El despertar del vínculo (Alasdain 1) CAPÍTULO 16. Quería pedirte perdón
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CAPÍTULO 16. Quería pedirte perdón

E ntre todos lo llevaron a su casa.

Olivin se hizo responsable de la situación y dio órdenes para que cada uno se ocupara de una cosa: la chimenea, la cena... todos se pusieron manos a la obra.

Olivin preparó un baño caliente, lo ayudó a desvestirse y lo obligó a entrar en la bañera.

Cuando lo hizo inesperadamente se sintió algo mejor.

—Soy un asesino —dijo.

—Beril...

—He clavado una lanza en el pecho de una mujer —dijo mirándola a los ojos.

Ella apretó los labios y frunció el ceño. Al final dijo:

—Todos nosotros creemos que alguien te tenía que haber dicho la verdad...

quizá yo misma. Sobre todo, cuando reaccionaste como lo hiciste al ver a Argentis en su elemento.

Yo quería hacerlo, pero me convencieron de que era mejor para ti no saberlo aún...

que habrías abandonado... quizá tuve miedo de que fuera así. O de que la buscaras para…

Se quedaron en silencio mirándose el uno al otro por un momento.

—No sé cómo he podido hacerlo.

—No seas tan duro contigo mismo. Viste a la que pensabas que era la asesina de tu madre y la ira te ganó la mano.

—Olivin, ella ES la asesina de mi madre. Solo que eso no me hace sentir mejor. Ni justifica lo que yo he hecho.

Olivin lo miró indecisa. Al final cedió y comenzó a hablar.

—El día que llegaste aquí habían recibido una llamada. Uno de los espíritus elementales que vive fuera de aquí nos avisó de que una persona a la que están buscando desde hace mucho se encontraba donde tú vivías. Era una persona peligrosa, no sé mucho más.

»Desde el tercer nivel para arriba se sumaron.

Se pusieron en marcha y cuando llegaron descubrieron el desastre que había ocurrido, la cantidad de víctimas era impresionante...

Algunos de los elementales fueron para ayudar en caso de necesidad, otros tenían como objetivo perseguir al culpable que lo había provocado.

»Por lo que sé, Auris fue quien lo descubrió delante de tu casa y cuando fue a por él, tu madre apareció. Entonces tú la atacaste lleno de ira y ella instintivamente te atravesó con una lanza... exactamente como has hecho tú esta tarde.

Beril se deslizó hacia el fondo de la bañera sumergiendo la cabeza.

Lo que él había vivido cuadraba con lo que contaba Olivin.

Sacó la cabeza de nuevo.

—¿Por qué no me lo habíais contado?

—Fue decisión de Eilean que nadie te contara que la persona que había matado a tu madre era uno de nosotros. Al principio tú no ibas a estar mucho tiempo aquí... y siendo su hija…

—Pero continué.

—Sí. Nadie se lo esperaba. Y creo que nadie supo bien cómo te lo tomarías, ni cómo decírtelo. Lo siento tanto, quizá si te hubiéramos contado la verdad...

—Vosotros solo seguíais órdenes. Pero Eilean debió haberlo hecho.

Pensó en Eilean, que era el padre de Argentis... El padre de Auris . Quien, en esos momentos, se debatía entre la vida y la muerte.

Escuchó a través de la puerta la voz del Namak.

Saltó fuera del baño como si tuviera un resorte, y se vistió rápidamente, aún chorreando agua.

Eilean estaba delante de él en el salón. Su expresión era un enigma.

—Tengo que hablar contigo, Beril.

—Yo… lo siento. Recogeré mis cosas y me iré de aquí lo antes posible.

—No pretendo que abandones Alasdain ni tu entrenamiento, Beril. Soy consciente de que has atacado a mi hija, pero también de que le has salvado la vida después. Como hizo ella contigo.

Permanecieron en silencio. Los demás escuchaban la conversación discretamente.

—Me habíais dejado creer que ella era uno de los peligros contra los que nos entrenábamos. Durante meses he imaginado que la habría encontrado y le habría hecho pagar por el dolor que me ha provocado.

—Y, ¿te sientes mejor ahora? —comenzó Eilean.

Beril lo miró sorprendido. Le pareció que leía dentro de él. Se sentía horrorizado de haber sido capaz de haber causado ese dolor. A Auris, a Argentis… a Eilean.

