CAPÍTULO 14. Yo pensaba que tú sabías
A l día siguiente el entrenamiento extra comenzó a las dos de la madrugada con alguien que llamaba a la puerta. Se había levantado con tiempo suficiente para prepararse y ya estaba esperando, preguntándose cómo habría pensado cada uno ayudarlo donde el propio Caolín no había tenido éxito.
Encontró a Olivin en la puerta.
—Buenos días —dijo ella sonriente.
—Buenos días —respondió Beril, algo más inseguro.
—¿Damos un paseo? —preguntó ella.
—Emmm... Creo que deberíamos entrenar.
—Bueno, eso no es del todo exacto. Tenemos plena libertad y por lo que sé, estás obligado a obedecerme. —Ella sonreía aún, con chispas en los ojos verdes.
Beril rio con un exagerado gesto de resignación.
—¡Haré el esfuerzo! Cojo algo de abrigo —dijo, mientras sonreía.
—Ok —dijo ella, girándose para mirar hacia el exterior.
Estando fuera caminaron en silencio.
—¿Te gusta estar aquí, Beril? —le preguntó.
No había esperado una conversación personal y un paseo a la luz de las estrellas como entrenamiento para descubrir su elemento.
—Sí... —dijo tras meditarlo brevemente—. Creo que sí.
—¿Por qué?
Eran cosas en las que no había pensado y a las que no había tenido que responder hasta ahora.
—Después de lo que sucedió, no creo que tuviera otro sitio al que ir. No tendría ningún sitio donde volver... y tampoco ningún sentido.
Hubo una larga pausa. Olivin empezó a dirigirse hacia el acantilado.
—Yo no quería estar aquí, ¿sabes? Cuando llegué, quiero decir.
Llegaron al precipicio. Se oía la cascada y el agua que chapoteaba muchos metros allá abajo. Beril miró hacia abajo y se apartó instintivamente del precipicio, recordando la última vez que había estado en ese punto.
—Mis padres eran elementales. Murieron… ayudando a los demás, durante una misión.
—Lo siento —dijo Beril, sinceramente.
—Sí... Pasé una época complicada, difícil. Tenía 12 años, entonces. Después de eso me acogió otra pareja de elementales, me escapé varias veces de su casa. —Sonrió. Beril imaginaba que le contaba eso por su intento de fuga terminado casi en desastre. Pero no dijo nada sobre el tema.
—No aceptaba estar con ellos... No quería terminar aquí. Y la verdad es que en alguna ocasión me trajeron a Alasdain. Eilean no parecía convencido de tenerme aquí. Decía que me faltaba algo.
Beril asintió, comprendiendo cómo se había sentido.
—Aun así, me dejó quedarme y estreché una buena relación con Argentis y con Auris, su hermana.
Un verano, en una de mis frecuentes escapadas, me topé con un grupo de chicos que perseguían a una chica poco más joven que yo.
Los seguí y vi que estaban a punto de agredirla.
Ni lo pensé; me metí en medio... y gracias a eso la chica consiguió escapar.
Beril le prestaba total atención. Sabía que sus compañeros tenían grandes habilidades, pero no se había percatado de que Olivin fuera capaz de tanto coraje: tan joven, aparentemente tan delicada y siempre tan dulce. Pero sin duda alguna, lo era.
—A mí no me dejaron escapar tan fácilmente.
—¿Te... hicieron daño?
Se cristalizaron sus ojos, sin dejar de observarlo atentamente.
—No tenía ni idea.
—Sí. Organizaron una misión para encontrarme... pero fueron Argentis y Auris quienes me localizaron. Y me trajeron de nuevo a Alasdain.
Hubo una pausa y Olivin siguió hablando.
—Pocas semanas más tarde, estando con ellas aquí mismo, descubrí mi elemento...
—¿Crees que la agresión que sufriste te cambió para conseguirlo?
—Creo que lo único que cambió es que por primera vez comprendía el sentido de dónde estaba y sabía que no conseguiría nada yo sola. Que siempre se necesita a alguien.
Miró hacia el suelo y dijo:
—Quiero que sepas que puedes contar conmigo en lo que necesites.
—Gracias, Olivin —respondió.
Se miraron unos segundos en la oscuridad iluminada únicamente por la luz del firmamento que se reflejaba en la cúpula de Alasdain.
