CAPÍTULO 15. El cuerpo de ella entre los brazos
C uando alcanzó el campo de entrenamiento ella aún no había llegado. Aramen le hizo un gesto interrogativo con la mano mientras Caolín los llamaba al orden.
—Ya veo que continúas sin un elemento, Beril. Esta tarde se ha organizado un simulacro.
Se desató un murmullo de excitación en el grupo.
Caolín miró a Beril y continuó su explicación:
—De vez en cuando hay un simulacro de batalla al que están llamados a participar todos los que se están entrenando. Aunque aún no hayáis conseguido vuestras conexiones hemos pensado haceros tomar parte en él. Exceptuando a Beril, porque evidentemente no tiene aún relación con un elemento.
Beril sintió la mirada de todos fija en él.
—¿Quiere decir que quedo excluido? ¿De nuevo?
—Esta tarde tú estarás aquí e intentarás descubrir tu elemento, con todas tus energías.
—Pero yo creo que podría aprender tanto de...
—Aramen permanecerá contigo.
—¿¿¿Qué??? —dijo el aludido—. ¡¡No tengo intención de perderme mi primer simulacro!!
—¡¡Es una orden!!! —Caolín se alzó en toda su amenazante estatura—. Cada uno aquí tiene su lugar y su cometido. Tendrás que vivir más simulacros y batallas de las que querrás. Pero en este momento, debes ayudar y apoyar a uno de tus compañeros. Si no entiendes esto, no avanzarás de nivel nunca.
—No necesito que nadie se quede conmigo —intervino Beril.
—Mi percepción es diferente —dijo el maestro, zanjando la cuestión.
El anciano sacó un cuaderno lleno de flores y hojas secas.
—Hoy hablaremos de las plantas medicinales. Pueden ayudaros en muchas ocasiones, incluso...
Beril miró hacia Aramen. Seguía la lección sin mirarlo, aparentemente muy concentrado. Mucho más de lo normal.
Argentis no había aparecido y nadie parecía haberla echado en falta.
Después de comer Beril llegó al campo de entrenamiento donde debía encontrarse con su compañero. No esperaba encontrar tan pronto a Aramen allí.
—Bueno, siéntate. Vamos a intentar que encuentres ese elemento de una maldita vez.
Aramen le estuvo explicando cómo intentar llamar al elemento desde las partículas del entorno, le hizo ver astillas de cobre formándose de la nada, y le explicó lo que sentía cuando aparecían.
Beril trató con todas sus fuerzas de formar partículas reuniéndolas entre ellas.
Conseguía alzar una pequeña corriente donde algunas partículas se movían pesadamente, pero le resultaba muy difícil.
No podía dejar de pensar en Argentis.
—No te estás concentrando lo suficiente —le dijo entre dientes su amigo.
—Perdona, lo intento de nuevo.
Notaba la furia de Aramen por estar obligado a estar allí con él.
—No, no tienes que intentarlo, tienes que hacerlo, ¡y ya!
Se pasaba las manos nerviosamente por el pelo y paseaba arriba y abajo hasta que se plantó delante de Beril.
—¡¡Lo que pasa es que estás demasiado ocupado pensando en otras cosas!! ¿O debería decir en otras personas?
—Aramen siento mucho que tengas que estar aquí conmigo en lugar de estar en el simulacro.
—Ya, lo sientes mucho... pero aquí estamos.
Todos bloqueados por tu improvisada aparición.
Iba todo fantásticamente y de repente apareces y es como si hubiéramos empezado de nuevo desde el principio.
Todos estábamos dando grandes pasos y ahora estamos de nuevo a nivel del suelo. Nos has caído encima como una montaña.
Las palabras de Aramen le golpearon peor que un puño. Lo había considerado siempre su amigo, el primero que había tenido allí.
—No tenía ni idea de que pensaras así. Esto no lo he elegido yo, Aramen.
—Sí, lo sé, lo sé. Tu enorme desgracia...
—Si hubiera sabido que pensabais así no habría impuesto a nadie mi presencia, me habría ido.