—No. Pero hoy me he dado cuenta de que estoy luchando junto a mis enemigos... y de que yo mismo me estoy convirtiendo en uno de ellos.

—No —dijo Eilean tajantemente—. Auris lanzó la flecha que atravesó a tu madre, pero la flecha no iba dirigida a ella. Tu madre la interceptó, no sabemos por qué lo hizo, pero no era a ella a quien estaba dirigida. Es posible que ella lo protegiera deliberadamente.

—Eso es absurdo. ¿Por qué lo habría hecho?

Eilean miró al suelo.

—No lo sabemos.

Beril se movió incómodo.

—Lo que ha ocurrido hoy... Yo no deseaba hacer daño a nadie.

—Lo sé, Beril. Te conozco.

—Pero eso no disminuye el hecho de que Auris es la asesina de mi madre, y casi la mía. No puedo perdonar algo así.

El silencio se hizo denso en la habitación. En ese momento se oyeron voces en la puerta y una figura pequeña entró como una exhalación seguida de un joven corpulento de piel oscura.

—¡Papá! —dijo Argentis, sorprendida.

Pasó la mirada asustada de su padre a Beril.

—¿Cómo estás, Argentis?

—Bien, papá, gracias... —Ella agachó la cabeza.

—Imagino que vienes de casa de Auris.

—Sí. —Parecía preocupada.

—Enhorabuena a los dos —dijo.

Beril se quedó petrificado. ¿Enhorabuena? Era la cosa más extraña que hubiera podido esperar oírle decir a su hija en esos momentos. La mirada de Aramen parecía cobre incandescente.

Dicho esto, Eilean salió con paso apresurado por la puerta.

—Beril, ¿cómo estás? —preguntó ella una vez que su padre hubo salido de la casa.

No habían hablado desde que la noche anterior en su jardín habían estado tan cerca de darse un beso.

De pronto le volvió a la mente su intención de decirle a Argentis que sentía algo por ella, la discusión con Aramen...

Recordó la expresión de Aramen mientras sostenía a Argentis entre los brazos en el campo del simulacro de batalla.

—Yo... ¿Cómo estás tú?

—Felicidades —dijo Aramen. Ante su gesto de desconcierto prosiguió—. Por la conexión con Argentis.

Beril abrió los ojos de par en par.

—Yo no...

—Durante tu ataque no-simulado en el simulacro, Argentis formó un campo de protección a tu alrededor mientras atacabas a su propia hermana. El resultado diría que fue perfecto, así que... ¡¡Enhorabuena!! ¡Has pasado a ser el alumno aventajado! —dijo irónicamente.

Todos estaban en silencio. Olivin rompió el hielo.

—La cena está lista. Venga, todos fuera... Dejémoslo descansar un poco. Quarzo, igual sería buena idea si alguien se quedara esta noche con él.

—Sí. De acuerdo...

—No, de verdad. Estoy bien, no hace falta —se quejó Beril.

—No discutas —sentenció Olivin.

Por el tono supo que sería inútil seguir discutiendo.

—Puedo quedarme yo... —insinuó Aramen con cara avergonzada

—No te preocupes, ve a descansar —dijo Quarzo, dándole una palmada en la espalda.

Aramen lo miró algo indeciso, luego se despidió y salió por la puerta sin añadir nada más.

Tuvo una pesadilla detrás de otra aquella noche.

Al día siguiente temía lo que iba a ocurrir al salir de casa. La compañía de Quarzo lo tranquilizaba. Al cruzarse con la gente se dio cuenta de que nadie parecía tenerle mucho afecto, y que todo el mundo conocía lo sucedido el día anterior.

Caolín los esperaba paseándose por la zona donde entrenaban habitualmente.

—Buenos días —los recibió.

Miró a Argentis.

—¿Cómo está Auris?

—Bastante débil... —dijo bajando pesadamente los ojos grises.

Improvisadamente se sintió fuera de lugar. No era capaz de mirar a Argentis. Un sentimiento de culpabilidad le crecía dentro. Era la asesina de su madre, se repetía, pero esto no conseguía calmarlo.

El entrenamiento de esa mañana le hizo olvidarse un poco de la tensa e insólita situación que había en el grupo.

