este jardín —dijo Beril.

—Quizá tenga los cimientos más resistentes —dijo Argentis empujando la puerta de la entrada—. Vamos, encontremos al médico y volvamos.

En el interior de la casa los objetos se encontraban cada uno en su lugar, las lámparas no se habían resentido ante el temblor de la tierra.

—Argentis... —comenzó a decir Beril sin saber bien qué quería decir.

—Lo sé...hay algo raro...

Caminaron recorriendo las habitaciones.

—¿Hay alguien aquí? —La voz de Argentis sobresaltó a Beril.

Argentis se dio cuenta de su sorpresa y se echó a reír con una risa que resonó por toda la casa vacía.

—Beril, no tengas miedo, ¡¡es solo una casa vacía!! No hay nadie. Hemos recorrido todas las habitaciones y no hay nadie. El doctor podía estar en el hospital cuando ha ocurrido todo esto...

—No puedo evitarlo. Es como si esta casa me resultara familiar...

Argentis se puso seria.

—¿Familiar? ¿Has estado alguna vez en esta isla, Beril?

—Creo no haber cogido un barco en mi vida antes de hoy —dijo.

Argentis pareció valorar algo en sus pensamientos.

—Venga, salgamos de aquí —dijo al final.

Mientras cruzaban la puerta de entrada vieron por encima de la puerta del jardín cómo la tierra sacudía los edificios al otro lado de la calle de donde acababan de sacar a aquellos que habían quedado atrapados en el interior.

El corazón se les encogió en el pecho cuando vieron que las piedras se derrumbaban alrededor de donde ellos se encontraban. En torno a la casa los cascotes rebotaban sin herir siquiera la superficie azul de sus muros.

No podían hablar porque la voz parecía haberles abandonado. Se quedaron temblando en el mismo sitio minutos más tarde de que todo hubiera acabado.

Donde antes se escuchaban infinitos gritos, lamentos y peticiones de socorro ahora quedaba solo silencio. Un silencio sepulcral que no auguraba nada bueno.

—Tenemos que movernos —dijo finalmente Beril.

Argentis no pareció haberlo escuchado.

—Argentis. ¡¡Argentis!! ¿Estás bien? ¡¡Tenemos que irnos de aquí, tenemos que encontrar a alguien!!

—No, no... Yo no me muevo de aquí... —Negaba con la cabeza rápidamente.

—No podemos quedarnos aquí. ¡¡Tenemos que encontrar a Ruten, tenemos que volver a Alasdain, tenemos que volver a casa!!

—¡¡No!! ¿No te das cuenta? ¡¡Volverá a explotar!! ¡¡Lo sé!! ¡Lo presiento! ¡¡Volverá a explotar y moriremos!!

Beril la observó un momento. Tenía los ojos desorbitados y temblaba sensiblemente.

—Argentis, escucha... Tenemos que correr el riesgo. Sea lo que sea que ha ocurrido, tenemos que irnos y tenemos que intentar encontrar a alguien...

—¡¡Están todos muertos!! —gritó.

Beril se dio cuenta de que no era capaz de razonar.

—Yo te protegeré, Argentis. No nos pasará nada. —Le agarró la cara para obligarla a mirarle a los ojos.

Ella comenzó a sollozar.

—Tengo miedo... No soy capaz de continuar... No soy capaz...

—Yo te protegeré, ¿de acuerdo? Fíate de mí, Argentis.

Tardó un momento en liberar la garganta para poder responderle.

—Sí... sí...

—Te sacaré de aquí, créeme... —dijo mientras la abrazaba fuertemente para darle una confianza que apenas él mismo sentía.

La cogió de la mano y salieron por la puerta que se abría en el muro intacto del jardín.

No estaba preparado para la desolación que vio.

Intentó que Argentis no mirase en torno a ellos.

No quedaba piedra sobre piedra en kilómetros a la redonda.

A su paso vieron los cuerpos de la familia a la que habían ayudado unos minutos antes a salir de su casa.

La mujer aún abrazaba al bebé que Beril había transportado en sus propios brazos.

Se agachó para acariciarlo cuidadosamente.

Controló su pequeño cuerpecito. No se movía.