—Habrías hecho bien.
—Lo intenté si no lo recuerdas. Argentis me lo impidió.
De repente Aramen lo miró de frente.
—¿Qué es lo que le has hecho a Argentis hoy?
Beril tragó saliva. Si Argentis no había ido a los entrenamientos de la mañana estaba casi seguro de que era para evitar encontrarse con él.
Al escuchar el nombre de la que invadía sus pensamientos se hizo urgente la necesidad de verla. Dio media vuelta y se dirigió a casa de Argentis. Tenía que encontrarla y pedirle perdón. Quizá debería irse definitivamente, pero no lo haría sin despedirse de ella.
Aramen no le siguió.
Llamó con fuerza a la puerta de la casa de Argentis.
Nadie respondió.
La llamó con voz decidida unas cuantas veces, pero no advirtió ningún sonido proveniente del interior de la casa.
Probablemente estaba en el simulacro. No importaba, debía verla.
Tenía que decirle que él también sentía algo por ella, de nada servía negarlo, aunque aún no comprendiera la forma ni la intensidad de esas emociones.
Y tenía que agradecerle cada día que estaba allí.
El haber incluso arriesgado su vida para salvarlo en el acantilado...
Escuchó el ruido que provenía desde la explanada de las ruinas, donde seguramente estaban todos.
Se dirigió rápidamente hacia allí. Pronto vislumbró a los primeros que se movían y luchaban entre ellos.
Saltaban y peleaban cuerpo a cuerpo, cada uno brillando y reluciendo con su elemento en torno a sí mismo.
* * *
Entonces la vio.
* * *
Sobre unas grandes escaleras blancas, brillando con los rayos de sol que escapaban de entre las hojas de los árboles.
Era ella.
La mujer de oro que había asesinado a su madre saltaba y se movía ágilmente esquivando golpe sobre golpe, con una larguísima vara de oro reluciendo en su mano girando con velocidad. Su gesto era tranquilo y a veces parecía sonreír. La asesina de su madre que aún lo atormentaba en sueños.
En ese momento el gesto de ella cambió. Su cabeza se volvió rápidamente en dirección a Beril y todo el movimiento de su cuerpo cesó. El rumor de la falsa batalla prosiguió a pesar de todo.
Un calor desconocido invadió a Beril mientras se dirigía con paso lento pero decidido en dirección a aquella mujer pequeña pero amenazadora.
Nadie pareció darse cuenta de la escena.
Cuando llegó a unos metros de distancia el viento se hizo más fuerte, rodeándole, y notó la fuerza que lo unía a las partículas que se arremolinaban a su alrededor.
En pocos segundos su cuerpo se tiñó de un verde brillante, traslúcido.
Concentró la fuerza sobre su mano derecha donde comenzó a aparecer una afilada punta de cristal verde.
No tuvo siquiera que desearlo. Notaba su corazón que latía fuerte pero lentamente.
Le parecía una escena vista desde fuera, tranquilamente irreal.
Se acercó a ella y a su alrededor creció una fuerza dorada, una corriente más potente aún que la suya.
Apuntó sin pensar al pecho de la joven mujer y el cristal verde atravesó con sorprendente facilidad la piel dorada.
La batalla se había detenido, o él ya no la oía.
Se escuchó solo el grito ahogado de una voz que conocía, ajena a la escena.
El brillo dorado a su alrededor cesó, las partículas de cristal verde también se apagaron.
Notó únicamente el delgado cuerpo de ella perder fuerza cayendo inerte e instintivamente lo sostuvo entre sus brazos; sintió la sangre caliente cubriendo sus manos, y un recuerdo horrible le sacudió por dentro.
El recuerdo de Ferin que se agitaba buscando sus últimas bocanadas de aire.
Miró a los ojos de ella y vio unos rasgos familiares, aunque ligeramente diferentes... Sobre la cara dorada de la joven volaron algunas pequeñas partículas de plata provenientes de una figura cercana... Y entonces reconoció la similitud de los rasgos con los de Argentis.
El horror de lo que acababa de hacer lo dejó paralizado.
