CAPÍTULO 17. Es más fuerte de lo que crees
—Eras un rayo verde —le dijo Aramen—. Cuando vi que no estabas en tu casa me di cuenta de que podías haberte dirigido al campo de batalla y casi me muero. Corrí tanto que se me salía el corazón por la boca. Cuando llegué ya estabas delante de Auris en medio de un fulgor de mil colores.
»Ella no se defendió en absoluto. Solamente alzó la mano para intentar hablarte; y entonces le clavaste la lanza con un gesto terrible.
Un segundo después parecías haber visto un fantasma.
Entonces Argentis creó el escudo a vuestro alrededor...
y menos mal que resultó la conexión, porque volaron un centenar de flechas de todos los elementos en vuestra dirección; incluida una mía, debo confesar.
»Fue un espectáculo espeluznante. Argentis luchaba para interceptar todos los ataques y a todos los que se acercaban a ti.
Su expresión era de terror absoluto. Apenas me dio tiempo a acercarme a ella cuando se desmayó...
completamente agotada. La llevé a su casa totalmente inconsciente.
Cuando se despertó insistió en venir a verte. Pensábamos que Auris estaría...
—Pensabais que la había matado.
—No sabíamos que ayudaste a Flora a cerrar la herida.
Por el camino nos lo contaron, así que pasamos antes por casa de Auris y vimos que estaba consciente y batallaba con Flora...
—rio un poco recordando—. Como si no hubiera pasado nada; se negaba a estar quieta.
Poco más tarde pareció dormirse. Y el resto ya lo sabes, un minuto más tarde estábamos en tu casa.
—¿En un minuto? ¿Dónde está la casa de Auris? —preguntó Beril, extrañado.
Solo había un pequeño grupo de casas sobre la colina donde habitaba Beril, las demás estaban al menos a cinco minutos de rápida caminata.
Aramen tragó removiéndose en su lugar.
—Era una forma de hablar —dijo.
Beril sonrió tristemente al ver la expresión de Aramen y se frotó la cara con las dos manos, suspirando.
—No sabes cuánto me arrepiento de haber perdido la cabeza.
No me lo podré perdonar nunca. Yo… espero que Auris se recupere pronto y que todo esto no tenga ninguna consecuencia.
Me siento como si estuviera en deuda con ella, y al mismo tiempo no puedo soportar siquiera pensar en lo que pasó por su culpa.
—Auris puede ser de todo, pero no es mala persona, Beril, lo que pasó aquel día… —dijo Aramen con las cejas levantadas que resaltaban su afirmación.
—Entonces, ¿está bien? —preguntó sin mirarlo directamente.
A Aramen pareció cogerle por sorpresa la pregunta.
—Tu lanza la atravesó de parte a parte, el corazón estaba dañado. Pero por fortuna con las curas de la señora Flora la herida está cicatrizando rápidamente y volverá a ponerse en pie en breve.
—¿En breve? —resopló, enarcando las cejas, acariciando inconscientemente la cicatriz en su propio pecho.
—Es curioso...
—¿El qué? —preguntó Beril.
—Ella también me preguntó por ti cuando he pasado a verla hoy. En realidad, me pidió que te dijera que se alegra de haber sido ella la que ha resultado herida esta vez, y que siente muchísimo que no hayáis coincidido sin que uno de los dos salga con el corazón herido.
Aramen rio ante el gesto de Beril, que se había quedado con la boca abierta, sorprendido de la ironía algo cínica con la que ella había hecho alusión a sus dos únicos encuentros, a decir verdad, bastante trágicos.
Después se acordó de su madre con el pecho surcado de flechas doradas, y la comicidad de la frase le pareció cruel.
—Puedes decirle de mi parte que lo debería sentir más por aquellos que salieron con algo más que una pequeña cicatriz.
Aramen le había pedido perdón a Beril al día siguiente de todo lo ocurrido.
Se sentía culpable de lo que había pasado, y aunque Beril le había dicho que no tenía por qué, sabía que seguía creyendo que, si él no hubiera abandonado su puesto, nada habría ido mal.
También se sentía mal por todo lo que le había dicho a Beril, que ni siquiera pensaba realmente.
Llevaban semanas entrenándose en las conexiones y aunque al principio habían mejorado considerablemente, ahora estaban estancados. Aramen había formado conexión con Olivin, Uvarovi con Rod y Quarzo con Opal, pero la unión no resultaba entre Malaquio y Amonina, lo que ponía nervioso a Malaquio.
Habían pasado varias semanas y él y Argentis seguían sin hablarse fuera de lo necesario durante los entrenamientos. No lo evitaba ni lo ignoraba, simplemente parecía indiferente a su presencia.
Olivin se había convertido en una gran amiga. Daban largos paseos en los que ella le ponía al día de detalles que él no conocía. Con ella salió de Alasdain en un par de ocasiones a pasear. Muchos salían de vez en cuando, sobre todo a beber algo o a ver a amigos que conservaban en el exterior.
El pasadizo en la roca se vaciaba de agua en algunas ocasiones. Cuando estaba inundado debían nadar para salir de Alasdain. Un guardián custodiaba la entrada.
Había otra salida “secreta”, pero era arriesgado porque había que pasar nadando bajo la roca arrastrado por la corriente adecuada. Y las corrientes podían ser muy traicioneras. Hacía falta conocerlas y saber nadar muy bien.