Estaban todos muertos tal y como había pronosticado Argentis. Se estremeció.

Saltó por encima de todos ellos solo gracias a su instinto de supervivencia. Se dirigió hacia donde creía que se encontraba el hospital. En el punto donde habían erigido la cabaña temporal solo se reconocían algunas esquirlas de color verde esmeralda, rotas, desperdigadas por el suelo.

En el centro, el cuerpo de Ruten yacía en una posición antinatural, con la pierna girada en un ángulo extraño. Sin pedir ayuda, sin lamentarse.

Beril soltó la mano de Argentis para acercarse a él en silencio. No respiraba. Colocó su cuerpo en una posición más natural, con las manos sobre el pecho y cerró los ojos de un gris oscuro.

Argentis se había dejado caer de rodillas a tierra. Ya no lloraba.

—Ruten está muerto. Están todos muertos.

Beril cayó sentado a su lado, sin saber qué hacer ni que decir.

—Me alegro de estar yo aquí en lugar de Auris. Ella está destinada a cosas mucho más grandes que yo... —divagó, mirando al infinito.

—Argentis, salgamos de aquí... Vamos a los barcos —dijo, dudando de que estos hubieran resistido a la explosión que habían presenciado.

Se levantaron con la fuerza de la última esperanza. Fuera lo que fuera lo que había ocurrido, saldrían de allí y debían llegar a casa para poder explicárselo todo a los demás.

Al llegar a la costa vieron cómo alguien arrastraba por la arena de la playa una pequeña embarcación de vela. Se ocultaron con miedo, pero una figura pequeña se volvió hacia ellos en medio segundo y gritó.

—¡¡Beril!! ¡¡Sé que estás ahí!! ¿¿Estás con mi hermana?? —reconocer la voz de Auris hizo que a Beril se le erizase la piel. No pensó jamás que se alegraría tanto de escucharla de nuevo.

Argentis atravesó la playa a grandes zancadas, y se arrojó rápidamente en los brazos de su hermana.

—¡¡Argentis!! ¿Estás bien? ¿Qué ha pasado? ¿Dónde están los demás?

Beril se acercó hasta el grupo. Argentis lloraba sin conseguir el aliento necesario para hablar de manera que Auris y su compañero lo miraron interrogantes.

—Soy Platio —se presentó el compañero de Auris, ofreciendo la mano cortésmente a Beril, quien no se percató absolutamente, ocupado en mirar fijamente a Auris.

Sin el polvo de oro era aún más parecida a Argentis, únicamente se diferenciaban ligeramente por el color de su piel y sus ojos: los de Auris eran de un marrón dorado, y su piel naturalmente bronceada contrastaba con la piel luminosa de Argentis.

Quizá también hubiera una tonalidad más cálida en el pelo de Auris, pero dudaba que pudiera diferenciarlas si no las tenía delante a ambas.

—Hemos visto una gran ola que provenía de la isla —dijo, evitando mostrarse incómoda por la forma tan directa e intensa en que Beril la escrutaba.

—Ha.… ha explotado todo... —balbuceó como toda respuesta Argentis entre sollozos.

—¿Explotado? —preguntó algo nervioso Platio.

—Cuando llegamos —resumió Beril— había habido un gran terremoto, ayudamos a Ruten a desalojar a la gente de un hospital, construimos un hospital provisional, luego fuimos a buscar al doctor de la zona, pero la casa estaba vacía...

—Entonces explotó todo —sollozó de nuevo Argentis.

—Simplemente saltó por los aires —explicó Beril.

Auris y Platio pasaron la mirada del uno al otro con los ojos enormemente abiertos.

—¿Dónde está Ruten? —preguntó Auris con un susurro de voz.

Su voz tembló imperceptiblemente al hacer la pregunta. Beril la miró a los ojos y comprendió que ella no estaba preguntando solo por un compañero.

—Nadie se ha salvado... Excepto nosotros.

Apareció la comprensión y la sorpresa en sus ojos.

—¿Qué quieres decir? —preguntó Platio, con los ojos agrandándose por momentos—. ¿Dónde están los demás?

—En esta isla no hay nadie más que nosotros cuatro y deberíamos irnos lo antes posible —respondió.