Entonces Olivin se acercó despacio y lo abrazó.
Le devolvió el abrazo sintiendo que el cariño que sentía por ella crecía sincero y totalmente ausente de ambigüedad alguna.
El resto del tiempo lo pasaron meditando y reflexionando, a veces hablaban sobre alguna duda que Beril tenía.
Al volver, Olivin se despidió de él a mitad de camino dejándolo solo para desayunar.
Pero no se desperdició el desayuno que había preparado porque en la puerta de su casa encontró a Aramen esperándole. Entraron en la casa y sentándose a la mesa soltó la pregunta que flotaba en el aire.
—¿Y bien? ¿Qué tal con Olivin? —le preguntó con una sonrisa astuta.
—No creo que debas tomarte todas las cosas a broma, Aramen.
La mirada de Aramen se volvió seria e interrogativa.
—¿Qué es lo que hay entre vosotros? —soltó.
—¿Qué te hace pensar que haya algo? —dijo Beril.
—No sé... ¿que se ofreciera la primera para pasar la noche contigo? Y la noche de la fiesta…
Beril hizo un gesto de resignación con la cabeza, rellenó el vaso de Aramen con zumo de naranja y contestó:
—Por cierto, no he descubierto mi elemento, por si te interesa... Y esta noche te toca a ti. Llegamos tarde. ¡Bébete eso y vámonos!
Aramen parecía malhumorado mientras Beril se levantaba y cogía una chaqueta.
* * *
Ninguno de los entrenamientos especiales había dado ningún resultado hasta el momento.
Habían sido todos enormemente esclarecedores e interesantes.
Todos y cada uno de ellos se habían mostrado disponibles y dispuestos a la ayuda que necesitara.
Pero seguía sin conocer su elemento. Aquella noche era el turno de Argentis y Beril empezó a preparar el desayuno antes de que fuera hora de que ella llegara.
Se presentó como siempre antes de tiempo. Traía una pequeña bolsa de papel.
—Para ir picando algo. No soporto estar levantada en mitad de la noche en ayunas.
—¿Fresas? —preguntó Beril abriendo la bolsa que tenía Argentis en la mano.
—Habría traído bollos de chocolate —bromeó— pero la fruta nos ayudará más a estar despiertos.
Escapó de la mirada de Beril y fue directa a la cafetera.
—Eso y el café, por supuesto. ¡Qué sueño! Solo a Caolín se le ocurre... —dijo bostezando.
Beril rio, no se había imaginado que ella fuera tan dormilona.
—Espera, ese café está frío, te hago otro.
—No hace falta, frío está fantástico.
Esperó mientras Argentis se servía una taza grande de café y daba un par de sorbos con los ojos cerrados. Lavó las fresas rápidamente bajo el chorro de agua fría y las colocó enteras en un cuenco grande, agarró de nuevo la taza y atravesó el salón.
—¡¡Vamos!! ¡¡Tenemos trabajo que hacer!!
—¿En el jardín? —preguntó Beril.
—Sí, mejor con el aire fresco.
Siguió a Argentis hasta la hierba y se sentó en el suelo con las piernas cruzadas como había hecho ella.
Había dejado el recipiente con fresas entre los dos. Cerró los ojos y comenzó a concentrarse sin mediar palabra. De vez en cuando la oía coger una fresa y comerla en el silencio más absoluto.
Nada parecía saber que estaban los dos allí, solos y en silencio. Después de una hora en esa posición, Argentis cogió otra fresa, mientras se la comía Beril abrió los ojos para observarla por décima vez.
Ella abrió los ojos apenas un segundo después.
—No te estás concentrando en absoluto, Beril. Lo noto.
Beril se quedó un momento sin decir nada, pillado por sorpresa.
—Quizá no es la mejor forma de concentrarse quedarse con los ojos cerrados en silencio en mitad de la noche. Y menos comiendo. No entiendo cómo esto me ayudará a descubrir mi elemento.
Las últimas palabras las había pronunciado con claro escepticismo.
—Si estás con esa actitud, puedo comprender por qué no lo has descubierto aún.
Beril se quedó de piedra.
—Nadie se puede concentrar contigo al lado... quiero decir... que haces ruido —se defendió.