Algo más allá de donde se reunían en el círculo, había una pequeña playa de rocas blancas que se adentraban en un agua trasparente y verdosa donde Olivin aseguraba que muchos iban a bañarse durante la época de más calor.
Con Olivin era fácil hablar de cualquier cosa, le había contado sus dudas acerca de estar allí, y ella le había tranquilizado. Incluso le había hablado de Ferin.
—Ella fue desde siempre mi único amor, estuve enamorado de ella desde que tenía 8 años... Un día desapareció con sus padres. Pensaba que no volvería a verla. Era mi mejor amiga y perderla fue... —Se dio cuenta de que la había perdido definitivamente y no pudo seguir hablando.
—Pero volvió, ¿no? —preguntó Olivin, dándole tiempo para recuperar la voz.
—Sí... con 16 años volvió... habían pasado años... buscaba sus orígenes.
—Y te encontró a ti...
Beril rio. La historia parecía mucho más romántica contada desde fuera y después de tanto tiempo.
—Sí... aunque ella no esperaba encontrarme. Yo era casi como un fantasma en su recuerdo.
—¡Pero entonces os casasteis! —preguntó Olivin riendo.
—El día que cumplió 18. Le regalé mi primera piedra tallada en la alianza. Una esmeralda.
—¿Una esmeralda? ¿Como tu elemento? Qué coincidencia, ¿no?
—El primer día que estuve en el taller de su padre él me la regaló, y poco después me enseñó a tallar, con esa misma pieza, donde no parecía haber más que polvo verde. En el anillo había engarzado yo mismo la esmeralda.
Estuvieron unos momentos callados.
—Es una historia preciosa... —dijo Olivin.
—Sí...
—¿Crees que alguna vez podrás amar a alguien como la amabas a ella?
La dirección que tomó la conversación le puso sobre aviso. No quería tener que pensar en ello ahora que no tenía claro lo que sentía por Argentis... De hecho, se sentía algo culpable de haberse sentido atraído por ella.
—No, no creo —dijo tajante para disuadirla de continuar en aquella línea.
En esos momentos empezó a diluviar en la playa y corrieron hacia la entrada de Alasdain. Dentro caía una fina lluvia. Se despidieron y cada uno fue hacia su casa.
* * *
Se despertó durante la noche bañado en un sudor frío.
Durante las últimas semanas sus pesadillas habían empeorado.
Eran sueños donde se repetía la escena en la que había casi matado a Auris, después ella se convertía en Argentis y al mirarla de nuevo era Ferin la que moría entre sus brazos, frágil pero fuerte como siempre, que le repetía sus últimas palabras.
Se sobresaltó al notar que alguien se movía en la habitación. Se levantó de un brinco y se encontró cara a cara con Argentis.
—Beril... —lo llamaba en la casi total oscuridad de la habitación.
Finalmente, comprendió que no estaba soñando.
—¡¡Argentis!! ¿Qué haces aquí?
—He venido a avisarte, ¡¡vístete!! ¡¡Tenemos prisa!!
—Aún es de noche... —dijo sin comprender.
—Ha llegado un aviso...
—¿Una misión? —preguntó Beril despertándose repentinamente.
—Más o menos… —Argentis apartó la vista momentáneamente—. Estaba durmiendo en casa de Auris y han venido a llamarla... pero ella aún no está suficientemente recuperada. Beril, quiero ir yo en su lugar.
Beril dudó un segundo.
—Y ¿qué ha dicho Auris? —preguntó.
—No lo sabe. No la he despertado. Ella se empeñaría en ir, pero no quiero que se esfuerce. Ni siquiera ha comenzado a entrenar de nuevo desde que...
Se hizo el silencio.
—Y entonces, ¿por qué la han avisado?
—Auris es muy buena elemental. Imagino que, si no va, habrá un agujero en la defensa... si es que sucediera algo, pero no creo que suceda.
—¿Si sucediera qué? —dijo.
—Si hubiera un ataque...
Beril se frotó la cara somnolienta para desperezarse.
—Escucha, Argentis. Sé que quieres proteger a tu hermana, pero piensa un segundo, ¿por qué han llamado a los de tercer nivel y no a nosotros?
—Beril, he venido a buscarte porque creía que tú me ayudarías, teniendo en cuenta las circunstancias por las que Auris está así...
Solo creí que aprovecharías para reparar el daño que le hiciste, pero si tienes miedo, no te preocupes.
Iré sola. Pero quizá sea el momento de que entiendas dónde estás.
Se dio la vuelta y salió a grandes pasos de la habitación. Beril resopló y fue tras ella, cogiendo su ropa al vuelo. Se cambió por la escalera mientras llamaba a su compañera que salía de la casa sin volverse a mirar si la seguía.
A mitad de camino vio cómo ella le sonreía. Valía la pena correr el riesgo por verla así, pensó. Y no podía ser tan malo desobedecer una orden por proteger a otra persona. ¿O sí?
Vio que varias personas iban saliendo por el pasadizo que daba paso al exterior. Se envolvieron bien en la capa poniéndose las capuchas. Eran varios grupos. Nadie les preguntó por qué ellos estaban allí, y la mayoría confundían a Argentis con Auris.