Pasaron unos segundos en los que ambos observaban a Beril y a Argentis sin saber qué decir.

—Vosotros... ¿Cómo habéis hecho para quedar al margen de la explosión? —le preguntó Auris con los ojos entornados por la sospecha.

—Yo no soy el causante de todo esto, si es lo que estás pensando —respondió Beril con hostilidad.

—Beril, ella no ha dicho eso —aclaró Platio—. ¿Dónde estabais cuando explotó todo?

—Estábamos en la casa del doctor —dijo Argentis, quien parecía empezar a tranquilizarse con la presencia de su hermana.

Platio y Auris intercambiaron una mirada que no se le escapó a Beril.

—La casa quedó intacta, pero estaba vacía. No había nadie allí.

Platio se giró hacia Auris.

—Tenemos un problema —dijo—, tenemos que salir de aquí cuanto antes.

—No —sentenció ella—. Él tiene que estar aún aquí.

—Precisamente por eso, Auris. Estamos a cargo de dos del primer nivel. Tenemos que salir de aquí.

A Beril le molestó ser tratado como un niño.

—¿Qué es lo que está pasando? ¿Quién está aún aquí? —preguntó.

Ambos le miraron y se miraron de nuevo sin responder.

—Maldición, Auris, son de primer nivel. Hay que ponerles a salvo. No pueden participar en un ataque directo, ¡¡aún no han participado más que en un simulacro de diez minutos!!

—Pues a mí me parece que los dos son capaces de participar en un ataque, y tengo una cicatriz para demostrarlo.

Se giró hacia Argentis y Beril.

—Bien, hay una persona muy peligrosa rondando por esta isla, capaz de repetir esta catástrofe en otro lugar.

¿Os veis con capacidad de cubrirnos las espaldas?

Si no es así, subiremos al barco y saldremos de aquí, y os pondremos a salvo.

Pero quien ha hecho esto escapará. Tenéis que decidir vosotros.

—Es el mismo hombre por el cual murió mi madre, ¿verdad? Es el que causó la catástrofe de Mulg.

Auris pareció pensar un momento, decidiendo si compartir con ellos aquella información.

—Es un temperamental. Se llama Antimiun. Y, como ves, es peligroso. Pero en esta isla ya no puede hacer daño a nadie más. Es una buena ventaja, si lo consiguiéramos reducir aquí.

Beril miró a Argentis. La calma la abandonó nuevamente. Comenzó a llorar silenciosamente.

—Papá tenía razón. No estoy preparada para esto —se repetía sacudiendo la cabeza.

Beril le cogió de las manos y la atrajo hacia sí.

—Escucha —le dijo en un susurro—, decidas lo que decidas, creo que eres una de las personas más valientes que conozco... Y, suceda lo que suceda, quiero que sepas que te quiero tal y como eres...

Ella lo miró y dejó de sollozar. Respiró profundamente.

La boca de Beril se posó fugazmente sobre la de ella con ternura. Cuando se separaron Beril advirtió una mirada de Auris que le pareció cargada de resentimiento.

Argentis habló con un hilo de voz, pero la decisión se leía en su mirada ahora serena.

—Estoy lista.

—Bien, vamos allá —dijo Auris.

Dejaron atrás la arena de la playa y entraron en la ciudad derruida.

Llegaron a donde estaba Ruten. Auris se acercó a él en silencio.

Cuando Beril la siguió, Platio lo frenó en silencio con una mirada significativa.

Auris se arrodilló a su lado y le besó en los labios.

Le acarició el pelo que caía sobre su rostro y le susurró algunas palabras que no escucharon.

Tras un breve momento se enjugó fugazmente una lágrima silenciosa que corría por su mejilla y le acarició de nuevo la frente con suavidad. Después se levantó con gesto duro.

—Veamos. Creo que debemos ir a la casa donde estabais cuando ocurrió todo esto.

—Está en el centro de la ciudad —respondió Argentis.

—Bien, ¿nos podéis conducir hasta allí?

Argentis señaló hacia el interior de la isla. Una construcción se veía desde gran distancia por ser la única que se mantenía en pie.