—No hace falta silencio absoluto para descubrir un elemento. ¡Simplemente presta atención! ¡Surge solo!
—No. No es tan sencillo. Quizá para ti haya sido siempre natural, pero yo no entiendo para nada qué es lo que hay que hacer para que aparezca en tu mano un remolino de partículas de metal que obedecen a tus pensamientos o para que millones de partículas te rodeen creando un campo de fuerza.
Argentis lo miraba fijamente. Saltó sobre sus pies.
—De acuerdo. Ven, ponte de pie —le pidió.
Beril se incorporó a su pesar. Argentis parecía dar por descontadas muchas cosas que para él eran completamente nuevas.
Entonces Argentis hizo algo inesperado. Se colocó detrás de Beril y agarrándole las manos lo atrajo sobre sí misma como en un abrazo. Beril se tensó y se separó instintivamente.
Pero ella no se dio por vencida y se acercó a él de nuevo con decisión.
Mientras lo hacía, el polvo de plata que había visto ya muchas veces los rodeó.
Beril sintió una especie de corriente eléctrica sobre la piel de Argentis que atravesaba su propio cuerpo para atraer las partículas a su alrededor como si ella fuera un imán, para después mandarlas de nuevo hacia el exterior, cargada de energía.
El aire se arremolinaba en torno a ellos, brillando bajo la luna. Argentis agarró la mano de Beril y este notó cómo la carga pasaba a través de él y se concentraba sobre su mano, como si de un calambre se tratara.
Con esa energía Argentis llamaba a las partículas de plata y sobre la mano de Beril fueron reuniéndose más y más de forma que se fundían entre ellas, comenzando a crear la forma alada de un pequeño pájaro de plata, con un largo pico, que movía rápidamente las alas.
Un segundo después la corriente cesó y el polvo brillante cayó sobre la hierba fresca, difuminándose con la brisa. El sol empezaba a iluminar la bóveda, tiñéndolos de mil destellos dorados.
Beril se giró hacia Argentis que estaba llena de polvo de plata. Acercó una mano a su cara y le acarició la mejilla, arrastrando con el dedo parte de la ceniza plateada que aún la cubría. Argentis tenía la expresión serena mientras lo miraba.
—Estaba segura de que yo habría podido ayudarte... De que estaba destinada a hacerlo. Pero no ha sido así… —dijo mirándolo a los ojos con labios temblorosos.
Beril acarició su mandíbula con la mano, con la mirada sobre la boca plateada tan cerca de la suya. Entonces ella se acercó aún más, rozando sus labios, pero Beril la dejó ir.
—Argentis —rompió—, sabes que no puedo.
Ella no había esperado esta reacción por su parte.
—¿Qué es lo que no puedes? —le preguntó, retrocediendo.
—Sé que conocéis todos los detalles de lo que pasó aquel día... Sabes que lo perdí todo.
—Por… ¿tu madre? —los ojos de Argentis parecían hacer mil preguntas aun no habiendo formulado ninguna.
—No, por Ferin —pronunció el nombre por primera vez en voz alta desde aquel día.
Argentis pareció recibir un golpe. Retrocedió unos cuantos pasos.
—¿Ferin? —preguntó finalmente.
—Ese día no perdí solo a mi madre... perdí también a la persona a la que más he querido en el mundo.
—Tu novia...
—Mi mujer.
Argentis apartó la mirada con sorpresa.
—Ferin...
—Sí. —Beril miró al suelo y tragó antes de continuar, sabiendo que se lo debía—. No creo que nadie pueda remplazar jamás el lugar que ella ocupaba. Lo siento.
—No tenía… ni idea... —Se alejó de él sin mirarlo—. Mi padre me dijo que habías perdido a tu madre.
—Argentis, yo pensaba que tú sabías...
—¿Pensabas...? ¿De verdad? —dijo volviendo en sí instantáneamente para enfrentarlo—. Estos meses tú… pensabas. De acuerdo, déjalo, no importa.
Sin decir una palabra más atravesó el jardín hacia el interior de la casa. Beril la siguió despacio, vio cómo cogía sus cosas y salía sin mirarlo de nuevo.
—Nos vemos después —le dijo como despedida.
No la siguió, aunque estuvo a punto de hacerlo. Lo frenó solo la decisión firme que había tomado al respecto.