Caolín había traído unos caballos salvajes con los que tuvieron que aprender a entrar en sintonía.

El ejercicio físico lo ayudó a no tener que pensar.

Dudaba de poder concentrarse en nada ese día, pero el contacto con el animal lo ayudó a relajarse.

Siempre se había sentido cómodo sobre un caballo.

Aunque sobre esos caballos no había montura alguna, y aunque prefería a la larga montar sobre una silla, se acostumbró rápidamente.

Al terminar el entrenamiento matutino Caolín los reunió.

—No voy a ignorar lo ocurrido ayer —dijo.

Beril miró hacia otro lado.

—Aramen, desobedeciste una orden directa y eso comporta un castigo.

—Maestro, soy muy consciente de mi error y de lo que conlleva.

—Bien. Quiero que os deis cuenta de que desobedecer una orden es, en primer lugar, perjudicial para vosotros mismos y para los que os rodean.

Es peligroso porque quiere decir que abandonáis vuestro lugar y esto ocasiona un agujero por donde empieza a colarse el agua, que puede crear un escape más grande, con más consecuencias, y llegar a dañar a personas a las que amáis.

Es importante, no quiero que se os olvide.

Esta vez el peligro ha podido ser contenido a un cierto nivel, más adelante podríais no tener esa suerte.

—Entendido —dijo Aramen.

—¿Entendido, Beril? No se puede abandonar, cualquiera que sea la circunstancia o problema o miedo. —Caolín se dirigió directamente a él—. Provenga de donde provenga, incluso del pasado.

—Sí, lo he entendido.

—Entonces espero que la confianza que todos depositamos los unos en los otros no se vea defraudada, de nuevo. Aunque no lo comprendamos.

Caolín hizo una pausa antes de proseguir.

—Y quería felicitar a Beril por el descubrimiento de su fantástico elemento y a Argentis por la rapidísima conexión conseguida. Espero que la entrenéis más adecuadamente de ahora en adelante.

Argentis hizo un gesto de asentimiento silencioso.

* * *

—¡¡Argentis!! —la llamó Beril.

Ella frenó la marcha y se volvió para mirarlo.

—¿Damos un paseo? —preguntó.

Pareció indecisa.

—Tengo que hablar un momento contigo... —explicó.

—Sí, de hecho, voy en tu dirección.

Comenzaron a caminar lentamente.

—Quería pedirte perdón.

—¿Por apuñalar a mi hermana o por no haberme dicho desde el principio que estás casado?

La afirmación directísima le hizo enrojecer de la cabeza a los pies y frenó en seco. Argentis se detuvo también y se encaró con él.

—Ah, por lo primero... —dijo con gesto irónico como si le restara importancia.

—¿Por qué no me explicaste quién era tu hermana?

Ella pareció sorprendida. Pensó un momento antes de responder.

—Mi padre me lo prohibió. Estuve a punto de contártelo en un par de ocasiones. Creía que lo entenderías, pero bueno, visto cómo reaccionaste no tengo remordimientos por haberte ocultado la información. Cada vez que actúo como me parece a mí me doy cuenta de que los demás tenían razón...

—Argentis, no fui capaz de hablarte de Ferin... y lo siento. Pensé que lo sabías. Que todos vosotros conocíais mis circunstancias y lo que pasó ese día. También sobre ella.

—Aramen tenía razón. —Resopló ella, y comenzó a caminar nuevamente.

—¿Aramen tiene razón sobre qué?

—Me advirtió que no me acercara demasiado a ti. Que podría no ser la mejor idea. Ha sido más cierto de cuanto hubiera podido esperar. Y ahora además has intentado matar a mi hermana, tenemos una conexión y tendré que soportar estar siempre contigo... Qué ironía.

Comenzó a caminar de nuevo y la siguió casi corriendo.

—¡Argentis! ¡Espera! ¿Por qué lo hiciste? ¿Por qué me protegiste?

Frenó de nuevo.

—Te habrían matado, ¿sabes? —Se encogió de hombros—. Fue un impulso. Un instinto. —Lo miró directo a los ojos antes de continuar—. No podría haber sido diferente. —Suspiró pensativa—. Te dejo, tengo prisa y tengo que pasar a ver cómo está Auris. Te veo después.

La dejó ir, un poco avergonzado de haberla distraído de su tarea.