CAPÍTULO 39. Dispara
E ilean les explicó lo sucedido en su ausencia al retomar las lecciones.
—Cuando salisteis yo pensé que volveríais al poco tiempo. Quizá os servía tiempo para estar juntos, para pensar. Cuando al pasar las horas no volvisteis pensé que quizá os había pasado algo.
»Organicé la salida de los maestros en vuestra búsqueda. Con casi todos ellos fuera, Ferin al entrar se encontró Alasdain en el mejor momento de debilidad para atacar y se hizo con el control.
Beril y Auris evitaron mirarse en este momento.
—Los que quedaron permanecieron en una batalla toda una noche.
Al final la situación era devastadora. Ellos luchan atacando a matar.
Perdimos de nuevo elementales... lucharon con mucha valentía, pero estábamos en total desventaja numérica.
Intentamos llamar a refuerzos de los expertos de fuera pero no debió llegar el mensaje, y había demasiadas vidas en peligro, así que decidí entregarme. En ese momento llegasteis vosotros.
»Por lo que percibí, Ferin parecía creer que, al verla, tú mismo eliminarías a Auris y entonces, ya en posesión de tu elemento crearías el vínculo con ella.
»Y, a decir verdad —continuó, bajando la voz—, hubo un momento en el que me pregunté si estaba en lo cierto. Tus sentimientos parecían totalmente gélidos cuando viste a Auris crear la lanza de oro. Cuando te enfrentaste a Auris, pensé que había confiado en la persona equivocada.
Beril suspiró mirando a Auris que se había oscurecido ligeramente.
*
Una vez solos ella lo miró, triste.
—Hay una cosa que quiero contarte.
Beril se volvió hacia ella para prestarle toda la atención.
—Cuando estabas inconsciente liberé a Ferin en la profundidad de las aguas de la vida y la muerte.
Lo hice como si fuera uno de nosotros, porque así lo sentía yo.
También Eilean quiso hacerlo así y a nadie le pareció fuera de lugar.
En el fondo ella seguía lo que le habían enseñado —bajó los ojos y los cerró con pesar—.
Lo hice personalmente. Todo lo que dijo…
habría podido decirlo yo también. Una parte de mí la sentía como si se tratase de mí misma. Si tan solo hubiéramos podido… hablar.
Los ojos de Auris se inundaron de lágrimas contenidas.
Beril se acercó a ella, conmovido también él, para abrazarla.
—Gracias, Auris.
* * *
Ya en el jardín de Beril se había reunido todo el grupo de amigos, como empezaba a ser costumbre, y escuchaban con asombro lo sucedido.
—Cuando vi a Ferin viva... —No sabía expresar lo que había sentido—. Había muerto entre mis brazos, hacía un año. Y nunca me había dicho nada de lo que realmente era, ni de por qué había vuelto. Como si no la conociera.
—¡Pero la protegiste! —le acusó Aramen.
—No habría podido hacerle daño. Ella ha sido siempre parte de mi vida. Y aunque no fuera enteramente quien yo pensaba, había mucho de nuestra relación que no podía ser una mentira.
Auris tragó saliva mientras lo escuchaba.
—Sin saberlo, interponiéndote creaste además una oportunidad para Auris —dijo Olivin.
Auris se levantó enfadada.
—Fue una decisión horrible. La peor de toda mi vida —dijo, dejando desvanecerse la flecha con la que había estado jugueteando entre sus dedos, y con la cual se había cortado distraídamente.
Si no fuera la futura Namak de Alasdain, no habría tenido el suficiente valor de hacer lo que hizo.
Pero en ella pesaban siglos de responsabilidad.
Ella era la guardiana del porvenir, y si Ferin hubiera conseguido hacerse con el mando de Alasdain, una era habría terminado con ellos.
Y otra habría comenzado. Una era de guerras, muerte y sufrimiento, en la que los únicos que pagarían serían los más indefensos. Una cuenta de sangre y horror.
—Ya… —la voz de Beril la devolvió al presente—. A decir verdad, no me esperaba que te atrevieras a hacer lo que hiciste. Me descargaste la lanza directa al corazón. Por segunda vez.
—Vamos a dejarlo. Creo que es mejor que nos quedemos con que Beril sigue vivo —dijo Opal.
Pero Auris se echó adelante para mirar directamente a los ojos verdes de su vínculo.
—No te descargué una lanza al corazón —enfatizó, alzando los ojos al cielo—. Era casi un hilo de oro lo que te atravesó, y además pasó varios centímetros por debajo del corazón.
—Ya, pero no podías saber exactamente dónde estaba mi coraz…
Auris lo miró enarcando las cejas, y vio a través de los ojos desorbitados de Beril que la comprensión se iba abriendo camino.
—Lo sabías exactamente —dijo con un hilo de voz, mirándola con admiración.
—Sentí dónde estaba tu corazón para esquivarlo y entonces lancé un hilo de oro que aumentaba a medida que avanzaba. Cuando llegó hasta Ferin era ya una lanza. Pero lo que te atravesó a ti era poco más que un hilo.
Beril no podía imaginar lo rápido que Auris pensó todas aquellas cosas en el escaso tiempo que había estado delante de Ferin.
Hubo una pausa de silencio antes de que Olivin se aventurase a decir lo que le pasaba por la cabeza.
—Tiene que ser horrible darte cuenta de que la mujer que amabas es una persona diferente a quien creías.
Beril no contestó y respiró pesadamente.
—En la práctica, creo que es lo que sucede cuando uno pasa demasiado tiempo con su pareja —dijo cómicamente Aramen—. ¡Así que, vosotros dos, preparaos!
Todos rieron de la frase absurda de Aramen, quien después alargó la mano para agarrar la de Olivin con ternura. Ella sonreía tranquila.
Beril se tumbó junto a Auris y también le agarró la mano delicadamente, acariciando entre sus dedos. Notó en su dedo el anillo con el peculiar ópalo de oro.
* * *
Más tarde, cuando solo quedaban las dos parejas, Aramen rompió el silencio.
—Me queda solo una duda —decía pensativo.
Beril se giró hacia él.
—Dispara.
—¿Cómo conseguiste robarnos los elementos? —preguntó.
—¿Robaros los elementos? —repitió Beril extrañado.
—Sí... Cuando querías ir al encuentro de Auris y nos interpusimos. Llamaste a nuestros elementos y te hiciste con el control de ellos; pasaron a ser cristal verde.
Auris lo observó curiosa. Ella no había presenciado este fenómeno y no lo había oído hasta ahora. Miró a Beril que miraba los destellos de la cúpula con expresión enigmática.
—Igual te confundiste... También el elemento de Olivin es una especie de cristal verde —dijo.
—Ya, pero el mío no. Y estoy bastante seguro de lo que vi.
—A mí no me parece que lo que dices se pueda hacer, Aramen —dijo Auris riendo suavemente.
—Y sin embargo lo vi también yo... —susurró Olivin.
Los dos miraron a Beril. Auris los observó y la sonrisa desapareció de su boca. Se giró a mirarlo también ella.
Beril se encogió de hombros, pero no dijo nada más. Contemplaba el resplandor que reflejaban las estrellas sobre la cúpula, pensativo.