Cayó de rodillas sobre el suelo, con el cuerpo de ella entre los brazos. De pie frente a él vio a Argentis, quien teñida de plata observaba la escena con los brazos extendidos hacia fuera, en tensión, sosteniendo un campo de protección brillante alrededor de ambos.
La mujer que tenía entre los brazos, llena de sangre y de oro no era Argentis, pero la semejanza entre ellas era verdaderamente inverosímil.
Vio a su alrededor multitud de flechas de todos los colores brillar clavándose en el aire denso de plata.
El rostro de Argentis era férreo y su mirada clavada en la suya le dijo todo sin necesidad de que abriera la boca.
Volvió de nuevo la mirada al rostro de la mujer de oro... Auris , la hermana de Argentis.
El rostro de Auris traslucía un gran dolor.
Sobre su pecho refulgía un afiladísimo cristal verde, oscurecido por la sangre que brotaba de la herida que él mismo le había infligido.
En ese momento cesó la ráfaga de viento plateado y vio cómo Argentis se desmayaba sobre Aramen, que lo miraba horrorizado.
A su lado apareció la señora Flora. Le miró acercándose con precaución hasta que comprendió por el gesto de Beril que no había nada que temer. Pasó la mirada preocupada hacia Auris.
—Ayúdela, por favor —susurró Beril notando cómo le invadía una profunda náusea por lo que había hecho.
Sentía un tumulto a su alrededor, pero no prestaba atención a nada.
Acababa de convertirse en aquello que más odiaba.
—Beril —le llamaba Flora—, Beril, ¡despierta, chico! ¡Vuelve en ti! Es importante, si quieres ayudarla tendrás que darme una mano.
Beril asintió despacio con la cabeza.
—La lanza está clavada en el corazón, pero si me ayudas podemos taponar la herida.
—¿Qué?
—Concéntrate, debes evocar tu elemento y sacarlo de su cuerpo, poco a poco, pero debes dejar dentro la astilla que está taponando el corazón. Si la quitas, no podremos impedir que se desgarre la herida y morirá.
—Pero ¿cómo voy a hacer eso?
Flora lo miró consternada.
En ese momento apareció a su lado el maestro Caolín.
—Beril, si te concentras lo suficiente notarás que puedes sentir la parte del corazón de Auris que está en contacto con tu elemento. Como si lo acariciaras con tu propia piel.
Era la primera vez que escuchaba a un Maestro Caolín al que se le atropellaban las palabras. Beril prestó atención al cuerpo que sostenía en su regazo. Notaba cómo la sangre caliente de Auris brotaba a través de la lanza. La sensación de náusea y vértigo crecía por momentos.
—¿Lo notas? —quiso saber el maestro.
—Sí, creo que sí —dijo.
—Bien, ahora empieza a llamar la materia hacia ti como lo has hecho antes. Siéntela, siente por dónde pasan sus partículas y su contacto.
Agarró de nuevo el cristal verde, que incrementó la horrible sensación que ya tenía y no supo si lo que comenzó a temblar fue su mano o el cristal clavado en el pecho de Auris.
Poco a poco se fue deshaciendo en su agarre.
Notó la astilla palpitando junto al corazón de Auris, y la dejó intacta.
Era solamente una pequeña esquirla. Todo lo demás se había convertido en polvo, un polvo verde brillante, finísimo, como ceniza oscurecida al contacto con la sangre sobre su mano.
La sangre de la mujer que tenía entre sus brazos.
Y se odió por ello.
Un segundo más tarde un grupo grande de gente pasó casi sobre él y se la llevaron, transportándola tumbada en una camilla improvisada, dejándolo a él inmovilizado en el suelo.
Permaneció arrodillado sin saber qué hacer, sin mirar a su alrededor hasta que oyó una voz.
—Levántate. —Era Quarzo.
Su grupo entero lo observaba sin ninguna sombra de miedo o recelo.
—Venga, tío —dijo Rod mientras se acercaba a él y lo ayudaba a levantarse.
Se dejó llevar por ellos sin mirar por dónde pasaba.